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Una aguja en un pajar

mayo 14, 2015
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Esta historia la conté hace un tiempo y la voy a volver a contar hoy porque es una de las cosas más extrañas que me pasó:

Hace cinco años quería material para un post, por lo que en una salida les propuse a unas amigas hacer un cadáver exquisito para poder relatarlo. La idea era comprobar que al mismo tiempo de una charla banal, en otro nivel se desarrolla una conversación paralela más interesante de descifrar o algún otro delirio surrealista. En el post hubiese acudido a un chiste mediocre para señalar lo disparatado de nuestro producto final, como que después de la línea “me tengo que cortar las uñas” escribieron “porque me rasca donde no me pica”, hubiese reproducido coincidencias sugerentes como: “las mujeres no somos superficiales” y a continuación “solo díganme qué color de rouge se usa”  y seguramente hubiese agregado como conclusión una frase moralista parecida a un slogan político, de las que usaba en aquella época.

Pero antes de esto, solo un rato antes, cuando me senté a escribir y apenas empezaba a describir cómo mis amigas rechazaron la propuesta de comprar un globo de helio para distorsionar nuestras voces, alegando que me había faltado mucha Hebraica, yo me imaginé cantando con voz finita el hit de “Las Ardillitas”.

Como supuse que no muchos iban a recordar ese éxito, ni la existencia de un grupo tan improbable, busqué en el mar profundo de Internet una imagen de ese disco.

Hasta acá llegué con mi idea original, porque bastaron tres clicks para darme cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. La primer imagen que se abrió sólo me dio la tranquilidad de que nadie iba a poder desmentir la existencia de semejante vinilo:

La segunda imagen me trajo recuerdos de los discos que giraban en mi tocadiscos Winco:

La tercera imagen me hizo caer de la silla:

Allí, en venta en Mercado Libre, emergiendo de un universo infinito e imposible, apareció el disco que había sido mío. El original. Reconocí la letra, reconocí la firma que practicaba con obsesión infantil. Valeria Lerner escrito por todos lados. De golpe era Hashem quien estaba jugando al cadáver exquisito conmigo. El  mensaje todavía hoy no lo puedo descifrar. De lo único que estoy segura es que en cualquier nivel que se desarrolle esta historia y por más que un desconocido lo tenga en su poder, la dueña de ese disco sigo siendo yo.

Encuentro con mujeres notables

abril 30, 2015

Hoy hice cosas que me resultan difíciles: salir de mi casa, tomar un tren a la ciudad vieja, poner cara de señora religiosa y sentarme a charlar con un puñado de mujeres notables.

Una vez por año se organiza un evento de kiruv en donde mujeres latinoamericanas se encuentran con mujeres religiosas israelíes. Cada año me invitan y cada año digo que no. Hasta hoy.

Tengo reparos en considerarme inspiración. Soy una religiosa defectuosa que por un lado no sirve de ejemplo para nadie y por el otro se niega a disimularlo. Soy como esas narigonas que no sólo no se preocupan por ocultar su perfil sino que se cortan el flequillo, orgullosas de resaltarlo.

Para empeorar las cosas, toda esta situación reavivaba una antigua guerra imaginaria que mantengo en mi cabeza (y de la que oponente ni se entera): Yo contra el kiruv.

En una de las cosas en las que el kiruv y yo estamos en desacuerdo es en la idea de la posibilidad de dar grandes saltos, de poder cambiar de un día para el otro. Me molestan los flechazos de cupido hacia las mitzvot porque para mí sólo producen nuevos religiosos que no saben como administrar una riqueza adquirida abruptamente. He visto muchas veces cómo esa fascinación con la Torá termina con un corazón roto.

En cambio estoy convencida de que así como los corredores profesionales recomiendan acumular quince kilómetros lentos por cada kilómetro rápido, lo mismo se aplica al avance espiritual. El precalentamiento, la elongación y la aceleración progresiva son esenciales. La teshuvá es un largo y sinuoso proceso en donde se deben evitar a toda costa los golpes de efecto. Un lento camino de enamoramiento.

Por eso me preocupaba qué iba a decirles a estas señoras que –sospecho- no viajaron miles de kilómetros solo para divertirse, sino en busca de la verdad, el sentido de la vida o un ascenso espiritual. Me preocupaba porque quizá esperaban salir de ese encuentro con una receta que no tengo. Que no existe.

