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Nuevas y viejas reflexiones de Tishá be Av

agosto 11, 2016
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Cuando escapó de Europa, al abuelo de Shelley Berman le prometieron que en América encontraría las calles pavimentadas con oro.

Cuando llegó descubrió tres cosas:

  1. Que las calles no estaban pavimentadas con oro.
  2. Que las calles no estaban pavimentadas.
  3. Que él sería quien tendría que pavimentar las calles.

Antes de Tishá be Av recuerdo esta historia. Son días en los que no quiero pensar ni hacer nada. Días en lo que tengo ganas de esconderme detrás de una puerta a esperar que todo pase. Que pase el ayuno, el duelo y la tristeza. Que vuelvan la música y la ropa lavada. No tengo ganas de esforzarme.

Tishá be Av de alguna manera me resulta ajeno. Ellos, que han destruido el templo, tendrían que reconstruirlo. Yo, argentina, no hice nada. Por supuesto les explico a mis hijos que cada mitzvá que ellos hacen bla bla bla construye una nueva piedra en el Beit Hamikdash piri pi pi, pero la verdad, yo no tengo ganas de ponerme a construir y mucho menos hacerme cargo por lo sucedido hace casi dos mil años.

Y para colmo, la historia de Kamtza y Bar Kamtza. Si hasta parece un cuento para niños: había una vez un señor que fue humillado, se volvió muy, muy malo y quiso vengarse de su pueblo. Colorín colorado.

Allá lejos y hace tiempo, ellos siguen siendo los culpables del destierro. Yo, preparando el almuerzo en Jerusalem, no tengo nada que ver con eso.

Un señor se volvió muy malo

Digo “un señor que se volvió muy malo” y recuerdo un artículo en el que el rab Grylak reflexiona acerca de lo sucedido en un crucero que quedó detenido en medio del océano dejando a cuatro mil personas sin agua ni alimentos.

Pasaron cinco días de miseria y miedo y el artículo destaca que en esa situación extrema, algunos de los pasajeros se convirtieron en héroes, preocupándose por el bien del prójimo y aprovechando cada oportunidad para ayudar al resto, pero otras personas se comportaron como animales, robando comida y agua, por ejemplo.

Es fácil imaginarme que yo hubiese sido parte de los héroes en ese barco inmovilizado, pero la realidad sólo la descubriría estancada en el medio del océano.

Es fácil imaginarme que no sería como Bar Kamtza, que podría superar las ofensas que me han hecho y no convertirme en acusadora, pero eso no lo sabré hasta no haber sido humillada en una fiesta.

Cada día me enfrento a situaciones en las que puedo elegir cómo comportarme. Cada día Hashem me pone a prueba y aunque me avergüence, tengo que admitir que no siempre las he resuelto de la mejor manera.

¿En quién nos convertimos cuando Dios nos pone a prueba?

El dolor nos transforma de distinta manera a cada uno: nos puede convertir en tiranos abusadores del poder que disfrutan de la venganza y se aprovechan de la desgracia ajena o nos puede convertir en seres compasivos y arriesgados que se comprometen para hacer el bien frente a la realidad que se les presenta.

Lamentablemente la mayoría de las  veces el dolor nos convierte en  rabi Zajaria ben Avkolus, a quien el Talmud señala como el culpable definitivo del jurbán (la destrucción del templo).

Rabbi Zajaria ben Avkolus fue quien decidió no hacer el sacrificio que el Cesar había enviado al templo de Jerusalem para probar que el pueblo judío no planeaba rebelarse en su contra. Él tenía la autoridad para decidir hacer el sacrificio, tenía la autoridad para condenar a Bar Kamtza, pero no se sintió calificado para hacerlo. Entonces no hizo nada.

Si técnicamente Rabbi Zajaria Ben Avkolus no hizo nada ¿entonces cómo puede ser responsable de la destrucción?

Ser parte de la solución y no del problema 

Hacer da miedo. Tomar decisiones da miedo. Enfrentarse al mal, da miedo y ese miedo nos dice que mejor es no hacer nada.

El miedo que nos paraliza es nuestro enemigo. El miedo a equivocarnos es nuestro enemigo. El “por las dudas yo no me meto” destruye. Eso, y el horrible pensamiento que mi felicidad es más importante que la del resto.

Aunque me cueste admitirlo, si el pueblo de Israel sigue sin su templo, en parte es culpa mía. Yo podría haber ayudado a construirlo si hubiese resuelto para bien cada situación en la que Dios me puso a prueba. Yo lo podría haber construido si no me hubiese rendido ante el miedo o la pereza de hacer lo que podría haber hecho.

Al igual que el abuelo de Shelley Berman, si entendiese que si no quiero seguir viviendo entre las ruinas soy yo quien tiene que pavimentar el camino; elegir hacer el bien, sólo el bien, siempre el bien, sin que importe el esfuerzo.

5 comentarios leave one →
  1. Claudia Lissmann permalink
    agosto 11, 2016 2:07 pm

    Hola judi
    Una vez mas disfrutando de tus sabias reflexiones
    Nada mejor que esto para empezar el dia en este pais lejano y tan poco kadosh pais
    Tu admiradora( me debes el cafe)
    Tzom kal

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    • agosto 11, 2016 2:37 pm

      En Chile estás vos y muchas otras amigas que llevan la kedushá, así que tan poco kadosh no es.
      Es verdad que te debo el café, pero perdonámelo si no vas a venir antes de kipur así no quedo en deuda. 😀

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  2. leah bendahan permalink
    agosto 11, 2016 4:33 pm

    Ahora si me dejaste sin palabras!!! Impresionante,simplemente mucho Para pensar.leah

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  3. Denise permalink
    agosto 11, 2016 8:13 pm

    Judi. Yo soy unas de tus primeras admiradoras. Muy bueno el artículo! Gracias por transmitir tanta verdad. Un abrazo. 😘

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  4. ithiel permalink
    agosto 14, 2016 9:13 pm

    Judi…..acabo de leerte.

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