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Lengua de piedra

febrero 3, 2014
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La causa por la cual Miss Susan dejó Inglaterra y mudó sus tazas de porcelana a una casa de la calle Caracas seguirá siendo un misterio. Seguro que ni en sus peores pesadillas imaginó que iba a terminar dando clases particulares de inglés en la paternal.

Mis padres –progres de los 70- me mandaron a estudiar inglés porque sostenían que el futuro sería de quienes dominasen esa lengua.

Cada martes y jueves yo cruzaba la puerta de Miss Susan y el mundo se transformaba: los sillones victorianos y los platos de loza expuestos en una vitrina me transportaban a una pequeña Gran Bretaña.

Me transportaban -digo- pero sólo por un instante. El hechizo se desvanecía apenas Miss Susan abría la boca: su acento era tan porteño que cuando hablaba, uno no podía dejar de pensar que estaba viendo una película mal doblada. Por un lado una lady, con su blusa de Harrods y su rodete tirante y por el otro una arrabalera que usaba un lenguaje digno de un presidiario.

La única manera en que hubiese podido reconciliar su imagen hubiese sido escucharla alguna vez hablar su lengua madre. Pero eso nunca fue posible. Su clase de inglés era totalmente en castellano.

Su sistema para enseñar era extraño: nos hacía leer un texto y anotar en una columna las palabras desconocidas, luego ella completaba el vocabulario con el significado de la palabra en castellano a la derecha y fuera del margen, la fonética de la pronunciación. Lo único que teníamos que hacer era estudiarlo de memoria para la siguiente clase.

Como nunca teníamos una conversación, y a pesar de que la columna izquierda indicaba que house se decía jaus, yo seguía leyendo con la pronunciación en castellano. Así, clase tras clase, fui inventando un idioma paralelo en donde hola no se dice jelou, sino elio y sol no se dice san sino sun.

Y como cada fin de año yo aprobaba el examen –escrito- en la Cultural Inglesa, nadie se dio cuenta de que en realidad yo hablaba un inglés inventado.

Pero no sería justo echarle toda la culpa a Miss Susan. Hoy sé que no sólo tengo problemas con el inglés sino que soy una inepta para cualquier otro idioma, pero eso recién lo descubrí en tercer año, cuando en mi colegio se empezaba a estudiar francés.

Recuerdo que comencé ese año con la ilusión de que en unas semanas podría leer la mejor literatura –entiéndase Asterix- en su idioma original y que además ese conocimiento me habilitaría la posibilidad de vivir una temporada en París sin ningún problema para hacerme entender en cualquier supermarché de los Champs Élysées.

Pero eso no sucedió. Mis compañeros ya cantaban non, rien de rien con la misma pronunciación que Edith Piaf, pero yo seguía escupiendo esas she y esas ash que al salir de mi boca se convertían en un parapishushgshush indescifrable, por más buena voluntad que le ponía.

Pasaron muchos años en los que no necesité el francés más que para pedir un croissant o una baguette, hasta que un día, una antigua compañera, me ofreció trabajar para una compañía artística francesa que recorría el mundo en barco llevando a cada país un espectáculo monumental.

El único requisito era, por supuesto, hablar francés.

En ese momento yo le debería haber confesado que je ne parle pas français, pero la idea de trabajar entre gente talentosa y divertida hizo que me sorprenda a mí misma al contestar con un oui.

Aquellos artistas franceses debieron pensar que yo era una persona muy tímida y que por eso no hablaba. La realidad es que no entendía un pepino lo que estaban diciendo. Apenas podía adivinar las órdenes que me daban. Ellos reían y charlaban mientras yo me limitaba a intentar captar alguna palabra al vuelo y poner los gestos que me imaginaba correspondían a cada ocasión.

Quizá por ser la única que de verdad trabajaba en lugar de perder el tiempo charlando, terminé a cargo del vestuario para el desfile final. Yo era la responsable del orden de los cientos de chalecos, espadas y sombreros del ejército francés, y por supuesto la encargada de que  la estrella principal -Napoleón-  estuviese impecable.

