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Mamita querida

enero 18, 2018
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¿Qué día es hoy? Ah, jueves. Uy. Jueves. Mi día de cocina. ¿Cómo va a ser? Me gustaría saberlo de antemano. Vengo tan ciclotímica últimamente. Ya no se escucha que alguien es ciclotímico. Ahora usan bipolar. Pero no es lo mismo. Ahí estoy. Otra vez corrigiendo. La maestra siruela. Ciclotímico y bipolar no son sinónimos. ¿Escuchan alumnos? Son dos patologías diferentes. ¿Qué me creo? ¿psicóloga? Sólo porque en el secundario leí El olvido de nombres propios no pierdo oportunidad para mandarme la parte: “Freud recordaba los nombres Boticelli y Bolrtaffio en vez de Signorelli”. Impresionante. Que culta. ¿Por qué yo no puedo recordar el nombre del personaje de Cien años de soledad? Ese, el del enamorado de Remedios, la bella. Desde hace meses intento recordarlo. Podría googlearlo y analizar las causas del olvido. Ahí está: Mauricio Babilonia. A ver. Asociemos. Mi tío Mauricio. A su esposa le decíamos “tía papa frita” ¿no me acuerdo ese nombre porque quiero comer papas fritas? Nah. O sí. Veamos qué pasa con Babilonia. Babilonia Bar. Los amaneceres que me encontraron en la calle Humahuaca. ¡Herr! ¡Ahí está! Por eso todo el día le canto a mi hija La vaca de Humahuaca. Es eso. Me olvidé del nombre del personaje porque me siento la vaca de Humahuaca. A pesar de que ya era abuela, un día quiso ir a la escuela. Igual tengo que dejar de cantarla. Mi marido me pidió que cambiase el repertorio. Ahora le canto La mona Jacinta. Pero no sé la letra y canto cualquier cosa. Igual creo que tampoco le gusta. A veces pienso que no soy tan buena esposa. Eso que soy muy de cortar el teléfono cuando entra. Muy de manual de shalom bait. “Te dejo que llegó mi marido”. Pero no estoy segura de que él quiera que corte. Quizá prefiere un rato tranquilo antes de que yo empiece con las quejas. Soy una profesional de la queja. No hay nada que me venga bien. Si no me ayuda, me quejo. Y si me ayuda, me quejo por cómo lo hace. Ahora me pregunta antes de hacer nada. Pero eso también me pone nerviosa. Para colmo no me sé explicar:

–¿Querida, ¿cómo lo hago?

–¿Hacelo con el coso del cajón de los cubiertos –le digo.

–¿El coso? ¿qué coso?

–El curimpl ese.

–¿Cuál?

–Eseee. Al lado del smtzmnssss.

–¿Qué?

–Dejá que lo hago yo.

Y todavía me enojo. Ya tengo esas cosas. Repito todo veinte veces. No termino las frases. Entro a la pileta por las escaleras. Ya no me tiro de cabeza. El colmo va a ser cuando me salpique de a poquito los brazos para irme aclimatando. ¿Cómo llegué a esto? Ah. Mi día. Que qué día tendré, me preguntaba ¿Será uno de esos jueves productivos en los que a las siete ya tengo listo el pollo, el kuguel, los tomates disecados? Y el pescado asado. El salmón. Como Calamaro. No como calamares. Ah. Y los ajíes al horno. Ajíes. En mi casa le decían morrones. Morrones me suena a Pepitito Marrone. Cheeeeeeeeee. ¿era comunista pepitito? También decía “¡Mamita querida!”. Mamita querida. Hoy es el iortzait de mi madre. Por eso debo estar tan sensible. Con miedo a enfermarme. ¿Soy hipocondríaca? En el último mes fui tres veces al médico. Y una al cardiólogo, que también era el doctor de mi mamá. Me dijo antes de despedirme: “esta semana pensé en su madre”.

No quise decirle que yo pienso en ella todo el tiempo.

El caso de la esvástica en twitter

enero 9, 2018
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Este post contiene imágenes sensibles.

El otro día abrí twitter y lo primero que vi fue una esvástica.

