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Canta el grillo en la ventana

junio 4, 2019
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En una época pasé por una seguidilla de enfermedades que parecían no terminar. Creo que saben a qué me refiero.

Los chicos se enferman uno detrás del otro y después cae el padre. Un virus de 24 horas, en una familia con cuatro hijos, puede durar seis días. Hay casas en las cuales por lo menos un integrante de la familia está vomitando o yendo al baño cada media hora durante semanas.

Cuando los chicos son chicos, hay que cambiar las sábanas y lavar tres mudas de ropa por día. Cuando los chicos son grandes hay que mirarlos dormir preocupadas desde la puerta de la habitación y preguntarse si será normal que duerman 18 horas seguidas.

Cuando el marido cae enfermo es mucho peor: hay escucharlo quejarse, prepararle un té que no toma, escucharlo quejarse, convencerlo de que la sopa de pollo ayuda, escucharlo quejarse, alcanzarle un vaso de agua y después escucharlo quejarse un poco más.

La cúspide de la caída es cuando nos toca a nosotras. Tosemos toda la noche y a las seis nos levantamos, preparamos a los chicos para el colegio y salimos a trabajar.

Son épocas en las que uno se empieza a preguntar qué está haciendo mal.

Revisa las mezuzot, se va a sacar el mal de ojo, estudia la relación del brazo izquierdo con la sefirá de Netzaj y va al osteópata chino que le cobra un ojo de lo caro.

Uno se pregunta qué es lo que está haciendo mal para poder corregirse porque sospecha que esa corrección será el antídoto para el dolor. Pero al igual que el canto del grillo, que es imposible descubrir desde qué lugar se genera, es muy dificil reconocer el origen del sufrimiento.

Por eso yo a veces hago a la inversa. Me pregunto qué estoy haciendo bien entre lo mucho que hago mal. Pienso que si me apego a ese minúsculo bien y avanzo por ahí, poco a poco me voy a alejar de lo que me hace daño.

Y no hablo de perseguir un sueño.

Hablo de seguir por el camino señalizado por el bien.

Un camino que nos permita dar lo mejor de uno al mundo.

Creo que ese bien será el salvavidas al que nos podremos aferrar en el naufragio del dolor, el salvavidas que nos sostendrá cuando no demos más de no entender y que sobre todo, nos ayudará a resistir la espera.

 

Toda la música de Juno

diciembre 5, 2018
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Una amiga es alguien que te ayuda a crecer y en quien -para algunas cosas- confías más en ella que en vos.

Por ejemplo, tengo una amiga con excelente gusto musical y cada grupo o cantante que me recomienda, me gusta. Entonces, cuando me aburro de escuchar Zamba para Olvidar, le pido que me recomiende algo porque aprovecho su conocimiento para abrir la puerta que me lleva a un mejoramiento (aunque sea en mi gusto musical).

El escritor Eduardo Sacheri le hace decir a uno de sus personajes -en referencia a un prófugo de la justicia- que un hombre puede cambiar de cara, de ropa, de ciudad y desaparecer del mundo, pero que ellos encontrarían al asesino porque descubrieron que era un apasionado de Racing y si hay algo que un hombre no puede cambiar son sus pasiones.

Sacheri, al escribir esa frase, -probablemente mientras tomaba mate en su casa del Gran Buenos Aires- no imaginó que varios años después, una judía ortodoxa leería ese párrafo –ella tomando café, no mate- y comprendería que esa misma idea se aplica a la teshuvá.

Los baalei teshuvá cambiamos los hábitos, la vestimenta y los amigos. Muchas veces por equivocación o por desconocimiento extremo, ponemos en la misma bolsa las pasiones, olvidando que -así como dijo Sacheri a través de un fiscal ficticio-, es que en nuestras pasiones nos encontramos.