LLegó la fecha de estreno y todo parecía estar en su lugar. Todo menos los zapatos del emperador, que no aparecían por ningún lado.

Esa pérdida desató una crisis desproporcionada. El espectáculo estuvo a punto de ser cancelado, no tanto por la escasez de calzado sino por la abundancia de temperamento artístico. Finalmente el diseñador dibujó a las apuradas el modelo que debía conseguir y me mandó a la zapatería de La Casa del Teatro. Al alejarme lo escuché gritar shrgrggrshshg… ¡noir!

Noir. Negros. Eso es lo que debería haber escuchado. Sin embargo mi cerebro antidioma entendió d’or  y como los botones y galones del traje también eran dorados, no me pareció una idea tan descabellada que Napoleón llevase zapatos de ese color.

A ellos no les pareció lo mismo. Cuando llegué –en el último minuto- con los zapatos dorados para Bonaparte, agradecí no entender ni uno de los improperios que me adjudicaron. Igual ya no había tiempo para remediarlo. Esa noche, por única vez en la historia, Napoleón lució unos zapatos escandalosamente dorados.

13 comentarios leave one →
  1. caro. permalink
    febrero 3, 2014 11:50 pm

    Monumental ! Soberbio el relato ! Yo también me reconozco una negada 100 por ciento para los idiomas, pero B”H las dos pudimos con el Ivrit, que es esencialmente lo nuestro.

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    • febrero 4, 2014 2:40 pm

      Caro, gracias.
      La verdad es que tampoco me llevo muy bien con el hebreo, empecé a contarlo pero como el post se estaba haciendo larguísimo lo dejé para la próxima.
      beso

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  2. febrero 4, 2014 2:11 pm

    Con todo respeto, es injusto que comentes que recorriste el mundo en barco con un trabajo tan exótico y no dejes el link al final para bajar tu biografía. Aparte de eso, el relato estuvo genial.

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    • febrero 4, 2014 2:48 pm

      Ariel ¡uy! me expresé mal … la compañía hacía paradas en cada ciudad y tomaba empelados en cada país, así que la única aventura marítima que tengo para contar es la del día en que me subí a un bisiscafo en el lago del Palermo. 😀

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      • febrero 4, 2014 2:56 pm

        Esto no puede quedar así. Voy a tener agendar a mi lista de “obras pendientes” las aventuras de una modista antidioma en un barco francés que recorre el mundo con sus shows. A lo sumo, te reservo algún crédito en las dedicatorias.

        Podría empezar de la siguiente manera:

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        • febrero 4, 2014 2:59 pm

          Apreté enter apurado. Fe de erratas:

          *Donde dice “voy a tener agendar” corresponde “voy a tener que agendar”
          *Donde dice “Podría empezar de la siguiente manera:” continúa diciendo “-¡Elio, nise sun todai!” -gritaba la modista mientras bostezaba frente a la tripulación.

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          • febrero 4, 2014 3:10 pm

            ja ja ja, “by te guai” que buena charla se generó en tu blog.

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  3. febrero 4, 2014 3:57 pm

    La verdad que sí. Están todos invitados a echarle más leña al fuego!

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  4. febrero 4, 2014 7:27 pm

    Del barco y del francés casi ni me acuerdo, pero de los chaussures d´or je ne m´ oubliée jamais.
    Pensar que nos cruzamos tantas veces y mira donde nos encontramos, con los mocasines negros 😀

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  5. ithiel permalink
    febrero 5, 2014 5:32 pm

    Je, por lo menos Napoleón no salió descalzo ¿eh?.
    Y recuerda Judi que si quieres mejorar tu inglés, el método del “washeo” es muy recomendable.
    Je, je, je, je

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  6. febrero 6, 2014 5:45 am

    Pero ahora todo mi washeo sale en hebreo, para que mis hijos se rían…

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  7. Miriam Bruckman permalink
    febrero 7, 2014 3:26 am

    Genial!!!!
    Que te animaras a decir que hablabas francés…. es de guapos.
    A mi los idiomas me salen fácil, puedo hacer el ridículo en varios puntos del planeta.
    Beso.

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