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El cielo reflejado en la tierra

febrero 20, 2017
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Salí a caminar temprano. A pesar del viento helado caminé con la mirada hacia adelante -como hago siempre-  y las manos en los bolsillos para que el frío no me rasgase las yemas de los dedos y me las dejara sangrando.

En la esquina de Ramat Hagolan, justo en la rotonda de las flores,  mi bufanda se deslizò un poco hacia abajo y antes de decidirme a sacar las manos de los bolsillos para volver a acomodarla, bajé la cabeza buscando un antídoto rápido para el frío en mi cuello.

Bajé la cabeza y vi que el suelo estaba repleto de pequeñas hojas de fresno y  las piedras todavía mojadas por el rocío reflejaban la luz anaranjada del cielo.

Esa visión -sorprendentemente novedosa- me hizo dar cuenta de que desde hace más de treinta años camino con la cabeza erguida y que lo hago como una esclava crónica del mandato Marcela, mi antigua compañera de colegio.

-María Gabriela camina mirando  hacia el piso -Marcela dijo con convicción en el recreo- seguro oculta algo malo, así que no vamos a ser sus amigas -remató-, esa chica no merece nuestra confianza.

Yo no quería parecerme a María Gabriela, no quería quedarme sin amigas y mucho menos quería ser digna de desconfianza, así que no volví a caminar con la mirada baja.

Esa mañana regresé de mi caminata con la nariz roja como la de un payaso y con la sospecha de que había sucedido algo importante. No sabía exactamente qué.  Para descubrirlo tendría que esperar un poco todavía.

La respuesta llegaría de a gotas durante los días siguientes y como un torrencial una semana más tarde.

La primera gota cayó en el centro de las creencias sin fundamento y las decisiones basadas en la ignorancia -ajena y propia-. Esa gota la sequé rápido con el trapo de la pereza:

-Tonterías -me dije- qué ganas de complicarte la vida. A ver si te dejás de inventar teorías disparatadas. Se camina como se camina y listo.

Sin embargo, el cuerito de la canilla se había roto y la segunda gota cayó con la suficiente fuerza como para lesionarme la espalda  y dejarme inmovilizada.

Se camina como se camina -había dicho unos días antes- y después no pude caminar más.

La sensación de estar recibiendo un mensaje se instaló a mi lado durante el reposo y ni siquiera el diclofenac detuvo el dolor de no saber cómo descifrarlo. Las horas pasaban entre los ensueños de los calmantes  -que transformaban la mancha del techo en una mariposa de alas cortadas- y las clases del rab Anidjar que escuchaba para acompañarme.

Los iehudim son am keshei oref  (un pueblo de cuello duro) -dice el rab en una de esas clases. Dios le dice a Moshé en parashat Ekev que somos un pueblo obstinado y por eso no podemos hacer teshuvá.

El Ramban explica que la teshuvá del pueblo de Israel sólo fue posible luego de la ruptura de las tablas. Son los momentos de quiebre los que nos dan espacio para evaluar qué estamos haciendo en nuestro paso por la tierra.

A partir de ahí las gotas comenzaron a caer torrencialmente: En mi paso por la tierra yo creo que las cosas tienen que ser como yo quiero. Como que tienen que ser. Como Marcela dijo en el recreo.

El mensaje se siguió decodificando con la ayuda del rab Dessler. Dice en Mijtav Mi Eliahu: “La verdad está cerca de todos pero es difícil de percibir por culpa del keshei oref que se interpone delante de la voluntad del hombre por reconocer la verdad”.

Mi keshei oref prefiere sufrir antes de dar el brazo a torcer. Los dolores ya ni me permitían inclinarme en la Amidá, pero yo seguía obstinada, sin ganas de cuestionar nada y dispuesta a seguir repitiendo una y otra vez los mismos errores.

La rabanit Iemima Mizrahi enseña que cuando uno enfrenta un sufrimiento no hay que preguntar lama -¿por qué?- sino le ma -¿para qué? La respuesta, camuflada con distintos disfraces, para mí es siempre la misma: para crecer, para avanzar, para cuestionarse por qué uno elige vivir como vive.

Unos días antes había salido a caminar temprano, a tiempo todavía para darme cuenta de que camino como camino por puro orgullo y pocas ganas de cambiar.

El keshei oref enceguece hasta que llega un viento frío o doloroso que te obliga a bajar la cabeza. Y si tenés mucha suerte descubrís el cielo reflejado en la  tierra.

3 comentarios leave one →
  1. ithiel permalink
    febrero 20, 2017 7:46 pm

    Uyy Judi…tu post me queda como anillo al dedo.
    Solo hay dos maneras de aprender: por la buena o por la mala.

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  2. ithiel permalink
    febrero 20, 2017 7:47 pm

    Gracias por recordármelo.

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  3. Ester Grinspon permalink
    febrero 22, 2017 5:21 pm

    Hola! El cielo reflejado en la tierra me encanto!!! Como siempre una felicitacion y un abrazo virtual!!! Espero que tengas refua shelema, y te sientas muy bien para seguir deleitandonos con tus enseñanzas.

    Tenes algun articulo sobre el tema: Papel o importancia de los abuelos? No recuerdo haber leido nada al respecto y me interesaria tu opinion!!

    Te mando un beso gigante, y ojala pronto nos visites en Argentina con otro libro.😘🌍🌎💕💕

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