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Nuevas y viejas reflexiones de Tishá be Av

agosto 11, 2016
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Cuando escapó de Europa, al abuelo de Shelley Berman le prometieron que en América encontraría las calles pavimentadas con oro.

Cuando llegó descubrió tres cosas:

  1. Que las calles no estaban pavimentadas con oro.
  2. Que las calles no estaban pavimentadas.
  3. Que él sería quien tendría que pavimentar las calles.

Antes de Tishá be Av recuerdo esta historia. Son días en los que no quiero pensar ni hacer nada. Días en lo que tengo ganas de esconderme detrás de una puerta a esperar que todo pase. Que pase el ayuno, el duelo y la tristeza. Que vuelvan la música y la ropa lavada. No tengo ganas de esforzarme.

Tishá be Av de alguna manera me resulta ajeno. Ellos, que han destruido el templo, tendrían que reconstruirlo. Yo, argentina, no hice nada. Por supuesto les explico a mis hijos que cada mitzvá que ellos hacen bla bla bla construye una nueva piedra en el Beit Hamikdash piri pi pi, pero la verdad, yo no tengo ganas de ponerme a construir y mucho menos hacerme cargo por lo sucedido hace casi dos mil años.

Y para colmo, la historia de Kamtza y Bar Kamtza. Si hasta parece un cuento para niños: había una vez un señor que fue humillado, se volvió muy, muy malo y quiso vengarse de su pueblo. Colorín colorado.

Allá lejos y hace tiempo, ellos siguen siendo los culpables del destierro. Yo, preparando el almuerzo en Jerusalem, no tengo nada que ver con eso.

Un señor se volvió muy malo

Digo “un señor que se volvió muy malo” y recuerdo un artículo en el que el rab Grylak reflexiona acerca de lo sucedido en un crucero que quedó detenido en medio del océano dejando a cuatro mil personas sin agua ni alimentos.

Pasaron cinco días de miseria y miedo y el artículo destaca que en esa situación extrema, algunos de los pasajeros se convirtieron en héroes, preocupándose por el bien del prójimo y aprovechando cada oportunidad para ayudar al resto, pero otras personas se comportaron como animales, robando comida y agua, por ejemplo.

Es fácil imaginarme que yo hubiese sido parte de los héroes en ese barco inmovilizado, pero la realidad sólo la descubriría estancada en el medio del océano.

Es fácil imaginarme que no sería como Bar Kamtza, que podría superar las ofensas que me han hecho y no convertirme en acusadora, pero eso no lo sabré hasta no haber sido humillada en una fiesta.

Cada día me enfrento a situaciones en las que puedo elegir cómo comportarme. Cada día Hashem me pone a prueba y aunque me avergüence, tengo que admitir que no siempre las he resuelto de la mejor manera.

¿En quién nos convertimos cuando Dios nos pone a prueba?

El dolor nos transforma de distinta manera a cada uno: nos puede convertir en tiranos abusadores del poder que disfrutan de la venganza y se aprovechan de la desgracia ajena o nos puede convertir en seres compasivos y arriesgados que se comprometen para hacer el bien frente a la realidad que se les presenta.

Lamentablemente la mayoría de las  veces el dolor nos convierte en  rabi Zajaria ben Avkolus, a quien el Talmud señala como el culpable definitivo del jurbán (la destrucción del templo).

Rabbi Zajaria ben Avkolus fue quien decidió no hacer el sacrificio que el Cesar había enviado al templo de Jerusalem para probar que el pueblo judío no planeaba rebelarse en su contra. Él tenía la autoridad para decidir hacer el sacrificio, tenía la autoridad para condenar a Bar Kamtza, pero no se sintió calificado para hacerlo. Entonces no hizo nada.

Si técnicamente Rabbi Zajaria Ben Avkolus no hizo nada ¿entonces cómo puede ser responsable de la destrucción?

