Skip to content

Cinco minutos de fama

julio 3, 2015
by

No tengo manera para contar lo que viví anoche. No estuve preparada para lo que sucedió. Pensaba que iba  a ser una reunión chica, (después de todo ¿cuántas somos las baalei teshuvá latinas que vivimos en Jerusalem?) pero la situación se desbordó y la fiesta sobrepasó mis expectativas. Por un lado faltaron sillas y no alcanzaron las tortas, pero por el otro lado sobraron las ganas de festejar en esa hermosa noche.

¡Qué bendición revelada cuando las cosas salen mejor de lo que uno espera!

No puedo dejar de estar agradecida y como ustedes son parte esencial de lo que sucedió anoche, hoy trabajé 16 horas para que puedan ver el video  (trabajé a pesar del cansancio acumulado y de no saber qué comeremos este shabat) pero creo que quienes viven lejos tienen derecho a compartir esta alegría.

Editar el video no fue fácil. Recibí dos horas y media de material en crudo que tuve que organizar. Además, por respeto a las amigas que estuvieron presentes ( que sé que en su mayoría no quieren aparecer en un video online) tuve que cortar las partes en las que aparecían otras personas (casi todas). Sólo me limité a mostrar la actuación de Poli (con su permiso) y alguna que otra intervención mía, más otras chapitas del final. Mi pequeño discurso tuvo que ser descartado porque se filmó desde atrás, así que a continuación subiré el texto escrito. Aparte leerlo es mucho mejor que escuchármelo decir con mi voz de pito.

Pero antes de eso, quiero disculparme con la persona a quien le dediqué el libro escribiendo “escencial”. No recuerdo quién fue pero puede pasar a buscar otro ejemplar dedicado sin faltas de ortografía.

Bueno, vamos a lo nuestro: la noche comenzó así:

Hola, buenas noches, gracias por acompañarme.

Si no les molesta, voy a leer estas palabras porque la espontaneidad no es lo mío, y además estoy tan nerviosa que tengo miedo de meter la pata.

Esta va a ser la única parte aburrida de la noche, no se preocupen.

Quiero contarles que desde hace tres días sufro una jaqueca continua, dormí un promedio de cuatro horas por noche, resolví treinta y ocho problemas técnicos, pedí seiscientos coma cuatro favores, todo para estar aquí (con las manos transpiradas y ganas de irme a mi casa) para presentar este libro que se llama Oi va voi.

Les prometí que esta noche contaría una historia de superación personal, pero en realidad no es una historia, sino varias.

Uno de los mayores obstáculos que tuve que atravesar para escribir este libro fue mi cara.

Parece que tengo cara de madre, de balabusta o de secretaria, pero de escritora no. Lo sé porque me conozco a mí misma pero también porque me lo han dicho ustedes.

Me lo han dicho lectoras que al conocerme personalmente casi siempre lo primero que dicen es “no te imaginaba así”. Algunas más atrevidas han llegado a indicarme cómo debería verme según lo que escribo: más hippie, más joven y más linda. De una manera u otra están siempre diciendo lo mismo: hay algo en tu cara que no combina con tus pensamientos.

Incluso a quienes sí me conocen les cuesta relacionarme con mis textos. Una amiga me lo dijo claramente por mail hace poco tiempo. Cito textualmente para no mentir: No deja de sorprenderme esa parte escondida tuya que nunca termino de conocer. Cuando te leo y te veo pareces dos personas distintas.

Más allá de que yo tampoco me reconozco cuando me miro en el espejo, ella tenía un poco de razón.

La cara es lo que el mundo ve de uno, ese sería un concepto literal. Nosotros sutilmente muchas veces lo traducimos de otra manera:  lo que el mundo ve de uno es lo que el mundo espera de uno. Como un mandato tácito: “la cara que tenés, serás”. Y si seguimos distraídos, podemos empeorar la traducción y entender que lo que el mundo espera de uno es lo que Hashem también está esperando.

