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15 momentos que se repiten cada Purim

febrero 25, 2015
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1. El momento en el que terminás de armar los mishlojei manot.

star wars animated GIF Durante horas pusiste la ensalada en los potes, acomodaste las galletas. cerraste el papel celofán, hiciste moños, enrulaste cinta con la tijera. No das más. Al final ya hacías moños con la ensalada y enrulabas las galletas. Estás exhausta y eso que todavía Purim no comenzó.

2. Vas a escuchar meguilát Esther y el baal koré  bate un record de velocidad.

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El baal koré es Usain Bolt. No lo podés seguir de lo rápido que lee. Te perdés. Buscás en los primeros renglones pero no encontrás por dónde van.  Empezás a buscar dando vuelta las  páginas. Oís una palabra y la tratás de ubicar, al rato elegís otra y seguís buscando. Así hasta que llegan a U Mordejai iatzá. Ahí si, ahí te ponés en ritmo

3. A la mañana te sorprenden con el primer “mishloaj desayuno” cuando todavía estás en jaluk y desarreglada.

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¿Qué? ¿En serio? ¿Cómo hace la vecina del quinto para estar maquillada y con sus seis hijos impecablemente disfrazados a las siete de la mañana?

4. Vas a la lectura de la meguilá bien temprano para aprovechar el día, pero el baal koré lee despacio y perdés media mañana.

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De tan lento que lee, considerás la posibilidad de ir a entregar mishlojim entre palabra y palabra. Calculás que hasta te sobraría tiempo. Veeeeeee shuuuuuuuushaaaaaaannnnnnnnnnnnnnn aaaaaaaavvviiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiraaaaaaaaaa. Dale, dale, no necesitamos suspenso, ya sabemos cómo termina el cuento.

5. Exageran con los gritos cuando nombran a Hamán.

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Matracas, pitos, cornetas, palmas, gritos, zapateos, silbidos. Nada alcanza, nada los detiene. Vos aprovechás los primeros para sonarte la nariz y a partir del quinto empezás a chistar.

6. Llega una amiga a la que le gusta beber.

Entra como pancho por su casa, se sienta en el sillón  y saca de la cartera una botella de tequila.

7. La vecina creativa trae su mishloaj.

fun animated GIF Guau. Un barco armado de shushi adentro de una bottella. Se te cae la mandibula y a las apuradas abrochás otro moño en el misholaj que le entregás para que parezca más elaborado.

8. Y también lo trae la no tan creativa.

Una pita adentro del tubo de cartón del papel higiénico.

9. Pretendés hacerte la divertida poniéndote una peluca.

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Otra peluca, no la de todos los días. Una que en cualquier otra persona se vería  graciosa pero a vos te hace quedar desubicada. Justo te cruzás con la rabanit de tu barrio.

10. Te das cuenta de que tu marido está más borracho de lo que pensabas.

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-Querido, ¿me alcanzás la fuente del pollo? mmm… no, dejá mejor la traigo yo.

11. Le pedís a tu marido que no tome más.

– Pero todavía diferencio a Haman de Mordejai. – Si, pero recién llamaste abuela a tu mamá.

12. Un borracho empieza a  filosofar en la seudá.

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Da un divrei Torá larguísimo y delirante entre remolinos de niños disfrazados de payasos y serpentinas de colores. Nadie le presta atención y ni siquiera le avisan cuando llega el momento de birkat hamazón.

13. LLegan bajurim a quienes nadie invitó.

Están descontrolados. Cantan y no lográs interpretar sus movimientos. No sabés si están dando indicaciones para estacionar un auto o bailando breakdance.

14. Decidís que es hora de que la fiesta termine.

24 Stereotypes Women Are Sick And Tired Of Hearing

Alguien tiene que poner un poco de orden. Todos a arvit, ¡Ya! ¡Dije ya!

15. Se van todos y te tomás… un merecido descanso.

Festejás que sobreviviste otro Purim, aunque, como cada año, todo haya salido ve nafoju.

La noche boca arriba

febrero 16, 2015
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El techo. Más que nada miro el techo. Lo miré desde el piso la noche en que me partió un rayo la espalda, lo miré en la ambulancia y también durante las veintidós horas que me dejaron en una camilla en el pasillo del hospital. Desde entonces lo sigo mirando desde mi cama.

El techo no habla. Es silencioso. Los días en los que me recetaron morfina quizá dibujó unos rostros en sus grietas, pero no mucho más. Nada de confundir la vigilia y el sueño, como en el cuento La noche boca arriba. El dolor ni siquiera me regaló material para un relato.