Ser parte de la solución y no del problema 

Hacer da miedo. Tomar decisiones da miedo. Enfrentarse al mal, da miedo y ese miedo nos dice que mejor es no hacer nada.

El miedo que nos paraliza es nuestro enemigo. El miedo a equivocarnos es nuestro enemigo. El “por las dudas yo no me meto” destruye. Eso, y el horrible pensamiento que mi felicidad es más importante que la del resto.

Aunque me cueste admitirlo, si el pueblo de Israel sigue sin su templo, en parte es culpa mía. Yo podría haber ayudado a construirlo si hubiese resuelto para bien cada situación en la que Dios me puso a prueba. Yo lo podría haber construido si no me hubiese rendido ante el miedo o la pereza de hacer lo que podría haber hecho.

Al igual que el abuelo de Shelley Berman, si entendiese que si no quiero seguir viviendo entre las ruinas soy yo quien tiene que pavimentar el camino; elegir hacer el bien, sólo el bien, siempre el bien, sin que importe el esfuerzo.

El caso de la esvástica en twitter

julio 21, 2016
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Este post contiene imágenes sensibles.

El otro día abrí twitter y lo primero que vi fue una esvástica.

No me sorprendió la esvástica en sí, porque se imaginan que no es la primera que veo. Ni siquiera me sorprendió haberla encontrado en twitter, porque sigo varias cuentas que se ocupan de desenmascarar el antisemitismo y muchas veces aparece ese signo nefasto. Lo que me sorprendió fue el contexto: la esvástica aparecía colgada en la pared de la casa de una escritora. Ella publicó una foto para mostrar su cartera o para que disimuladamente  se viesen en el margen de la foto los premios que ganó. No sé lo que ella quería mostrar, pero yo vi una esvástica.

En algunos aspectos de la vida soy ingenua y en otros me esfuerzo en ejercitar el músculo de lekaf zejut (dar el beneficio de la duda), más que nada porque sé que de la misma manera en la que nosotros juzgamos al prójimo, así somos juzgados en el shamaim. Estudié esas halajot y soy conciente que la gravedad implica tanto juzgar para mal a quien es reconocido por comportarse bien, tanto como juzgar para bien a quien es un reconocido rashá.

No estoy autorizada para ser daian en un beit din y mucho menos para decidir quién es rashá o tzadik, por lo que me mantengo en la postura más moderada (midat jasidut): A una persona promedio (ahí nos encontramos la mayoría ¿verdad?)  o a un desconocido, se lo juzga favorablemente.

Quizá el único sentido de haber estudiado diseño gráfico fue haber podido reconocer inmediatamente el póster en la pared de la escritora. Es un póster de Cabaret -película que transcurre en la época en la que nazismo ascendía en Alemania- en donde cuatro piernas forman una esvástica. Recordé que en la universidad dedicamos más de una clase a analizar su doble sentido y estudiar la trayectoria de su diseñador –Wiktor Gorka- artista de culto en Polonia. También sé que es un póster famoso, caro y difícil de conseguir. Me esforcé por pensar que por alguna de esas razones snob aquella escritora lo tiene en su casa.

No me gusta ver antisemitismo donde no lo hay.  Por ejemplo, recuerdo que defendí a la diseñadora de Zara cuando hace unos años desatinadamente pusieron a la venta un pijama de niños que remitía a la vestimenta en los campos de exterminio.

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Estoy convencida de que no había allí un mensaje intencional. Podría justificarlo diciendo que no le conviene a ninguna multinacional declararse abiertamente antisemita, pero unos años atrás Zara puso a la venta un bolso con una esvástica en su estampado, así que ellos mismos me desmienten.