Escuché en un shiur hace unos 25 años que Hashem pone en cada persona un talento a través del cual la persona puede cumplir su tafkid en el mundo –tafkid para el que fue creado-. Hasta ahora no había entendido la idea. La consideraba un nonsense new age del tipo “persigue tus sueños”. Pero de golpe entendí su enormidad.

Como sé que te gusta, me voy a poner de ejemplo: Escribir es mi manera de darle uso a un talento que Hashem me regaló vaya a saber Dios para qué (y por primera vez en la historia de la humanidad esta frase funciona a la perfección).

No escribo porque creo que las nimiedades que cuento son interesantes. Escribo porque puedo llevarte renglón tras renglón hasta el final de un texto sin que te aburras. Ese es mi talento. El mensaje lo tenés que dilucidar vos.

No es casualidad que muchas de mis amistades nacieran gracias este lugar. Esas amistades después crecieron por otros lados, pero se originaron cuando se identificaron con algo que escribí y que nos conectó en algún nivel.

Andá a saber por qué se me ocurre escribir acerca esto hoy (después me contarás vos). Quizá es porque en el trabajo estoy rodeada de mujeres ortodoxas que siguen sus pasiones y usan sus talentos sin correrse ni un centímetro de la halajá.

Para que se entienda mejor la idea, te contaría acerca de Bassi, mi editora, una señora de Beitar que hace tefilá tres veces por día, y a quien no le parece incompatible ni ridículo usar su talento para escribir su columna semanal (que leen unas doscientas mil personas, y no cinco, como las mías) en la que utiliza detalles de su vida personal como un puente por el que te hace cruzar de la mano de sus palabras dejándote en otro lado, desde donde se ve -y se entiende- una parte del mundo.

Podría seguir hablándote de Shana, la jefa de redacción de la revista, que toma decisiones inteligentes más de cien veces por día y que con su aspecto de señora de barrio, maneja a sesenta subordinados y no se le mueve un pelo de la peluca al darle órdenes a Guedalia o al  decirle a al Sr. Orgullo que no se puede volver a filtrar un error de ortografía en la portada. Shana es todo lo que está bien en el rol de la mujer en el judaísmo y le agradezco no haber tenido vergüenza o miedo de usar ese talento.

Hashem no entrega un don, -aunque sea poco convencional o extraño-, si no quisiera que ese talento fuese utilizado para revelar algo que de otra manera quedaría oculto, dejando el rompecabezas del mundo incompleto. .

Si por un milagro de Jánuca, lo que digo te resuena y te ayuda a dejar de pensar que no servís para lo que claramente sos buena, a mí me alcanza.

Esto es lo que te quería contar hoy desde la oscuridad de mi casa, una madrugada fría en Jerusalén.

Una amiga es alguien que te ayuda a crecer y en quien -para algunas cosas- confías más en ella que en vos.

A vos te estoy hablando. Sí, a vos, a la que está leyendo. Empezá a hacer lo que sabés que tenés que hacer o empezá a buscarte un buen defensor celestial porque creo que es asur desperdiciar tu talento.

Google girl

noviembre 14, 2018
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Me pregunto qué algoritmos guardan mis búsquedas en Google para que yo reciba publicidades de ruedas de bicicletas y muñecas de lata de China.

Un escritor realiza muchas búsquedas, porque mientras escribe, investiga. Yo -para ocultar mi ignorancia- googleo sin descanso: una palabra en el diccionario, el nombre de un grupo de los ’80 o una frase en hebreo de la cual sé la musiquita pero en realidad no sé la traducción exacta.

A Google o tengo bastante confundido. Supongo que un fanático del fitness busca ejercicios para sacar músculo, así que Google le envía avisos de suplementos de creatina. Y una mamá buscará páginas de ropa para niños y por eso Google le manda avisos de “Next”.

Pero mis últimas búsquedas fueron “bebé sensible”, Portlandia, y “stimmt nicht”.  Bastante impredecible lo mío. Seguro que en unos días empiezo a recibir ofertas de vuelos a Portlandia con descuentos especiales para bebes sensibles alemanes.

