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Una historia para Elul

agosto 24, 2015
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En la primera escena de la película se ve a una joven bien vestida entrar al baño de un restaurante, sacar de su cartera unos guantes de látex, una esponja maravillosa y fregar meticulosamente la pileta del lugar.

Inmediatamente, por fundido a negro, aparece una placa con la leyenda “un año antes” y después se ve a esa misma joven, a quien llamaremos Priscila, limpiando su casa. De fondo se escuchan los acordes de It´s a hard knock life.

-No recuerdo ese tema –dice la productora a quien intento venderle el guión- ¿cuál era?

En realidad ninguna productora podría hacer esa pregunta, porque It´s a hard knock life es un tema archiconocido de la comedia musical Annie, pero permítanme romper el verosímil para poder contar el cuento.

-Es el tema con el que las huérfanas del asilo de Annie limpian el piso mientras bailan entre baldes y estropajos –digo yo mientras les guiño un ojo a ustedes.
-Ah, cierto –la productora aquí hace una pausa- quizá sería mejor como música de fondo Can’t stop de los Red Hot Chili Peppers, para dar una mejor idea de su obsesión con la limpieza.
-Pero esta no es una película acerca de una trastornada por la limpieza –protesto yo-. Además mi protagonista es religiosa, no combina para nada con ese tipo de música.
-¿Religiosa? hubieses empezado por ahí –objeta ella- películas con religiosos no le interesan a nadie, son aburridas.
-Pero esta historia está basada en un hecho real –le digo- y es divertida.

Entonces, Priscila limpia con el tema de Annie de fondo. Frenéticamente. La vemos bailar con la escoba, como las huerfanitas, meter un pie en el balde de agua y rociarse con el spray limpiavidrios al agarrar la botella al revés. Es un plano secuencia disparatado en donde se muestran pequeños detalles que revelan el espíritu gracioso, despistado y benigno de la protagonista.

El momento clave de esta escena es cuando siete gotas de lavandina salpican su remera negra sin que ella se de cuenta. Lo mostramos en cámara lenta, en un  primerísimo primer plano, deteniéndonos en la tela que absorbe el líquido y se decolora.

La historia sigue cuando Priscila va a trabajar, ese mismo día, con su remera manchada. Nuestra protagonista es enfermera, por lo que aquí encadenamos varias situaciones en donde se la ve atendiendo cariñosamente a niños y gente mayor.

Al atardecer se la ve caminar por las calles pintorescas de Jerusalem cuando recibe un llamado de una amiga que la invita a un shiur. Acá partimos la pantalla al medio, como cuando Harry habla por teléfono con Sally. El personaje de la amiga desborda espiritualidad.

-Una especie de Hare Krishna –se desubica la productora.
-No, su amiga es ortodoxa, usa turbante y sus líneas citan al Zohar. Dice algo así como “somos la sombra de un pájaro en vuelo” para convencerla de que la acompañe al shiur.

La acción continua cuando al cortar con su amiga, Priscila descubre en el reflejo de una vidriera las manchas de lavandina y se da cuenta de que no puede ir al shiur así. Queda pensativa por un momento y entra en una librería.

-¿Conocés el restaurante Shosh? –le pregunto a la productora.
-¿El restaurante del patio lindo y los platos decorados?
-Ese mismo –contesto-  es ahí donde transcurre la próxima escena.

Priscila pide un café, lo toma rápido y antes de irse, entra al baño. Reconocemos ese baño como el de la primera escena.  Ella saca de su cartera el  marcador negro indeleble que acababa de comprar y con precisión quirúrgica pinta cada una de las manchas de su remera, que se camuflan y desaparecen.

Se mira en el espejo y se arregla la ropa  sin prestar atención a que el marcador sigue abierto en su mano y que gracias a sus movimientos inconcientes, dibuja  cuatro líneas gruesas en la pileta.

-Acá tengo que encontrar la mejor manera de contar el susto y el desconcierto de Priscila al descubrir lo que había sucedido, sus inútiles intentos de limpiar la pileta y finalmente su huída del restaurante.

