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La silenciosa en el desierto

mayo 25, 2016

“…cuídate de la silenciosa en el desierto”
Alejandra Pizarnik

Los jueves a la noche me acuerdo de Rosh Hanikrá. Me preparo un café y lo tomo a sorbos en mi balcón mientras sueño que un día volveré allí.

Rosh Hanikrá es un nombre que le puse al silencio. No es que me siento y pienso en el lugar físico, en ese paisaje impresionante frente al Mediterráneo. Lo que hago es sentarme  y recordar  que  una vez en Rosh Hanikrá estuve en silencio.

Hace más de veinte años viajé a Israel con un grupo de jóvenes. El día al que me refiero accedimos a la cima de Rosh Hanikrá con el cable carril y después de recorrer las grutas, decidimos bajar a pie.

Algunos del grupo nos adelantamos y comenzamos el descenso. Bajamos casi corriendo por caminos sinuosos. En un momento yo me cansé y decidí caminar más lento. Antes de darme cuenta, los amigos con quienes venía habían desaparecido de mi vista. Me encontré sola en el medio de la montaña. Decidí descansar y esperar a la parte del grupo que había quedado rezagada.

Me senté en una piedra frente al precipicio, frente al mar, frente al desierto. En ese momento se abrió un abismo en mi cabeza. Escuché el silencio. Un silencio infinito. Un silencio eterno. Cerré los ojos y por primera vez en mi vida supe cómo era estar tranquila.

Tranquila nunca más volví a estar. Yo hago y hago, nunca me detengo. Organizo y planeo hasta cuando duermo. Llego a los jueves a la noche cansada, aturdida. Mis semanas están repletas de ruido, de prisa y  de imprevistos y lo único que quiero los los jueves es volver a Rosh Hanikrá. Creo que lo necesito es tranquilidad y silencio.

Ayer viajé otra vez en grupo. A último momento decidí inscribirme en un viaje que incluía en su itinerario el kever de Rabbi Shimon Bar Iojai y yo tenía muchas ganas de hacer tefilá allá, así que a las seis de la mañana preparé un bolso y subí a un autobús repleto de mujeres a quienes no conocía.

Antes de llegar al kever visitamos el monte Merón. Como el grupo era muy diverso (desde niñas a abuelas), consideraron que sería apropiado hacer el recorrido de descenso y no de subida. El autobús nos dejó en la cima y bajo una llovizna intermitente comenzamos a caminar.

Al ir avanzando me di cuenta de que tenía una oportunidad única. El paisaje era hipnótico, el aire de Merón está cargado de sentido y yo me emocioné frente al mundo que Hakadosh Baruj Hu nos regaló.

Se me ocurrió que si me organizaba bien, podía quedarme sola en algún tramo para revivir Rosh Hanikrá.

Supuse que si me adelantaba e iba con quienes apuraban el paso, podía irme deteniendo y aprovechar el espacio de soledad que se producía hasta la llegada del grupo que caminaba más lento.

Lo intenté una, dos, tres veces, pero apenas empezaba a  percibir las chispas de Rosh Hanikrá; llegaba el grupo que venía detrás.

Por culpa de la lluvia algunas mujeres tenían problemas en el recorrido. El suelo estaba embarrado y las piedras resbaladizas. Muchas no tenían el calzado adecuado. El descenso era más complicado de lo esperado.

A la distancia vi a una joven ayudando a una señora mayor en un tramo especialmente peligroso. La llevaba de la mano y le ofrecía apoyo. Detrás vi que otra de mis compañeras de viaje también tenía dificultades. Me acerqué y le ofrecí mi mano para ayudarla a bajar una piedra especialmente alta y resbaladiza. Me agradeció; yo sonreí y aceleré nuevamente mi paso.

En un momento miré para atrás, para comprobar si ya me había alejado lo suficiente de las intrusas que impedían mi momento de inspiración y desde lejos me di cuenta de que el camino le seguía resultando difícil a la señora a quien había ayudado. También vi que las otras dos personas seguían de la mano.