Conmigo los algoritmos se deben volver locos. Mucho más ahora que trabajo en inglés y me la paso googleando frases que no entiendo. Por ejemplo, hoy me dijeron “you are all over the place” y tuve que correr a al buscador porque la traducción literal será “por todo el lugar” pero yo sabía que no me querían decir eso.

Google sabe discernir lo que estoy intentando averiguar aunque ni yo misma sepa lo que estoy buscando. Ayer, sin ir mas lejos,  busqué “gato de Schimirgilis” y él supo entender que necesitaba  información acerca del “gato de schrödinger” para hacerme la intelectual con mi jefa.

Y aunque lo tenga confundido, creo que Google es quien más me entiende. Por eso me hice Google dependiente. Estoy pensando abrir un grupo de autoayuda: googleros anónimos, aunque, como todos sospechamos, nadie es anónimo para Google.

Hay cosas que sé que tiene claras acerca de mí; sabe que soy inteligente porque escucho Bob Dylan, que tengo una obsesión con la página del clima porque necesito que me digan si lo que siento es calor o frío y que me gusta mucho España, todas estas suposiciones correctas. En especial la primera.

Pero también debe creer que vivo en Argentina, porque escucho Dolina, que soy rockabilly porque busqué una canción de Elvis y que tengo 15 años porque fui a un video de un osito panda. Y nada de eso es cierto. La última, lamentablemente.

Con Google no me tengo que esforzar mucho. Y para mí, una relación en la que no me preocupo por tener que poner acentos porque el otro lo hace automáticamente, es una historia de amor como la de Romeo y Julieta.

Por eso le permito esa desubicación conmigo y hago la vista gorda con los avisos ridículos que me manda. De a poco lo voy a ir educando. Con él espero tener más éxito que con mis hijos. A Google puedo llegar a enseñarle a ignorar mis búsquedas mientras escribo. Me imagino que debe sre más fácil que enseñarles a mis hijos que no dejen la ropa tirada.

Debo reconocer que algunas cosas en nuestra relación me avergüenzan. Google es el único que sabe que no sé cómo escribir Birmingham y que uso mal el término “cínico”. Pero para una persona curiosa como yo, es impagable que me deje acceder al mundo entero. Y hasta puedo leerlo en una posición más cómoda que en la que veía Danieri el universo completo debajo del escalón del Aleph.

Así que lo de los avisos, se lo dejo pasar. Puede seguir mandando publicidades de lámparas LED que yo se las seguiré comprando.

Éramos tan lindas

octubre 5, 2018
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uniceja

Cuando eras chiquita, en la época en la que te sacaron la foto de arriba, te mirabas al espejo que había sobre el escritorio de tu pieza frente al que te sentabas a hacer la tarea y te veías linda. El espejo estaba al lado de la ventana que a los diez usabas para espiar a quienes entraban a la farmacia de enfrente y a los trece usabas como un Moovit analógico al asomarte a ver si venía el 113 por Gavilán. Apenas veías la trompa del colectivo en la esquina bajabas las escaleras corriendo hacia la calle para llegar a tiempo a la parada que estaba justo en la puerta del edificio. La verdad no sé cómo nunca te rompiste el cuello en esas salidas desaforadas.

Qué linda que eras ¿por qué te olvidaste que eras linda? En realidad no sé si lo olvidaste o te hicieron olvidar. Porque a los diecisiete vos creías que pesar 57 estaba bien, pero Andrea te obligó a pesarte frente a ella en la balanza del vestuario de Hebraica después de una clase de gimnasia y te dijo que para tu altura 57 era mucho.