Sin embargo en el caso del pijama puedo dar el beneficio de la duda porque sé cómo se trabaja y cómo se pierde el control en los diseños (además en la estrella amarilla se leía la palabra sheriff): Primero al director creativo se le ocurrió la ingeniosa idea de un pijama inspirado en un sheriff del lejano oeste. Después, el jefe de producción pidió que se usase la tela en stock, a rayas. El gerente de marketing se empeñó en que fuese del color de temporada. El gerente general le hizo sacar al diseño el típico pañuelo en el cuello porque no le gustaba. Listo, entre todos recrearon la vestimenta de Auschwitz. Seguramente no había un judío en el staff, porque un judío sí se hubiese percatado de la triste coincidencia.

En uno de los últimos episodios de Comedians in Cars Getting Coffee, Jerry Seinfeld entra a un lugar en donde hay una réplica de un dirigible Hindenburg, señala la cola del dirigible y le comenta a su entrevistada que en donde se ve una cruz, antes había una esvástica. Después de la guerra la sacaron, dice compungido.

Continua el episodio, a los pocos minutos van por la carretera y Seinfeld señala el logo de una empresa de mudanzas:

-Eso parece el logo de la SS en un uniforme nazi.

-Oh, sí –concede su entrevistada.

-Los judíos siempre estamos buscando esvásticas -agrega- por eso cuando recién vi ese Hindenburg fui directo a buscarla. Yo quiero ver mi esvástica -dice sin sonreir.

Tiene razón Seinfeld. Los judíos  las buscamos como un soldado atento a las bombas en un campo minado. Las buscamos  para no quedarnos dormidos, porque sabemos que sin nos distraemos podemos ser asesinados.

Ya lo he dicho anteriormente, no me gusta ver antisemitismo donde no lo hay. Lamentablemente no quedan muchos lugares donde mirar. Si existiese el Esvástica Go sería mucho más fácil de jugar que el Pokémon Go. Están en todos lados.

Aquí unos pocos ejemplos sólo de las últimas semanas:

El periodista Diego Batlle entrevistó a Steven Spielberg para el diario La Nación  y se quejó de los comenarios antisemtias que recibió su nota.

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El partido izquierda unida repudia con este cartel la visita de Obama a España.españa

 

Un billete Argentino en circulación estos días.

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La tumba de César Jaroslasvky profanada en Entre Ríos.

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El domingo es 17 de Tamuz y para el pueblo judío comienza un período de duelo de tres semanas. Es una época en donde recordamos episodios dolorosos, entre otras cosas, que ese día las murallas de Jerusualem fueron derribadas por nuestros enemigos.

No pido que quienes no pertenecen a nuestro pueblo sean concientes de las tragedias que nos sucedieron. No pido que les duela como nos duele a nostros y ni siquiera les pido que les caigamos simpáticos.

Sólo pido que tengan cuidado y no sean ingenuos. En esta época se está de un lado o se está del otro. No ayuden a derribar las murallas de Jerusalem. Sólo pido eso.

Y que saques ese poster de tu casa.

 

Uno de repuesto

julio 4, 2016

 

Soy una persona previsora. Si un día viajo al norte llevo lentes por si estará soleado y paraguas por si llueve. Un libro por si el viaje se me hace largo y un mp3 por si me mareo cuando leo. Analgésicos por si me empieza a doler la cabeza  y curitas por si me lastimo al romper el cierre de la mochila al  buscar los analgésicos. Aguja e hilo para arreglar la mochila. Un destornillador por si se descompone el auto. Un rompeviento por si tengo que volver en barco. Cerillas para hacer una fogata en una isla desierta por si naufragamos y un marcador indeleble por si tengo que escribir en la palma de mi mano “no es el bote de Penny”.

Si por mí fuera, yo construiría un bunker para salvarme del Apocalipsis, pero para eso no alcanza con ser un desquiciado, también hay que ser multimillonario, y no es mi caso.

A veces trato de hacerme la espontánea y cometo una locura, como no chequear tres veces el pronóstico del tiempo antes de salir o  no comprar pilas para la radio por si de golpe empiezan a caer misiles, pero son intentos ingenuos e ineficaces. En el fondo siempre tengo un plan B que me deja mantener la ilusión de que tengo todo bajo control.

