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Una noche imperfecta

noviembre 26, 2015
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Lo que viví en Argentina fue impresionante.

Llegué ayer a Israel, estoy cansada, con el horario dado vuelta e intentando poner un poco la casa en orden (entre otras cosas encontré un shnitzel quemado en el microondas).

Bli neder contaré aquí algunas historias (voy a exprimir la experiencia hasta su última gota), pero por ahora solo puedo agradecer a quienes nos acompañaron y compartir lo que pasó con quienes no pudieron estar en el evento:

En realidad la noche comenzó varios días antes. Las extrañas movilizamos a un batallón. El marido de Karina instaló luces y soportó estoicamente los parloteos femeninos. Erica encargó las tortas, consiguió faroles para poner junto a la pileta, me regaló un chiste para el discurso. Karina compró antorchas, millones de flores y probó sin descanso la ubicación de la alfombra.

Esa tarde Andi, Caro y yo ensayamos y probamos sonido. Pasamos varias horas preparándonos y divirtiéndonos:

El evento debía comenzar a las ocho y media.

A las ocho en punto ya teníamos todo listo.

A las ocho y diez se largó una tormenta y tuvimos que reorganizar todo.

Por lo menos quedaron las fotos como testimonio de lo hermoso que estaba el lugar:

02

Trabajamos mucho el ha kol le tová (todo es para bien) y aceptamos que la noche iba a ser más imperfecta de lo planeado: Adriana, nuestra primera invitada nos ayudó a entrar y secar las sillas. Erica creó un “living MTV” en diez minutos.

Empezó a llegar la gente.

Largamos.

Cada una de nosotras dio un pequeño discurso (el mío no tan pequeño, perdón). Después Andi leyó el texto “Escenas en un centro comercial” y nos hizo desternillar de risa. Estrella improvisó “Las cinco etapas del duelo de las mujeres a dieta” y se ganó nuestros aplausos.

Para quien quiera sufrirlo, pego a continuación mi discurso. Quien quiera evitarse el aburrimiento que lo salte y siga leyendo más abajo.

Hace 14 años que no volvía a Argentina. Estoy en una montaña rusa emocional (o montaña turca, como ustedes prefieran). Antes de viajar les pedí a mis amigas que estuviesen atentas, porque podían pasar dos cosas: iba a estar encendida o iba a estar apagada. Las posibilidades eran que podía pasar mi visita en estado automático, apagada, sin conectarme con mis emociones, actuando como un robot: “hola mucho gusto pase el siguiente” o podía estar desbordada por las emociones, encendida:  “wow mis sobrinos por fin conocí a mis sobrinos, ay Santa Fe y Callao no puedo creer que estoy en Santa Fe y Callao, uy qué emoción, una birome bic.

Podía inundar la ciudad con lágrimas o con apatía, pero en ninguno de los dos casos iba a poder hacer lo que vine a hacer. Y como viajé más de 12000 kilómetros para eso, tengo que estar muy atenta para no desperdiciar la oportunidad.

Qué es eso tan importante que vine a hacer, se preguntarán ustedes. No vine a presentar el libro, no vine de vacaciones, y no vine a comer fugazetta.

Vine a conectarme.

Hace un tiempo descubrí que lo único que me importa es la conexión: la conexión a internet. No. En serio: la conexión conmigo misma, saber quién soy, qué tengo que hacer; la conexión con los otros, reconocer a la otra persona, establecer un vínculo auténtico;  y por supuesto la conexión con Hashem, que es para lo que vinimos al mundo.

Sara Yoheved Rigler dice en uno de sus libros que solo dos actitudes son posibles: o estamos conectados o estamos desconectados, no hay nada en el medio, no hay grises. Yo siento que de alguna manera tengo un pie en cada lado. De a ratos  estoy conectada, de a ratos desconectada.

Me preguntaba el otro día mientras lavaba los platos (gran parte de mis revelaciones las tengo mientras lavo los platos, por eso no tengo lavavajillas)  qué es lo que hace que yo salto de un lado a otro, qué factor influye para que a veces esté presente y consciente de lo que rodea, y a veces me vaya al otro extremo, me distraiga, no me entere.

La respuesta a simple vista parecía no tener relación con el tema: descubrí que a mí lo que me conecta y me desconecta tiene que ver con el miedo al ridículo, la vergüenza y las ansias de perfección.´

Para que la conexión, en cualquiera de sus niveles, suceda hay que permitir que se nos vea, que se nos vea realmente. Para conectarme conmigo misma tengo que aceptarme como soy; para conectarme con los demás tengo que mostrarme tal como soy y para conectarme con Hashem tengo que hacerme cargo de ser como soy, hacerme cargo de las herramientas con las que Él me mandó al mundo.