Y de ahí en más fue bajar en picada. No de peso, de autoestima. Ese episodio te dejó como carne de cañón para el golpe de gracia que te dieron Mariana e Irina en la quinta de Sergio el día del estudiante. Una, rubia de lejía, y la otra, pelirroja exuberante, sentadas al borde de la pileta comentando a los gritos que vos solo te ocupabas de tu cuerpo y de tu pelo. Que eras una chica superficial, dijeron.

Un poco las entendés ahora. Mirá si iban a dejar que esa, la del grupito de judías que se sentaba en los pupitres del frente les disputara su reinado de jeans Gloria Vanderbilt ajustados. Muy Cris Morena lo de ustedes. En especial porque ellas venían de colegios privados ingleses donde tenían equitación como materia optativa y vos llegaste desde el Provincia de la Pampa de Flores donde hacían ceniceros de cerámica en actividades prácticas.

Así que a los veinte te creías gorda, superficial y aburrida. Lo de aburrida nunca te lo dijeron, pero lo sobreentendiste porque no te dejaban pertenecer al grupito de los piolas que le jugaban bromas al profesor de filosofía y en lugar de elegirte para escribir la comedia de fin de año, te designaron como responsable del orden de la biblioteca.

Justo ayer se lamentaban con Karina al recodar cómo en la adolescencia nunca se sentían bien consigo mismas, a pesar de ser tan lindas. Debe ser porque lo disimulaban bastante bien bajo las toneladas de maquillaje que usaban para ir a sentarse los sábados a la noche en el Open Plaza.

Por eso ahora no podés comerte el durazno que te está tentando desde la frutera de Ikea. El durazno está prohibido por tu nutricionista. Porque tu experimento del año gorda te salió por la culata.

Eso sí, tengo que reconocer que sos creativa para inventar excusas. En vez de admitir que ya no dabas más de vivir a dieta y querías comer como una persona y no como un pajarito, desarrollaste la teoría de que cómo uno se ve y cómo uno se siente no está relacionado entre sí y te ofreciste como rata de laboratorio para el experimento. Querías demostrar que es posible sentirse bien sin estar delgada.

Tenías un buen argumento, porque hace cuatro años, la semana posterior a la peritonitis llegaste a tu peso de recién casada y sin embargo te sentías fea. Por el contrario, en tu año gorda te sentiste bella con tu ropa holgada. Si hasta parecías una de esas modelos plus size hermosas de Instagram.

Pero vos contra el mundo. Mira si van a dejarte ser feliz. Siempre alguien tiene que comentar que te conviene hacer un poco de ejercicio y tomar mucha agua. Que esa camisa te quedaría mejor si estuvieses un poco más flaca. Al final te ganaron. La noche del bowling con las Chilenas te viste en las fotos y ya no importó que después de miles de años todavía pudieses tirar la bola con swing. Lo único que importó es que se te veía mal de espaldas.  Y para colmo esa noche eras la más vieja.

A las Chilenas les llevas un promedio de quince años, pero como cuando Jaia era chiquita tus amigas ya no bajaban al parque, terminaste sentada con ellas en la plaza. Son tus amigas, pero no podés dejar de sentirte vieja entre ellas. Estás esperando que te empiecen a llamar tía. No lo hacen porque se esfuerzan por no hacerte sentir la diferencia: te invitan a sus salidas y aunque no te incluyeron en su grupito de Whatsapp, sabés que eso sólo se debe a que sos argentina, no por arcaica.

Vamos con el recuento: hasta ahora te dijeron  gorda, superficial y argentina. Tengo que reconocer que tu autoestima no la tenía fácil. Leías Tolstoi, Chejov, Dostoievski, pero tu compañero de taller literario te describía despectivamente. Eso lo descubriste el día que fuiste a la inauguración de la muestra de su primo y al presentarte, su primo le preguntó “¿ésta es la gordita simpática?

A la lista podemos sumarle nariz larga. Así te llamaba Coqui cuando volvían del colegio. A la altura de Tres Arroyos, cuando el grupo de regreso se disolvía, él siempre te gritaba desde la puerta de su casa “Chau Valeria, narigas nada”.