A continuación se ve un resumen de la vida de Priscila durante ese año. Flashbacks que la remiten a su involuntario acto de vandalismo y sus reiterados regresos al lugar del crimen para comprobar si las manchas habían desaparecido, hasta que por fin, una de esas veces,  se anima a confesarle todo al encargado.

-Y el encargado le dice que nunca lograron sacar las manchas y que los clientes se quejan –dice la productora.
-No –contesto yo- al encargado no le importa nada de nada. El dilema moral es solo de Priscila. Como no puede vivir con eso, consulta con su rabino.
– Ah, no, no, de ninguna manera, eso es demasiado –me dice la productora- nadie se lo va a creer ¿quién consulta eso con un rabino?
-Priscila –defiendo a mi personaje- y el rabino se lo toma en serio;  busca la respuesta en el Shuljan Aruj, en la Guemará y consulta con un posek, pero ninguno sabe qué es lo que Priscila debe hacer.
-La veo pidiendo mejilá frente a un minian en el baño del restaurante –se burla la productora.
-No llegamos a tanto, pero en este punto tenemos que contar su disposición a reparar, ofrecer una reposición económica al restaurante o algo parecido.

Priscila no duerme bien, las marcas negras de la pileta la persiguen en su conciencia, se despierta con pesadillas. Recreamos aquí uno de sus sueños como la escena de “Un Perro Andaluz” en la que cortan un ojo con una navaja, pero reemplazamos la navaja por un marcador indeleble.

A continuación un calendario vintage muestra el mes de Elul. Priscila cena con un grupo mujeres en Shosh. Es una calurosa noche de verano y parecen divertirse, aunque nuestra protagonista está un poco ausente. De repente, la cámara la sigue cuando se escabulle al baño.

Ahí volvemos a la primera escena de la película: ella saca los guantes de látex, la esponja maravillosa y limpia la pileta, pero esta vez mostramos que Priscila logra borrar las marcas.

Por último sonríe, suena We are the Champions de fondo y aparecen los créditos finales.

-Falta una conclusión –me dice la productora.
-No hay moraleja -contesto.
-Pero  la película se llama “Una historia para Elul” –insiste ella.
-Que ese proceso lo haga el público –digo yo- no es difícil relacionar esta historia con la teshuvá.
-Toda película debe dejar una enseñanza –insiste ella-  digamos que en Elul hasta las manchas indelebles se limpian fácilmente.

Una habitación para vivir

julio 30, 2015

Estoy en mi oficina improvisada. Un pequeño hueco que se forma entre la cocina y la sala. No sé cuáles habrán sido las intenciones del arquitecto que planeó un recoveco parecido a una bahía, pero seguro no se imaginó que muchos años después un ama de casa lo utilizaría como la madriguera por la que se desliza Alicia.

Desde hace algún tiempo sentía la necesidad de crear un espacio para mí. Tardé en decidirme, tardé en comprar una cortina enrollable y tardé aún más en colocarla. Las excusas eran creíbles porque soy muy buena para justificar mis miserias: que una cortina arruinaría la decoración y el funcionamiento de la casa; que sería peligroso perder la percepción de lo que sucede a mi alrededor (alguno de mis hijos podría atragantarse con una uva); que justo por ese lugar pasa una viga que impediría cualquier instalación desde el techo.

Colocar esta cortina me resultó tan sospechosamente difícil que no tuve más remedio que admitir que al mismo tiempo, en un plano paralelo, se desarrollaba otro  proceso –mucho más kafkiano-, que era el de reconstruir un espacio perdido dentro de mí.

Virginia Woolf dijo una mujer necesita una habitación propia para poder escribir. Yo digo que una mujer necesita una habitación propia para poder vivir.

Muchas mujeres tienen ese espacio interno destruido o deshabitado. Han encontrado pretextos para ese descuido: los hijos, el marido, la religión (así, todo genérico). O justo en el extremo opuesto: sus carreras y una agenda apretada que no les deja tiempo para pensar. Son pocas quienes han podido superar esas ilusiones engañosas en las que el mundo nos quiere mantener atrapadas y han logrado habitar un lugar real.