Durante mucho tiempo pensé que lo que tenia era intuición y no miedo. Que tenia un radar para evitar problemas y no una imaginación frondosa y destructiva. Que al ir un paso adelante prevenía catástrofes en lugar de perder oportunidades.

Tengo que reconocer que nunca necesité el alfiler de gancho que llevo en mi billetera, pero sí muchas veces hubiese necesitado la flexibilidad que dan años de solucionar imprevistos.

Por eso envidio a quienes no temen que las situaciones los tomen desprevenidos. Quienes viajan a Bariloche en Junio sin abrigo, porque no se imaginaron que podía hacer frío. Quienes llegan a su propia boda sin anillo porque no pensaron que fuese necesario.

Ellos y yo al final tenemos los mismos problemas, y al final unos y otros los solucionamos. Mientras tanto ellos viven flojos y relajados y en cambio yo vivo tensa como una estatua de la reina Letizia.

Los envidio por eso, pero sobre todo porque vivir adelantándose a los hechos no es una buena estrategia de vida.

Hay un personaje de Tim Burton que  ve en el ojo de una bruja la forma en la que va a morir. A partir de ese momento el personaje se siente liberado porque al conocer la manera en la que morirá, sabe que no lo matará todo el resto.

No soy profetisa y a nadie le fue dada la posibilidad de saber de antemano cómo va a morir, eso sólo sucede en las películas, pero sea lo que sea que nos tenga que pasar, es seguro que a nosotros tampoco nos pasará todo el resto.

El rab Israel Salanter dijo que cambiar un rasgo del carácter es mas difícil que estudiar el Shas completo, por lo que me preparo para un largo trabajo intentando cambiar esa tendencia a la previsión exagerada.

Mientras tanto los desentendidos pueden seguir yéndose de vacaciones relajados. Si no llevan  traje de baño, yo tendré uno de repuesto.

 

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Una vuelta en el Dodge naranja

junio 22, 2016

Admiro a quien puede seguir con su rutina en tiempos difíciles. A quien va al gimnasio aunque ese día se haya muerto el pez dorado. A quien se va a cenar con amigas aunque en la calle le hayan robado la cartera. A quien tiene un hijo enyesado pero igual va al trabajo.

Yo no puedo. Si el camino se complica, no sé cómo seguir. Me paralizo. Pierdo la dirección, así que me detengo. Como que no me funciona la caja de cambios. Son largos días en los que me quedo sentada mirando un punto fijo, o me encierro a llorar mis pequeñas tristezas en el baño. Sirvo el almuerzo, visto a mi hija, compro pan y leche, pero no mucho más. Me trabo.

Ya sé lo que están pensando: Qué falta de emuná tiene esta chica. Lo de chica se los agradezco. Lo de la emuná no hace falta que me lo digan, lo tengo claro.

No siempre fue así. No sé desde cuando la vida se convirtió en un monstruo que me espera a la vuelta de la esquina para atacarme. No sé desde cuando tengo la sensación de que todo lo me espera es malo.

Quizá fue desde que me operaron de urgencia y casi no vivo para contarlo. Pero no. Fue desde antes.

Quizá es culpa de esta última ola de atentados que me hacen vivir alerta y estresada. Pero no. Tampoco. Fue antes.

Quizá desde que soy madre y vivo con miedo constante a que algo le pase a mis hijos. No. Todavía antes.

No es que no tengo nada de emuná. Tengo épocas, tengo minúsculos chispazos, moléculas de emuná. Pero emuná con mayúsculas, me falta. La busco y no la encuentro.

Sé que existe y sé perfectamente qué es lo que estoy buscando. Sé que la emuná shlemá está allí y me espera.

Lo sé porque mi papá manejaba un Dodge naranja.