Narigas nada y así lo hiciste. Te lo aguantaste calladita porque en algún lugar sospechabas que no tenías derecho. Si vos, con tu pelo lacio, tus ojos verdes, campeona de atletismo y abanderada, tenías que soportar esos maltratos, ni te querías imaginar lo que pasaba María Marta. A ella sí que la destruyeron totalmente. No sabés en qué andará ahora, pero estás segura de que, aunque trabaje en la NASA se sigue sintiendo una cuatro ojos capitana de los piojos.

Eso sí, te reconozco el valor de decir tu edad en público, aunque sé que lo hacés porque te encanta escuchar la respuesta estándar: “no pareces de 48 para nada”. Igual te lo aplaudo. Es una pequeña revolución que una mujer de tu edad lo proclame así, como si nada.

Pero el peso no lo confesas por muy revolucionaria que te creas, todavía no llegaste a eso. Ayer fue la primera vez que le diste a entender a Karina cuánto pesabas. Veinticinco años siendo tu  amiga  y nunca se enteró de tu peso. Y eso que sabe hasta de qué color era el tuper en el que guardaban los zapallitos rellenos en tu casa. La situación fue graciosa porque no pudo disimular que estaba horrorizada. Ella, que mide como diez centímetros más pesa casi ocho kilos menos. Por la incomodidad del momento no llegaste a decirle que es porque tus huesos son más pesados y por eso la balanza siempre te agrega unos tres kilos. O por lo menos eso es lo que te decía tu madre cuando las remeras de tu hermana cinco años mayor no te entraban.

Así que ahora, fea, gorda, argentina, narigona y dejada medís el Quacker (tres cucharadas) y te comés una colación de seis almendras a media mañana para volver a tu peso “normal” aunque sabés que tu felicidad no depende de eso. Sólo querés que se callen la boca, que te dejen tranquila, que nadie te pueda decir nada.

Aunque el precio sea no disfrutar nunca más de una copa de vino y un buen plato de pasta. A pesar de qué linda que estás ¿por qué te olvidaste que sos linda?

Dear reader

agosto 28, 2018
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Tengo que averiguar el uso correcto de la palabra dear porque me parece que la estoy usando mal. No sólo mal. También la uso mucho. Como mi inglés es básico, copio las expresiones que escucho en mi trabajo y las uso como muletillas.

Amazing y great se disputan el puesto por el premio al halago. ¡Cómo lo usan! Para ellos todo es amazing y great. Así que yo también los empecé a usar. Cuando Ariella me skypea que ya terminó de corregir el capítulo de Mapstar, yo le contesto “great!” y cuando Braja me entrega un layout de dos páginas le contesto “amazing”!

También lo hago para modernizar mi inglés y disfrazar el inglés arcaico que aprendí de Miss Susan durante once años.

Si se están preguntando qué implica exactamente ser productora de una revista, se los simplifico: me ocupo de que el trabajo de los demás sea fácil.

Parte del trabajo de producción implica contestar cada email que recibo. Recibo muchísimos por día, desde los de la editora que manda sus textos a las tres de la mañana hasta los de las lectoras que exigen recetas como si el resto del mundo no importara.

Todo viene a mí, yo direcciono. A Miriam, la parashá de la semana. A Shana, las quejas por no poner fotos de mujeres y a Menachem las tomas de Monsey para la tapa.

Por eso tengo un sistema de respuestas automáticas que me ayudan a no tener que repetir siempre lo mismo cuando el mail que tengo que contestar es standard.

Por ejemplo: “Thank you very much for taking the time and effort to send a letter to our magazine.” o “Dear (ahí completo con el nombre) le adjunto los PDFs requeridos.

De ahí saqué el dear. Y también el “muchas gracias”.

Siempre hay que terminar un email con un“muchas gracias”. Nunca hay que dejar de agradecerle a un americano.

