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Música para mis odios

mayo 1, 2016

Escribo sin música. Por primera vez. No saben cómo me cuesta. Estoy sufriendo como si hubiese tenido que tomar el mando de un boeing 747 porque el piloto, el copiloto y el resto de la tripulación se intoxicó con la comida del avión. En esta comparación yo fui la única que no fue intoxicada porque pedí el menú kosher, así que la comparación es verosímil.

Cada situación en  mi vida está musicalizada. Me concentro mejor cuando escucho Dustin O’Halloran, la cocina es menos aburrida con Nina Simone y el miedo al dentista lo apacigua Jorge Fandermole. La música, cuando escribo, me ayuda a despegar y a continuar el vuelo.

En algún punto sospecho que escribo por descarte, por no saber expresarme de esa manera. No sé componer, no sé tocar ningún instrumento y mis cantos parecen los alaridos de terror de una pasajera de avión que se vio obligada a tomar el mando y declarar la emergencia al grito de mayday.

Quienes están en sintonía con el calendario hebreo sabrán que en estos días se aplica la prohibición de escuchar música. Estamos en la Sefirat HaOmer. Lo aclaro sólo porque a veces me lee una chiquita simpática que seguramente no recuerda esa enseñanza de sus días de shule. Si alguien quiere más detalles, que los vaya a buscar a otro sitio, alguno que esté comprometido con la difusión de nuestra sabiduría y no aquí en donde solo nos ocupamos de atravesar turbulencias.

Volviendo al tema, se preguntarán cómo puede ser que esta sea la primera vez que escribo sin música. En el archivo se comprueba que hay otros escritos durante la época de la sefirá o durante las tres semanas (ojalá tuviese un lector tan minucioso como para buscar en los archivos). La respuesta es que esta es la primera vez porque el resto de las veces me apoyé en un heter (autorización personal) para escuchar música mientras trabajaba.

Mi oficio es maquetar libros: acomodo cajas de texto, alineo renglones, margino índices. Hacer esa clase de trabajo sin escuchar música puede llevar a la locura. Los psiquiátricos están repletos de diseñadores gráficos que tuvieron un brote psicótico el día que se cayó Spotify.

Para quienes no están cerca de la vida ortodoxa, la idea de conseguir un heter puede parecer el colmo de la hipocresía y una ridiculez al mismo tiempo. Pedir permiso para escuchar música –o para cualquier otra cosa- puede parecer el súmmum del sometimiento, pero es todo lo contrario.

Poder pedir permiso para ser indulgente en una mitzvá que resulta particularmente difícil es una liberación. También es una muestra de la consideración de Hashem hacia sus criaturas. La diferencia entre tener o no un heter es la misma que tener o no tener un experto en la torre de control dando las indicaciones para un aterrizaje de emergencia.

Podrían cuestionarme –hipotéticamente, porque ustedes no me cuestionan nada- por qué extendí un heter que servía para trabajar y lo asocié con la escritura. No me dejen sola en esto: confesemos en conjunto que en esa falencia caemos muchos baalei tehsuvá: nos dan un heter para escuchar música para la clase de spinning, y asociamos que también debe servir para las caminatas matutinas al trabajo porque después de todo también es ejercicio físico.

La cuestión es que estos días no estoy trabajando. No trabajo, más no tengo heter para la música, es igual a no escribo porque escribir sin música me hace sufrir como tripulando un avión porque piripipi -todo eso de la intoxicación- con un motor incendiado.

Hace unos días mi hijo mayor daba vueltas por la cocina:

-Me cuesta mucho no escuchar música -me dijo.

-Si te es tan difícil podrías conseguir un heter –contesté como buena madre sobreprotectora.

Al rato mi hijo volvió. Mientras abría la alacena, la cerraba y la volvía a abrir para ver si por arte de magia había aparecido un chocolate en ese intervalo, me comentó al pasar.

-¿Por qué voy a pedir un heter si lo interesante de no escuchar música es lo difícil que  me resulta?

-Mmm ¿qué?- pregunté desconcertada- ¿cómo sería eso?

-Que me estoy haciendo más fuerte al resistir la tentación.

Odio hacer las cosas en silencio. Hoy escribo sin música porque mi hijo me hizo notar que las halajot están para extender mis límites. Es bueno hacer las cosas de una manera distinta. Probar algo nuevo. Romper la armonía. Salvarse de uno mismo y aterrizar sana y salva.

2 comentarios leave one →
  1. ithiel permalink
    mayo 1, 2016 3:57 pm

    Tratar de subir los peldaños con firmeza…de eso se trata,¿o no es así Judi?
    Shavua tov!

    Me gusta

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