Para mí no es fácil renunciar a un momento de tranquilidad. Sufro en el ruido y el desconcierto. No me gusta el bullicio de mi casa cuando entran y salen las amigas de mi hija. No me gusta tener que dejar de escribir porque imprevistamente alguien me necesita. No me gusta que me interrumpan cuando estoy leyendo ni que suene el teléfono cuando estoy durmiendo.

Ayer en el monte Merón pensé en algunas mujeres. En mi amiga  médica que eligió no sentarse en un consultorio tranquila a recetar analgésicos y en cambio fundó una organización para ayudar a hispanos con necesidades médicas en Israel. En mi amiga Mexicana que no se sentó tranquila a comer quesadillas con guacamole, sino que organiza almuerzos en los colegios para los hijos de familias de bajos recursos. En mi amiga psicóloga, que no se quedó tranquila siendo una excelente madre y se atreve a meterse dentro de lo más turbio y triste para salvar niños en riesgo.

Ayer en el monte Merón volví sobre mis pasos. Le ofrecí mi mano a una extraña y renuncié a la oportunidad única de encontrar algo que vivo buscando.

Mañana es jueves, sé que voy a estar cansada, pero voy a esforzarme para agradecer el ruido que hay en mi vida y decirle a Hashem que cada vez que me necesite estoy dispuesta a renunciar a la idea de la silenciosa en el desierto.

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Vista de las alturas del Golán desde el monte Merón.

 

 

Todo muy  justificado

mayo 17, 2016

Trabajé varios años en diseño. Empecé en una pequeña empresa que me designó la tarea de armar folletos. Hoy existen programas que facilitan ese trabajo, pero en aquella época era una novedad que requería ingenio y sentido de la estética.

Yo acababa de salir de la universidad, en donde estuve rodeada de gente creativa y recibí una cantidad enorme de estímulo visual. Visitaba museos regularmente, me suscribí a un anuario que resumía lo mejor del diseño mundial y tenía contacto con artistas plásticos y diseñadores de vanguardia. Con ese bagaje acumulado creí estar lista para diseñar.

Desde el primer día me di cuenta de que fuera de la universidad diseñar no era tan fácil y llevar a la práctica lo aprendido no era espontáneo. Tenía la cabeza inundada por ideas creativas, pero me era imposible bajarlas al papel.

Los trabajos tenían fecha de entrega; los tenía que terminar sí o sí y más de una vez entregué un trabajo aunque no me gustara.

Al poco tiempo encontré un recurso que me ayudó a resolver rápido los diseños y me aferré a él como un náufrago a su tabla.

Mis folletos eran muy parecidos a esto:

justificado

En diseño se llama a esta clase de diagramación “justificado forzado” y en general se utiliza en textos editoriales para dar sensación de orden y facilitar la lectura. Yo lo llevé a un extremo exagerado. En mis folletos una palabra de tres letras terminaba ocupando el mismo espacio que una oración de cinco palabras. Lo hice una, dos, tres, cincuenta y siete veces.

Un día mi jefe me llamó a una reunión. Entré a la oficina y vi mis trabajos extendidos frente al escritorio. Grandes o pequeños, blanco y negro o a color,  siempre justificados.

Fue una reunión corta: mi jefe mi dijo que lo tenía cansado y que a partir de ese momento tenía prohibido volver a usar ese recurso para mis diseños.

Ya saben lo que dicen: somos lo que diseñamos.

Hace más de 20 años que hice teshuvá. Voy a clases; leo constantemente; estoy rodeada de gente inspiradora. Tengo la cabeza inundada por conocimientos de Torá e ideas brillantes acerca de cómo debo manejarme en el mundo.

Sin embargo no me resulta fácil poner esos conocimientos en práctica. Y es ahí cuando uso mi viejo recurso.

Justifico.