Y para colmo cada mañana le agradezco a Hashem por haberle dado al gallo el poder de diferenciar entre el día y la noche- asher natan lasejvi vina lehavjin bein iom ubein laila-. Nunca pensé sentir envida de un gallo. Si los sabios lo dicen, yo Le agradezco por esa proeza, pero la verdad es que hubiese preferido esa capacidad para mí. Porque la brajá dice día y noche pero se refiere al bien y al mal.

No me resigno a mi incapacidad de diferenciarlos. Podría ser que lo que duele es malo y lo que no duele es bueno. También podría ser a la inversa. Lo que pasa, no lo entiendo. Bueno o malo, bueno o malo me pregunto todo el tiempo. No. Todo el tiempo no. Últimamente solo sospecho el bien, porque no lo veo. Entre el bien y yo, el techo. Ahí es donde rebotan mis rezos.

Ese techo no lo traspaso. Y hace rato que dejé de hablar de mí y de mi dolorcito de morondanga. Ese techo es la enfermedad terminal de mi vecino, la muerte de una niña en la ruta, los veintiún decapitados frente al mar.

Están quienes vienen y dicen gam zu le tová, esto también es para bien, que dentro de la mayor oscuridad es desde donde se genera la luz. Yo les sonrío y les creo. Pero no lo veo.

Ya quisiera yo ver más allá del techo. Y no es que quiera ver a mi vecina de arriba, insomne deambulando a las tres de la mañana. Me refiero a poder ver a través de su sufrimiento. Vivir con la seguridad, al igual que el gallo, que esta larga noche en algún momento termina. Y que tanto dolor tiene sentido.

Ningún año nuevo

diciembre 29, 2014

A los baalei teshuvá nadie nos pregunta por qué no festejamos navidad. Nadie espera que decoremos un árbol con bolas de cristal o nos regalemos calcetines y pantuflas. Eso les parece obvio. Sin embargo, cuando nos vamos acercando al 31 de diciembre todos parecen ponerse de acuerdo para preguntarnos por qué no festejamos año nuevo.

Nuestra respuesta debería ser simple: que sí festejamos el año nuevo. Punto. Si queremos extendernos un poco podríamos agregar que ese es uno de los momentos más importantes del calendario. Que los preparativos duran un mes entero. Y que no sólo lo festejamos un día, sino dos.

Pero esa respuesta no serviría porque lo que en realidad nos están preguntando es por qué no nos juntamos el 31 de diciembre a brindar con sidra, arruinarnos los dientes con turrón y estallar petardos rompeportones.

Y allí es cuando deberíamos cerrar la boca. Digamos lo que digamos, vamos a quedar mal parados así que lo mejor sería recordar en ese instante que tenemos un compromiso impostergable y salir disparados.

Pero no, la mayoría de nosotros nos quedamos allí para dar explicaciones. Si hay algo que un baal teshuvá no puede soportar es que se lo tilde de intolerante. No nos importa si nos llaman raros, sumisos y hasta me atrevo a decir que no nos afecta si piensan que somos un poco tontos.

Pero intolerantes no. Allí salimos a defendernos a capa y espada.

Ya dije que si nos encontrásemos en esa situación lo mejor sería cambiar de tema como cuando nos preguntan la edad, pero si no podemos evitar las preguntas, esta vez seamos nosotros los que preguntemos.

Que hablen ellos. Que nos expliquen por qué deberíamos festejar hoy. Quizá nos convencen y salimos corriendo a comprar un pan dulce. Adelante. Que revelen el secreto del festejo. Nos gustaría entender el significado de comer doce uvas, salir a la vereda a torturar a los perros con el ruido de los fuegos artificiales y emborracharse hasta no distinguir al tío Mordejai. Y por favor, sobre todo no se olviden de explicar por hay que usar ropa interior rosa. .

Si quieren debatir podemos debatir. Nosotros podríamos llevar varios expertos en el masejet Rosh Hashaná para explicar ese tratado del talmud que se refiere a las fiestas y que explica en profundidad por qué no sólo tenemos uno, sino cuatro años nuevos al año. Ellos podrían traer a Ludovica Squirru para que de las predicciones para 2015.

Basta de tener miedo de decirlo: El 31 de diciembre no es ningún año nuevo. Esa es una fecha elegida por el papa Gregorio XIII para corregir el calendario juliano y que sirve para que los bancos realicen su balance anual. Los judíos tenemos muchísimas oportunidades para celebrar, pero parece que no alcanzan. Algunos también quieren reunirse a comer vitel toné para festejar un ajuste de fechas y les molesta cuando los baalei teshuvá no participamos.