Ese lugar es la habitación de la que estamos hablando. Y la construcción de esa habitación es una metáfora del trabajo que cada una debe hacer para descubrir el sentido de su vida.

Pasó otro Tishá ve Av y seguimos sin templo. No me extraña. No se puede encontrar afuera lo que se perdió adentro. Primero deberíamos construir nuestro Mikdash meat, nuestro mínimo santuario, nuestro templo único, imprescindible e íntimo.

La idea aterroriza porque a ese lugar se entra sola y despojada, de la misma manera en la que se llega al mundo, pero también es apasionante porque cuando una se acerca a quien se es en realidad y descubre qué tiene para ofrecerle al mundo, esos miedos desaparecen.

Deberíamos tomarnos el trabajo de encontrar nuestra puerta (que nunca se abre como una gran revelación, sino como pequeños atisbos que apenas alcanzan para iluminar los próximos pasos) y tendríamos que animarnos a atravesarla.

Por  ahora, lo que yo veo son tres paredes y una cortina. Sé que del otro lado me espera, vacía e infértil todavía, una habitación para vivir.

Casa Tomada

julio 23, 2015
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Todos recordamos exacto en dónde estábamos y qué hacíamos en el preciso momento en que explotó la bomba en la Amia. Quiero compartir mi experiencia como un simple gesto que ayude a la construcción de la memoria.

Barrio de Once – 1994

Muchas fueron las razones que hicieron que el primer departamento a donde fui a vivir de soltera fuera el de mi abuela. La principal: no tenía garantías para irme a otro lado. Siendo once el último barrio que hubiese elegido como destino, dudé incluso en tomar esa decisión. Pero tuve una sugerencia salvadora que fue la que me permitió cambiar la mirada del lugar y dar el paso: pensar que soy una extranjera en china town, New York. Y con esa idea brillante y tonta, una cámara de fotos, un colchón y una mesa de dibujo me lancé a la aventura de ser reportera de mi propia vida.

Por supuesto que nada fue como creía. Llegué al departamento en Paso y Sarmiento esperando oler por las escaleras el aroma a la sopa de pollo de mi abuela y me encontré con el olor a ajo de la mayoría de mis vecinos coreanos. Tuve que llamar a una desinsectadora para que saque tres bolsas de consorcio con murciélagos y acostumbrarme a dormir con el fsss, fsss típico del cielo nocturno de once, cuando ya casi no se escuchan los colectivos y se parece a un barrio fantasma.

Vivir sola en un departamento de 120m con estilo años 70´ puede resultar interesante o aterrador. A mi me resultó lo segundo y fui ganando cada espacio, cada habitación con el transcurso del tiempo. Los primeros días estaba todo junto en el comedor que era el único lugar que me atrevía a pisar. Porque tenía alfombra y porque era el que más recuerdos de mi infancia me traía. Los sedarim de Pesaj, el winco disimulado en la biblioteca, las paredes revestidas en madera, un mural con una gigantografía de un paisaje blanco y negro, los cuentos de Mickey y Pedro de mi tía Berta.

A fuerza de querer un jardín, terminé plantando en mi balcón desde albahaca hasta tomates y lechugas. Y también terminé tirando un montón de cajones de verduras con toda mi plantación bichada y muerta de smog.

Tuve una gata colorada a la que llamé Pancha y ella fue la única testigo de aquella mañana aterradora en la que creí que se terminaba el mundo:

8 de la mañana. Escucho un estruendo fuertísimo y mi edificio comienza a temblar por completo logrando que se rompan los espejos que cubrían una pared de la sala. Mi gata asustada corrió hacia mi cuarto y yo la abracé con fuerza. Es el fin- pensé- y me senté en una silla a esperar. Pasaron 10 segundos eternos y viendo que seguía viva me acerqué a la ventana desde donde pude ver el hongo negro salir de algún lado de la tierra, entre edificios grises, bastante cercanos al mío. Bastaron unos minutos para saber que había sido una bomba, que el lugar era la AMIA, y que yo tenía que ver en eso.