Cada tres años –más o menos- mi papá cambiaba el auto. Lo cambiaba pero por uno de la misma marca y el mismo color: siempre un Dodge, siempre naranja. Cada vez que sabíamos que mi padre iba a llegar a casa con un auto nuevo, mi hermana y yo salíamos a la vereda a esperarlo. Yo la imitaba a ella, que es más audaz y aventurera y pretendía que esa vez yo también prefería un Peugeot, como el de mi tío;  y que fuese verde, azul o gris claro. La verdad era que en el fondo rogaba que por la calle Gavilán apareciese un Dodge naranja.

No sé si en esa época mi papá manejaba tan bien como yo lo recuerdo, pero para mí, en ese auto nunca podía pasarme nada.

Entiendo cómo Am Israel se debería sentir protegido por las nubes de gloria gracias a que viajé en ese auto. Entiendo cómo los campeones olímpicos de la emuná saben que el mal no existe, que a lo sumo es un volantazo para volver a ponerse en el camino, porque viajé en ese auto. Entiendo cómo se puede volcar y terminar en la banquina y al día siguiente volver sin miedo y seguir funcionando, porque viajé en ese auto. Entiendo pero no lo siento.

He viajado de muchas maneras y a distintos lugares. A Córdoba, cantando temas de Sui Generis. Contando vacas en la ruta a Rosario. Me he acostado en la luneta, camino a Valeria del Mar, cuando todavía entraba allí estirada. He viajado en el asiento de adelante, con las piernas dobladas y los pies apoyados en la guantera y he sacado la cabeza por la ventanilla cuando mis padres no me miraban. Me he quedado dormida de regreso de Belgrano y me han llevado a mi cama en brazos. Siempre segura, sin miedo, porque sabía que mi papá manejaba.

No saben cómo me gustaría volver a sentir esa seguridad. Recordar a cada instante que mi Aba ba shamaim maneja todo en cada momento. Saber que pase lo que pase él está piloteando. No saben como me gustaría.

Eso y volver a dar una vuelta en el Dodge naranja.

La silenciosa en el desierto

mayo 25, 2016

“…cuídate de la silenciosa en el desierto”
Alejandra Pizarnik

Los jueves a la noche me acuerdo de Rosh Hanikrá. Me preparo un café y lo tomo a sorbos en mi balcón mientras sueño que un día volveré allí.

Rosh Hanikrá es un nombre que le puse al silencio. No es que me siento y pienso en el lugar físico, en ese paisaje impresionante frente al Mediterráneo. Lo que hago es sentarme  y recordar  que  una vez en Rosh Hanikrá estuve en silencio.

Hace más de veinte años viajé a Israel con un grupo de jóvenes. El día al que me refiero accedimos a la cima de Rosh Hanikrá con el cable carril y después de recorrer las grutas, decidimos bajar a pie.

Algunos del grupo nos adelantamos y comenzamos el descenso. Bajamos casi corriendo por caminos sinuosos. En un momento yo me cansé y decidí caminar más lento. Antes de darme cuenta, los amigos con quienes venía habían desaparecido de mi vista. Me encontré sola en el medio de la montaña. Decidí descansar y esperar a la parte del grupo que había quedado rezagada.

Me senté en una piedra frente al precipicio, frente al mar, frente al desierto. En ese momento se abrió un abismo en mi cabeza. Escuché el silencio. Un silencio infinito. Un silencio eterno. Cerré los ojos y por primera vez en mi vida supe cómo era estar tranquila.

Tranquila nunca más volví a estar. Yo hago y hago, nunca me detengo. Organizo y planeo hasta cuando duermo. Llego a los jueves a la noche cansada, aturdida. Mis semanas están repletas de ruido, de prisa y  de imprevistos y lo único que quiero los los jueves es volver a Rosh Hanikrá. Creo que lo necesito es tranquilidad y silencio.

