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Día 26: Algo bueno

septiembre 28, 2016

 

En la película Bagdad Café la protagonista llega a un hotel en la mitad de una ruta desértica, se instala allí un tiempo y transforma para bien la vida de quienes la rodean.

Era muy joven cuando vi esa película y recuerdo haber salido del cine con la intención de convertirme en una persona que deja algo bueno por donde pasa.

Esa misma semana yo viajaba a la facultad y una chica cayó desplomada en el colectivo. Cuando llegó la ambulancia los paramédicos preguntaron quién la podía acompañar al hospital y yo me ofrecí impulsada por el recuerdo fresco de la película y también por sentirme identificada con la chica, quien llevaba una carpeta de la carrera de diseño igual a la mía.

Pasé aquella mañana sosteniéndole la mano, intentando localizar a sus familiares (en esa época todavía no existían los celulares) y hablando sobre su estado de salud con doctores que se dirigían a mí como si la desconocida estuviese a mi cargo. Ella casi no se despertó en todo ese tiempo, aunque su condición no era grave. Cuando llegó su mamá -a quien yo había logrado ubicar en su trabajo-, me fui.

Al día siguiente me la crucé en las escaleras de la facultad. Sonreí y tuve el impulso de abrazarla, pero cuando iba a acercarme, ella me ignoró y pasó a mi lado como si nada.

Me sentí mal. Muy mal. Si bien entendía que no tenía por qué reconocerme ya que en el hospital había pasado la mayoría del tiempo inconciente, no me sirvió esa racionalización.

Por lo visto yo no quería hacer el bien, yo quería que se supiese que había hecho el bien.

Hay un viejo chiste que cuenta que un año un judío decide no ir a rezar en Iom Kipur y en su lugar va a jugar al golf. Los ángeles se enfurecen y le piden a Hashem que lo castigue.

En el primer golpe, el hombre hace hoyo en uno, algo muy difícil de conseguir. En el segundo hoyo su suerte se repite. En el tercero también.

-¡Es Iom Kipur  y ese hombre en lugar de estar rezando está jugando al golf! –protestan los ángeles- ¿por qué le das tres hoyos en uno?
-¿A quién se lo puede contar? –contesta Hashem.

Hacer cosas buenas, nos convierte en buenas personas. Contar que hacemos cosas buenas, no.

No sirve de nada proclamar que uno desea que se acabe el hambre y las guerras en el mundo y después empujar a un anciano para subir antes al tren.

En cambio, aunque nuestras intenciones no sean tan puras, una mitzvá hecha con segundas intenciones -como por ejemplo con la intención de  recibir recompensa o reconocimiento-  también tiene un efecto en nuestra neshamá.

Los Sabios dijeron: Una persona siempre debería ocuparse en la Torá, aunque sea en lo lishmá, ya que de lo lishmá llega a lishmá (Rambam. Hiljot Teshuvá, Cap. 10).

El desafío de hoy será hacer algo bueno por un desconocido. Por nuestros seres queridos o por quienes sabemos que están pasando un momento difícil constantemente hacemos cosas buenas. Sería genial si nos acostumbrásemos a comportarnos así con todo el mundo.

No sabemos por lo que está pasando la otra persona, pero alcanza con saber que respira para entender que tiene alguna clase de problema. Seguramente no hubiésemos sido tan cortantes con el telemarketer que nos molestó a media mañana si hubiésemos sabido que a su hijo le acaban de diagnosticar una enfermedad. No hubiésemos sido tan rudos con la camarera de haber sabido que le acababan de recortar el sueldo.

Una técnica para desarrollar empatía pensar a la inversa y recordar alguna situación en la que hayamos sido maltratados o ignorados cuando lo que necesitábamos era comprensión porque estábamos pasando un momento difícil.

Yo me repito a mí misma siempre la misma historia para sensibilizarse y reconocer que no tengo idea por qué situación está pasando el otro: Hace algunos años, en una de las últimas internaciones de mi madre a´h, yo conseguí que una de sus amigas me suplantara unas horas en el hospital y corrí a hacer las compras.

En la caja del supermercado la cola era larga y esperé pacientemente. Justo antes de que llegara mi turno el cajero la cerró. Cuando le reclamé que desde hacía un largo rato yo estaba esperando mi turno, él me contestó de muy mala manera y me gritó que me había avisado y que yo me había hecho la distraída.

Esos días yo estaba muy sensible y ahí mismo, en el supermercado, me largué a llorar.

Visto desde afuera se podría haber pensado que yo estaba un poco loca o exagerando la situación, pero estoy segura de que si alguien hubiese sabido lo que yo estaba pasando en ese momento, hubiese intentado ayudar en lugar de quedarse mirando.

Para la propuesta de hoy necesitamos empatía. Desarrollarla es bastante fácil; basta cambiar una palabra, tal como se aprende de la siguiente historia:

El rab Lipschutz cuenta que su abuelo tuvo el mérito de estudiar en la Ieshivá del Jafetz Jaim, y que cuando dejó la ciudad de Radin para ir a estudiar a Kelm, el Jafetz Jaim lo despidió diciéndole: “Anda y habla con judíos”.

Primero le dijo “anda”.  No te quedes sentado esperando la oportunidad de convertirte en una gran persona, así no es como sucede, hay que ir hacia allí.

Y después agregó: “habla con judíos”. No dijo “habla de judíos”, no dijo “háblale a judíos”. Habla con judíos. Involúcrate con la gente, acepta el compromiso de que se puede hacer una diferencia.

Faltan 14 días para Iom Kipur. Que tengamos el zejut de hacer hoy muchas cosas buenas y una larga vida para multiplicarlas.

3 comentarios leave one →
  1. Amalia permalink
    septiembre 28, 2016 3:48 pm

    Uuuuuuuf: ¡ qué diferencia tan grande !
    Dices:
    Por lo visto yo no quería hacer el bien, yo quería que se supiese que había hecho el bien.

    Simplemente… ¡ me encanta !

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  2. ithiel permalink
    septiembre 28, 2016 6:21 pm

    Gracias por venir a consolarme Judi.

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  3. Coty permalink
    septiembre 29, 2016 4:11 am

    Touche…. Debo trabajar en eso!!! Gracias judi
    Ya empiezo a palpar el final de este hermoso y arduo reto de elul….. Y comienzo a extrañarlo!! Gracias de nuevo

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