Toda mi estructura intelectual tan construida, tan laica, tan asimilada, todos esos años en que pensé que me alejaba, se desmoronaron ese mismo día en el que lloré sin parar acurrucada en un rincón.

Dejé en el piso los cristales rotos durante días, sólo rodeados por una valla de cinta. No podía levantarlos, tal vez porque eran el mejor reflejo de cómo desaparece el mundo en un segundo. El interno, el de mis murallas tan prolijamente construidas y también el de la realidad que sólo estaba a diez cuadras y aquí mismo. Mis abuelos vinieron escapando de la guerra y yo me la pasé escapando de mi misma, de mis miedos.

Sentí una terrible fragilidad.

Tiempo después me mudé a una casa con patio y parra en un barrio sin humo y calle empedrada. Mi gata Pancha se escapó la primer semana y nunca más la vi. No tuve huerta, pero sí muchísimas plantas. El departamento de once se vendió (otra gente habita hoy mis fantasmas). Me queda el recuerdo de mi abuelo llevándome de la mano a ver los peces del acuario de la calle Rivadavia, el tono polaco de mi abuela y sus ojos profundamente celestes. La vuelta sobre sus pasos después de tanto recorrido.

Pero una parte mía, quedó en ese instante

para siempre.

“Oi va voi” ya se consigue desde cualquier parte del mundo

julio 13, 2015
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Una de las causas por las que publiqué el libro fue porque no entiendo nada del mundo editorial. Otra razón es porque soy una kamikaze. O una inconsciente.

No tengo contacto con ninguna editorial, no entiendo nada de marketing, no me muevo en un círculo literario, no tengo una lista de distribuidores a quienes encargarles que el libro figure en los lugares correctos y para colmo yo ni puedo venderle un calefón a un pingüino.

Déjenme compartir con ustedes un poco del backstage: Detrás de “Oi va voi” están las tres personas que figuran en los créditos (mi marido y dos amigas), Andi y Caro (tan inconscientes como yo al incentivar este proyecto) y ustedes, queridas lectoras, que desde hace mucho me vienen pinchando para sacar un libro.

Para mí era suficiente si hacía algo que me gustaba, vendía unos cuantos ejemplares a las amigas y nos divertíamos todos un rato.

Pero “Oi va voi” superó esas expectativas. No estoy hablando de las ventas, está claro que no hice este libro para ganar dinero (y todos los gastos salieron de mi bolsillo).  Estoy hablando de lo que este libro generó estas últimas dos semanas en este pequeño universo de las baalei tehsuvá latinos de Jerusalem.

Estoy muy impresionada (y feliz, por supuesto).

Queda patético que yo diga que no tengo palabras para describir lo que pasa, pero la respuesta que estoy recibiendo es indescriptible. No alcanza con contar la cantidad de gente que me dijo que se identifica con tal o cual cuento. Gente que me acusó de haberlos hecho llorar (y no solo mujeres), o de hacerlos reír a carcajadas y despertar al marido. Gente que pensó nuevas ideas, y se sentó a charlar de ellas. Gente que se quedó todo un shabat leyendo en lugar de sacar a la plaza a sus hijos, madres que abrieron un canal de comunicación con su familia después de leerle alguna de las historias. Gente que no para de sumarle significado a los relatos.

Es mucho lo que está pasando, en serio.

Por todo esto me dije que valía la pena hacer un esfuerzo más (meterme en temas editoriales, legales y logísticos, más  rearmar todo el libro y adaptar el formato) para que “Oi va voi” también llegase a quien me lee desde lejos o a quien tiene ganas de entender un poco más el mundo de los baalei teshuvá.

Así que desde hoy “Oi va voi” se puede comprar desde cualquier lugar del mundo desde Amazon: http://amzn.com/1514289539

Como todos sabemos, Amazon es un lugar de compra seguro y que resguarda la privacidad de los datos. Después de dos o tres clicks el libro sale despachado directo hacia sus casas.