Dear Bassi, Dear Hila, los tengo claro, pero ¿Dear Guedalia?

Ahí es donde dudo. ¿Dear es querido o estimado? Porque a Guedalia, estimado le puedo decir, pero querido no.

Tengo miedo de quedar desubicada, como cuando le dije a una de mis compañeras “no me mates” y parece que en inglés esa expresión no se usa en forma figurada.

Hay frases que no se pueden traducir del español al inglés, y lo mismo al revés, por eso a veces tengo problemas para interpretarlas.

Si le mando a mi jefa un mail diciéndole que el auto-fill del mail es peor que mi marido porque siempre se adelanta a lo que tengo que decir -y se equivoca- , y ella me responde con un “I am cracking up”, por supuesto que entiendo que no se está agrietando, sino matándose de risa, pero algunas otras cosas se me pasan.

Por ejemplo, cuándo me dicen “you are the best” ¿es verdad o es irónico? porque yo sonrío y si no llega a ser irónico les debo parecer una agrandada.

Es por eso que les caigo bien a todos: soy la que no entiende nada. Quizá me están diciendo que se incendió el restaurant de la esquina (lo que sería una lamentable pérdida porque hacen una estupenda lasaña), pero yo sonrío. Por las dudas yo siempre sonrío, mejor simpática que mal educada.

Seguramente se están preguntando cómo es que conseguí un trabajo en una revista en inglés con un nivel de idioma tan básico. Es una divertida historia que algún otro día les contaré y que tiene que ver con El Camino del Artista, un libro de Julia Cameron que explora los caminos de la creatividad y acerca del cual Andi está dando un curso en Argentina y que ustedes deberían estar haciendo en lugar de leer esta paparruchada.

La cuestión no es cómo llegué a trabajar allí, sino contarles que ahora mis días los paso metida entre gringos, tomando cafecitos a los que nunca me acuerdo de sacarle la cucharita que se me incrusta en la mejilla justo cuando me cruzo con el director de noticias.

Porque más allá de mis problemas con el english, este trabajo es perfecto para mí.

Como soy diseñadora gráfica entiendo lo que pasa en the graphic room y como soy escritora no me desespero cuando después de la versión final la escritora me manda para reemplazarla, otra versión mejorada.

Soy la intermediaria de editores, correctores y diseñadores. Mi trabajo es coordinar sus trabajos. Me ocupo de que el cambio que pidió el traductor llegue a la revista impresa, en lugar de perderse en el camino, como me pasó la semana pasada que la revista salió con un error que el Rab me había pedido que cambiara y gracias a mi olvido ahora nuestros lectores creen que comer carne es asur de oraita.

En esa oficina que parece una pecera, el mundo exterior no existe. Es como que se desvanece a mi espalda cuando marco el código de entrada y me sumerjo en un mundo paralelo donde tengo que lidiar con Mr. Pride por una coma mal colocada y con el Dear Bassi, Dear Hila. ¿Dear Guedalia?

 

Un cuento

agosto 24, 2018
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sillon

Le leí el cuento sentada en el sillón de cuero. El sillón era de tres cuerpos porque a la noche se convierte en cama. Estábamos frente a frente. Yo, con mi complejo de gordura y él entre los almohadones que los enfermeros acomodaron como ingenieros que ubican estratégicamente los pilares de un edificio.

—Este a la izquierda vertical, fíjate que le sostenga la espalda —dijo Pablo— Yo ya sabía los nombres de los enfermeros.

—Pasame también el redondo de algodón ¡dale que se me cae!

Entonces yo, con mi bla bla y mi papá sentado allí, digno como un guardia de Gales.

Ese día le leí el cuento.

Los enfermeros se fueron y yo saqué de mi cartera las hojas arrancadas.

Lo de arrancadas fue premeditado, porque el libro era muy gordo y yo no quería sumar peso a la valija, así que arranqué unas páginas de un libro de Liliana Heker.