Yo, bajo la influencia por esas voces, pensaba que Hashem esperaba de mí otras cosas. Algunas más grandes e importantes, algunas más chicas o intrascendentes, pero escribir no era una de ellas. Sin embargo mi necesidad de comunicar no desaparecía. No es que necesite contar lo que hago día a día: me despierto, digo modé ani, me lavo los dientes. No es una necesidad informativa. Me refiero a una necesidad de comprender el mundo a través de las palabras y establecer una espacio de comunicación íntima conmigo misma y con el otro.

Entender esto, y luchar contras  las voces que dicen que compartir nuestra visión de las cosas y nuestra experiencia en el mundo no tiene sentido fue el segundo obstáculo que tuve que atravesar.

Por eso estoy muy agradecida con la gente que estuvo abierta a entenderlo, gente que vio ese aspecto en mí incluso antes que yo.

En el libro no hay agradecimientos. No sé por qué no hay agradecimientos. El libro salió a impulsos, esa es la verdad, y en su momento el impuso fue no incluirlos.

Por eso ahora les pido que me dejen hacer un paréntesis en esta charla y agradecer a algunas personas pidiendo disculpas de antemano si me olvido de alguien. Pueden echarle la culpa a una memoria que se deteriora día a día pero no a que soy desagradecida.

Primero me gustaría agradecer a mi maestros. Una profesora de secundario que me presentó la ligas mayores de la literatura. Después a escritores que en sus talleres compartieron generosamente secretos de su oficio: En especial recuerdo a Daniel Arias, Abelardo Castillo y Marcelo di Marco.

En un ámbito más personal quiero agradecer a Hanna quien me abrió las puerta al mundo de los blogs hace ocho años. Después mis amigas, (no las voy a nombrar a todas para no meterme en problemas, pero sepan que el apoyo que me dan  al leerme y al comentarme sus apreciaciones para mí es muy muy importante). Mis lectoras desconocidas y espontáneas con las que fuimos formando una comunidad virtual y muchas de ellas hoy son amigas reales, o por lo menos así yo las considero.

Por supuesto Andi y Caro, mis compañera de Extrañas, que deberían estar acá, pero no me daba el presupuesto para traerlas desde Argentina. A mis suegros, que alimentan mi gusto literario cargando para mí libros pesados en sus valijas. A mi cuñada Shuly, a quien solo conozco por fotos y que podría haber renegado de esta cuñada le tocó en suerte y sin embargo siempre me apoyó. A Susana, la esposa de mi papá, que siendo externa a este mundo, también me apoya con su sutil presencia y respeta nuestras costumbres y creencias. Por supuesto a mi papá, que como cuento en uno de los relatos del libro, fue quién me enseñó la importancia de los signos de puntuación, pero por sobre todo me inculcó unos valores de vida de los que estoy orgullosa. A mi hermana Alejandra que me permite retratarla en mis cuentos de infancia y desde siempre es una lectora atenta y generosa que me alienta y que hoy vino desde Ashdod para acompañarme (todavía me falta contar el episodio del jugo de naranja en Córdoba, en el que fue mi korvan)  Mi mamá, alea hashalom, que más de una vez originó pensamientos que después volqué en este libro y qué no sé si hoy estaría orgullosa de mí, pero de lo que estoy segura es que que ella  hubiese organizado esta reunión mucho mejor que yo.

Por sobre todo a mi marido que me impulsó a desarrollar esta faceta mía y lo hizo ve kol levaveja, es decir cediéndome tiempo, dinero e ideas sin escatimar. Es un compañero genial para la vida. También un agradecimiento a mis hijos por intentar leer el libro aunque sea a ritmo de un renglón por día porque les cuesta leer castellano.

Y por supuesto a Hakadosh Baruj Hu por permitirme también hacer cosas mínimas, por darme las ideas que después yo desbarato. Y ya que estamos quiero aprovechar para pedirle que esta comunicación y unión que se establece a través de la palabra escrita sea siempre en Su Nombre y que cuando yo no logre que así sea, por lo menos quede claro que los desatinos son solo culpa mía.

Espero no estarlas aburriendo. Les digo, yo que ustedes ya estaría pensando en cualquier otra cosa. Cada vez que llega la parte de los agradecimientos se me va la cabeza. Mentira. Primero pienso “quizá debería agradecerme a mí” y después empiezo a pensar en otra cosa, así que gracias por seguir escuchando, son muy amables conmigo.

