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La luz que pasa

noviembre 17, 2013
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La luz de los autos se filtra por la persiana. Se refleja en la esquina de mi habitación, donde la pared se encuentra con el techo, frente a mi cama. Cuando el semáforo está en rojo, las luces se detienen. Cuarenta y cinco segundos, los tengo contados. Tengo seis años, pero ya sé contar los segundos. Cuando el semáforo se pone verde, las líneas avanzan. Así me duermo cada noche, viendo las líneas proyectadas en la pared. Algunas veces son más, algunas menos, dependiendo de cuántos autos se hayan detenido. A ritmo intermitente avanzan y se detienen. Avanzan, se detienen.

Cada noche, en esos cuarenta y cinco segundos, intento distinguir alguna imagen en la pared, captar alguna forma, pero el semáforo se pone verde antes de que yo pueda percibir algo. De a poco las líneas van adquiriendo otro sentido. No puedo entenderlo, porque sólo tengo seis años, pero una mañana de noviembre, dentro de muchos años, voy a descubrir que esas líneas representaban lo efímero, lo fugaz. Eran un ejemplo de cómo antes de que vaya a lograr captar algo, las cosas iban a cambiar. Un ejemplo de lo transitorio que sería todo.

Pero por ahora sólo tengo seis años y lo único que capto en esas líneas es que las pierdo. Que quiero que se queden y no sé cómo hacer para retenerlas. Noche tras noche las observo y de a poco me empiezan a angustiar. Son líneas de nada, me digo a mí misma, en un vocabulario asombrosamente adulto, mientras infantilmente postergo la hora de irme a dormir.

Tarde o temprano mi mamá me manda a la cama sin saber  lo que tengo que enfrentar allí. Esos rayos no sólo parten la pared en trozos. Empiezo a buscar excusas para dejar la luz del pasillo encendida. Esa luz ahoga el reflejo de la persiana y la pared vuelve a ser una pared que no dice nada.

Mis padres se empiezan a preguntar qué me pasa y deciden que le tengo miedo a la oscuridad. Yo no los corrijo, porque me da menos vergüenza tenerle miedo a la oscuridad que a la luz que pasa.

Por un tiempo me permiten dejar la luz del pasillo encendida, hasta que mi hermana protesta porque esa luz le da justo en los ojos y ahora es ella la que no puede dormir. Cada noche una batalla. Ella protesta y yo lloro. Mis padres no saben qué hacer.

Me llevan a una psicóloga.

La psicóloga es la amiga de una amiga de mi mamá. Tiene un consultorio en su casa de Martínez, y aunque queda muy lejos, mi papá cada sábado me lleva y me espera en el coche durante la sesión. Gloria se llama.

Gloria me pide que prepare una caja con lápices y marcadores y la lleve la semana siguiente. Mi caja es una caja de “King Street”, la fábrica de camisas de mi papá y mientras la preparo pienso en cómo le voy a explicar a Gloria que king street quiere decir “calle del rey” en inglés. Llega el sábado y Gloria no me da tiempo de contarle nada. Me sienta a dibujar en el suelo y se va.

Cada semana llego puntualmente. Ella me entrega unas hojas en blanco, me pregunta cuál es mi caja, señalando la repisa en donde descansan tres o cuatro cajas más, me dice que dibuje y se va.

Se va y me deja sola en el consultorio. Yo escucho el ruido de su casa a través de la pared. Un bebé llorando, el ruido de la aspiradora, el sonido de los dibujitos animados en la televisión. Dos minutos antes de que termine la sesión, Gloria entra, guarda mis dibujos en una carpeta y me acompaña a la puerta.

Paso dos, cinco, trece sábados sentada en el piso dibujando. Cuando ya no se me ocurre qué más dibujar me quedo mirando la caligrafía de la caja. Muchos años después, cuando estudie diseño, voy a saber que se trataba de la tipografía English Script pero ahora sólo me quedo mirando esas letras ondulantes, blancas sobre un fondo azul.

Todo esto no se lo cuento a mis padres. Cada semana, cuando preguntan cómo me fue, les digo que bien. Cuando preguntan qué hice, les digo que dibujé.

Un sábado mi mamá viene con nosotros. Yo pienso que quizá quiere pasear un poco por Martínez o hacerle compañía a mi papá, que se debe aburrir mucho en el auto mientras me espera, pero mi mamá me acompaña a la puerta y le dice a Gloria que quiere hablar con ella.

Hablan de pie, ahí mismo, como si yo no estuviera presente. Mi mamá le dice que está preocupada, que no ve ningún avance. Gloria dice que estas cosas llevan tiempo. Mi mamá le dice que cree que estoy peor. Gloria le dice que es parte del proceso, que ella también lo notó en nuestras charlas.

Nuestras charlas.

Me doy cuenta de que Gloria le miente a mi mamá. Soy chiquita pero no soy tonta. Algo está mal, porque mis papás me enseñaron que no se miente. No me dijeron que lo que no se dice también cuenta. Sólo me dijeron que lo que se dice tiene que ser verdad.

Ese sábado, cuando salgo, les cuento a mis padres que no hay charlas. Que Gloria nunca habla conmigo, que lo que hace es irse y dejarme sola.