Ayer viajé otra vez en grupo. A último momento decidí inscribirme en un viaje que incluía en su itinerario el kever de Rabbi Shimon Bar Iojai y yo tenía muchas ganas de hacer tefilá allá, así que a las seis de la mañana preparé un bolso y subí a un autobús repleto de mujeres a quienes no conocía.

Antes de llegar al kever visitamos el monte Merón. Como el grupo era muy diverso (desde niñas a abuelas), consideraron que sería apropiado hacer el recorrido de descenso y no de subida. El autobús nos dejó en la cima y bajo una llovizna intermitente comenzamos a caminar.

Al ir avanzando me di cuenta de que tenía una oportunidad única. El paisaje era hipnótico, el aire de Merón está cargado de sentido y yo me emocioné frente al mundo que Hakadosh Baruj Hu nos regaló.

Se me ocurrió que si me organizaba bien, podía quedarme sola en algún tramo para revivir Rosh Hanikrá.

Supuse que si me adelantaba e iba con quienes apuraban el paso, podía irme deteniendo y aprovechar el espacio de soledad que se producía hasta la llegada del grupo que caminaba más lento.

Lo intenté una, dos, tres veces, pero apenas empezaba a  percibir las chispas de Rosh Hanikrá; llegaba el grupo que venía detrás.

Por culpa de la lluvia algunas mujeres tenían problemas en el recorrido. El suelo estaba embarrado y las piedras resbaladizas. Muchas no tenían el calzado adecuado. El descenso era más complicado de lo esperado.

A la distancia vi a una joven ayudando a una señora mayor en un tramo especialmente peligroso. La llevaba de la mano y le ofrecía apoyo. Detrás vi que otra de mis compañeras de viaje también tenía dificultades. Me acerqué y le ofrecí mi mano para ayudarla a bajar una piedra especialmente alta y resbaladiza. Me agradeció; yo sonreí y aceleré nuevamente mi paso.

En un momento miré para atrás, para comprobar si ya me había alejado lo suficiente de las intrusas que impedían mi momento de inspiración y desde lejos me di cuenta de que el camino le seguía resultando difícil a la señora a quien había ayudado. También vi que las otras dos personas seguían de la mano.

Para mí no es fácil renunciar a un momento de tranquilidad. Sufro en el ruido y el desconcierto. No me gusta el bullicio de mi casa cuando entran y salen las amigas de mi hija. No me gusta tener que dejar de escribir porque imprevistamente alguien me necesita. No me gusta que me interrumpan cuando estoy leyendo ni que suene el teléfono cuando estoy durmiendo.

Ayer en el monte Merón pensé en algunas mujeres. En mi amiga  médica que eligió no sentarse en un consultorio tranquila a recetar analgésicos y en cambio fundó una organización para ayudar a hispanos con necesidades médicas en Israel. En mi amiga Mexicana que no se sentó tranquila a comer quesadillas con guacamole, sino que organiza almuerzos en los colegios para los hijos de familias de bajos recursos. En mi amiga psicóloga, que no se quedó tranquila siendo una excelente madre y se atreve a meterse dentro de lo más turbio y triste para salvar niños en riesgo.

Ayer en el monte Merón volví sobre mis pasos. Le ofrecí mi mano a una extraña y renuncié a la oportunidad única de encontrar algo que vivo buscando.

Mañana es jueves, sé que voy a estar cansada, pero voy a esforzarme para agradecer el ruido que hay en mi vida y decirle a Hashem que cada vez que me necesite estoy dispuesta a renunciar a la idea de la silenciosa en el desierto.

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Vista de las alturas del Golán desde el monte Merón.

 

 

Todo muy  justificado

mayo 17, 2016

Trabajé varios años en diseño. Empecé en una pequeña empresa que me designó la tarea de armar folletos. Hoy existen programas que facilitan ese trabajo, pero en aquella época era una novedad que requería ingenio y sentido de la estética.