Estos tres son lugares muy vulnerables en donde a mí no me gusta estar.  

Lamentablemente yo he vivido detenida por esas ansias de perfección la mayor parte de mi vida. Hacer cualquier cosa de una manera menos que perfecta no era suficiente. Y si uno piensa que todo lo que hace tiene que ser perfecto, uno termina no haciendo nada.

Todo mi trabajo personal últimamente está enfocado hacia allí porque en algún momento tuve que reconocer que esa tendencia al perfeccionismo me detenía, me hacía desperdiciar mi vida. Hoy puedo decir que soy una perfeccionista en recuperación: “hola me llamo Judi y hace tres años y doce días que acepto que hago las cosas imperfectamente”.

Quiero contar una historia que explica de qué manera la vergüenza y el miedo al fracaso me detenían. Es una historia mínima, pero que sirve como ejemplo.

Para poder contarla tuve que pedirle permiso a mi amiga Karina porque ella aparte de ser  la dueña de esta casa y amiga mía desde la adolescencia, también fue protagonista de este cuento.

Hay que viajar en el tiempo para contar esta historia. Karina y yo éramos adolescentes. Si toman una dosis de omega 3 quizá puedan imaginarlo. A Karina y a mí nos gustaba cantar. Muchas noches nos quedábamos en su casa creyéndonos Hilda Lizarazzu, improvisando canciones frente a un micrófono imaginario.

Un día Karina convenció al cantante de una banda para que nos aceptase como coristas. El grupo se llamaba Freecandeu, tocaban bastante mal y ensayaban en un garage con olor a humedad. A nosotras no nos importaba porque cuando nos dijeron que podíamos formar parte del grupo nos sentimos estrellas de rock. Estábamos cumpliendo nuestro sueño. Nuestra actuación era bastante pobre, deslucida, en algunos temas decíamos la la la, en otros uuu, y nada más. Nunca nos dieron letra, ni siquiera nos dieron una pandereta.  

Un día Freecandeu consiguió una fecha para tocar en un pub. Nos  pusimos contentas, para nosotras era como si nos hubiésemos convertido en Fabiana Cantilo, nos compramos ropa, ensayamos (los u u u nos llegaron a salir muy bien) y la noche del estreno nos vestimos y maquillamos con mucha ansiedad y nervios, como yo hice esta tarde para el evento (un poco menos tzanua quizá, pero con las mismas ganas).

Llegamos al pub, nos paramos detrás del escenario mientras el grupo se organizaba, probaba sonido, enchufaba los instrumentos. Cuando la gente empezó a entrar a mí empezó a entrar el pánico. El ataque del “para qué”. Para qué cantar, para qué ponerse en ridículo, para qué exponerse, para qué tenemos que hacer algo que seguramente nos va a salir mal. Para qué para qué y para qué.

El monstruo de la vergüenza y el miedo al ridículo se había apoderado de mí y no había con qué detenerlo. El pub ya estaba lleno, la gente esperaba el show, los músicos salieron al escenario- Yo transpiraba. Karina dio un paso para salir a escena cuando sonaban los primeros acordes. Yo la agarré del  brazo, la arrastré hasta la puerta y nos escapamos en un taxi.

No sé si alguna vez Karina pudo perdonarme que yo haya truncado su carrera. Sin aquel ataque de miedo, muy posiblemente ella hoy fuese como Adele (porque ella sí canta bien). Aprovecho esta noche para pedirle perdón y espero alguna vez poder recompensarla, reparar la pérdida que le causé. Sin embargo yo estoy agradecida por aquella noche Freecandeu porque gracias ella aprendí la lección que me llevó a escribir este libro, a publicarlo y a viajar 12.000 kilómetros veinte años después, a presentarlo frente a ustedes.

Esa paranoia, que hoy llamo ietzer hará, ese “para qué” ese miedo al fracaso es un enemigo que yo me dedico a enfrentar. Aprendí que en la tradición judía cuando algo -cualquier cosa, buena o mala-, nos sucede, el judío no pregunta lama ¿por qué? Sino ¿le ma? ¿para qué? pero esa pregunta tiene que venir después, nunca antes. Si la hacés antes te detiene y eso impide que puedas descubrir la respuesta que estaba oculta en el camino. No se puede entender hacia dónde se dirige uno a menos que ya se esté en marcha. Si yo me preguntaba para qué escribir antes y no después de hacerlo, nunca hubiese averiguado la respuesta.

O sea que yo aprendí -o estoy tratando de aprender-,  que mi trabajo personal es animarme a equivocarme, atreverme a hacer el ridículo a superar el miedo al qué dirán. No dejar que el miedo y las ansias de perfección me detengan.

