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Elemental, querido Watson

enero 7, 2014

Que las madres son maestras, doctoras y psicólogas ya se ha dicho un millón de veces. Lo que no entiendo es por qué todavía ninguna revista femenina ha analizado una de sus funciones primordiales: investigadoras privadas.

En el mismo momento en el que sus hijos asoman su cabecita -pelada o peluda- a este mundo, una madre desarrolla superpoderes. Sus cinco sentidos se agudizan y antes de que los abuelos tengan tiempo para aprenderse el nombre de su nieto, una madre ya es capaz de descubrir si el llanto de su bebé es de hambre, de sueño o de dolor de panza.

Los primeros meses de vida utilizan ese super olfato para investigar el caso del pañal lleno y descubrir si necesita un cambio urgente. A medida que el niño crece usan ese mismo poder para revelar si el niño miente al asegurar que se lavó los dientes o -ya en la adolescencia- si en sus camisas se percibe el mínimo aroma a tabaco.

Su sentido auditivo también se ve incrementado y una madre puede escuchar –a pesar de estar dormida en la otra punta de la casa- los pasos de su hijo por el pasillo a medianoche o el comentario en voz baja cuando expresa su desacuerdo.

Con un sistema deductivo digno de Hercules Poirot son capaces de descubrir quién se comió el último pedacito de chocolate basándose en el tamaño de las huellas en la alacena o deducir por la distribución de los restos de comida si hubo un plan premeditado y ese mediodía su hijo no comió su vianda y en cambio se la ofreció al compañero de banco.

Husmean en mochilas y bolsillos y cuando encuentran lo que podría ser una prueba incriminatoria, apelan a sus dotes en el arte de la interrogación: La mayoría de las veces –aunque sus hijos sean huesos duros roer- las madres rápidamente logran que pisen el palito, pero otras veces tienen que recurrir a métodos más audaces como preguntar y volver a preguntar inquisitivamente hasta lograr una confesión del pobre sospechoso que lo único que quiere es terminar con esa tortura.

Es que si durante los primeros meses de vida se acercaron sigilosamente a su cuna para asegurarse de que el bebé estaba respirando o los primeros días de adaptación al jardín de infantes ubicaron una ventana discreta para espiarlo, las madres creen que tienen el derecho impune y perpetuo para revisar los cajones del escritorio.

Cuando creen encontrar el indicio de algún delito -por más pequeño que sea- ponen a sus hijos a prueba, vigilan a sus amigos, sus horarios, sus costumbres.

Sus fuentes de información son inagotables: el tacho de la basura es un soplón que delata el envoltorio de un chupetín a mitad de semana. El piso salpicado acusa con al descuidado que llevó jugo a su cama. Y así como a los tres años analizaron sus monigotes para descubrir si sufrían alguna carencia afectiva, a los diez escrudiñan la notita que le escribió a su mejor amigo en la hora de matemática.

Todo esto lo hacen sin atreverse a confirmar la sospecha que las atormenta desde hace años: que ese método deductivo y esa lógica detectivesca no les sirve para nada.

Los hijos son genios del disimulo cuyos crímenes quedarán por siempre impunes. Sus misterios no serán nunca esclarecidos. Sus secretos seguirán ocultos.

Los hijos son enigmas no resueltos.

Y caso cerrado.

5 comentarios leave one →
  1. Daf permalink
    enero 7, 2014 6:50 pm

    – hasta lograr una confesión del pobre sospechoso que lo único que quiere es terminar con esa tortura- JUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAZZZZZ tal cual

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  2. enero 7, 2014 6:56 pm

    yo puedo escribir tomos de ese detectivesco proceder…..imaginate! soy hija ùnica!

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  3. sonita permalink
    enero 7, 2014 9:31 pm

    magistral

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  4. shuly permalink
    enero 7, 2014 11:07 pm

    buenisimo como siempre

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  5. Elizabeth permalink
    enero 8, 2014 1:07 pm

    Yo la fanatica de libros de misterio policial, Judi, te felicito, al lado de Christie o Conan Doyle una genia. Te felicito! Y todo lo que decis es cierto, aunque creamos que los descubrimos o los entendimos mejor dicho, siempre habrá un margen de duda.

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