Así que (los nombro según la cantidad de lectores de cada país según las estadísticas del sitio)*: México, Estados Unidos, Países Bajos, España, Chile, Colombia, Venezuela, Ecuador, Uruguay, Reino Unido, Costa Rica, Guatemala, Perú y Panamá, ya pueden comprar sus libros.

Ahora mismo, sentados en pantuflas, desde sus casas.

También pueden mandarlo de regalo a amigos, padres o suegras. Solo están a unos clicks de distancia, ni siquiera tienen que vestirse para salir a la librería:  http://amzn.com/1514289539

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Para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.

*Mención aparte queda para Argentina, donde se dificulta entrar libros desde el exterior y donde pronto saldrá una edición especial impresa en ese país. 

La niña que se comía sus sentimientos

julio 12, 2015
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Los martes y jueves Elena volvía en el colectivo repleto de oficinistas y estudiantes universitarios. Durante el viaje recibía golpes de maletines y mochilas cargadas con libros de derecho, pero ella no parecía notarlo. Subía en Callao y Santa Fe y durante los cuarenta minutos que tardaba en llegar a su casa, no dejaba de pensar en el profesor Ruiz. En Ruiz y en las faltas ortográficas.

Ruiz fue el primero en arruinar su mundo, pero después vinieron los otros, los que de una manera u otra le decían lo mismo: Elena, usted no sirve para nada.

Al bajar del colectivo se secaba las lágrimas y esperaba unos minutos para que su cara no la delatara. No quería que su mamá, a quien encontraba junto a la ventana cosiendo o planchando, le preguntase por qué había llorado. No hubiese podido explicarlo. Simplemente iba a la cocina, preparaba una chocolatada y sacaba el dulce de leche de la heladera.

Untaba una galletita y se tragaba el usted es más burra que Platero. Con la segunda galletita trituraba el usted no va a llegar a ningún lado. Recién con la tercera la experiencia empezaba a surgir efecto: la angustia desaparecía poco a poco mientras masticaba.

Mágicamente las tildes y las be largas ya no importaban. El sabor del dulce de leche tapaba todo. El dulce de leche la quería aunque lo escribiese con ce o con zeta.

Ruiz fue el primero y para cuando llegaron los otros, Elena ya sabía convertir el dolor en migajas. Las faltas ortográficas fueron reemplazadas por la cuenta del banco. O un hijo que cada vez le hablaba menos. Las cosas habían cambiado pero Elena seguía abriendo la heladera en busca de alivio.

Aunque desde hacía mucho tiempo esa anestesia había dejado de funcionar, ella seguía insistiendo.

Sentada en la mesa de la cocina intentaba acallar las infamias de sus compañeros de trabajo gratinándolas con queso. Disimular  la pequeña estafa a la que fue sometida mezclándola con mayonesa.

No le sentía gusto a nada. Le daba lo mismo un pastel de frambuesa que el arroz seco de hace dos días. Lo importantes era masticar. El ruido de las papas fritas trituradas tapa los pensamientos.

Un martes Elena está redactando un informe largo y aburrido. Escribe con seguridad sinergia, inescrutable, expectación. Sonríe y se enorgullece  por su ortografía impecable. Recuerda a Ruiz y se pregunta qué habrá sido de él. Hace treinta años ya tenía más de sesenta.

Va hacia la cocina en busca del dulce de leche. Se queda parada frente a la heladera abierta. Ruiz está muerto, piensa. Lo piensa pero no lo dice. De niña le enseñaron que no se habla con la boca llena.

Cinco minutos de fama

julio 3, 2015
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No tengo manera para contar lo que viví anoche. No estuve preparada para lo que sucedió. Pensaba que iba  a ser una reunión chica, (después de todo ¿cuántas somos las baalei teshuvá latinas que vivimos en Jerusalem?) pero la situación se desbordó y la fiesta sobrepasó mis expectativas. Por un lado faltaron sillas y no alcanzaron las tortas, pero por el otro lado sobraron las ganas de festejar en esa hermosa noche.