Si estoy de mal humor es por culpa del cansancio. Si no hago minjá es porque a la tarde no puedo. Si no contesté el mail es porque no tuve tiempo y si no visité a un enfermo es porque estuve ocupada. Si no reciclo botellas es porque detrás hay un negocio turbio y si le hablé mal a la vendedora es porque ella no me atendió como debía.

Excusas, excusas y después más excusas. Si queda lugar echo alguna culpa.

El otro día “El Jefe” me llamó a una reunión. Me puso frente a una situación difícil y me dejó a cargo de resolverla. Fue una manera de recordarme que tengo un trabajo que hacer y que hay fecha de entrega.

Lo primero que quise hacer fue utilizar mi viejo recurso –con esto no puedo- pero Él puso mis justificaciones pasadas sobre la mesa y me mostró que no funcionaban. Me dijo que no iban más, que no servían y que era hora de dejar de usarlas.

No importa cómo salgan las cosas y no siempre nos van a gustar los resultados. Hay que hacer lo mejor que se puede, tener humildad para reconocer cuando nos equivocamos y hacerse cargo de las consecuencias de nuestros actos.

Y eso en diseño -y en otros lados-, se llama permanecer centrado.

 

Música para mis odios

mayo 1, 2016

Escribo sin música. Por primera vez. No saben cómo me cuesta. Estoy sufriendo como si hubiese tenido que tomar el mando de un boeing 747 porque el piloto, el copiloto y el resto de la tripulación se intoxicó con la comida del avión. En esta comparación yo fui la única que no fue intoxicada porque pedí el menú kosher, así que la comparación es verosímil.

Cada situación en  mi vida está musicalizada. Me concentro mejor cuando escucho Dustin O’Halloran, la cocina es menos aburrida con Nina Simone y el miedo al dentista lo apacigua Jorge Fandermole. La música, cuando escribo, me ayuda a despegar y a continuar el vuelo.

En algún punto sospecho que escribo por descarte, por no saber expresarme de esa manera. No sé componer, no sé tocar ningún instrumento y mis cantos parecen los alaridos de terror de una pasajera de avión que se vio obligada a tomar el mando y declarar la emergencia al grito de mayday.

Quienes están en sintonía con el calendario hebreo sabrán que en estos días se aplica la prohibición de escuchar música. Estamos en la Sefirat HaOmer. Lo aclaro sólo porque a veces me lee una chiquita simpática que seguramente no recuerda esa enseñanza de sus días de shule. Si alguien quiere más detalles, que los vaya a buscar a otro sitio, alguno que esté comprometido con la difusión de nuestra sabiduría y no aquí en donde solo nos ocupamos de atravesar turbulencias.

Volviendo al tema, se preguntarán cómo puede ser que esta sea la primera vez que escribo sin música. En el archivo se comprueba que hay otros escritos durante la época de la sefirá o durante las tres semanas (ojalá tuviese un lector tan minucioso como para buscar en los archivos). La respuesta es que esta es la primera vez porque el resto de las veces me apoyé en un heter (autorización personal) para escuchar música mientras trabajaba.

Mi oficio es maquetar libros: acomodo cajas de texto, alineo renglones, margino índices. Hacer esa clase de trabajo sin escuchar música puede llevar a la locura. Los psiquiátricos están repletos de diseñadores gráficos que tuvieron un brote psicótico el día que se cayó Spotify.

Para quienes no están cerca de la vida ortodoxa, la idea de conseguir un heter puede parecer el colmo de la hipocresía y una ridiculez al mismo tiempo. Pedir permiso para escuchar música –o para cualquier otra cosa- puede parecer el súmmum del sometimiento, pero es todo lo contrario.

Poder pedir permiso para ser indulgente en una mitzvá que resulta particularmente difícil es una liberación. También es una muestra de la consideración de Hashem hacia sus criaturas. La diferencia entre tener o no un heter es la misma que tener o no tener un experto en la torre de control dando las indicaciones para un aterrizaje de emergencia.