Festejar año nuevo no tiene sentido pero quieren convencernos de lo contrario. Nosotros, intentando encajar para que no nos miren raro y para agradar a todos, al final tenemos miedo de decir lo que pensamos. No debería ser así. La respuesta a por qué no festejamos hoy debería ser simplemente porque no queremos.

Ya que estamos, no.

diciembre 17, 2014
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Panzutti. Es gordita y para colmo se apellida Panzutti. Parece una broma del universo. Nos da un poco de lástima, es verdad. Pero también. No la queremos en nuestros juegos. Nivela para abajo. La sacan primera en el quemado. Además no podemos dejar de reír cuando se burlan de ella. En los recreos nos queremos divertir. Necesitamos divertirnos. Buscamos la diversión como agua en el desierto. -Panzutti, comete un sanguche de milanesa –le grita Cuki. ¿Cómo no nos vamos reír?  Cuki es muy graciosa. Panzutti, no te sientes acá que vas a romper el banco –la excluye Marta. Nosotras hacemos de cuenta que no escuchamos. Ninguna se corre para hacerle lugar.

Un día llega una nueva. Vanessa. Con doble ese. Es rubia. De pelo lacio. Campeona de natación. Se saca el único diez en la prueba de raíz cuadrada. La eligen como solista del coro. Es obvio que va a ser nuestra amiga. Obvio pero ella no parece darse cuenta. Somos las líderes, ella es una de las nuestras. No la vamos a dejar escapar. Una personalidad como la suya  merece pertenecer a nuestro grupo. Le abrimos la puerta el día que Sandra la invita a su cumpleaños. Vanessa no va. Le decimos que puede hacer el trabajo para la feria de ciencias con nosotras. Ella lo hace con Claudia. Porque para ella Panzutti es Claudia.

No funcionan nuestros intentos por acercarla. Nos esforzamos un poco más, tenemos recursos. Agustina le regala  una cartuchera de Sara Kay que su tía le trajo de Miami. Camila abruptamente se muestra interesada en las técnicas de crol. Juliana la retiene a la salida del colegio convidándole Toblerone. Vanessa acepta un triangulito y sin permiso corta otro para llevárselo a Panzutti.

Seguimos insistiendo aunque con el paso de los meses empezamos a sospechar que su rechazo tiene que ver más con una declaración de principios que con seguir sus deseos e intereses personales. Elige ayudar con la tarea a Claudia el mismo día en que nosotras la invitamos gratis al Italpark. Habrase visto. Muy atenta. No se distrae ni un segundo esta Vanessa. No se deja sobornar. No se olvida. No se tienta.

Cada año, en jánuca recuerdo esta historia. Me inspira para mejorar. Representa a la perfección la lucha de los macabim contra la cultura griega. El mundo helenista era tan tentador. La belleza, la filosofía, la diversión. Y tantos ieudim, sus amigos, dejándose helenizar. Pero ellos nada. Vanessa.

La guerra ba iamim hahem  es la misma que libramos bazman hazeh. Lo sé y lo sufro. Me tienta su moda, me confunden sus ideas, me atrae su satisfacción instantánea.

Dicen que hay que saber elegir las batallas. A mí esta me parece una buena para librar. Que cuando nos den ganas de ceder, Vanessa. Cuando nos ofrezcan una oportunidad imposible de desaprovechar, Vanessa. Cuando nos quieran llevar gratis lejos de nuestras convicciones, Vanessa.

Grande, Iemima. Gracias por darme luz.

diciembre 12, 2014
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Este video (en inglés) es de un shiur que la rabanit Iemima Mizraji dio antes de “The Shabbat Project” y se lo recomiendo a quien quiera entrar a este shabat de una manera distinta. Aprovechen que son pocas las clases de ella que están libres para compartir.

Cholula

diciembre 4, 2014

En el teatro Coliseo sólo se escuchaba la voz de Spinetta. Cientos de personas permanecían en silencio, hechizadas, mientras él cantaba Al ver verás. En la mitad del tema yo grité con todas mis fuerzas “grande flaco, gracias por darme luz”.

No sé qué espíritu de debilidad se apoderó de mí ese día. Yo, que tanto me esforzaba por diferenciarme de las compañeras de colegio que iban a la puerta del canal a esperar al elenco de Clave de Sol. Yo, que no le hablé durante una semana a mi mejor amiga porque corrió a Susana por la avenida Santa Fe para pedirle un autógrafo. Yo, que abandoné el tratamiento abruptamente apenas descubrí que mi psicóloga guardada en su agenda una foto de Luisimi arrancada de una revista.