¡Qué bendición revelada cuando las cosas salen mejor de lo que uno espera!

No puedo dejar de estar agradecida y como ustedes son parte esencial de lo que sucedió anoche, hoy trabajé 16 horas para que puedan ver el video  (trabajé a pesar del cansancio acumulado y de no saber qué comeremos este shabat) pero creo que quienes viven lejos tienen derecho a compartir esta alegría.

Editar el video no fue fácil. Recibí dos horas y media de material en crudo que tuve que organizar. Además, por respeto a las amigas que estuvieron presentes ( que sé que en su mayoría no quieren aparecer en un video online) tuve que cortar las partes en las que aparecían otras personas (casi todas). Sólo me limité a mostrar la actuación de Poli (con su permiso) y alguna que otra intervención mía, más otras chapitas del final. Mi pequeño discurso tuvo que ser descartado porque se filmó desde atrás, así que a continuación subiré el texto escrito. Aparte leerlo es mucho mejor que escuchármelo decir con mi voz de pito.

Pero antes de eso, quiero disculparme con la persona a quien le dediqué el libro escribiendo “escencial”. No recuerdo quién fue pero puede pasar a buscar otro ejemplar dedicado sin faltas de ortografía.

Bueno, vamos a lo nuestro: la noche comenzó así:

Hola, buenas noches, gracias por acompañarme.

Si no les molesta, voy a leer estas palabras porque la espontaneidad no es lo mío, y además estoy tan nerviosa que tengo miedo de meter la pata.

Esta va a ser la única parte aburrida de la noche, no se preocupen.

Quiero contarles que desde hace tres días sufro una jaqueca continua, dormí un promedio de cuatro horas por noche, resolví treinta y ocho problemas técnicos, pedí seiscientos coma cuatro favores, todo para estar aquí (con las manos transpiradas y ganas de irme a mi casa) para presentar este libro que se llama Oi va voi.

Les prometí que esta noche contaría una historia de superación personal, pero en realidad no es una historia, sino varias.

Uno de los mayores obstáculos que tuve que atravesar para escribir este libro fue mi cara.

Parece que tengo cara de madre, de balabusta o de secretaria, pero de escritora no. Lo sé porque me conozco a mí misma pero también porque me lo han dicho ustedes.

Me lo han dicho lectoras que al conocerme personalmente casi siempre lo primero que dicen es “no te imaginaba así”. Algunas más atrevidas han llegado a indicarme cómo debería verme según lo que escribo: más hippie, más joven y más linda. De una manera u otra están siempre diciendo lo mismo: hay algo en tu cara que no combina con tus pensamientos.

Incluso a quienes sí me conocen les cuesta relacionarme con mis textos. Una amiga me lo dijo claramente por mail hace poco tiempo. Cito textualmente para no mentir: No deja de sorprenderme esa parte escondida tuya que nunca termino de conocer. Cuando te leo y te veo pareces dos personas distintas.

Más allá de que yo tampoco me reconozco cuando me miro en el espejo, ella tenía un poco de razón.

La cara es lo que el mundo ve de uno, ese sería un concepto literal. Nosotros sutilmente muchas veces lo traducimos de otra manera:  lo que el mundo ve de uno es lo que el mundo espera de uno. Como un mandato tácito: “la cara que tenés, serás”. Y si seguimos distraídos, podemos empeorar la traducción y entender que lo que el mundo espera de uno es lo que Hashem también está esperando.

Yo, bajo la influencia por esas voces, pensaba que Hashem esperaba de mí otras cosas. Algunas más grandes e importantes, algunas más chicas o intrascendentes, pero escribir no era una de ellas. Sin embargo mi necesidad de comunicar no desaparecía. No es que necesite contar lo que hago día a día: me despierto, digo modé ani, me lavo los dientes. No es una necesidad informativa. Me refiero a una necesidad de comprender el mundo a través de las palabras y establecer una espacio de comunicación íntima conmigo misma y con el otro.