Podrían cuestionarme –hipotéticamente, porque ustedes no me cuestionan nada- por qué extendí un heter que servía para trabajar y lo asocié con la escritura. No me dejen sola en esto: confesemos en conjunto que en esa falencia caemos muchos baalei tehsuvá: nos dan un heter para escuchar música para la clase de spinning, y asociamos que también debe servir para las caminatas matutinas al trabajo porque después de todo también es ejercicio físico.

La cuestión es que estos días no estoy trabajando. No trabajo, más no tengo heter para la música, es igual a no escribo porque escribir sin música me hace sufrir como tripulando un avión porque piripipi -todo eso de la intoxicación- con un motor incendiado.

Hace unos días mi hijo mayor daba vueltas por la cocina:

-Me cuesta mucho no escuchar música -me dijo.

-Si te es tan difícil podrías conseguir un heter –contesté como buena madre sobreprotectora.

Al rato mi hijo volvió. Mientras abría la alacena, la cerraba y la volvía a abrir para ver si por arte de magia había aparecido un chocolate en ese intervalo, me comentó al pasar.

-¿Por qué voy a pedir un heter si lo interesante de no escuchar música es lo difícil que  me resulta?

-Mmm ¿qué?- pregunté desconcertada- ¿cómo sería eso?

-Que me estoy haciendo más fuerte al resistir la tentación.

Odio hacer las cosas en silencio. Hoy escribo sin música porque mi hijo me hizo notar que las halajot están para extender mis límites. Es bueno hacer las cosas de una manera distinta. Probar algo nuevo. Romper la armonía. Salvarse de uno mismo y aterrizar sana y salva.

Las unas y las otras

abril 15, 2016
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Las mujeres se pueden dividir entre las que en la escuela usaban guardapolvo abotonado por delante y las que lo usaban prendido por detrás. Las que ponían las etiquetas en el margen superior derecho y las que la acomodaban abajo un poquito inclinada. Las que usaban la vincha atrás de las orejas y las que la sostenían con un clip a cada lado de la sien. Las que se preocupaban para que el moño estuviese siempre armado y las que se dejaban las medias caídas.

También había otro grupo, formado por quienes no habían acertado al interpretar su mundo interno y luchaban contra su naturaleza. Niñas con alma de delantal arrugado que se obligaban a usarlo almidonado o niñas con alma de papel araña que se esforzaban por cubrir sus cuadernos con papeles ilustrados con el sol detrás del arco iris. A ellas, de una manera u otra, siempre se les notaba, ya sea porque dejaban la Parker abierta y se les manchaba el bolsillo delantero, o porque detenían el juego del recreo para arreglarse la cola de caballo que no estaba lo suficientemente tirante.

De la misma manera podríamos diferenciar a las baalei teshuvá durante Pesaj.

Por un lado están las que empezaron a limpiar un mes antes y pusieron cartelitos “kasher l´pesaj” a medida que avanzaban y por el otro las que miraron entre asombradas y burlonas a la vecina que en Tu Bishvat ya andaba sacudiendo los cajones y que se quedaron el jueves hasta las tres de la mañana forrando la mesada. Las que compraron exactamente todo lo que necesitaban porque tenían una lista detallada del año pasado y las que mandaron veinte veces al marido a la makolet porque a último momento se acordaban que les faltaba algo. Las que en srefat jametz quemaron diez prolijos paquetitos y las que armaron una fogata inmensa quemando fideos, contratos de alquiler, cinco tipos distintos de galletas y las cuentas impagas. Las que la noche del seder se comieron los tres kazaitim de matzá como si nada y las que mientras comían hacían el gesto de “no doy mas” con las manos.

