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Música para mis odios

abril 17, 2015

Escribo sin música. Por primera vez. No saben lo que me cuesta. Estoy sufriendo como si hubiese tenido que tomar el mando de un boeing 747 porque el piloto, el copiloto y el resto de la tripulación se intoxicó con la comida del avión. En esta comparación yo fui la única que no fue intoxicada porque pedí el menú kosher, así que es verosímil.

Amo la música. Cada situación en  mi vida está musicalizada. Me concentro mejor cuando escucho Dustin O’Halloran, la cocina es menos aburrida con Nina Simone y el miedo al dentista lo apacigua Jorge Fandermole. La música, cuando escribo, me ayuda a despegar y a continuar el vuelo.

En algún punto sospecho que escribo por descarte, por no saber expresarme de esa manera. No sé componer, no sé tocar ningún instrumento y mis cantos parecen los alaridos de terror de una pasajera de avión que se vio obligada a tomar el mando y declarar la emergencia al grito de mayday.

Quienes están en sintonía con el calendario hebreo sabrán que en estos días se aplica la prohibición de escuchar música. Estamos en la Sefirat HaOmer. Lo aclaro solo porque a veces me lee una chiquita simpática que seguramente no recuerda esa enseñanza de sus días de shule. Si alguien quiere más detalles, que los vaya a buscar a otro sitio, alguno que esté comprometido con la difusión de nuestra sabiduría y no aquí en donde solo nos ocupamos de atravesar turbulencias.

Volviendo al tema, se preguntarán cómo puede ser que esta sea la primera vez que escribo sin música. En el archivo se comprueba que hay otros escritos durante la época de la sefirá o durante las tres semanas (ojalá tuviese un lector tan minucioso como para buscar en los archivos). La respuesta es que esta es la primera vez porque el resto de las veces me apoyé en un heter (autorización personal) para escuchar música mientras trabajaba.

Mi oficio es maquetar libros: acomodo cajas de texto, alineo renglones, margino índices. Hacer esa clase de trabajo sin escuchar música puede llevar a la locura. Los psiquiátricos están repletos de diseñadores gráficos que tuvieron un brote psicótico el día que se cayó Spotify.

Para quienes no están cerca de la vida ortodoxa, la idea de conseguir un heter puede parecer el colmo de la hipocresía y una ridiculez al mismo tiempo. Pedir permiso para escuchar música –o para cualquier otra cosa- puede parecer el súmmum del sometimiento.

Yo creo lo contrario. Poder pedir permiso para ser indulgente en una mitzvá que resulta particularmente difícil es una liberación. También es una muestra de la consideración de Hashem hacia sus criaturas. La diferencia entre tener o no un heter es la misma que tener o no tener un experto en la torre de control dándo las indicaciones para un aterrizaje de emergencia.

Podrían cuestionarme –hipotéticamente, porque ustedes no me cuestionan nada- por qué extendí un heter que servía para trabajar y lo asocié con la escritura. No me dejen sola en esto, confesemos en conjunto que en esa falencia caemos muchos baalei tehsuvá: nos dan un heter para escuchar música para la clase de spinning, y asociamos que también debe servir para las caminatas matutinas al trabajo porque después de todo también es ejercicio físico.

La cuestión es que estos días no estoy trabajando. Ya lo habrán notado mis escuetos seguidores de Twitter cuando me dediqué a contar minuciosamente por qué no me crecieron los sea monkeys.

No trabajo, más no tengo heter para la música, es igual a no escribo nada porque escribir sin música me hace sufrir como tripulando un avión porque piripipi -todo eso de la intoxicación- con un motor incendiado.

Hace unos días mi hijo mayor daba vueltas por la cocina:

-Me cuesta mucho no escuchar música -me dijo.

-Si te es tan difícil podrías conseguir un heter –contesté como buena madre sobreprotectora.

Al rato mi hijo volvió. Mientras abría la alacena, la cerraba y la volvía a abrir para ver si por arte de magia había aparecido un chocolate en ese intervalo, me comentó al pasar.

-¿Por qué voy a pedir un heter si lo interesante de no escuchar música es lo difícil que  me resulta?

-Mmm ¿qué?- pregunté desconcertada mientras miraba la heladera sin poder acordarme qué había ido a buscar ahí- ¿cómo sería eso?

-Que me estoy haciendo más fuerte al resistir la tentación.

Odio hacer las cosas en silencio. Así soy yo. Pero hoy escribo sin música porque mi hijo me hizo notar que las halajot están para extender mis límites. Es bueno hacer las cosas de una manera distinta. Probar algo nuevo. Romper la armonía. Salvarse de uno mismo, aterrizar sana y salva.

15 comentarios leave one →
  1. abril 17, 2015 11:11 am

    Lloré. Brindo por tu brillantez, por traerme a mi, mil y una veces y por extender esa posibilidad a los demás.