Entender esto, y luchar contras  las voces que dicen que compartir nuestra visión de las cosas y nuestra experiencia en el mundo no tiene sentido fue el segundo obstáculo que tuve que atravesar.

Por eso estoy muy agradecida con la gente que estuvo abierta a entenderlo, gente que vio ese aspecto en mí incluso antes que yo.

En el libro no hay agradecimientos. No sé por qué no hay agradecimientos. El libro salió a impulsos, esa es la verdad, y en su momento el impuso fue no incluirlos.

Por eso ahora les pido que me dejen hacer un paréntesis en esta charla y agradecer a algunas personas pidiendo disculpas de antemano si me olvido de alguien. Pueden echarle la culpa a una memoria que se deteriora día a día pero no a que soy desagradecida.

Primero me gustaría agradecer a mi maestros. Una profesora de secundario que me presentó la ligas mayores de la literatura. Después a escritores que en sus talleres compartieron generosamente secretos de su oficio: En especial recuerdo a Daniel Arias, Abelardo Castillo y Marcelo di Marco.

En un ámbito más personal quiero agradecer a Hanna quien me abrió las puerta al mundo de los blogs hace ocho años. Después mis amigas, (no las voy a nombrar a todas para no meterme en problemas, pero sepan que el apoyo que me dan  al leerme y al comentarme sus apreciaciones para mí es muy muy importante). Mis lectoras desconocidas y espontáneas con las que fuimos formando una comunidad virtual y muchas de ellas hoy son amigas reales, o por lo menos así yo las considero.

Por supuesto Andi y Caro, mis compañera de Extrañas, que deberían estar acá, pero no me daba el presupuesto para traerlas desde Argentina. A mis suegros, que alimentan mi gusto literario cargando para mí libros pesados en sus valijas. A mi cuñada Shuly, a quien solo conozco por fotos y que podría haber renegado de esta cuñada le tocó en suerte y sin embargo siempre me apoyó. A Susana, la esposa de mi papá, que siendo externa a este mundo, también me apoya con su sutil presencia y respeta nuestras costumbres y creencias. Por supuesto a mi papá, que como cuento en uno de los relatos del libro, fue quién me enseñó la importancia de los signos de puntuación, pero por sobre todo me inculcó unos valores de vida de los que estoy orgullosa. A mi hermana Alejandra que me permite retratarla en mis cuentos de infancia y desde siempre es una lectora atenta y generosa que me alienta y que hoy vino desde Ashdod para acompañarme (todavía me falta contar el episodio del jugo de naranja en Córdoba, en el que fue mi korvan)  Mi mamá, alea hashalom, que más de una vez originó pensamientos que después volqué en este libro y qué no sé si hoy estaría orgullosa de mí, pero de lo que estoy segura es que que ella  hubiese organizado esta reunión mucho mejor que yo.

Por sobre todo a mi marido que me impulsó a desarrollar esta faceta mía y lo hizo ve kol levaveja, es decir cediéndome tiempo, dinero e ideas sin escatimar. Es un compañero genial para la vida. También un agradecimiento a mis hijos por intentar leer el libro aunque sea a ritmo de un renglón por día porque les cuesta leer castellano.

Y por supuesto a Hakadosh Baruj Hu por permitirme también hacer cosas mínimas, por darme las ideas que después yo desbarato. Y ya que estamos quiero aprovechar para pedirle que esta comunicación y unión que se establece a través de la palabra escrita sea siempre en Su Nombre y que cuando yo no logre que así sea, por lo menos quede claro que los desatinos son solo culpa mía.

Espero no estarlas aburriendo. Les digo, yo que ustedes ya estaría pensando en cualquier otra cosa. Cada vez que llega la parte de los agradecimientos se me va la cabeza. Mentira. Primero pienso “quizá debería agradecerme a mí” y después empiezo a pensar en otra cosa, así que gracias por seguir escuchando, son muy amables conmigo.