Me olvidé el nombre de ese cuento. Aquellas hojas se me perdieron, o me las olvidé en algún cajón de la casa de Karina.

Así que voy a googlear. Más que nada porque me gustaría releerlo para poder escribir recreando la vivencia de ese momento. Así lo recomienda un método de arte dramático que sostiene que hay que meterse totalmente en la piel del personaje, como hizo Bela Lugosi cuando interpretaba Drácula. Claro que al final Lugosi enloqueció y se lo creyó en serio. Si hasta llegó a dormir en un sarcófago de tan involucrado que estaba.

Por eso tendrán que espérame un rato. No porque vaya a dormir en un sarcógrafo, me voy a Google y vuelvo. No sé si alguna vez les dije que soy muy buena eligiendo las palabras claves para una búsqueda, así que no creo que vaya a tardar mucho. Mientras tanto vayan a poner el chulent en el fuego, o quédense estudiando el significado de cada emoticón, para que nos les pase como a mí, que le mande una carita de nerd a mi jefa.

Busqué durante diez minutos y no lo encontré. Tan buena al final no debo ser. Siempre que me creo buena en algo después hago un papelón, como cuando quiero mostrarle alguna canción a una amiga advirtiéndole que es genial y cuando empieza el tema me doy cuenta de que al final la canción no es nada buena.

Así que diez minutos después estoy en un dilema: no sé si seguir perdiendo el tiempo en Google o aprovechar esta última hora antes de tener que ir a buscar a mi hija a la casa de Ana y seguir escribiendo.

Si me quedo en Chrome corro el riesgo de terminar viendo el video del automovilista multado por ir vestido de Batman. Y de ahí a que pasé otro año y medio hasta que me vuelva a animar a contar la historia de la muerte de mi padre, nada.

Mejor sigo como puedo, sin mencionar el nombre del cuento, o inventándome uno. Podría ser “Ese del nene que no sé qué le pasaba a la sombra de un árbol”.

A mi papá le encantaba que yo leyese en voz alta. No es que lo hiciese últimamente. Le leía cuando era chiquita y él me pedía que le cante, que le muestre los pasos de danza, que le lea mi redacción.

Todo eso hace más de treinta años, así que ni sé cómo se me ocurrió la idea de llevarme los cuentos a Argentina. Supongo que estaba desesperada buscando algo para compartir con mi padre ¿y qué otra cosa podía hacer con un hombre que había perdido la movilidad de todo su cuerpo?

Después de ese día no lo sentaron más y sólo lo vi acostado en esa cama de hospital. La imagen que tengo es la de Susana dándole la sopa en cucharita y acariciándole la cara.

Y a pesar de eso (no me refiero a las caricias, me refiero a que a pesar de que un tumor le paralizó cada centímetro de su cuerpo), él nunca dejó de organizar nada.

—Escribile a Perkovich. Decile que el pedido tenía que llegar el miércoles, pero hubo un problema en la aduana —dictaba los mails mientras el secretario tipeaba.

Ni siquiera dejó de dar órdenes en terapia intensiva, cuando la máscara de gas le tapaba la cara y ya ni siquiera podía hablar.

Durante esos días intentaba comunicarse con la mirada. Había que adivinar: ¿Qué querés papá? ¿Qué te acomoden la vía subcutánea?  ¿que te ponga música? ¿reconciliarte con mi hermana?

Karina me preparó una Tablet con el abecedario completo para que llevase al hospital y yo vaya pasando el dedo sobre las letras hasta que mi papá pestañase y yo supiese la primera, la segunda, la tercera letra de la frase.

La llevé y tardamos más de media hora en armar una frase:

-Que Susana vaya a almorzar al Otamendi.

Dijo sólo eso. Ya ven, mi papá siempre organizaba. Supongo que fue porque sabía que a ella le gusta mucho una de sus tartas.