Desde chiquita aprendí que ser cholula era grasa. Berreta. Mi madre me llevaba a ver a Pipo Pescador y antes de entrar al teatro me explicaba que Pipo en realidad se llamaba Enrique Fisher y que su trabajo era pasar largas horas en un estudio de grabación buscando la entonación perfecta para vamos de paseo pi pi pi, y que eso era un trabajo como cualquier otro. Sin ir más lejos, como el de mi padre, que iba todos los días a la fábrica de camisas a discutir con proveedores para que los ejecutivos del microcentro estuviesen bien vestidos en sus reuniones de directorio. Uno y otro eran trabajos valiosos –decía mi madre- y ambos requerían esfuerzo y dedicación. Ninguno de los dos merecía que una niña de cinco años se parase en la butaca a gritar desesperada.

Así crecí. Creyendo que la manifestación de esas pasiones –en especial a los gritos– quedaba reservada para adolescentes con daddy issues que indefectiblemente terminarían convertidas en ancianas rodeadas de gatos. Yo era demasiado buena para aplaudir de pie. Ser cholula no era digno de mí.

Por eso el día que le grité a Spinetta fue una rareza en mi biografía. Para esa época ya estaba acostumbrada a contener mis fanatismos. Por ejemplo, cuando participé como extra en un video de Paez no le devolví el saludo cuando él nos recibió muy amablemente y ni siquiera pude mostrar entusiasmo en la grabación, a pesar de que mi papel exigía que yo actuase como una groupie. No es de extrañar que cortaran esa parte.

Estaba entrenada. Podría haber ganado las olimpiadas de desdeño de famosos. La vez que estuve media hora sentada junto a Maradona podría haber pasado por una extraterrestre recién llegada de Saturno, porque créanme que no se me escapó ni una mirada de reojo que delatase mi emoción. Si por casualidad yo me cruzaba con alguna celebridad, hacía de cuenta que no la reconocía. Como si viese a Bono sin anteojos.

Lo gracioso es que sin darme cuenta, por escapar de esa clase de actitud, me sumergí en otro estilo de fanatismo: la adoración de íconos extravagantes que se ubicaban en la otra punta del lugar común. Un cholulismo elitista y desagradable.

Los cholulos elitistas son niños ricos que se consideran rebeldes por no lavarse los dientes. Que estudian con Juan Doffo y te explican que su cuadros invitan a reflexionar sobre el destino humano y su paso por la tierra. Que dicen al pasar que viven en el mismo edificio que los Pauls, pero que con el único de la familia que vale la pena relacionarse es con Alan. A lo sumo Anita. Gente que creía que había diferencia entre saber quién mató a Laura Palmer y acordarse quien intentó asesinar a Andrea del Boca en Zíngara.

No recuerdo bien cómo salí de esa. Creo que fue cuando hice teshuvá y empecé a leer libros que revalorizaban otra clase de cosas. Un clavo saca a otro clavo. Si se te mete mucho en la cabeza que el ama de casa común y corriente es una heroína por decir con sus hijos shmá a la mitá cada noche, automáticamente dejás de pensar que lo que hizo Tita Merello tiene algún valor.

Así que en ese momento descubrí que los verdaderos héroes eran la gente simple, quienes no destacan en nada y no desarrollan ningún talento.

No. Mentira.

Lo único que descubrí es que ese pensamiento también es un lugar común. Una pose infeliz y nefasta de gente que cree que glorificando al linyera se equilibra el mundo, y que pone mucho esfuerzo en que nadie se destaque para que no se note su propia mediocridad.

Planchar treinta camisas en una hora puede ser una hazaña tan admirable e importante como hacer una canción hermosa, estoy de acuerdo con esa parte. La parte con la que no estoy tan de acuerdo es que quizá no.

Lo que si descubrí, con el paso del tiempo -y esto no es un chiste- es que hay gente que es digna de ser admirada y gente que no. Y que en general eso depende de si está haciendo  lo que tiene que hacer y no otra cosa. Puede ser dar una conferencia frente a doscientas personas, o arreglar una fase eléctrica que salta cuando se encienden el horno y el secarropas a la vez.

La educación que recibí en los recitales del señor Fisher todavía no me permite pararme en la butaca a aplaudir cada vez que Iemima Mizraji termina un shiur, pero por lo menos en los últimos tiempos logré algún avance, y el otro día la saludé con una sonrisa –para demostrarle mi admiración y agradecimiento- al cruzármela en un negocio, en lugar de hacer de cuenta que no la conozco y que no tiene ninguna influencia positiva en mi vida.

Las cosas no son tan fáciles. Hacer el bien no es fácil. Traer belleza al mundo no es fácil. La verdad, casi imposible.