No voy a negar que me gusta decir barbaridades. Ahora mismo estoy disfrutando por anticipado de los juicios desvergonzados que estoy a punto de enumerar, pero en general esas cosas las digo entre amigas, o en este blog que leemos cuatro, por eso me asusté cuando me descubrí diciéndoles impertinencias parecidas a lo siguiente:

-No se dejen engañar, señoras, todos los males del mundo también existen en el Olam Hatorá.

-No crean que se puede saber quién es religioso basándose en su apariencia.

-Es muy posible que hayan llegado hasta aquí con ideas equivocadas.

-La vida con Torá no resuelve los problemas.

-Los reyes son los padres.

¿Ven que tenía razón en preocuparme? Todo lo que dije fue un desastre. Mi bocaza se abrió y no había manera de detenerla. Bla bla bla bla bla.

No soy buena para el kiruv, ya lo ven. Y soy una religiosa defectuosa, lo dije hace unos cuantos renglones, pero como el otro día tuve un momento de debilidad  y acepté la invitación, hoy tuve que hacer cosas que me resultan difíciles: salir de mi casa, tomar un tren a la ciudad vieja, poner cara de señora religiosa y sentarme a charlar con un puñado de mujeres notables.

Lo más asombroso fue que a esas fantásticas mujeres con quienes me encontré hoy, todo eso pareció gustarles.

Música para mis odios

abril 17, 2015

Escribo sin música. Por primera vez. No saben lo que me cuesta. Estoy sufriendo como si hubiese tenido que tomar el mando de un boeing 747 porque el piloto, el copiloto y el resto de la tripulación se intoxicó con la comida del avión. En esta comparación yo fui la única que no fue intoxicada porque pedí el menú kosher, así que es verosímil.

Amo la música. Cada situación en  mi vida está musicalizada. Me concentro mejor cuando escucho Dustin O’Halloran, la cocina es menos aburrida con Nina Simone y el miedo al dentista lo apacigua Jorge Fandermole. La música, cuando escribo, me ayuda a despegar y a continuar el vuelo.

En algún punto sospecho que escribo por descarte, por no saber expresarme de esa manera. No sé componer, no sé tocar ningún instrumento y mis cantos parecen los alaridos de terror de una pasajera de avión que se vio obligada a tomar el mando y declarar la emergencia al grito de mayday.

Quienes están en sintonía con el calendario hebreo sabrán que en estos días se aplica la prohibición de escuchar música. Estamos en la Sefirat HaOmer. Lo aclaro solo porque a veces me lee una chiquita simpática que seguramente no recuerda esa enseñanza de sus días de shule. Si alguien quiere más detalles, que los vaya a buscar a otro sitio, alguno que esté comprometido con la difusión de nuestra sabiduría y no aquí en donde solo nos ocupamos de atravesar turbulencias.

Volviendo al tema, se preguntarán cómo puede ser que esta sea la primera vez que escribo sin música. En el archivo se comprueba que hay otros escritos durante la época de la sefirá o durante las tres semanas (ojalá tuviese un lector tan minucioso como para buscar en los archivos). La respuesta es que esta es la primera vez porque el resto de las veces me apoyé en un heter (autorización personal) para escuchar música mientras trabajaba.

Mi oficio es maquetar libros: acomodo cajas de texto, alineo renglones, margino índices. Hacer esa clase de trabajo sin escuchar música puede llevar a la locura. Los psiquiátricos están repletos de diseñadores gráficos que tuvieron un brote psicótico el día que se cayó Spotify.

Para quienes no están cerca de la vida ortodoxa, la idea de conseguir un heter puede parecer el colmo de la hipocresía y una ridiculez al mismo tiempo. Pedir permiso para escuchar música –o para cualquier otra cosa- puede parecer el súmmum del sometimiento.

Yo creo lo contrario. Poder pedir permiso para ser indulgente en una mitzvá que resulta particularmente difícil es una liberación. También es una muestra de la consideración de Hashem hacia sus criaturas. La diferencia entre tener o no un heter es la misma que tener o no tener un experto en la torre de control dándo las indicaciones para un aterrizaje de emergencia.

Podrían cuestionarme –hipotéticamente, porque ustedes no me cuestionan nada- por qué extendí un heter que servía para trabajar y lo asocié con la escritura. No me dejen sola en esto, confesemos en conjunto que en esa falencia caemos muchos baalei tehsuvá: nos dan un heter para escuchar música para la clase de spinning, y asociamos que también debe servir para las caminatas matutinas al trabajo porque después de todo también es ejercicio físico.

