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Cuatro casas sin historia

junio 6, 2014
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Gavilán

La mueblería de Bilardo siempre estuvo. Ocupaba la esquina opuesta a la de mi casa. Pero el resto no, el resto fue llegando de a una y de a poco. No se sabe bien desde cuándo Villa Mitre se transformó en el barrio de las mueblerías, pero nosotros nos fuimos antes, cuando recién se empezaba a rumorear que Cingotta iba a alquilar su local a una colchonería. Nuestro departamento era un primer piso. Supongo que mis padres prefirieron el patio a la vista. El patio en realidad era un cuadrado de un metro por un metro que daba al pulmón del edificio. Mi mamá lo usaba para colgar  la ropa y yo para jugar al frontón. Pam pum pam  hasta que Tita pedía que pare con el ruido. Tita vivía del otro lado de la medianera y era la única de todo el edificio que tenía teléfono. Solo se lo pedíamos para llamar a los tíos de Ecuador, cuando todavía había que esperar que la operadora devolviese el llamado. Mi papá cada año perdía un día entero en Entel haciendo el pedido de línea, pero nunca tenía éxito. Al mes siguiente de habernos mudado la compañía telefónica puso líneas en todos los departamentos, incluso en el del portero. El almacén, la tintorería y la farmacia vendieron sus locales a las mueblerías y los vecinos ya no tenía en donde comprar un kilo de azúcar. Por lo menos podían contarse su indignación por teléfono. Pero eso es otra historia y yo ya estaba en otra casa.

Diaz Velez

El antiguo dueño nos avisó que todos los que se habían ido de esa casa era para mejor. Lo que no nos avisó es que eso se debía a que lo peor sucedía allí. El divorcio de mis padres, la independencia estrepitosa de mi hermana y una convivencia anfibia con mi madre. La verdad es que nunca tenía ganas de estar en esa casa. Unos meses antes de que mi mamá me echara se incendió la cocina porque dejé aceite al fuego. Y el vidrio de mi ventana se rajó con la explosión del tren de Guardia Vieja. Nunca lo arreglé porque más que esa, mi casa en esa época era Babilonia. Me quedaba hasta que cerraban y volvía de madrugada con Cinthia. Caminábamos sin miedo por Humahuaca hasta Medrano. Ella doblaba en Sarmiento. Fue una amistad muy corta. Terminó el día que llegué a su cumpleaños y encontré a sus amigos sentados alrededor de la mesa comiendo masitas secas. Ahora recuerdo que esa era la época en que Bersuit todavía se llamaba La Bersuit Vergarabat Band y tocaban en píjama, después -cuando se empezaron a hacer famosos- acortaron el nombre. Pero esa es otra historia y yo ya estaba en otra casa.

Gascón

Entramos y antes de darme cuenta Ariel ya estaba levantando el piso de flexiplast.  Ni siquiera era su casa, pero no iba a soportar un piso de plástico. Si debajo hubiese encontrado cemento crudo, eso hubiese sido el fin del noviazgo. En cambio había un parquet impecable y por eso estamos casados. Tampoco iba a tolerar las paredes salpiqué, ni las baranda oxidadas del balcón, así que pasamos dos o tres meses reformando esa casa. Los muchachos del taller mecánico de al lado se reían al vernos pasar con los tarros de pintura, las lijas, los rodillos. No se imaginaban el buen trabajo que estábamos haciendo. Al terminar la casa quedó muy blanca. Pintamos de blanco hasta los muebles. Muebles es un decir, porque nos arreglamos con lo que pudimos. Una cama del mercado de pulgas, un escritorio del ejercito del salvación y un carretel de cableado municipal como mesa. Nunca llegamos a poner un calefón. No nos alcanzó la plata. Yo podría haber instalado uno con el dinero con el que le pagaba a Diego. Pero prefería bañarme con agua fría a tener que abandonar mi vida espiritual. Diego era un gurú que reunía a unos cuantos ingenuos en su garage. En esas sesiones nos  hablaba del cuarto camino de Gurdjieff Ouspensky y nos recomendaba leer el Kybalion. Cada semana llegaba con la ilusión de tener alguna clase de revelación. Tuve que esperar un tiempo para que eso sucediese. La revelación fue que antes de que nosotros lleguemos, en vez de meditar para abrir su templo interior o usar el tiempo para releer los Relatos de Belcebú a su nieto, Diego apuraba un sanguche y echaba pachuli al aire para tapar el olor a salame. Pero eso es otra historia, y yo ya estaba en otra casa.

Tres de Febrero

Había días que hacíamos seudá shlishit en la terraza –la misma terraza en la que nos casamos-  viendo la caída del sol y leyendo los libros de Akiva Tatz. Otras veces me ahogaba y me sentaba en el balcón a contar los minutos que faltaban para shekia. Siempre teníamos invitados para shabat. Ese viernes hacía frío y dejamos encendidas las estufas a gas que colgaban de las paredes. Le recordamos a cada invitado que debía dejar una rendija de la ventana abierta antes de irse a dormir. Nosotros nos olvidamos. El oxígeno se debe haber empezado a consumir a las dos. A las tres no debería quedar aire para respirar. A las cuatro el monóxido de carbono nos debía estar intoxicando. A las cinco deberíamos haber muerto. En cambio abrí los ojos y llegué a abrir la ventana antes de caer desmayada. Así me encontró mi esposo, a las siete de la mañana. Desplomada en el suelo. Ese día podría haber terminado el cuento. Pero esa es otra historia.

7 comentarios leave one →
  1. junio 6, 2014 1:51 pm

    Rescato la anécdota de Diego porque la siento cercana. Parece que es una fija cruzarse con gurúes chantas en el camino hacia la verdad. “En tiempos tan oscuros surgen falsos profetas”. Yo llegué a creerle a Jodorowsky y su psicomagia. Una terna de candidatos al Gran Hermano de Orwell se queda corta.

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    • junio 6, 2014 1:59 pm

      Obvio que Jodorovsky también era de la partida. El verdadero shock lo sufrí el día que vi a ese hombre darle una piña a otro por un tema kavod en un seminario de las brujas de Castaneda… pero eso es otra historia 😀

      PD: Esperando una nueva entrada en vejule… tu club de fans te reclama

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      • junio 7, 2014 9:30 pm

        Gracias por la motivación del PD. Salió un post en Motzash y está disponible para todo el club de fans. Próximamente, repartiremos cintitas rojas de poder kabalístico en el Once y aceptaremos cualquier tipo de donación.

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  2. junio 6, 2014 5:29 pm

    en la ultima casa al final escribiste:”Pero eso es otra historia” Te falto agregar: y ya estoy en otra casa……Te quiero mucho

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  3. ithiel permalink
    junio 6, 2014 5:31 pm

    Así que…¿también jugaste frontón de niña eh? ¿Y qué tal quedaba la pared? Yo tuve suerte de tener vecinos bondadosos que nunca se quejaron de mis “pomps,pomps”je, je.
    Oye, me gustaron mucho tus casas sin historia y aun cuando nos hiciste esperar un tiempo ( valga la redundancia ) espero que pronto nos compartas más historias.

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    • Indy Failembogen permalink
      junio 8, 2014 2:03 pm

      V. o autora de ” extraños,,,” A medida que leìa tu relato, veìa las calles, tus amigos, participé del humor de algunas escenas, Estás en condiciones de contar…lo que quieras en un libro. Las palabras en hebreo sobre los rituales, deberìas aclararlas, nada mas, porque tu relato es…describì tu casa, porque es describir el mundo. Que otra experiencia le agregarìas? SEGUI La mama de Ana Laufer de Raij

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