Cierro el paréntesis para contar la tercera y última dificultad que se interpuso en mi camino. No es nada original, es un obstáculo que todos conocemos y son los miedos. Miedo a fallar, miedo al qué dirán, miedo al ridículo, a pasar vergüenza.

Para vencer el miedo hice algo totalmente nuevo para mí. Eso y solo eso es la ganancia de esta experiencia y lo considero el éxito del asunto. Lo nuevo para mí fue salir en dirección a lo que quiero, a un sueño e impulsarme para concretarlo poniéndome en lugares sin retorno.

Así como a quien quiere dejar de fumar le aconsejan declararlo en público para después no contradecirse sacando un cigarrillo frente a esas personas yo me comprometí  (bli neder) frente a unas cuantas amigas a recopilar, corregir y reescribir este libro. Después, cuando el proyecto estaba trabado no tanto por cuestiones técnicas como emocionales lo anuncié en el blog de sopetón, cosa de no poder arrepentirme. Y fui un paso más allá cuando anuncié este mismo evento sin saber con seguridad que los libros iban a salir de imprenta a tiempo (llegaron hoy a las cinco de la tarde).

Y no es que ese camino me llevó a superar el miedo al ridículo, sino a entender que si hago el ridículo lo voy a poder soportar.

Tampoco ese camino se llevó el miedo a que el libro haya salido mal. Es muy posible que este libro haya salido mal. Lo que logró es expandir el horizonte, romper algunos límites autoimpuestos y lo más importante, permitirme involucrar a Hashem en ese aspecto de mi vida porque creo que es un acto de emuná ir hacia lo desconocido.

Finalmente hoy, a punto de arrepentirme, cancelar todo y hacer una fogata con los libros, para darme ánimo releí lo que escribí en “Recuerden el cerro Otto”. Allí cuento mi experiencia cuando con mi amiga Karina, a quien en el cuento llamo Paola, escalamos el cerro Otto en Bariloche y a último momento, a 200 metros de la cima, yo, exhausta no quise seguir, me eché atrás y pegué la vuelta, desperdiciando todo el esfuerzo que había puesto para llegar allí. Y en la conclusión de ese relato describo la tristeza del descenso. Y esa enseñanza fue lo que me dio fuerzas para estar acá hoy, haciendo algo que me resulta difícil.

Esa es mi historia de superación, que concluye con este libro que tengo aquí, y eso es lo que estoy festejando hoy junto a ustedes. No el libro en sí, sino la salida de este libro.

Me gustaría que así como este proceso a mí me ayudó a conocerme más, lo mismo suceda con quien lo lea.

Ahora llegó el momento de vender el libro. Fuera de broma creo que es un libro que no necesariamente hay que leer de corrido, sino se puede tener a mano y recurrir a sus historias de vez en cuando y al azar. Es un libro para los baalei teshuvá, pero también para los padres de los baalei teshuvá, porque ayuda a que nos comprendan.

Durante todos estos años subí el contenido gratuitamente al blog y allí seguirá estando para quienes quieran leer desde ese formato. Para quien  lo quiera leer en papel, aquí les presento a “oi va voi”.

Espero que lo disfruten. Ahora vamos a festejar y pasarlo bien.

Gracias.

Y la noche siguió un poco así:

…y sonaron (las trompetas)

julio 2, 2015
tags:
by

Con muchísima alegría pero también con cansancio estoy intentando editar* un pequeño video para mostrar lo sucedido en la presentación del libro.

El evento de ayer fue uno de los momentos más importantes de mi vida y como ustedes tienen todo que ver con eso, lo quiero compartir lo antes posible, pero puedo tardar entre 10 y 72 horas (tengan paciencia, está shabat de por medio).

Por ahora un pequeño anticipo para ir calentando motores. Y para seguir festejando.

IMG_2842

Noten la birome bic. No puedo dejar de ser Argentina.