Y también aquí encontramos a quienes se les veía la hilacha por intentar ser lo que no eran. Las que se vistieron de blanco, como sugirió Iemima Mizrahi, pero terminaron como la chica de rosa al tomar el vino inclinadas. Las que en Jol Hamoed quisieron hacerse las flexibles y dejaron que sus hijos vayan a una excursión exótica y sufrieron durante todo el día al lado de la ventana. Las que espontáneamente invitaron a tres familias al último Iom Tov y después se dieron cuenta de que sólo les quedaba medio guefilte fish y un pollo para todas las seudot.

Y todo esto no significa nada, lo único importante es que unas y otras salimos de Mitzraim y atravesamos el mar. Eso si, al final, por un lado están las que quedaron exhaustas y por el otro… las que quedaron exhaustas.

Ahí viene la plaga (diez instantáneas de pesaj)

abril 11, 2016
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pesajwecandoit

Primera plaga: Sangre

A ver, explicame de dónde saqué la idea de romper la esponja de acero con las manos. Ahora ajo y agua, las heridas seguirán allí por mucho tiempo. Esponja de acero inolvidable. Ni hablar de los dedos lastimados. Me duelen y ya no hay guante que aguante. Se me cuela la lavandina y me arde. Me arde y después sangra.

Segunda plaga: Ranas

¿De dónde salieron tantas perchas? Deben ser mutaciones genéticas de las lapiceras que nunca aparecen. En el placard de arriba, perchas de “tintorería San Carlos”. Perchas turquesas en el fondo de la cajonera. Aparecen por todos lados. Las debo haber guardado para cuando las necesite. O sea, nunca. Tiro todas menos la de terciopelo verde con cabeza de rana.

Tercera plaga: Piojos

¡Pero estoy segura de que esas migas ya las limpié! ¡Sí!  ¡sí! son las mismas migas. Las reconozco. Deben tener vida propia. Van de acá para allá, se me escapan. Son Houdini reencarnado en harina. Es como si tuviesen patas. Una miga con patas sería una hormiga. Y si pudiese saltar sería un piojito.

Cuarta plaga: Animales salvajes

Los chicos de vacaciones. Abro la puerta y se me tiran encima. Todo es quiero quiero y quiero. O peor aún: no quiero no quiero y no quiero. Saltan en los sillones, tiran las cosas al suelo, gritan, pelean. ¿Quién crió a estos salvajes? ¿Son Rómulo y Remo? Criados entre los lobos. Entre animales salvajes.

Quinta plaga: Pestilencia

Hora de ocuparme de la limpieza interior. Tantas emociones leudadas, historias infladas. Lo que leuda no me eleva. Adiós. Adiós a todo lo que me retiene, lo que no construye, lo que no acerca, lo que hace perder el tiempo. Adiós a las malas influencias, las malas costumbres, las malas compañías. ¡Fuera! El new age es como la peste.

Sexta plaga: Sarpullido

¡Exijo una explicación! Hace diez años que vivo en Israel. Llegué con tres valijas y dos cajas ¿cómo pude acumular tanto en estos años? ¿De dónde saqué estas cosas? Este pesaj tiro la casa por la ventana. Corchos en el cajón de los cubiertos. Caracoles, recuerdo de un día en la playa. Tanta cosa inútil me da resquemor. Parece una oficina pública.  ¿Hay algún médico en la sala? ¿Pueden ochenta y cuatro bolsas de plástico guardadas en un cajón producir un sarpullido?

Séptima plaga: Granizo y fuego

Día D: D de derribar un castillo de hielo. El glaciar perito Moreno. La heladera. El gran desafío que se lleva todas mis fuerzas. Como si la limpiase con kryiptonita. Me agota raspar los burletes con escarbadientes. Recordar el orden de los estantes. El freezer me quema las manos. Hielo submarine. Quema el hielo de mi heladera bipolar. Señores del servicio meteorológico: pronostiquen granizo y fuego.