No me sorprendió la esvástica en sí, porque se imaginan que no es la primera que veo. Ni siquiera me sorprendió haberla encontrado en twitter, porque sigo varias cuentas que se ocupan de luchar contra el antisemitismo y muchas veces aparece ese signo nefasto. Lo que me sorprendió fue el contexto: la esvástica aparecía colgada en la pared de la casa de una escritora. Ella publicó una foto para mostrar su cartera o para que disimuladamente se viesen en el margen de la foto los premios que ganó. No sé lo que ella quería mostrar, pero yo vi una esvástica.

En algunos aspectos de la vida soy ingenua y en otros me esfuerzo en ejercitar el músculo de lekaf zejut (dar el beneficio de la duda), más que nada porque sé que de la misma manera en la que nosotros juzgamos al prójimo, así somos juzgados en el shamaim. Estudié esas halajot y soy conciente que la gravedad implica tanto juzgar para mal a quien es reconocido por comportarse bien, tanto como juzgar para bien a quien es un reconocido rashá.

No estoy autorizada para ser daian en un beit din y mucho menos para decidir quién es rashá o tzadik, por lo que me mantengo en la postura más moderada (midat jasidut): A una persona promedio (ahí nos encontramos la mayoría ¿verdad?)  o a un desconocido, se lo juzga favorablemente.

Quizá el único sentido de haber estudiado diseño gráfico fue haber podido reconocer inmediatamente el póster en la pared de la escritora. Es un póster de Cabaret -película que transcurre en la época en la que nazismo ascendía en Alemania- en donde cuatro piernas forman una esvástica. Recordé que en la universidad dedicamos más de una clase a analizar su doble sentido y estudiar la trayectoria de su diseñador –Wiktor Gorka- artista de culto en Polonia. También sé que es un póster famoso, caro y difícil de conseguir. Me esforcé por pensar que por alguna de esas razones snob aquella escritora lo tiene en su casa.

No me gusta ver antisemitismo donde no lo hay.  Por ejemplo, recuerdo que defendí a la diseñadora de Zara cuando hace unos años desatinadamente pusieron a la venta un pijama de niños que remitía a la vestimenta en los campos de exterminio.

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Estoy convencida de que no había allí un mensaje intencional. Podría justificarlo diciendo que no le conviene a ninguna multinacional declararse abiertamente antisemita, pero unos años atrás Zara puso a la venta un bolso con una esvástica en su estampado, así que ellos mismos me desmienten.

Sin embargo en el caso del pijama puedo dar el beneficio de la duda porque sé cómo se trabaja y cómo se pierde el control en los diseños (además en la estrella amarilla se leía la palabra sheriff): Primero al director creativo se le ocurrió la ingeniosa idea de un pijama inspirado en un sheriff del lejano oeste. Después, el jefe de producción pidió que se usase la tela en stock, a rayas. El gerente de marketing se empeñó en que fuese del color de temporada. El gerente general le hizo sacar al diseño el típico pañuelo en el cuello porque no le gustaba. Listo, entre todos recrearon la vestimenta de Auschwitz. Seguramente no había un judío en el staff, porque un judío sí se hubiese percatado de la triste coincidencia.

En uno de los últimos episodios de Comedians in Cars Getting Coffee, Jerry Seinfeld entra a un lugar en donde hay una réplica de un dirigible Hindenburg, señala la cola del dirigible y le comenta a su entrevistada que en donde se ve una cruz, antes había una esvástica. Después de la guerra la sacaron, dice compungido.

Continua el episodio, a los pocos minutos van por la carretera y Seinfeld señala el logo de una empresa de mudanzas:

-Eso parece el logo de la SS en un uniforme nazi.

-Oh, sí –concede su entrevistada.

-Los judíos siempre estamos buscando esvásticas -agrega- por eso cuando recién vi ese Hindenburg fui directo a buscarla. Yo quiero ver mi esvástica -dice sin sonreir.

Tiene razón Seinfeld. Los judíos  las buscamos como un soldado atento a las bombas en un campo minado. Las buscamos  para no quedarnos dormidos, porque sabemos que sin nos distraemos podemos ser asesinados.

Ya lo he dicho anteriormente, no me gusta ver antisemitismo donde no lo hay. Lamentablemente no quedan muchos lugares donde mirar. Si existiese el Esvástica Go sería mucho más fácil de jugar que el Pokémon Go. Están en todos lados.

