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Estatua de fuego

mayo 21, 2014

Se que la historia tiene un significado, pero no sé cual.

Nicole Krauss

En esa época yo todavía no era esta mujer que saca las llaves de la cartera dos cuadras antes de llegar a su casa. No tenía pánico de perderme en un barrio árabe, de irme olvidado de a poco el nombre de las cosas o de que un extraterrestre me lleve a Marte para estudiar la especie humana. Sobre todo todavía no tenía ese miedo fantástico de las madres que se imaginan cayendo por un acantilado mientras piensan en que va a ser de los chicos sin ella.

En esa época yo era más aventurera, más atrevida. Sólo tuve que convencer a mi amiga, conseguir un mapa de lagos de la Patagonia y pedir prestada una carpa. El resto, ya veríamos.

En la terminal de retiro subimos a un ómnibus repleto de jóvenes que antes de cruzar la General Paz ya nos habían convencido de cambiar nuestro itinerario. Bajamos en la mitad de un camino de tierra y los seguimos -rodeadas de tábanos- cuatro kilómetros hasta el lago Hermoso.

Cuando elegimos acampar en una pendiente, bajo un árbol, todos nos miraron extrañados. Cuando nos vieron intentar malabarismos con los vientos de la carpa se dieron cuenta de que ni siquiera sabíamos armarla.

Primero se rieron un rato de las dos rubias malcriadas con pretensión de boy scouts. Después nos ayudaron a levantar la carpa y nos dieron un pequeño curso de supervivencia.

-Así no se empaca una mochila, chicas. Las cosas más pesadas van pegadas a la espalda.

-No. No se carga la caja de la pasta de dientes.

-Ni la del arroz, chicas, todo se pone en bolsa.

También nos armaron un kit de primeros auxilios, nos regalaron un encendedor –los fósforos se mojan-  y nos enseñaron a distinguir la hiedra venenosa.

Con el paso de los días cada vez tardábamos menos en tensar las cuerdas y en ajustar lo nudos de la carpa. Mi amiga se perfeccionó en preparar fideos con salsa de leche en polvo y en cavar la zanja. Yo dominé el arte de armar la fogata.

Me apasioné. Hacer una fogata para mí era como construir una estatua de fuego. Una escultura de leños.

De día practicaba maquetando pequeñas hogueras al costado de la ruta mientras esperábamos  que algún neuquino nos llevase en la caja de su camioneta hasta el próximo lago.

De noche, mientras todos cantaban temas de Pastoral, yo me dedicaba a equilibrar las llamas y a quedarme hipnotizada frente a la maravilla que había hecho.

El fuego purifica el pensamiento –me decía- es imposible mirar las llamas sin sentir unas ganas impresionantes de aplaudir al Creador del universo.

O eso creía yo.

Porque.

Muchos años.

Después.

Vivo en Jerusalem. Me he alejado de muchas cosas. Algunas otras simplemente han cambiado.

El fuego ya no es hermoso. Ahora es peligro. Es una familia escapando de un incendio por la ventana.

Por eso.

En lag baomer mientras todos cantan Bar Iojai, yo alejo a los niños. Por si se queman. Y agarro muy fuerte la mano de mi hija y le repito muchas veces “mesucan”.

Me doy cuenta de que he perdido algo junto al fuego. No sé qué pero se fue. Quizá es el  mundo de cosas sencillas. Quizá es la sensación de que algo bueno puede pasar.

Es difícil buscar algo si uno no sabe qué es. Lo primero que se me ocurre es que puedo recuperarlo si agarro una mochila y desaparezco por el bosque.

En cambio hago un asado en mi balcón de piedra. Quiero ver si logro que eso -que no sé que es- vuelva con el fuego.

No quiero usar carbones auto-encendido modernos. No quiero una llama artificial. No voy a agregar aceite, ni algodón ni voy a hacer un fueguito de papel que se ahogue en la ceniza. Quiero fuego verdadero.

Salgo a buscar leños.

En Jerusalem.

Bajo el sol de las doce.

Troncos y ramas.

Paso una hora intentando encenderlo. Consigo una llama, unos segundos. Se apaga. A las dos horas sigo intentándolo sin lograr nada. Convoco al espíritu del Lago Espejo, del Lago Puelo. Nada. He olvidado cómo se enciende un fuego.

Los chicos tienen hambre. Siempre. A ellos todavía no se les ha perdido nada. No les importa mi experimento existencial. Solo ven a su madre empecinada con una fogata dentro de una parrillita de lata.

La realidad me supera.

En  la cocina enciendo un leño en  la hornalla.

5 comentarios leave one →
  1. ithiel permalink
    mayo 21, 2014 4:11 pm

    Shalom Judi! ¿Cómo estás?.
    Te sentí melancólica y hasta un poco triste.
    Justo está aquí conmigo una de mis hermanas y he leído con ella tu post que es muy bello y profundo de acuerdo a nuestra apreciación. Y amabas coincidimos en que no has perdido nada B”H! Los cambios obedecen a una lógica….pero eso ya los sabes.
    Para nosotras es una bendición que ese fuego siga en tu interior porque hemos aprendido mucho de ti. A cada paso del tiempo lo que buscamos y no sabemos qué es…..pudiera ser una renovación del entendimiento. Porque de otro modo cumpliríamos un ciclo participando de un jag y otro sin crecer un poco más.
    Abrazos, besos querida amiga.

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  2. ithiel permalink
    mayo 21, 2014 4:13 pm

    slijá…..podrías quitarle una “a” a “amabas”? je, je, je quise decir “ambas”

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  3. sonita permalink
    mayo 21, 2014 8:46 pm

    hoooola que haces che tanto tiempo?
    otra vez me haces volver a mis mismos problemas existenciales, lo intrepedida que era al escalar el cerro Otto (o Catedral era?) y llegar al refugio en la cima nevada y la carpa en los lagos del sur, en medio de la nada,y ahora tiemblo de solo pensar lo que puede pasar si… y si… y si….
    que nos paso, che?

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  4. :: nOa :: permalink
    mayo 22, 2014 6:13 am

    A veces pienso que fue la maternidad. No se si se perdio algo pero de seguro se ganó una especie de consciencia atemorizante. Ya solo con el embarazo me asustaba cuando mi marido no frenaba en las esquinas, simplemente- y sin quererlo- salia de lo mas profundo de mis entrañas… YO NUNCA HABIA SENTIDO MIEDO EN MI VIDA. Somos todo para nuestros niños y ellos lo son todo para nosotras …. sera que eso genera un nuevo plano de consciencia? de un temor sutil pero que paraliza donde antes no inmutaba si quiera?
    Una vez escuche a un Rab comparar al Hirat Shamaim con el amor/temor que se siente al tener a una criatura recien nacida en brazos, es amor puro y tanto amor genera a la vez temor… o algo asi. No se, me acordé de eso.

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