La cuestión es que estos días no estoy trabajando. Ya lo habrán notado mis escuetos seguidores de Twitter cuando me dediqué a contar minuciosamente por qué no me crecieron los sea monkeys.

No trabajo, más no tengo heter para la música, es igual a no escribo nada porque escribir sin música me hace sufrir como tripulando un avión porque piripipi -todo eso de la intoxicación- con un motor incendiado.

Hace unos días mi hijo mayor daba vueltas por la cocina:

-Me cuesta mucho no escuchar música -me dijo.

-Si te es tan difícil podrías conseguir un heter –contesté como buena madre sobreprotectora.

Al rato mi hijo volvió. Mientras abría la alacena, la cerraba y la volvía a abrir para ver si por arte de magia había aparecido un chocolate en ese intervalo, me comentó al pasar.

-¿Por qué voy a pedir un heter si lo interesante de no escuchar música es lo difícil que  me resulta?

-Mmm ¿qué?- pregunté desconcertada mientras miraba la heladera sin poder acordarme qué había ido a buscar ahí- ¿cómo sería eso?

-Que me estoy haciendo más fuerte al resistir la tentación.

Odio hacer las cosas en silencio. Así soy yo. Pero hoy escribo sin música porque mi hijo me hizo notar que las halajot están para extender mis límites. Es bueno hacer las cosas de una manera distinta. Probar algo nuevo. Romper la armonía. Salvarse de uno mismo, aterrizar sana y salva.

Aquel Seder de Pesaj

abril 6, 2015
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Te vas a aburrir.

Ese fue el comentario de mis amigas al enterarse de que habían invitado a mi familia a un Seder de Pesaj. Yo tenía 14 años y jamás había participado en una de esas cenas.

Ellas, las expertas madrijot de Hebraica, debían tener razón. No podían equivocarse porque hacía años que venían soportando una ceremonia solemne en donde un abuelo patriarcal recitaba la Hagadá como si fuera el relato de un partido de ajedrez. Hacía años que toleraban el reencuentro con primos lejanos que se sentaban en ronda a criticar y pelearse por herencias ajenas. Hacía años que sufrían el pellizco de cachete de la tía abuela y su comentario en loop “qué grande que estás, no te veía desde tu bat mitzva“.

Yo nunca había tenido nada de eso. En mi casa se comía jametz en Pesaj, no se ayunaba en Kipur y ni siquiera nos reuníamos en Rosh Hashaná. Lo más judío que hacíamos en mi familia era no festejar Navidad. Mis padres sólo aceptaron la invitación a ese Seder debido a mi insistencia. A mi insistencia y a la amenaza de aceptar la invitación por mi cuenta y caer en la cena con un amigo goi y huevos de pascua para el postre.

Esa noche estaba nerviosa. No sabía qué esperar. Me recorría el cuerpo el mismo terror que cuando uno va a ver una obra de teatro y descubre que hacen participar al público. Recuerdo que antes de tocar el timbre de la casa de nuestros anfitriones le pregunté a mi papá por milésima vez qué se tenía que decir al entrar.

Jag sameaj –contestó modulando para que yo entendiese las palabras.

-Gaj maseaj –grité entusiasmada apenas abrieron la puerta.

La predicción de mis amigas se cumplió. Después de cinco horas de comer matzot, tapar y destapar matzot, levantar matzot, señalar matzot y esconder matzot, emergí de esa cena hastiada, con ganas de vomitar y sin entender qué cornos había pasado.

Lo importante fue que por fin tenía algo para contar. El jueves, en el colegio, por primera vez pude participar en la reunión en donde se juntaba la creme de la creme de la cole para competir por quién lo había pasado peor en su Seder de Pesaj. Por fin se me admitía en el grupo exclusivo de judíos superados. Por fin había llegado el momento en el que yo también podía regodearme porque me habían chistado tres veces por interrumpir el Bircat Hamazón o reírme de la absurda costumbre de comer kilos de lechuga.

La experiencia de ese Seder me sirvió durante muchísimo tiempo. La recreaba año tras año frente a un público renegado que se retorcía de la risa en el momento en el que yo parodiaba el  manishtaná cambiando las palabras y poniendo énfasis en el kulo matzá, kulo maror.