Aquí unos pocos ejemplos sólo de las últimas semanas:

El periodista Diego Batlle entrevistó a Steven Spielberg para el diario La Nación  y se quejó de los comenarios antisemtias que recibió su nota.

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El partido izquierda unida repudia con este cartel la visita de Obama a España.españa

 

Un billete Argentino en circulación estos días.

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La tumba de César Jaroslasvky profanada en Entre Ríos.

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No pido que quienes no pertenecen a nuestro pueblo sean concientes de las tragedias que nos sucedieron. No pido que les duela como nos duele a nostros y ni siquiera les pido que les caigamos simpáticos.

Sólo pido que tengan cuidado y no sean ingenuos. En esta época se está de un lado o se está del otro. No ayuden a derribar las murallas de Jerusalem. Sólo pido eso.

Y que saques ese poster de tu casa.

 

Día 38: Química de Iom Kipur  

septiembre 27, 2017
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Kipur, otra vez.

Extrañas en el Paraíso

En el bar de mi colegio había una zona perfecta para escaparse de clase. Era una mesa en la esquina del segundo piso que no se veía desde la puerta del bar ni desde ningún otro sector de la planta baja. Nunca supe si los preceptores eran demasiado haraganes para subir las escaleras del buffet y comprobar si había alumnos en esa zona, o si en realidad sabían que estábamos allí, pero nos dejaban como premio por haber descubierto un punto ciego en el edificio.

En cuarto año a mí me pareció buena idea pasar todas las horas de Química leyendo en aquella mesa del bar. Me interesaba más Borges que la Tabla Periódica y a la profesora de Química no parecía importarle quien estaba o no en su clase, ni siquiera pasaba lista.

El sistema parecía perfecto: un día antes de los exámenes de Química yo estudiaba los apuntes…

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Casa de pájaros

mayo 3, 2017
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La casa de pájaros está inclinada. Uso la baranda del balcón como referencia y calculo que el poste que la sostiene ya estará a unos 60 grados. Me pregunto cuánto tardará en caerse. Hace doce años estaba a 90 grados. Podría hacer la cuenta, pero no tengo ganas.

Me preocupa mucho el poste. Apenas noto que el paisaje de fondo cambia en primavera. Están cosechando y el campo queda tramado: una franja verde, una marrón. En cambio en verano la vista es monocromática.

Me apuro a pasar la lista de temas. Escucho únicamente mis canciones preferidas porque sólo me queda media hora en la piscina. Una parte de mí se iría en este preciso instante, pero me obligo a permanecer en el balcón y despedirme de la música. Después de Pesaj no podré escuchar música por un año.

A lo lejos se escucha el bullicio de las niñas que  juegan a salpicarse y de las madres que hacen malabarismos con los salvavidas. La piscina está rodeada de ventanales espejados y más allá un balcón mal protegido. Allí estoy, en la punta más alejada, frente a la casa de pájaros.

No puedo soportar la idea de que el poste se venza y la casa se caiga. Estoy desolada.

Los años en los que hacía veinte largos de crol en la piscina y luego me sentaba allí a descansar, la casa estaba erguida y los pájaros de pico naranja se resguardaban en sus paredes de madera. Después la casa comenzó a inclinarse. No recuerdo si fue el año en el que me senté allí recién salida de la sala de operaciones  o el año en que me senté allí durante un difícil posparto, pero sí recuerdo que la inclinación era cada vez más evidente y que los pájaros que llegaban eran apáticos y amarronados.

No puedo dejar que la casa se caiga.

Me pongo de pie y me asomo. No es mucha la distancia que me separa del suelo. Si me cuelgo de la baranda sólo tendría que dar un pequeño salto. Si cruzo hasta la escalera que está en la otra punta alguien podría seguirme con la mirada y preguntarme para qué bajo. Examino los pro y los contra. De ninguna manera quiero llamar la atención.

Me decido por las escalera y bajo. Sería peor si me descubren descolgándome por el balcón. Además llevo la carta de la shivá en la manga. Si me llegan a preguntar, en lugar de explicar la misteriosa e impostergable necesidad de detener la caída de la casa de pájaros, puedo decir que acabo de pasar los siete días de duelo por mi padre. Eso parece explicar todo.