En la época de Feecandeu yo creía que tenía que esperar a estar lista para hacer las cosas. Con el tiempo aprendí que las cosas se hacen  cuando uno no está listo. Uno nunca está listo para nada. Ni para escribir un libro, ni para se madre, ni para se esposa (con esto último mi marido está de acuerdo). Yo ya estoy reconciliada con la idea. Yo y Hashem, porque entendí que Hashem no espera la perfección, espera el proceso.  

Las cosas que no hice por dejarme atrapar por ese ietzer hará se me quedaron atragantadas. Fueron muchas y durante muchos años, créanme. Les ponía cualquier nombre: no tengo tiempo, no sé hacerlo, no vale la pena. La verdad era siempre la misma: tengo miedo al fracaso, tengo miedo a que se vean mis partes menos perfectas.

Sé que muchas de ustedes me entienden y en este mismo momento están pensando en alguna de sus cuentas pendientes.  

Hay una investigadora americana, Bené Brown, que estudió específicamente este tema y descubrió que hay dos clases de personas, por un lado están quienes tienen el coraje de aceptarse imperfectos y por el otro lado quienes no. Lo que diferencia a los primeros –que resultaron ser más capaces, felices y productivos- de los segundos fue que tienen son personas que sienten compasión por sí mismos. No se castigan por cada error o desacierto.

Este libro, es un esfuerzo para pasarme al otro lado, al de la gente que se acepta en su totalidad. Y también lo es pararme aquí frente a ustedes. Yo quiero recordar esta noche como la noche en la que no me escapé en un taxi, la noche en  que me animé a mostrarme vulnerable.

Para conectarse uno tiene que ser auténtico. Ser auténtico implica dejar ir la idea de lo que creemos que debemos ser y mostrarnos como somos.

La conexión en su máximo exponente está representada por los trabajos que se realizaban en el Beit Hamikdash, el templo de Jerusalem.

Todos esos trabajos eran trabajos de conexión con Hashem. Uno de esos trabajos era el que se hacía con incienso, el Ketoret. Un  incienso compuesto por 11 especias: 10 que huelen maravillosamente, más una llamada Jelbena, que por sí sola huele mal,  pero que cuando es mezclada con las otras especias, no solo pasa a oler bien, sino que intensifica el aroma de cada una de las otras. El Jebena es esencial para el incienso.

Jazal, los sabios de Israel, enseñan que el Ketoret representa a Am Israel: las 10 especias que huelen bien representan a los justos a los tzadikim, y la que huele mal, al malvado. Y eso nos enseña que la avodat Hashem  solo es posible con la unión de su pueblo.

Yo, descaradamente me atrevo a llevar esa enseñanza para otro lado, al lado de las midot, cualidades personales. No todos nuestros aromas son tan agradables, pero nuestra completitud es la única manera que tenemos para ofrecernos. Enteros. Siendo un todo. Aceptando nuestras virtudes y nuestros defectos.

Con esto no quiero decir que nos tenemos que conformar y dejar de mejorar, tirar la chancleta, rendirnos ante nuestros defectos. Simplemente digo que  tenemos que dejar de castigarnos por no ser perfectos.

Y eso es lo que pretendo de esta noche, un encuentro desde la autenticidad. Que mostremos lo que somos, sin vergüenza, sin miedo al qué dirán. Que dejemos de sacarnos fotos con filtro. Quienes somos es lo único que tenemos para pasar por esta vida y no nos está permitido detenernos ni por el miedo, ni la vergüenza ni por las ansias de perfección. Les pido que nos animemos, disfrutemos de esta noche y de esta vida, conectándonos desde quiénes somos, perfectamente imperfectas.

Después, mientras charlabamos y tomábamos café con torta, dejó de llover así que decidimos correr el riesgo de volver al jardín para no quedarnos con las ganas.

Trasladamos el show afuera. Las hicimos trabajar a todas, nadie se salvó de cargar sillas. Yo dejé que el resto se quedase, pero en realidad el espectáculo era solo para mí, que por primera vez tenía la oportunidad de escuchar en vivo a Caro.

Para resarcir la fuga a la que aludo en mi discurso y que truncó la carrera musical de mi amiga Karina, Caro nos invitó a participar en su nuevo tema “Puentes Levadizos” que va a ser parte de su próximo disco. Nosotras, caraduras, subimos al escenario para arruinarle su impecable actuación haciéndole los coros.

Por suerte después subió a cantar Andrea Citwar, que (ella sí) acompañó maravillosamente a Caro.

Y esta fue nuestra noche imperfecta.

Mejor no pudo haber salido.