Cierro el paréntesis para contar la tercera y última dificultad que se interpuso en mi camino. No es nada original, es un obstáculo que todos conocemos y son los miedos. Miedo a fallar, miedo al qué dirán, miedo al ridículo, a pasar vergüenza.

Para vencer el miedo hice algo totalmente nuevo para mí. Eso y solo eso es la ganancia de esta experiencia y lo considero el éxito del asunto. Lo nuevo para mí fue salir en dirección a lo que quiero, a un sueño e impulsarme para concretarlo poniéndome en lugares sin retorno.

Así como a quien quiere dejar de fumar le aconsejan declararlo en público para después no contradecirse sacando un cigarrillo frente a esas personas yo me comprometí  (bli neder) frente a unas cuantas amigas a recopilar, corregir y reescribir este libro. Después, cuando el proyecto estaba trabado no tanto por cuestiones técnicas como emocionales lo anuncié en el blog de sopetón, cosa de no poder arrepentirme. Y fui un paso más allá cuando anuncié este mismo evento sin saber con seguridad que los libros iban a salir de imprenta a tiempo (llegaron hoy a las cinco de la tarde).

Y no es que ese camino me llevó a superar el miedo al ridículo, sino a entender que si hago el ridículo lo voy a poder soportar.

Tampoco ese camino se llevó el miedo a que el libro haya salido mal. Es muy posible que este libro haya salido mal. Lo que logró es expandir el horizonte, romper algunos límites autoimpuestos y lo más importante, permitirme involucrar a Hashem en ese aspecto de mi vida porque creo que es un acto de emuná ir hacia lo desconocido.

Finalmente hoy, a punto de arrepentirme, cancelar todo y hacer una fogata con los libros, para darme ánimo releí lo que escribí en “Recuerden el cerro Otto”. Allí cuento mi experiencia cuando con mi amiga Karina, a quien en el cuento llamo Paola, escalamos el cerro Otto en Bariloche y a último momento, a 200 metros de la cima, yo, exhausta no quise seguir, me eché atrás y pegué la vuelta, desperdiciando todo el esfuerzo que había puesto para llegar allí. Y en la conclusión de ese relato describo la tristeza del descenso. Y esa enseñanza fue lo que me dio fuerzas para estar acá hoy, haciendo algo que me resulta difícil.

Esa es mi historia de superación, que concluye con este libro que tengo aquí, y eso es lo que estoy festejando hoy junto a ustedes. No el libro en sí, sino la salida de este libro.

Me gustaría que así como este proceso a mí me ayudó a conocerme más, lo mismo suceda con quien lo lea.

Ahora llegó el momento de vender el libro. Fuera de broma creo que es un libro que no necesariamente hay que leer de corrido, sino se puede tener a mano y recurrir a sus historias de vez en cuando y al azar. Es un libro para los baalei teshuvá, pero también para los padres de los baalei teshuvá, porque ayuda a que nos comprendan.

Durante todos estos años subí el contenido gratuitamente al blog y allí seguirá estando para quienes quieran leer desde ese formato. Para quien  lo quiera leer en papel, aquí les presento a “oi va voi”.

Espero que lo disfruten. Ahora vamos a festejar y pasarlo bien.

Gracias.

Y la noche siguió un poco así:

…y sonaron (las trompetas)

julio 2, 2015
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Con muchísima alegría pero también con cansancio estoy intentando editar* un pequeño video para mostrar lo sucedido en la presentación del libro.

El evento de ayer fue uno de los momentos más importantes de mi vida y como ustedes tienen todo que ver con eso, lo quiero compartir lo antes posible, pero puedo tardar entre 10 y 72 horas (tengan paciencia, está shabat de por medio).

Por ahora un pequeño anticipo para ir calentando motores. Y para seguir festejando.

IMG_2842

Noten la birome bic. No puedo dejar de ser Argentina.

*Al decir editar me refiero a cortar lo intrascendente pero por sobre todo a evitar que nadie aparezca en el video sin haberme dado permiso. Sólo mostrar un poco lo que hicimos con Poli, así que nadie tiene que preocuparse por eso.

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