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Cantata de puentes amarillos

septiembre 2, 2014

Ese día subí al taxi cansada. Yo. Siempre cansada. Por las cosas. Las mismas cositas de siempre. Por eso quería un día para ocuparme de mí. Un día sin tener que servir ochenta vasos de jugo. Quería ir a comprar unas pilchitas. Adormecerme un poco y volver trayendo a casa todo aquel fulgor.

Pero no es eso lo que quería contar. Quería contar que subí a un taxi, nena. Un taxi destartalado y maloliente. Con el olor a cigarrillo instalado. Tres monos de peluche colgados del espejo retrovisor. Mugrientos. Los monos y el taxista. Taxista que grita. Que maltrata. Que habla por teléfono mientras maneja. Viajo unas cuadras preguntándome qué hacer. Si debía quedarme en ese taxi, con tantos monos, nidos, platos de café.

Y por única vez. Yo. La modosita que se desmodosa. En un semáforo rojo. O en un impulso. Le tiré la plata del viaje en el asiento delantero y abrí la puerta en mitad de la avenida. Me bajé. Y me quedé allí un rato sin saber qué hacer. Mirando el puente.

El puente desde donde una vez le tiraron una piedra a mi hijo. Lo digo rápido. De la misma manera en que lo pienso. Con miedo. Una piedra de diez kilos que lo podría haber dkdetjcv er fgru dfyfre reftrm pero que sólo le rozó el brazo.

Y en ese momento no debería haber sido tan difícil saber lo que debía hacer. Debería haber pensado en los decretos. Pero no. Ese día pensé en mis ganas de comprar una remera de H&M. Y en justificarme. Porque ¿Qué otra cosa se podía hacer? ¿enseñarle comportamiento a un taxista? Intentar cambiar al otro es imposible. Todo eso es en vano.

Esta historia no significaría nada si no contara lo que pasó después. Después me enfermé. Mucho. Tanto como para estar a cierta distancia del adiós. Y en esos momentos se piensa. En esos momentos se piensa en muchas cosas y sobre todo en los decretos. En un hospital se piensa en la causa por la que está pasando lo que está pasando. Con esa sangre alrededor. Se piensa.

Y entre tantas otras cosas, allí, vestida con un camisolín estampado con las palabras shaare zedek, me acordé del taxista maloliente. De su intención de reparar lo sucedido y volver a buscarme en la avenida para pedir perdón. Y también recordé mi indiferencia. Y que le di la espalda para subir a otro taxi.

Entonces. Muchos días después. Una noche calurosa. Subo a un taxi. Y allí están otra vez los monos. Siguen igual, balanceando su aroma a nicotina. Puedo quedarme callada, pienso. El taxista no me reconoce. Pero. ¿Se acuerda de mí? -me escucho diciendo- ¿recuerda lo que pasó? Me contesta de mala manera. Me acusa de haber comprometido su sustento. Me grita.

Es un viaje de diez cuadras. Tengo que apurarme. Superar todo el bla bla de mi cabeza que me dice que yo tengo la razón. Pero quizá en el cielo no importan las razones. Después de todo no entiendo cómo se maneja el mundo. Sólo sé que es un puente angosto. Que si se lastima hay que pedir perdón.

Perdón al taxista maloliente. Por los decretos. Ahora si pienso en los decretos.

4 comentarios leave one →
  1. ithiel permalink
    septiembre 2, 2014 3:27 pm

    Querida Judi….estar en lo que yo llamo “los umbrales de la muerte” te cambia mucho.
    Cada experiencia como la pérdida de un ser querido te hace pensar. valorar y cambiar otro tanto.
    Lo preocupante sería, según yo, que luego de que pasamos ese trago amargo y B”H seguimos con vida……….lo alarmante sería: no haber cambiado para bien. Porque esa es una oportunidad más de las que quién sabe si tendremos más adelante, en el andar de esos puentes amarillos.
    Refúa shelemá Judi!

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  2. Leila permalink
    septiembre 2, 2014 4:12 pm

    q puedo decirte judy? tus escritos estan a la altura del flaco, o de cortazar, que tb era otro flaco.
    hubiera querido pedirte q escribas antes, pero quedaba feo, sabia q estabas internada, en el hospital o en casa. y tanto egoismo me da verguenza.

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  3. Ester permalink
    septiembre 3, 2014 1:53 am

    Judi, espero que ya estes totalmente restablecida.
    No puedo creer que le pediste disculpas al taxista maloliente. Con todo el desagrado que te causo el y su taxi, Bore Olam te dio la posibilidad de disculparte, y LO PUDISTE HACER, baruj Hashem, si es que te entendi bien.
    Si es asi, sos una tzadeket total. Que del Shamaim te compensen con mucha beraja, briut, shalom, y simajot para vos y tu familia.
    Voy a tratar de tomarte como ejemplo. Refua Shelema. Cariños.

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  4. septiembre 8, 2014 6:52 pm

    Hola, me uno a los deseos de que ya te encuentres totalmente recuperada. Me daría un toque de miedo ver así el asunto de los decretos. Obvio que está el tema de midá knegued midá, pero nos falta el medidor. Se puede maquinar ad infinitum, elucubrar situaciones que no tenemos ni idea por qué ocurren. Podemos conectar mil detalles entre sí, todo camino puede andar, todo puede andar, y al final ese mambo capaz es el naufragio de una balsa que nunca zarpó. ¡Que tengamos el zejut de entender un poquito más cómo ver a Hashem en todo!

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