Exprimí esas anécdotas hasta dejarlas sin gusto. Fueron el carnet de Macabi que nunca tuve, los años de shule que me faltaron, la janukiá ausente en el modular de mi casa.

Al final, para seguir reteniendo mi identidad judaica y a mi público burlón, terminé inventado un tío borracho que se tomaba sus cuatro copas de vino, otras cinco durante la comida y que por último se robaba las de la abuela que se había quedado dormida en el sillón.

La última vez que conté esa historia fue el año que empecé a estudiar Torá: Era Pesaj, estaba en la ieshivá esperando que empezara una clase y supe que era el momento oportuno para arengar a las masas y ganarme un manojo de cómplices en la desgracia.

Nadie se rió. Ni siquiera sonrieron cuando confesé que en ese mismo momento tenía un paquete de galletitas Melba en la cartera.

Quedé desconcertada. Por primera vez conocía gente a quienes no les daba vergüenza las tradiciones familiares. No sólo respetaban Pesaj, sino que lo disfrutaban, esperaban el jag con ansiedad y entendían su sentido.

Ese año me invitaron a un verdadero Seder de Pesaj. No fue solemne, como aquel que yo recordaba, ni largo, ni ordenado. Había risas pero nadie se estaba burlando. Había ruido, pero nadie se estaba peleando. Aunque aquella vez tampoco entendí bien lo que pasaba, mientras tapaban y destapaban matzot, levantaban matzot, señalaban matzot, escondían matzot y comían matzot, empecé a sospechar que mis amigas seguían teniendo razón.

En sus sedarim yo también me hubiese aburrido.

Ahí viene la plaga (diez instantáneas de pesaj)

abril 1, 2015
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pesajwecandoit

Sangre

A ver, explicame de dónde saqué la idea de romper la esponja de acero con las manos. Ahora ajo y agua, las heridas seguirán allí por mucho tiempo. Esponja de acero inolvidable. Ni hablar de los dedos lastimados. Me duelen y ya no hay guante que aguante. Se me cuela la lavandina y me arde. Me arde y después sangra.

Ranas

¿De dónde salieron tantas perchas? Deben ser mutaciones genéticas de las lapiceras que nunca aparecen. En el placard de arriba, perchas de “tintorería San Carlos”. Perchas turquesas en el fondo de la cajonera. Aparecen por todos lados. Las debo haber guardado para cuando las necesite. O sea, nunca. Tiro todas menos la de terciopelo verde con cabeza de rana.

Piojos

¡Pero si estoy segura de que esas migas ya las limpié! ¡Si!  ¡si! son las mismas migas. Las reconozco. Deben tener vida propia. Van de acá para allá, se me escapan. Es Houdini reencarnado en harina. Es como si tuviesen patas. Una miga con patas sería una hormiga. Y si pudiese saltar sería un piojito.

Animales salvajes

Los chicos de vacaciones. Abro la puerta y se me tiran encima. Todo es quiero quiero y quiero. O peor aún: no quiero no quiero y no quiero. Saltan en los sillones, tiran las cosas al suelo, gritan, pelean. Es una lucha. ¿Quién crió a estos salvajes? ¿Son Rómulo y Remo? Criados entre los lobos. Entre animales salvajes.

Pestilencia

Hora de ocuparme de la limpieza interior. Tantas emociones leudadas, historias infladas. Lo que leva no me eleva. Adiós. Adiós a todo lo que me retiene, lo que no construye, lo que no acerca, lo que hace perder el tiempo. Adiós a las malas influencias, las malas costumbres, las malas compañías. ¡Fuera! El new age es como la peste.

Sarpullido

¡Exijo una explicación! Hace diez años que vivo en Israel. Llegué con tres valijas y dos cajas ¿cómo pude acumular tanto en estos años? ¿De dónde saqué estas cosas? Este pesaj tiro la casa por la ventana. Corchos en el cajón de los cubiertos. Caracoles, recuerdo de un día en la playa. Tanta cosa inútil me da resquemor. Parece una oficina pública.  ¿Hay algún médico en la sala? ¿Pueden ochenta y cuatro bolsas de plástico guardadas en un cajón producir un sarpullido?