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    • abril 17, 2015 11:18 am

      Andá ¿qué brillantez? vos sabés muy bien que digo Nina SIMEONE (y el cholo Simone)

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  2. anonimo permalink
    abril 17, 2015 1:38 pm

    excelente!!! me encanta leerlas!!!
    Sigan haciendolo que son un kidushashem!!

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  3. Karina permalink
    abril 17, 2015 2:36 pm

    Como me gusta leerte Judi!!!!, cada día mas………Algún día quiero ver todo publicado en un maravilloso libro……el titulo del boletín , perfecto.Veo que lo de Germanwings nos afecto a todos…..

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    • abril 17, 2015 2:42 pm

      Karina, te cuento entre nosotras, ahora que no nos escucha nadie, que el libro ya está en el horno, sale dentro de poco.

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      • Karina permalink
        abril 17, 2015 3:35 pm

        Genial, mi marido te lo vende: libreriajudaica.com !!!!!!

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        • abril 18, 2015 5:39 pm

          ¿¿¿Sos la esposa de Iojai??? ¡pero entonces somos como familia! (sabés que nosotras nos conocemos ¿no?)

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          • sonita permalink
            abril 18, 2015 10:00 pm

            Judi!!! queremos ver el libro, queremos!!!
            Y desde acá saludos a la esposa de Iojai, quien asistió a nuestro glorioso secundario – Todo el pelle unido, señoras y señores!!!

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  4. Ester permalink
    abril 17, 2015 4:11 pm

    Judi, sos muy tzadeket, y me encanto lo que escribiste, aunque fue sin musica.
    Te felicito por tu hijo, que es un verdadero tzadik. Nos enseña a todas !! Lo tenemos que tomar de ejemplo.
    Que Bore Olam compense tu esfuerzo con mucha beraja!! Shabat Shalom.

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  5. abril 18, 2015 10:16 pm

    Como siempre, leer este blog es un placer para quienes amamos la lectura. Y si bien entiendo que la intención en este espacio no es el análisis halájico, creo que nunca está de más aprender juntos un poco más. Por eso, me gustaría aportar algunas fuentes que indican que las costumbres de duelo que hoy conocemos durante la cuenta del Omer no son absolutas, universales ni fueron puestas en práctica – y sólo en ciertos ámbitos- sino siglos después de la muerte de los 24.000 alumnos. Gigantes como Rashi o Rambam -reconocido de forma unánime como el más grande de los posekim-, por caso, no hacen mención alguna de costumbres de duelo en este período. Aquí va la fuente:

    http://etzion.org.il/vbm/english/archive/moadim70/12-70moed.htm

    La halajá es un sistema de leyes muy variado y prácticas como éstas varían según la época, el lugar, la ideología, los posekim del lugar, etcétera. Espero haber aportado. Saludos!

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  6. ruth shira permalink
    abril 19, 2015 11:10 am

    geniaaaaal!! segui expandiendo nomas que se disfruta leerte.

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  7. ithiel permalink
    abril 22, 2015 1:04 am

    “Salvarse de uno mismo”…… así es, eso es todo querida Judi!
    Gracias por tu reflexión.

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  8. SU GIMENEZ permalink
    abril 22, 2015 3:48 am

    Judi, no se como ponerlo en palabras prolijas, es muy fuerte si te digo te amo sos lo maximo? Sos mi SU GIMENEZ
    Mi alter ego se sacaria una selfie con vos y la publicaria en sus redes sociales. si tuviera celular con camara-si tuviera cuentas adonde subir fotos.
    y como fan voy a comprar la primera copia autografiada del libro Judi’s World
    Y de paso maniana en el colegio le voy a decir a la esposa de iojai que yo tambien fui al pelle!!

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  9. Andre permalink
    abril 23, 2015 1:28 pm

    Hablando en serio, el tema de la musica en sefirat haomer siempre me paso desapercibido ya que mi trabajo no es maquetar libros sino enseñar musica, cosa misteriosamente imposible de hacer sin… musica.
    Ya desde hace años, paradojicamente, aunque me dedico a la música, y ésta es el eje de mi vida, no escucho música, fuera de mi trabajo.
    Es parte del sindrome del “musico-laboratorio” y esto es: en vez de disfrutar de un solo de spinetta, estoy: contando compases, anotando los cambios de métrica, dilucidando el filtro que le pasaron al ecualizador en el estudio, cuándo pusieron autotune, en fin cosas básicas del laboratorio.
    Además en la época de la facultad, te habrás dado cuenta de que es imposible estudiar música mientras escucho otra música.
    Así sufrí años de recitales. En notorius (un bar de jazz) terminé pidiéndole la partitura al saxofonista.
    Hoy en día sólo uso la música para llorar, como un catalizador de nostalgia. Qué hacen mis hijos, te preguntás? Escuchan música en vivo, les canto todo el dia!!!
    Besos

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