Sin embargo, esa vez fui yo yo la que la que organizó, sin saberlo, nuestro último recuerdo: Yo sentada en un sillón de cuero, él entre nubes de algodón.

Modulé bien, creé el ritmo perfecto, puse voz de locutora y sobre todo respeté estrictamente la puntuación como un homenaje interno, porque fue él quien me enseñó su importancia.

Leí y mientras avanzaba me daba cuenta de que el relato se relacionaba con nuestro momento. Ya saben que no me acuerdo el argumento (a ver Andi si me ayudas con esto: tenés el libro de Heker en tu biblioteca blanca, creo que junto al libro de Mairal que no me pudiste mandar todavía): Habla de la muerte, de un niño y un árbol.

Volví a a Israel un martes. No quise postergar el regreso porque estábamos a dos semanas de Pesaj y yo tenía que volver a casa a limpiar los burletes de la heladera con escarbadientes. A veces me equivoco con mis prioridades.

Llegué a Israel un martes y el jueves mi papá murió. Me senté en una silla baja durante una semana.

Cuando me levanté, seguí. Como se sigue siempre. Como hacemos todos cuando nos toca levantarnos. Yo, en mundo de los vivos, él en el mundo de los muertos y entre nosotros un cuento.

 

Desemprender

abril 26, 2018
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El último cling de mi teléfono celular me trae un mensaje de motivación. Ya me cansa leerlo, y todo el esfuerzo que tengo que hacer para estar así, como me pide el mensaje.
You Tube, Instagram, Facebook, Ted, Mindfulness, Coaching. Es pecado no querer estar motivada?
No quiero perseguir el éxito, no quiero ser asertiva ni resiliente. No me quiero “empoderar”.
No quiero ser empática.
Quiero tirarme a dormir con mi pijama y fracasar.

Estoy convencida de que la fórmula del éxito es permitirse no intentarlo y dejar que los miedos me paralicen. Aunque repito, no estoy buscando ninguna fórmula. No quiero llegar a ninguna parte, solo quiero quedarme quieta y no ir a ningún lado. No quiero que me digan que no piense en nada. No quiero que respirar se convierta en un arte. Y mucho menos el de vivir.

Quiero educar a mis hijos con una chancleta, con premio y castigo, con la penitencia, y que coman dulce de leche. Es que ya no soy dueña de mis hijos, porque frente a cada circunstancia estoy pensando qué diría Maria Montessori o el Dr. Gonzalez. Cuando quiero hacerlos dormir pienso en cómo haría Estivil y después escucho el cuchicheo de todos los “anti-duérmete-niño” persiguiéndome por el pasillo en penumbras.

Desde cuándo Waldorf dejó de ser
ensalada para convertirse en el método mas prometedor de educación en las escuelas?
Es que somos un batallón educando a mis hijos, no creo en mí, en mi intuición, en mi ser Madre?, por qué mi “maternaje” vive en cuestión?. Y si como me educaron a mi esta bien?. Y si repetir no esta mal?.

Por lo mismo que para dibujar necesito Pinterest, para relacionarme Watsapp y Facebook, para ver que hacen otros Instagram. Y hasta para aprender un instrumento uso un tutorial. No es casual que nos vayamos a dormir cansados sin haber hecho nada. Es porque estamos en nueve millones de lugares por minuto y no estamos en ninguna parte. Por eso cuando tenés un minuto libre vas a la pantalla y no abrís la ventana para que el sol te pegue en la cara o el viento te vuele las pestañas.

Por eso necesitas un curso sobre como volver a ser quien sos, porque te perdiste de vos misma creyendo que no sabes. Pero sí sabes, sabes mas que nadie. Mas que el mejor psicóterapeuta, porque estas hecha con el material de Hashem, y Hashem es perfecto. Si bajas el volumen de la duda, de la queja, de mirar a los otros, vas escuchar tu propia verdad. Te lo digo yo, que sos vos misma.

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