Yo acababa de salir de la universidad, en donde estuve rodeada de gente creativa y recibí una cantidad enorme de estímulo visual. Visitaba museos regularmente, me suscribí a un anuario que resumía lo mejor del diseño mundial y tenía contacto con artistas plásticos y diseñadores de vanguardia. Con ese bagaje acumulado creí estar lista para diseñar.

Desde el primer día me di cuenta de que fuera de la universidad diseñar no era tan fácil y llevar a la práctica lo aprendido no era espontáneo. Tenía la cabeza inundada por ideas creativas, pero me era imposible bajarlas al papel.

Los trabajos tenían fecha de entrega; los tenía que terminar sí o sí y más de una vez entregué un trabajo aunque no me gustara.

Al poco tiempo encontré un recurso que me ayudó a resolver rápido los diseños y me aferré a él como un náufrago a su tabla.

Mis folletos eran muy parecidos a esto:

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En diseño se llama a esta clase de diagramación “justificado forzado” y en general se utiliza en textos editoriales para dar sensación de orden y facilitar la lectura. Yo lo llevé a un extremo exagerado. En mis folletos una palabra de tres letras terminaba ocupando el mismo espacio que una oración de cinco palabras. Lo hice una, dos, tres, cincuenta y siete veces.

Un día mi jefe me llamó a una reunión. Entré a la oficina y vi mis trabajos extendidos frente al escritorio. Grandes o pequeños, blanco y negro o a color,  siempre justificados.

Fue una reunión corta: mi jefe mi dijo que lo tenía cansado y que a partir de ese momento tenía prohibido volver a usar ese recurso para mis diseños.

Ya saben lo que dicen: somos lo que diseñamos.

Hace más de 20 años que hice teshuvá. Voy a clases; leo constantemente; estoy rodeada de gente inspiradora. Tengo la cabeza inundada por conocimientos de Torá e ideas brillantes acerca de cómo debo manejarme en el mundo.

Sin embargo no me resulta fácil poner esos conocimientos en práctica. Y es ahí cuando uso mi viejo recurso.

Justifico.

Si estoy de mal humor es por culpa del cansancio. Si no hago minjá es porque a la tarde no puedo. Si no contesté el mail es porque no tuve tiempo y si no visité a un enfermo es porque estuve ocupada. Si no reciclo botellas es porque detrás hay un negocio turbio y si le hablé mal a la vendedora es porque ella no me atendió como debía.

Excusas, excusas y después más excusas. Si queda lugar echo alguna culpa.

El otro día “El Jefe” me llamó a una reunión. Me puso frente a una situación difícil y me dejó a cargo de resolverla. Fue una manera de recordarme que tengo un trabajo que hacer y que hay fecha de entrega.

Lo primero que quise hacer fue utilizar mi viejo recurso –con esto no puedo- pero Él puso mis justificaciones pasadas sobre la mesa y me mostró que no funcionaban. Me dijo que no iban más, que no servían y que era hora de dejar de usarlas.

No importa cómo salgan las cosas y no siempre nos van a gustar los resultados. Hay que hacer lo mejor que se puede, tener humildad para reconocer cuando nos equivocamos y hacerse cargo de las consecuencias de nuestros actos.

Y eso en diseño -y en otros lados-, se llama permanecer centrado.

 

Música para mis odios

mayo 1, 2016

Escribo sin música. Por primera vez. No saben cómo me cuesta. Estoy sufriendo como si hubiese tenido que tomar el mando de un boeing 747 porque el piloto, el copiloto y el resto de la tripulación se intoxicó con la comida del avión. En esta comparación yo fui la única que no fue intoxicada porque pedí el menú kosher, así que la comparación es verosímil.