En realidad no explica nada.

Las crocs se me llenan de tierra y se me pegotea la planta del pie. Me detengo al ver una lagartija y espero a que se esconda entre las piedras. Traspaso la valla y llego al poste.

Apenas lo toco, se balancea. Me pongo en cuclillas para examinar la base. Me quedo un rato así, haciéndome la ingeniera. Pongo una piedra al pie del poste. No sirve. Tendría que ser una piedra enorme para que funcionara de tope. Entonces sostengo el poste con la mano derecha y con la izquierda relleno el espacio vacío con tierra. La aplasto con el monte de la luna de mi mano. Cuando siento que la tierra está firme, suelto el poste. Se inclina con fuerza.

Compruebo que el poste quedó más inclinado.

La casa de pájaros se va a caer.

Hay cosas que pasan y no se puede hacer nada.

El cielo reflejado en la tierra

febrero 20, 2017
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Salí a caminar temprano. A pesar del viento helado caminé con la mirada hacia adelante -como hago siempre-  y las manos en los bolsillos para que el frío no me rasgase las yemas de los dedos y me las dejara sangrando.

En la esquina de Ramat Hagolan, justo en la rotonda de las flores,  mi bufanda se deslizò un poco hacia abajo y antes de decidirme a sacar las manos de los bolsillos para volver a acomodarla, bajé la cabeza buscando un antídoto rápido para el frío en mi cuello.

Bajé la cabeza y vi que el suelo estaba repleto de pequeñas hojas de fresno y  las piedras todavía mojadas por el rocío reflejaban la luz anaranjada del cielo.

Esa visión -sorprendentemente novedosa- me hizo dar cuenta de que desde hace más de treinta años camino con la cabeza erguida y que lo hago como una esclava crónica del mandato Marcela, mi antigua compañera de colegio.

-María Gabriela camina mirando  hacia el piso -Marcela dijo con convicción en el recreo- seguro oculta algo malo, así que no vamos a ser sus amigas -remató-, esa chica no merece nuestra confianza.

Yo no quería parecerme a María Gabriela, no quería quedarme sin amigas y mucho menos quería ser digna de desconfianza, así que no volví a caminar con la mirada baja.

Esa mañana regresé de mi caminata con la nariz roja como la de un payaso y con la sospecha de que había sucedido algo importante. No sabía exactamente qué.  Para descubrirlo tendría que esperar un poco todavía.

La respuesta llegaría de a gotas durante los días siguientes y como un torrencial una semana más tarde.

La primera gota cayó en el centro de las creencias sin fundamento y las decisiones basadas en la ignorancia -ajena y propia-. Esa gota la sequé rápido con el trapo de la pereza:

-Tonterías -me dije- qué ganas de complicarte la vida. A ver si te dejás de inventar teorías disparatadas. Se camina como se camina y listo.

Sin embargo, el cuerito de la canilla se había roto y la segunda gota cayó con la suficiente fuerza como para lesionarme la espalda  y dejarme inmovilizada.

Se camina como se camina -había dicho unos días antes- y después no pude caminar más.

La sensación de estar recibiendo un mensaje se instaló a mi lado durante el reposo y ni siquiera el diclofenac detuvo el dolor de no saber cómo descifrarlo. Las horas pasaban entre los ensueños de los calmantes  -que transformaban la mancha del techo en una mariposa de alas cortadas- y las clases del rab Anidjar que escuchaba para acompañarme.

Los iehudim son am keshei oref  (un pueblo de cuello duro) -dice el rab en una de esas clases. Dios le dice a Moshé en parashat Ekev que somos un pueblo obstinado y por eso no podemos hacer teshuvá.

El Ramban explica que la teshuvá del pueblo de Israel sólo fue posible luego de la ruptura de las tablas. Son los momentos de quiebre los que nos dan espacio para evaluar qué estamos haciendo en nuestro paso por la tierra.

A partir de ahí las gotas comenzaron a caer torrencialmente: En mi paso por la tierra yo creo que las cosas tienen que ser como yo quiero. Como que tienen que ser. Como Marcela dijo en el recreo.