*Al decir editar me refiero a cortar lo intrascendente pero por sobre todo a evitar que nadie aparezca en el video sin haberme dado permiso. Sólo mostrar un poco lo que hicimos con Poli, así que nadie tiene que preocuparse por eso.

Oi va voi en Jerusalem

junio 28, 2015
by

Este será un post corto y sin artificios. No puedo decir mucho más porque estoy reservando mis pocas ideas para el momento en el que me toque hablar en la presentación del libro. Además no tengo tiempo porque con una mano estoy revisando las pruebas de imprenta y con la otra cocinando una torta para el miércoles. Pero por sobre todo tengo que apurarme porque con el primer ejemplar en mis manos estoy a punto de arrepentirme.

Como ustedes saben, en el libro no hay historias de superación personal, más bien son fragmentos recortados de mi experiencia como baalat teshuvá, no siempre heroica. Sin embargo, créanme que detrás de la publicación de este libro sí hay una historia de superación y eso es lo que voy a contar frente a ustedes en el evento de presentación.

Están todas invitadas. Allí las espero.

flyer-vale

Feliz cumpleaños

junio 25, 2015
by

Estoy angustiada por Verónica, no tiene amigas en el colegio. Ella no me cuenta nada, no confía en mí. Me dan envidia las madres que tienen buena comunicación con sus hijas, yo trato de darle lugar, me muestro interesada, pero ella, nada.

-¿Cómo te fue hoy? –le pregunto cada día en el almuerzo.
-Bien –ella siempre responde que bien.
-Contame ¿cón quién jugaste en el recreo?
-Con nadie. –y se apura para terminar de comer.
-¿Cómo que con nadie? ¿y qué hiciste? ¿mirabas como el resto jugaba? –la angustia se nota en mi tono.
-Me quedé leyendo en el grado –y apresura el último bocado para levantarse de la mesa.

Ayer fui a hablar con la psicopedagoga del colegio. Me explicó que ese es un grado difícil. Que hay un grupo que se conoce desde jardín de infantes y son muy cerradas.

-La conducta de ese grupo no es agresiva, no llega a ser un caso de bullying –me dijo-  pero te reconozco que son selectivas. Hay una líder, y a quién no la complace, le hacen el vacío.
-¿Pero ustedes permiten eso? –pregunté indignada.
-Lo estamos trabajando.
-¿Y qué pasa con mi hija mientras tanto? –dije en un tono demasiado alto.
-También vamos a trabajar con Verónica para mejorar su autoconcepto.

Cuando volví a casa llamé a mi hermana. Ella tiene experiencia porque a una de mis sobrinas le pasó algo parecido. Además conoce bien a Verónica.

-Al demonio con el autoconcepto, esas psicopedagogas recién recibidas no saben nada, lo que necesita Vero es status –me dijo alterada- hay que hacer algo para que ese grupo se sienta atraído hacia ella.
-¿Le compro una Ferrari? –intenté aflojarme con un chiste.
-A ver… regalos… no mejor eso no, después se vuelve una exigencia constante. Dejame pensar un segundo. ¡Ya sé! Una fiesta de cumpleaños ¿no cumple ahora Vero?
-A fin de mes, el 28.
-¡Listo! le hacemos la fiesta este fin de semana.

Estamos con Verónica a punto de escribir las treinta y tres tarjetas de invitación. Las compré hace un rato en “The Party Shop”. Tienen dibujado unos lentes de sol y labios fucsia fuera de proporción. Salían el triple que las tarjetitas que venden en lo del chino.

A mí me hubiese gustado escribir en la tarjeta “te invito a mi fiesta de cumpleaños para que me integres a tu grupo” o mejor aún “te invito a mi fiesta para comprar tu amistad”, pero no le digo eso a Verónica. A ella le digo que escriba “te invito a mi fiestita de cumpleaños” y abajo “te espero” bien grande y entre signos de admiración.

-Estoy cansada, me duele la mano. –me dice Verónica al terminar la segunda tarjeta.
-Dale, no falta tanto. Hacemos la mitad cada una.
-¿Por qué tengo que hacer un cumpleaños? –protesta ella.
-Porque a la tía se le ocurrió una idea buenísima para la fiesta, ya vas a ver.
-¿Qué? decime.
-Es una sorpresa, te va a encantar.
-Decime, decime, quiero saber.
-Algo muy muy lindo para que todas tus amiguitas estén contentas.