Cada situación en  mi vida está musicalizada. Me concentro mejor cuando escucho Dustin O’Halloran, la cocina es menos aburrida con Nina Simone y el miedo al dentista lo apacigua Jorge Fandermole. La música, cuando escribo, me ayuda a despegar y a continuar el vuelo.

En algún punto sospecho que escribo por descarte, por no saber expresarme de esa manera. No sé componer, no sé tocar ningún instrumento y mis cantos parecen los alaridos de terror de una pasajera de avión que se vio obligada a tomar el mando y declarar la emergencia al grito de mayday.

Quienes están en sintonía con el calendario hebreo sabrán que en estos días se aplica la prohibición de escuchar música. Estamos en la Sefirat HaOmer. Lo aclaro sólo porque a veces me lee una chiquita simpática que seguramente no recuerda esa enseñanza de sus días de shule. Si alguien quiere más detalles, que los vaya a buscar a otro sitio, alguno que esté comprometido con la difusión de nuestra sabiduría y no aquí en donde solo nos ocupamos de atravesar turbulencias.

Volviendo al tema, se preguntarán cómo puede ser que esta sea la primera vez que escribo sin música. En el archivo se comprueba que hay otros escritos durante la época de la sefirá o durante las tres semanas (ojalá tuviese un lector tan minucioso como para buscar en los archivos). La respuesta es que esta es la primera vez porque el resto de las veces me apoyé en un heter (autorización personal) para escuchar música mientras trabajaba.

Mi oficio es maquetar libros: acomodo cajas de texto, alineo renglones, margino índices. Hacer esa clase de trabajo sin escuchar música puede llevar a la locura. Los psiquiátricos están repletos de diseñadores gráficos que tuvieron un brote psicótico el día que se cayó Spotify.

Para quienes no están cerca de la vida ortodoxa, la idea de conseguir un heter puede parecer el colmo de la hipocresía y una ridiculez al mismo tiempo. Pedir permiso para escuchar música –o para cualquier otra cosa- puede parecer el súmmum del sometimiento, pero es todo lo contrario.

Poder pedir permiso para ser indulgente en una mitzvá que resulta particularmente difícil es una liberación. También es una muestra de la consideración de Hashem hacia sus criaturas. La diferencia entre tener o no un heter es la misma que tener o no tener un experto en la torre de control dando las indicaciones para un aterrizaje de emergencia.

Podrían cuestionarme –hipotéticamente, porque ustedes no me cuestionan nada- por qué extendí un heter que servía para trabajar y lo asocié con la escritura. No me dejen sola en esto: confesemos en conjunto que en esa falencia caemos muchos baalei tehsuvá: nos dan un heter para escuchar música para la clase de spinning, y asociamos que también debe servir para las caminatas matutinas al trabajo porque después de todo también es ejercicio físico.

La cuestión es que estos días no estoy trabajando. No trabajo, más no tengo heter para la música, es igual a no escribo porque escribir sin música me hace sufrir como tripulando un avión porque piripipi -todo eso de la intoxicación- con un motor incendiado.

Hace unos días mi hijo mayor daba vueltas por la cocina:

-Me cuesta mucho no escuchar música -me dijo.

-Si te es tan difícil podrías conseguir un heter –contesté como buena madre sobreprotectora.

Al rato mi hijo volvió. Mientras abría la alacena, la cerraba y la volvía a abrir para ver si por arte de magia había aparecido un chocolate en ese intervalo, me comentó al pasar.

-¿Por qué voy a pedir un heter si lo interesante de no escuchar música es lo difícil que  me resulta?

-Mmm ¿qué?- pregunté desconcertada- ¿cómo sería eso?

-Que me estoy haciendo más fuerte al resistir la tentación.

Odio hacer las cosas en silencio. Hoy escribo sin música porque mi hijo me hizo notar que las halajot están para extender mis límites. Es bueno hacer las cosas de una manera distinta. Probar algo nuevo. Romper la armonía. Salvarse de uno mismo y aterrizar sana y salva.

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