Granizo y fuego

Día D: D de derrumbar un castillo de hielo. El glaciar perito Moreno. La heladera. El gran desafío que se lleva todas mis fuerzas. Como si la limpiase con kryiptonita. Me agota raspar los burletes con escarbadientes. Recordar el orden de los estantes. El freezer me quema las manos. Hielo submarine. Quema el hielo de mi heladera bipolar. Señores del servicio meteorológico: pronostiquen granizo y fuego.

Langostas

¡Que alguien me ayude a tomar estas decisiones! Ayudín. ¿qué se tira? ¿que se guarda? Me vuelvo loca con esa cajita que siempre queda para el final repleta de cosas que no sé a dónde van. Piedra, papel o tijera. ¿Qué es lo importante? No quiero conservar nada que no sea necesario. No quiero ser esclava. Estar bajo el dominio de las cosas. Ni de la gente. Deshacerme de lo que me saca la energía. De lo que me chupa el néctar como langostas.

Oscuridad

Friego, friego y friego. No puedo dejar de pasar el paño, de sacar lustre. Hay algo obsesivo en querer que las cosas brillen. Que la luz se refleje. Me gustaría decir que me da lo mismo, pero no, friego para alejar las tinieblas. Ya he visto cómo hasta mi sombra me abandona en la oscuridad.

Muerte de los primogénitos

La noche del seder cada uno tiene que sentir que es él mismo que está saliendo de Egipto ¿no? A ver: ¿Yo hubiese sido de los que se quedaron o de los que salieron? No lo sé. No estoy segura de que hubiese podido dejar atrás todo para ser libre. La niña que fui si lo hubiese hecho. Tendría que ir a rescatarla. En algún lugar todavía vive. Los justos siempre se salvan.

La venganza será terrible

marzo 9, 2015
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No pienses que nos perdiste, es que la pobreza nos pone tristes.

Jorge Fandermole

Escucho a Dolina. Todas las noches, desde hace veintiséis años. Los estudiantes de diseño, vaya uno a saber por qué, eligen trabajar a esas horas, así que en la época de la facultad, el programa de Dolina era el aperitivo de largas noches pasadas entre lapiceras Rotring.

Me reía mucho en esa época. Algunas veces hasta tuve que detenerme para que las carcajadas no me hicieran temblar la mano y arruinar con un trazo torpe alguna entrega de Morfología.

La alegría duraba hasta la mañana siguiente, cuando sus chistes me seguían causando gracia y eran tema de conversación con Ariel en el bar del pabellón tres:

-¿Escuchaste “Demasiado tarde para lágrimas”?
-Claro, me maté de risa con la historia de los paseadores de perros.
-Buenísima “¿100 dólares por pasear un perro? Por esa plata hasta te paseo a un cristiano”. –repetía él de memoria.
-Jua jua “¿Sabés cómo empezó Rockefeller? Paseando perros… empezó con un chiguagua, después un Gran Danés y después un perro Doberman mató al padre y él heredó 500 millones de dólares” – yo completaba la parodia, riéndome con ganas.

En mi habitación de soltera tenía un radioreloj con una pequeña antena que hacía interferencia, pero cuando me mudé con Ariel lo escuchaba mucho más claro, desde un radiograbador doble casetera. En esa época, más o menos a la una y media, Ariel llegaba de Torneos  y cenábamos trasnochando con el sordo Gancé de fondo mientras seguíamos con la costumbre de repasar el segmento humorístico entre risas.

El año que pasamos estudiando en  Israel, lo escuchábamos desde sesenta y cuatro cassettes que grabamos con obsesión fanática antes de la partida. Supongo que allí comencé con la costumbre de cocinar para Shabat acompañada por alguna historia de la mitología griega, rebobinando el walkman meticulosamente cuando me perdía alguna parte por culpa del ruido del agua de la canilla.

Después tuvimos un equipo de música que ni siquiera con sus parlantes enormes y su sonido stereo podía acallar el llanto de nuestro hijo. Durante muchas noches insomnes paseé descalza por la casa, intentando dormir a mis bebés, con el radioteatro de fondo. Aunque agotada y asustada, Dolina lograba sacarme alguna sonrisa.

Pasó el tiempo y los formatos de audio. Ahora bajo los programas a un pequeño mp3 y desde allí Dolina fue mi compañía durante el año de duelo por mi madre, cuando no podía escuchar música y las noches que pasé inmovilizada en el hospital.