Gracias por haber venido o por haber leído.

Las extrañas queremos agradecer mi papá que retiró los libros de imprenta y nos ayudó a resolver muchísimas cosas; a Inés que nos consiguió el flete; a Yoel que ayudó en los preparativos y corrió bajo la lluvia para rescatar las sillas; a Estrella que leyó maravillosamente mi cuento; a Andre, que aparte de cantar, se ocupó de la venta de libros; a Dalia que hizo el cartel para la mesa de venta y en especial al templo de Moldes, que nos prestó las sillas (gracias Romina). 

Las fantásticas fotos son de Libi Chaskielberg.

El libro Oi va voi se puede conseguir en la librería Mazal Tov: Moldes 2495 o poniéndose en contacto con Andi: andiw@fibertel.com.ar

10 comentarios leave one →
  1. noviembre 27, 2015 12:22 am

    Fue una noche perfecta, porque fue imperfecta, porque tu discurso cronometrado fue desmedidamente entretenido y conmovedor, porque brillaste sin usar strass, porque todas podriamos haber estado perfectamente haciendo otra cosa pero estabamos ahi, juntas, celebrando un sueño cumplido.
    No puedo dejar de mencionar que hasta el ramo de flores que sostenes en alguna foto fue entregado a destiempo, en el “post”, entre cervezas y restos deformes de torta. Fue una noche imperfecta, inolvidable y fugaz. Como se te extraña!!

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    • noviembre 27, 2015 5:00 am

      Carito, tenés razón, todo fue imperfecto, excepto tu actuación. No paro de recibir comentarios al respecto. No era novedad para mí lo genial que sos, pero escucharte en vivo fue otro nivel.
      Supongo que voy a tener que soportar los chistes por el cronómetro un largo tiempo… y ustedes, que no me creían cuando les decía que tengo alma de ieke.

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  2. Andrea permalink
    noviembre 27, 2015 1:11 am

    Que suerte que en el mundo hay gente como uds, que convoca por sus ganas de dar, de ofrecer… sin razon, nos une, algo que construimos desde lejos durante estos anios, pero mas me unio a uds haber sido parte de esa noche maravillosa
    Me guardo la magia para siempre!! Fue un placer

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    • noviembre 27, 2015 5:04 am

      Ay! yo creía que te había arruinado la noche pidiéndote que me ayudes con las ventas. Ahora hablemos de la meticulosidad con la que lo hiciste. Explicame ¿sos contadora, super ordenada o ieke?

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      • Andrea permalink
        noviembre 30, 2015 2:14 pm

        Nada de eso: ansiosa, controladora y obsesiva… Gracias a vos tuve una oportunidad UNICA!! de usar estas horribles midot para algo util 🙂

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  3. Flavia Lea.. No se, yo! permalink
    noviembre 27, 2015 6:43 am

    Sos excelente Judi, me encanta leer tus cosas, es como si estuviese hablando con vos, o conmigo, que debe ser lo que me atrae. Son las 8.38 am de viernes, lo que va hasta ahora fue todo torcido, estoy engripada, discutí con mi marido, no tengo ni 5 de ganas de preparar Shabat y me arrancaste una sonrisa, por otro lado, no sabía lo de las escencias del Beit Hamikdash, es un gran ejemplo para poder manejar la partecita de nuestro caracter que detestamos aplicándola en las partes que adoramos, y las que adoramos se intensifican. Buenísimo!!
    De nuevo, sos excelente. Gracias como siempre, mil veces gracias. (Ortografia desastrosa, ya se. E lo ke ai)

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    • noviembre 27, 2015 7:03 am

      Flavia! debés haber sido la única que leyó el discurso… ¡y hasta el final! kol hakavod :D.
      Beso y que llegues bien con los preparativos de shabat (existe comprar comida hecha una vez).
      shabat shalom

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  4. facebook permalink
    noviembre 29, 2015 4:27 am

    Querida Vale:
    Hermoso el discurso. Lo lei y lo voy a volver a leer varias veces bn.
    Les pido disculpas que no pude estar allí. Me hubiese encantado. Sos realmente genial.
    Un abraote,
    Den

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  5. noviembre 29, 2015 7:35 am

    Den ¿cómo que disculpas? me hubiese encantado verte, pero ir desde Chile hubiese sido demasiado!!!
    Ojo que Caro tiene ganas de hacer algo ahí.. quién te dice.
    Un beso enorme

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  6. carina milewich permalink
    diciembre 1, 2015 11:56 pm

    judi te conoci en la puerta de moldes y el dia de la presentación del libro no pude ir pero vi fotos y ya voy corriendo a comprar el libro Andy caro y judi 3 genias

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