Mi mamá sale del coche hecha una furia. Las veo discutir en la puerta. Las veo pero no las escucho, porque la ventanilla del auto está cerrada. El auto está en silencio hasta que vuelve a entrar mi mamá. Está muy nerviosa y grita. Grita que Gloria es una estafadora, que le dijo que el tratamiento era dejarme sola para que yo aprenda a decir lo que me molesta. Mi mamá grita, llora y le dice a mi papá que yo ahí no vuelvo nunca más. A mí me da pena por mi caja, que queda ahí.

Tengo diez, quince, treinta y cuatro años y sigo recordando esa historia. Algunas veces hasta llegamos a reímos con mi mamá de la psicóloga que usaba las sesiones para pasar el paño a sus muebles, aunque noto una mueca de disgusto detrás de la sonrisa de mi madre. Quizá nunca se perdonó no haber estado más atenta.

Casi cuarenta años después, una mañana de noviembre, se me ocurre pensar qué pasó allí realmente. Se me ocurre preguntarme si yo no necesitaba de alguna manera ese tratamiento. Aprender a decir lo que me molesta. Me gustaría saber cómo serían hoy las cosas si alguna vez lo hubiese aprendido. O perder el miedo a que las cosas cambien.

Hoy mi mamá, como una de esas líneas que se proyectaban en mi pared, ya se ha ido. La casa en la que me costaba dormirme tampoco está. Mi memoria también comienza a ser una línea que se va desdibujando. Las cosas siguen cambiando. Yo sigo disimulando.

Cada noche dejo una luz una encendida para poder dormir.

10 comentarios leave one →
  1. Karina permalink
    noviembre 17, 2013 2:23 pm

    concientes de lo efimero, atrapemos los momentos unicos para atesorarlos para siempre.

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  2. Raque permalink
    noviembre 17, 2013 4:18 pm

    hermosa …..veni a upa que te cuento un cuento…

    Que bueno que sentis la necesidad de la luz, y poco a poco a medida que la incorpores a tu alma, no necesitaras la luz del pasillo, por que esta dentro de ti

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  3. LEAH BENDAHAN permalink
    noviembre 17, 2013 8:56 pm

    SENTI UNA NOSTALGIA GRANDISIMA,LA PERDIDA O EL PASO DE COSAS NO TAN EFIMERAS ,O SI EFIMERAS PERO TAN IMPORTANTES PARA NOSOTRAS ,COMO QUE SON LAS QUE NOS FORMAN Y HACEN QUE HOY EN DIA SEAMOS LO QUE SOMOS,ME IMPACTO MUCHISIMO ,GRACIAS JUDI POR APORTARNOS TANTAS COSAS Y SACAR TANTAS COSAS DE NOSOTRAS. LEAH

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  4. Amalia permalink
    noviembre 17, 2013 9:46 pm

    ¡ Tremendo tema el del tiempo ! Porque ¿ quien soy ? : ¿ la niña que recuerdo, la joven, la adulta, todas pero no soy capaz de verme de manera global ?
    Quizá el vértigo y el miedo a lo que es fugaz, dejará un día paso a nuestro origen eterno, y entendamos.
    Gracias por tus reflexiones

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  5. Esther permalink
    noviembre 17, 2013 10:23 pm

    BH
    Maravilloso Judy!
    Shavua tov

    Esther

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  6. vane permalink
    noviembre 17, 2013 11:48 pm

    Waw… Da lo que pensar… Que tontos que somos a veces que no sabemos valorar lo que esta…

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  7. noviembre 18, 2013 12:31 am

    ay!!!!estoy llorando frente a la pantalla……y tengo ganas de abrazarte, aunque nunca nos vimos, o tal vez si, no lo se….pero no importa eso. Judi, estoy llorando con vos.
    estrella.

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  8. noviembre 18, 2013 12:41 am

    ¿y por que lloro con vos?
    Por tu mamá ,que se fue, por mi mamá que inevitablemente tambien un día partirá, por mi….y porque siempre siempre sostengo que a los niños hay que escucharlos y creerles.Y tu mamá te creyó, no se dejó abrumar por argumentos de tontos adultos que tratan a los chicos como si fueran nada.Y me encanta que tu mamá te haya escuchado y creído.
    besos

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  9. sonita permalink
    noviembre 18, 2013 1:11 pm

    esto lo leo recién hoy y te cuento que me emocionó mucho, mucho y qué efímero todo, pero el amor y el cariño de tu mamá y el dolor y el insulto que sintió por esta burla te siguen acompañando, traspasando las épocas y lo efímero de las cosas
    estoy segura de que todas volvimos a tener seis años junto con vos

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  10. coty permalink
    noviembre 20, 2013 1:45 am

    Yo tambien lloro…. Y pienso en tu mama y esa sensacion de no haber hecho lo suficiente, una sensacion que creo que toda madre siente (aunq en los shiurim nos digan q no podemos sentirnos culpables y somos las mejores mamas de nuestros hijos), mas aun ahora que todo va una velocidad de mil hora…. Mis dias pasan como esas luces, cambio de actividad com los semaforos cambian de color y ahora mientras escribo, mis hios duermen, yo estoy cansada y me pregunto….. Todo l que hice y no hice nada…. Me sente un rato a ver las tareas del colegio, pero no pude cenar con ellos porq tenia cosas q hacer, no les conte un cuento y los acompane a la cama, pero no los abrace y bese suficiente….. Y con ese sentimiento ek tiempo que paso ya se fue…. BH que manana sea otro dia, y en ese mejor dia, pueda ser mejor mama y sea suficiente.
    Un abrazo muy grande judi. Besos a todas

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