El mensaje se siguió decodificando con la ayuda del rab Dessler. Dice en Mijtav Mi Eliahu: “La verdad está cerca de todos pero es difícil de percibir por culpa del keshei oref que se interpone delante de la voluntad del hombre por reconocer la verdad”.

Mi keshei oref prefiere sufrir antes de dar el brazo a torcer. Los dolores ya ni me permitían inclinarme en la Amidá, pero yo seguía obstinada, sin ganas de cuestionar nada y dispuesta a seguir repitiendo una y otra vez los mismos errores.

La rabanit Iemima Mizrahi enseña que cuando uno enfrenta un sufrimiento no hay que preguntar lama -¿por qué?- sino le ma -¿para qué? La respuesta, camuflada con distintos disfraces, para mí es siempre la misma: para crecer, para avanzar, para cuestionarse por qué uno elige vivir como vive.

Unos días antes había salido a caminar temprano, a tiempo todavía para darme cuenta de que camino como camino por puro orgullo y pocas ganas de cambiar.

El keshei oref enceguece hasta que llega un viento frío o doloroso que te obliga a bajar la cabeza. Y si tenés mucha suerte descubrís el cielo reflejado en la  tierra.

Enero

enero 19, 2017
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Te pasás enero hablando. Las chicas llegan a Israel a montones y quieren hablar. Tienen los días ocupados, clases de la mañana a la noche, pero no les alcanza, quieren más. Ir al kotel todos los días, conocer al jasid australiano, amanecer en Masada y acampar esa misma noche a orillas del Kineret aunque la temperatura esté bajo cero. En la mitad de todo eso te llaman porque quieren hablar. Sos conflictuada, ácida y directa -te dicen-, por eso quiero hacerte unas preguntas. Vos preferirías que te llamaran porque sos normal.

Vienen de a grupos y te hacen cuestionamientos que ni llegás a responder. O vienen solas y te cuentan su historia pidiéndote ayuda para descifrarla. Vos te cansás de decir que no tenés mucho para aportar, que ni siquiera podés interpretar lo tuyo, que no tenés autoridad.

Te pasás enero repitiendo la historia del vestido de novia que no querías usar, la enseñanza del ascensor de Sarah Yoheved Rigler, la anécdota de tu marido desmayado después de escuchar por primera vez la historia  del “Purim fest” de Nuremberg.

Te pasás enero diciendo cosas insólitas o incomprensibles:  te preguntan si tenés un gabinete de pelucas y contestás que no, pero que de joven escuchabas Gabinete Caligari. Te preguntan si sentís que vivís en la prehistoria y contestás que ya hay internet en el shtetl.

Te pasás enero reflejándote en ellas. Te reconocés a años luz en su sheakol avergonzado, en su falda estampada con perritos, en su búsqueda constante de parámetros. También te reconocés a minutos de distancia cuando te cuentan cómo Hashem las puso a prueba. Das consejos y te sacás la responsabilidad dejando en claro que son consejos que ni vos misma podés seguir.

Pasás enero aterrada por el miedo de decir algo incorrecto o algo que no se entienda o que se entienda mal. Algunas lloran y vos lloras con ellas. Te duele darte cuenta de que todavía compartís una pregunta y te duele también cuando la pregunta no la tenés más. Las conocés diez minutos y ya las querés. Te pasás enero con tus futuras amigas y te asombra y te alegra comprobar cómo se expandió tu corazón judío.

Te pasás enero desbordada de sentimientos. Viene la hija de una amiga de la infancia y la abrazas fuerte como para recuperar las tardes de domingo en Villa Crespo y el sabor de las masitas de su abuela. Viene la que fue a tu mismo colegio y se ríen recordando las rateadas en el entrepiso. Vienen con sus espejos de la máquina del tiempo y se quedan en tu casa mientras preparas la cena y tu hija juega con los rastis en el suelo.

Viajan más de 12000 kilómetros para encontrar respuestas. Algunas entran como Kramer al departamento de Seinfeld. A otras hay que insistirles para que pasen el umbral de la puerta. Todas llegan con su neshamá en carne viva. No saben si quieren dejar de comer jamón y queso, pero quieren una vida con sentido. Se cansaron de pintarse el pelo de violeta, ir a la marcha de “Ni una menos” y después darse cuenta de que sólo les interesa gustarle al chico de Instagram.