Octava plaga: Langostas

¡Que alguien me ayude a tomar estas decisiones! Ayudín. ¿qué se tira? ¿que se guarda? Me vuelvo loca con esa cajita que siempre queda para el final repleta de cosas que no sé a dónde van. Piedra, papel o tijera. ¿Qué es lo importante? No quiero conservar nada que no sea necesario. No quiero ser esclava. Estar bajo el dominio de las cosas. Ni de la gente. Deshacerme de lo que me saca la energía. De lo que me chupa el néctar como langostas.

Novena plaga: Oscuridad

Friego, friego y friego. No puedo dejar de pasar el paño, de sacar lustre. Hay algo obsesivo en querer que las cosas brillen. Que la luz se refleje. Me gustaría decir que me da lo mismo, pero no, friego para alejar las tinieblas. Ya he visto cómo hasta mi sombra me abandona en la oscuridad.

Décima plaga: Muerte de los primogénitos

La noche del seder cada uno tiene que sentir que es él mismo que está saliendo de Egipto ¿no? A ver: ¿Yo hubiese sido de los que se quedaron o de los que salieron? No lo sé. No estoy segura de que hubiese podido dejar atrás todo para ser libre. La niña que fui si lo hubiese hecho. Tendría que ir a rescatarla. En algún lugar todavía vive. Los justos siempre se salvan.

Cómo el Kvech se robó Purim

marzo 22, 2016
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Extrañitos en el Paraíso, especial para chicos (y para el niño que todos llevamos dentro), presenta una adaptación libre y judaizada del famoso cuento en verso “Cómo el Grinch se robó la Navidad”, de Dr. Seuss sobre la traducción de Yanitzia Canetti.

kvech

Hace tiempo (y no es un chiste)

vivió un ser de mirada triste.

“Ma Pitom” fue el lugar

donde el Kvech escogió morar.

Los felices “mishiguenes” ahí vivían

y el Kvech con ellos reñía.

No se reía, siempre enojado,

le gustaba estar amargado.

Purim, stam, sin razón

odiaba de corazón.

Un Adar muy helado allá

se sintió el más rashá

y a Purim y sus mishlojim en cesta

quiso quitarles la fiesta.

Ese día tan kadosh

decidió arruinarlo, el potz.

“Nadie lo disfrutará

y el pueblo entero llorará

cuando vea mi travesura

que nadie espera sea tan dura.

Oy vei, cómo odio pensar

que matanot la evionim se van a dar

y todos juntos de las manos

bailarán como hermanos.

Mira, Mordejai ha tzadik,

me caes peor que la lluvia en un picnic

y estropear quiero tu plan

(ni creas que soy tu “fan”):

que nadie quiera tus mitzvot

ese será mi complot

 a ver si aprendes a no ser tan mentsh

y así apagar todo tu esh”.

En eso al Kvech se le ocurrió

una muy mala idea y sonrió.

“Este Purim debo evitar,

que lean la meguilá,

y que griten en “Haman”

y que no sean felices

y se llenen de lombrices.

Aunque quieran su simjá

Los vencerá mi jutzpá”.

De Mordejai se disfrazó

y a su perro convirtió

en un caballo narizón.

Con gran prisa entró a un shil

y actuó su plan ardil.

Con el rostro deformado

y el corazón más malvado

la jalá, la meguilá,

majatzit hashekel, la seudá

todo junto lo robó

y en su bolsa lo escondió:

Ve hal a nisim, los disfraces

el vino y el mishloaj…

los robó y dijo “shkoiaj”.

En eso lo sorprendió

una niñita que vio

lo que hacía el malvado ladrón

y con ternura dijo al bribón:

“Mordejai, no te lleves todo.

Quiero festejar y así no hay modo.

Por fa, querido Mordejai,

te prometo ser tzadiká,

pero no te lleves mi disfraz

ni mucho menos mi antifaz”.

El Kvech inventó una razón

y la niña de buen corazón

le creyó a quien vio disfrazado

de Mordejai, el tzadik admirado.

“Mira chiquita”, el malo mintió,

 “tu jag se arruinó.