La mía es como una historia de superación, pero a la inversa. Hoy me esfuerzo mucho por ser cholula. Quien esté cumpliendo su misión –o por lo menos lo intente- merece mi más sincero aplauso. Sea lo que sea.

Como ayer, cuando luego de  varias semanas en las que la electricidad de mi casa se cortaba intermitentemente y nadie podía solucionarlo, fui espectadora de la grandeza del electricista que con buena cara hizo un trabajo de hormiga a las once de la noche y que bien merecía ser saludado a los gritos con un grande flaco, gracias por darme luz.

Dibujo para unir con puntos

noviembre 25, 2014

Estuve a punto de caer desde un balcón, por eso ahora no como jamón. Ese podría ser el dibujo de mi teshuvá. También podría ilustrarlo de otra manera. Un amigo me salvó la vida y gracias a él hoy creo en la resurrección de los muertos. En realidad esa creencia es más o menos la misma que tenía en aquella época, excepto por la parte de la resurrección.

El primer punto no dice mucho. Una niña con guardapolvo planchado y peinado tirante le sopla las respuestas de la prueba de historia a su compañero de banco.

El dibujo adquiere un poco más de forma cuando seis años después, la joven, -que ya no usa vincha, sino un peinado subversivo- se reencuentra con su antiguo compañero y él (todavía agradecido por haber aprobado aquella prueba al responder que la prehistoria se divide en edad de piedra y edad de los metales) la integra al séquito de un relacionista público que organiza fiestas en un club de jubilados trasformado en night club.

Después de ese punto hay muchas fiestas y la línea se ondula un poco, por lo que se tarda en llegar hasta el punto siguiente.

El punto siguiente es el tercero, y es donde se empieza a vislumbrar la imagen.

Era de noche y estaba –no podía ser de otra forma– en una fiesta. Una fiesta exclusiva en un departamento repleto de gente a la quería parecerme. Gente famosa. No doy nombres para no comprometer a nadie. Pensándolo bien, debería dar nombres si quiero que piensen que alguna vez formé  parte de una elite artística, aunque la verdad es que no pertenecía a ese grupo en absoluto.

La cuestión es que allí estaba yo esa noche. Podría contar que lo que hice para garantizarme la entrada fue pelear con mi novio toda la tarde y amenazar con dejarlo si no me llevaba a esa fiesta, pero sería muy largo y confuso explicar por qué mi novio podía entrar y yo no.

Ahora que lo pienso mejor, alcanza con aclarar que ese mismo novio hoy es mi marido y cuando vamos a fiestas me deja al otro lado de la mejitzá. Más o menos lo mismo.

La cosa es. La cosa. Me hago la escritora y escribo la cosa. Sepan perdonar. La cosa es que esa noche estaba sentada en la baranda de piedra del balcón hablando no sé de qué, no sé con quién. Un tanto exaltada. Y allí es donde entra el héroe de esta historia, aquel relacionista público que en el punto dos me presentó mi antiguo compañero de primaria gracias a que en el punto uno le soplé las respuestas para la prueba de historia.

Entra al balcón a saludarme, a ofrecerme un vaso de Grey Goose y a salvarme la vida.

Porque cuando me inclino hacia él, caigo desmayada hacia adelante y no hacia atrás, que es hacia donde naturalmente me hubiese empujado la fuerza de gravedad.

Así llegamos al punto cuatro. El punto cuatro es donde no muero. Donde no viene la ambulancia y mis padres no tienen que reconocer el cuerpo. En cambio, paso la noche inconsciente en el balcón de un actor.

El punto cinco es donde por la fuerza del trazo se rompe la punta del lápiz.

Una pesadilla larga.

Todavía me pregunto qué sucedió exactamente durante las horas en las que quedé tirada en el piso . Lo poco que recuerdo es un fuego siniestro que me golpea y un monstruo que me arrastra hacia un pozo oscuro. Terrorífico. Como el humo negro de Lost. Seguro alguno de ustedes haya vivido algo parecido y pueda explicarlo mejor. Quizá, si hiciese una sesión de hipnosis regresiva podría recordar algo más. Igual nunca me expondría a algo así por el miedo a que el hipnotizador me haga creer que soy una gallina y me deje cacareando por el barrio.

Sea como sea, el punto cinco –incomprensible- me marca y me dispara en línea recta al punto seis.

El punto seis es un largo trayecto donde cambio la dirección. Hay quienes tienen epifanías, iluminaciones súbitas y por eso deciden cambiar su vida. Mi camino fue inverso. Hice teshuvá por escapar, por alejarme lo máximo posible de lo que vi esa noche.

Entonces, eso. Estuve a punto de caer desde un balcón, por eso ahora no como jamón.

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