Te pasás enero hablando y te preguntás si tus palabras tienen sentido. Estudiás lo que Iemima Mizrahi dice de esta parashá: En Shemot las mujeres se ven forzadas a buscar sus propias soluciones: Tzipora, cuando ve que su hijo tiene ocho días y su esposo Moshé no lo circuncida, decide hacerle el brit milá ella misma para preservar la continuación del pueblo. Dice Iemima que nuestro desafío también es preservar la continuación de nuestro pueblo -no haciendo brit milá- sino construyendo con una buena milá, con buenas palabras.

Te pasás enero buscando esas buenas palabras y no las encontrás. Querrías ser sabia, inspiradora y concreta pero te sale ser cariñosa, tonta y sincera. Le pedís a Hashem que ponga calidad a tus palabras y te pasás enero hablando mientras en Jerusalem, enero pasa.

Tres helados en la frente

diciembre 28, 2016
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heladosCada día, exactamente a la una y media de la tarde, las madres de mi barrio vamos a buscar a nuestros hijos al jardín de infantes. Somos siempre las mismas, nos conocemos de tanto cruzarnos. Algunas se saludan, algunas comentan el clima, otras se detienen a charlar unos minutos. Todas nos miramos.

Un mediodía de verano fui a buscar a mi hija y a dos de sus amigas que ese día venían a jugar a casa, y para darles un gusto les quise comprar un helado.

-Queremos el ridículamente gigante helado de crema recubierto con chocolate -dijo mi hija sin dudar.

Entonces.
-Deme tres ridículamente gigantes helados de crema recubiertos de chocolate -le dije a la vendedora.
-No quiero ese helado -escuché que decía amiga 1- quiero el diminuto palito de agua sabor a nada.
-¿Estás segura? -le pregunté asombrada- mirá que el otro es mucho más rico.
-No me gusta la crema -contestó.

Entonces.
-Deme dos ridículamente gigantes helados de crema recubiertos de chocolate y un diminuto palito de agua sabor a nada -pedí.
-Yo también quiero el diminuto palito de agua sabor a nada -dijo la amiga 2.
-¿Cómo? ¿a vos tampoco te gusta la crema?
-Quiero un diminuto palito de agua sabor a nada -insistió a punto de ponerse a llorar.

Entonces.
-Deme tres diminutos palitos de agua sabor a nada -le dije a la vendedora, que ya estaba impaciente.
-Noooo -protestó mi hija- yo quiero el ridículamente gigante helado de crema recubierto con chocolate, mamá.

Entonces.
Ese día, exactamente a la una y media de la tarde, las madres de mi barrio vieron que a mi hija le compré un ridículamente gigante helado de crema recubierto de chocolate y a sus dos amigas un diminuto palito de agua sabor a nada.

Ese día, exactamente a la una y media de la tarde, sufrí. Quería correr a explicarles, una por una,  que en realidad -misteriosamente y fuera de toda expectativa- las amigas de mi hija preferían un helado pequeño y barato. No soportaba que pensasen que era una tacaña egoísta que le compra a sus hija algo mucho más caro que a las demás.

No es que a mí me importa lo que otras madres piensan de mí, yo no discrimino: a mí me importa lo que cualquier persona piensa de mí. Necesito la aprobación de todos. Hasta me pongo contenta cuando mi casilla de correo electrónico me indica “muy bien, has leído todos tus mensajes”, como si el señor gmail me fuese a juzgar por tirar a la basura el spam de groupon sin haberlo leído.

Me importa lo que la gente piensa de mí y lamentablemente muchas veces actúo en consecuencia.

Resistir la presión externa y hacer lo que está bien aunque no se entienda, o sea mal visto, lo aprendí de un lugar inesperado. El Pirkei Avot (4:1) dice: “¿Quién es sabio?  El que aprende de toda persona”. Lo que yo aprendí de Bob Dylan lo cuento en este artículo que escribí para AishLatino: La enseñanza de jánuca que me dejó Bob Dyan.

Ojalá tengan ganas de leerlo.

Jánuca sameaj.

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