Me lo llevo a arreglarlo

y vendré a regresarlo”.

La niña contenta quedó

y el muy cruel a otro lado partió.

en toda la villa de “mishiguenes”

hurtó los regalos y mitzvot

que a todos harían felices

y al faltarles, infelices.

Luego corrió a su casa sombría

a esperar que llegara la hora.

“Purim hoy por fin no tendrán

y reiré de cómo ellos llorarán”.

Pero en eso un sonido oyó

que de veras su mente turbó.

Eran risas y cantos de gozo…

¡celebraban con gran alborozo!

El Kvech entendía muy poco

o todos estaban muy locos

en lugar de desesperar

podían igual festejar.

Así, Purim no estaba en las tiendas

ni en las manos de el Kvech las riendas

de hacer que la gente que usaba kipá

se olvidara de Esther a Malká.

El Kvech así lo entendió

y ser tzadik por fin decidió;

regresó los mishlojim con prisa

y en mil caras brotó una sonrisa.

Lo mejor es que con esa lección

al Kvech se le curó el corazón

y se puso a reír y a bailar

y gritó muy fuerte en “Haman”.

Feliz día del qué me pongo

marzo 8, 2016

Son las cuatro de la mañana. Ayer planté geranios y melisas en el balcón. También hice cosas menos poéticas, como trabajar, limpiar un placard, meter tres tandas en el lavarropas y preparar hamburguesas para la cena. Pero eso mejor no decirlo, son cosas sin glamour que me hacen quedar como una mujer desventurada. Una mujer debe saber maquillar su cara y su vida para parecer interesante.

Ayer hice todo eso y a la noche fui a un bar mitzva. Cansada y con las uñas sucias por la tierra, me esmeré para arreglarme. No sé qué era más importante; si ocultar mis frustraciones o evitar que piensen que soy una dejada, pero pasé un buen rato frente al espejo tratando de disimular las manchas del sol con una base que me costó un ojo de la cara.

Creo que también trataba de borrar las ojeras que me dejó la semana que pasé de médico en médico. Durante esos días me revisaron, pidieron estudios, los repitieron. Entré en pánico mientras el técnico que me hacía el ultrasonido ponía caras imposibles de interpretar. Temblé esperando los resultados.

Me encontraron solo unas pequeñas piedras en la vesícula.

Disculpen que interrumpa el ritmo del texto con un dato tan preciso, pero me veo obligada a hacerlo para que no se queden con la intriga de mi estado de salud y así poder continuar con el relato sin tener que distraernos con consejos para eliminar aquellos cálculos. Aparte porque mi papá lee el blog y no quiero preocuparlo.

Tengo que volver a lo mío porque tengo poco tiempo, lo que quiero decir lo tengo que decir rápido, antes de que se cierre la ventana de la oportunidad. Por eso me desperté a mitad de la noche, para aprovechar el espacio de ensueño y resurrección que se abre entre la espera del Apocalipsis y los días en los que seguramente volveré a caer en la intrascendencia de la preocupación por los tres kilos de angustia que aumenté.

Es en este lugar en el que estoy parada hoy gracias al susto, en este puente entre la tragedia y la nada es en donde con mucha suerte y de vez en cuando las prioridades se reacomodan. Yo en este lugar hoy no dejo de recordar una historia:

Tenía trece años y un compañero de colegio me invitó a su bar mitzva. Los otros compañeros invitados llegaron tarde, por lo que al llegar no conocía a nadie. En esa época yo no tenía resuelto el tema de estar en una fiesta sola. Hoy ya sé que da lo mismo porque de todas maneras estamos siempre solos, pero en esa época me sentí mal y traté de pasar inadvertida, en un rincón.

Un grupo de chicas se destacaba por ruidoso y extravagante. Estratégicamente ubicadas cerca de la entrada, cada invitada que llegaba a la fiesta debía pasar a su lado. Ellas las inspeccionaban sin disimulo, señalando el atuendo o el peinado. El resultado siempre era el mismo: risas exageradas.

