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La niña que se comía sus sentimientos

julio 12, 2015
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Los martes y jueves Elena volvía en el colectivo repleto de oficinistas y estudiantes universitarios. Durante el viaje recibía golpes de maletines y mochilas cargadas con libros de derecho, pero ella no parecía notarlo. Subía en Callao y Santa Fe y durante los cuarenta minutos que tardaba en llegar a su casa, no dejaba de pensar en el profesor Ruiz. En Ruiz y en las faltas ortográficas.

Ruiz fue el primero en arruinar su mundo, pero después vinieron los otros, los que de una manera u otra le decían lo mismo: Elena, usted no sirve para nada.

Al bajar del colectivo se secaba las lágrimas y esperaba unos minutos para que su cara no la delatara. No quería que su mamá, a quien encontraba junto a la ventana cosiendo o planchando, le preguntase por qué había llorado. No hubiese podido explicarlo. Simplemente iba a la cocina, preparaba una chocolatada y sacaba el dulce de leche de la heladera.

Untaba una galletita y se tragaba el usted es más burra que Platero. Con la segunda galletita trituraba el usted no va a llegar a ningún lado. Recién con la tercera la experiencia empezaba a surgir efecto: la angustia desaparecía poco a poco mientras masticaba.

Mágicamente las tildes y las be largas ya no importaban. El sabor del dulce de leche tapaba todo. El dulce de leche la quería aunque lo escribiese con ce o con zeta.

Ruiz fue el primero y para cuando llegaron los otros, Elena ya sabía convertir el dolor en migajas. Las faltas ortográficas fueron reemplazadas por la cuenta del banco. O un hijo que cada vez le hablaba menos. Las cosas habían cambiado pero Elena seguía abriendo la heladera en busca de alivio.

Aunque desde hacía mucho tiempo esa anestesia había dejado de funcionar, ella seguía insistiendo.

Sentada en la mesa de la cocina intentaba acallar las infamias de sus compañeros de trabajo gratinándolas con queso. Disimular  la pequeña estafa a la que fue sometida mezclándola con mayonesa.

No le sentía gusto a nada. Le daba lo mismo un pastel de frambuesa que el arroz seco de hace dos días. Lo importantes era masticar. El ruido de las papas fritas trituradas tapa los pensamientos.

Un martes Elena está redactando un informe largo y aburrido. Escribe con seguridad sinergia, inescrutable, expectación. Sonríe y se enorgullece  por su ortografía impecable. Recuerda a Ruiz y se pregunta qué habrá sido de él. Hace treinta años ya tenía más de sesenta.

Va hacia la cocina en busca del dulce de leche. Se queda parada frente a la heladera abierta. Ruiz está muerto, piensa. Lo piensa pero no lo dice. De niña le enseñaron que no se habla con la boca llena.

7 comentarios leave one →
  1. sonita permalink
    julio 12, 2015 6:55 pm

    Diooooos!!! POR QUÉ me identifico tanto con todoooo!!!!

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  2. la judith permalink
    julio 12, 2015 7:21 pm

    y yo con el el dulce de leche ….uffff esos maestros me arruinaron .

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  3. ithiel permalink
    julio 13, 2015 10:29 pm

    Gauuu..qué final del cuento…me encantó!

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  4. vane da permalink
    julio 16, 2015 1:08 pm

    Intentando ir un poquito mas alla del dulce de leche,
    Es duro pensar cuanto mal pueďe hacer una (o varias) personàs influyentes en la vida de un chico. Aun cdo ya no esten estas personas ( quiźas ni siquiera en este mundo) pueden seguir perjuďicando al ya adulto..
    Palo para nosotras (mas bien para mi): esas personas influyentes somos ahora nosotros/as, siendo maestras, madres! Ojo! Es ñtro deber ahora cuisdar la autoeßtima de ntros alumnos y/o hijos!!y quw no les paase como a ” la niña que..”
    Saludoß a todas!!!
    Excelente judy!!!!!gracias x reģalarnos este cuento!!

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