Muy pocas cosas me causan gracia, me convertí en una persona difícil de divertir*. Por eso sigo escuchando a Dolina. Por eso y porque algunas noches, antes de quedarme dormida, por un instante en el ensueño, me olvido de todo y me imagino que Ariel me está esperando en el bar de la facultad para reírnos de la historia del hombre a quien una mano le quedó atrapada en un buzón.

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*Bonus track

Aparte de Dolina, pocas cosas me divierten, así que me aferro a ellas como un náufrago a su tabla de madera. Comparto algunas por si alguien anda necesitando una sonrisa:

15 momentos que se repiten cada Purim

febrero 25, 2015
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1. El momento en el que terminás de armar los mishlojei manot.

star wars animated GIF Durante horas pusiste la ensalada en los potes, acomodaste las galletas. cerraste el papel celofán, hiciste moños, enrulaste cinta con la tijera. No das más. Al final ya hacías moños con la ensalada y enrulabas las galletas. Estás exhausta y eso que todavía Purim no comenzó.

2. Vas a escuchar meguilát Esther y el baal koré  bate un record de velocidad.

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El baal koré es Usain Bolt. No lo podés seguir de lo rápido que lee. Te perdés. Buscás en los primeros renglones pero no encontrás por dónde van.  Empezás a buscar dando vuelta las  páginas. Oís una palabra y la tratás de ubicar, al rato elegís otra y seguís buscando. Así hasta que llegan a U Mordejai iatzá. Ahí si, ahí te ponés en ritmo

3. A la mañana te sorprenden con el primer “mishloaj desayuno” cuando todavía estás en jaluk y desarreglada.

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¿Qué? ¿En serio? ¿Cómo hace la vecina del quinto para estar maquillada y con sus seis hijos impecablemente disfrazados a las siete de la mañana?

4. Vas a la lectura de la meguilá bien temprano para aprovechar el día, pero el baal koré lee despacio y perdés media mañana.

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De tan lento que lee, considerás la posibilidad de ir a entregar mishlojim entre palabra y palabra. Calculás que hasta te sobraría tiempo. Veeeeeee shuuuuuuuushaaaaaaannnnnnnnnnnnnnn aaaaaaaavvviiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiraaaaaaaaaa. Dale, dale, no necesitamos suspenso, ya sabemos cómo termina el cuento.

5. Exageran con los gritos cuando nombran a Hamán.

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Matracas, pitos, cornetas, palmas, gritos, zapateos, silbidos. Nada alcanza, nada los detiene. Vos aprovechás los primeros para sonarte la nariz y a partir del quinto empezás a chistar.

6. Llega una amiga a la que le gusta beber.

Entra como pancho por su casa, se sienta en el sillón  y saca de la cartera una botella de tequila.

7. La vecina creativa trae su mishloaj.

fun animated GIF Guau. Un barco armado de shushi adentro de una bottella. Se te cae la mandibula y a las apuradas abrochás otro moño en el misholaj que le entregás para que parezca más elaborado.

8. Y también lo trae la no tan creativa.

Una pita adentro del tubo de cartón del papel higiénico.

9. Pretendés hacerte la divertida poniéndote una peluca.

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Otra peluca, no la de todos los días. Una que en cualquier otra persona se vería  graciosa pero a vos te hace quedar desubicada. Justo te cruzás con la rabanit de tu barrio.

10. Te das cuenta de que tu marido está más borracho de lo que pensabas.

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-Querido, ¿me alcanzás la fuente del pollo? mmm… no, dejá mejor la traigo yo.

11. Le pedís a tu marido que no tome más.

– Pero todavía diferencio a Haman de Mordejai. – Si, pero recién llamaste abuela a tu mamá.

12. Un borracho empieza a  filosofar en la seudá.

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Da un divrei Torá larguísimo y delirante entre remolinos de niños disfrazados de payasos y serpentinas de colores. Nadie le presta atención y ni siquiera le avisan cuando llega el momento de birkat hamazón.

13. LLegan bajurim a quienes nadie invitó.

Están descontrolados. Cantan y no lográs interpretar sus movimientos. No sabés si están dando indicaciones para estacionar un auto o bailando breakdance.

14. Decidís que es hora de que la fiesta termine.

24 Stereotypes Women Are Sick And Tired Of Hearing

Alguien tiene que poner un poco de orden. Todos a arvit, ¡Ya! ¡Dije ya!

15. Se van todos y te tomás… un merecido descanso.

Festejás que sobreviviste otro Purim, aunque, como cada año, todo haya salido ve nafoju.

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