Una de esas chicas, quien sin duda era la líder del grupo de Hebraica, de golpe dejó de sonreír: en la entrada apareció una rubia que llevaba el mismo vestido que ella. Parece que en algunos círculos eso es una ofensa imperdonable. No sé si mi imaginación me engaña, pero creo que en ese momento hasta la música se detuvo.

El resto del grupo, que hasta el momento se había limitado a rendirle pleitesía a su líder, se formó como un ejército para la batalla y se acercó a la recién llegada.

No sé qué se habrán dicho, pero la discusión terminó cuando la rubia salió del salón.

-Fue a cambiarse de vestido -dijo mi compañera Paola, que aunque recién llegaba ya estaba al tanto de la situación.

Creo que aquellas chicas, aquella fiesta, aquella discusión por un vestido repetido, sólo sucedieron para que yo treinta años después, una madrugada recuerde la historia y tome nota mental de decirle a mi hija dentro de un rato, o dentro de unos años que nunca, pero nunca se deje confundir: Ella no es un vestido.

Hoy el mundo celebra el día de la mujer y yo no sé qué festejan. Supongo que el día del qué me pongo, porque con eso se identifican.

La obsesión absurda por el aspecto físico fue impuesta por los mismos a quienes quieren igualar en sueldo. Las feministas llevan décadas luchando para conseguir la igualdad y terminaron simplemente con otro mandato impuesto.

Compraron la idea equivocada de que verse bien equivale a estar bien, así que corren a comprar una blusa apenas se sienten un poquito deprimidas. Silencian el síntoma, pero no resuelven nada.

No somos nuestro aspecto físico y nuestro alma lo sabe. Poner tanto énfasis en un lugar equivocado nos hace perder el tiempo y la dirección. Una mujer inteligente que se saca una selfie en el espejo del ascensor ¿qué está festejando hoy? ¿que gasta horas y plata en uñas decoradas?

Como no sabemos quiénes somos realmente, nos inventamos una imagen y nos transformamos en una anécdota. Triste, porque seríamos más interesantes sin esforzarnos en aparentar nada.

Tenemos obligación de cuidar nuestro cuerpo (es halajá) y también hay normativas específicas acerca de la apariencia (no hablo de tzeniut, sino de la prohibición de vestir una ropa sucia o presentarse en público con mala cara, por ejemplo). Pero todo eso es para que podamos aparecer, no para que nos escondamos.

No sé ustedes, pero yo no quiero gastar mi paso por esta tierra aprendiendo el ahumado de ojos porque lo exige la moda. No me imagino que mi alma necesite un par de zapatos nuevos porque estos que tengo ya los usé en dos fiestas. En cambio sí me la imagino esforzándose por bajar alguna chispa Divina al mundo mientras el cuerpo se le interpone porque tiene que ir a la peluquería.

Usemos nuestro tiempo de manera inteligente. Vinimos a traer luz al mundo pero sin darnos cuenta nos dejamos encandilar por luces efímeras que no son nuestras. Nos desviamos, nos distraemos.

No sé qué es lo que tienen que hacer ustedes, cada una tiene un plan personal y yo apenas puedo sospechar el mío. Solo créanme esto: lo único importante es descubrir para qué nos han entregado la vida e ir detrás de eso.

Dejemos de preocuparnos por lo que parecemos. Se los pido, se los ruego. Empecemos a bajar el listón de la exigencia física.

Espero que en esta fecha, el año que viene, podamos festejar que no nos hacemos más las  interesantes sino que logramos genuinamente serlo. Tratemos de mostrarnos impecables, pero apegadas a nuestra esencia. Después de todo es lo único que nos va a salvar del bochorno, porque vestidos, podrán venir repetidos, pero neshamot, Hashem hizo una sola de cada estilo.

 

 

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