Hace rato que Verónica se fue a jugar con el perro. Empezó llamándolo por lo bajo. “Copito, copito, vení, Copito ¿dónde estás?”. Después directamente se levantó de la mesa y fue a buscarlo.

-Vero, vení que no terminamos –la llamé disimulando mi frustración.
-Ya voy, mamá.

Por supuesto las tarjetas las termino yo sola. Se las doy a Verónica para que las guarde en la mochila y las reparta al día siguiente.

Ella no participa en la preparación de su fiesta. No me ayuda a inflar los globos ni a decorar la torta. Me posterga con un “ya voy mamá” y nunca viene. Ni siguiera viene cuando bato la crema, eso que a ella le encanta comerse las sobras de la espátula.

Solo se entusiasmó un poco cuando fuimos a comprar la ropa. Ahí sí la vi animada. No me negué a comprarle el vestido verde con lunares solo por eso, para no arruinar el momento, aunque a mí no me gustaba.

-Yo prefiero el vestido azul, te queda más lindo –hice un último intento por convencerla.
-Ese color es de vieja y además Mariana dijo que se usan los lunares – Verónica insistía con el vestido verde.
-¿Quién es Mariana? –pregunté aprovechando la oportunidad.
-La reina del grado –contestó ella.
-¿La reina del grado? ¿qué es ser la reina del grado? –no hacía falta que me lo explicase, pero quería que mi hija me contase un poco más.
-¡La reina del grado, mami! –dijo con impaciencia-.  La que dice lo que hay que hacer y todas le hacen caso.

Así que aquí está con su vestido verde, esperando a las invitadas. Todo está listo, la casa está impecable. La verdad que mi hermana se pasó. Quedó genial “La fiesta Barbie”, como la llama ella. Yo la llamo la fiesta en la que gasté mi aguinaldo para la autoestima de mi hija. Ni sé cómo me convenció para comprar todo esto.

-Vamos a necesitar manteles y servilletas rosas. La vajilla descartable negra –me indicó en “The Party Shop”.
-Perfecto. –contesté dispuesta a irme.
-Y treinta… ¿cuántas me dijiste que son las nenas?
-Treinta y cuatro.
-Y treinta y cinco espejos para decorar, llevemos uno de más por si alguno se rompe.
-¿Espejos para decorar?
-Si, esa va a ser la actividad especial. Aparte falta mandar a imprimir los carteles, todo tiene que decir “Verónica” en letra cursiva.
-¿No te parece demasiado?
-Yo me encargo, no te hagás problema.
-Pero no puedo gastar tanto.
-¿Y entonces cómo querés que ayudemos a Vero?

La espera parece eterna. Mis sobrinas y Verónica están en el balcón mirando a ver si alguien llega. Mi hermana y yo charlamos, pero ninguna de las dos puede disimular los nervios. Al final dejo de fingir que me interesa lo que me está contando y encaro el tema.

-¿Y si no viene nadie? –pregunto.
-¿Cómo no van a venir? Ninguna nena de esa edad quiere perderse una fiesta como esta.
-Pero esta Mariana es difícil. A la madre tampoco me la banco.
-Tranquilizate, va a salir todo bien, todavía es temprano.

Pero nadie llega. Las chicas hace rato que se fueron del balcón. Las dejamos comer a pesar de que arruinaban la decoración de la mesa. A las dos horas mi hermana y yo nos damos por vencidas. Nos hacemos un café y vamos comiendo la torta de a cucharadas, directo de la bandeja. Mi hermana ataca la parte del vestido de Barbie, yo directamente me como su cara.

A la noche Verónica no parece triste. Jugó con sus primas, decoró seis espejos, tomó toda la gaseosa que quiso y se quedó con las bolsas de los regalos que eran para sus compañeras.

Yo no puedo más de la tristeza. Le leo un cuento y otro más hasta que se duerme. No soporto que mi hija sufra. Le arrancaría las mechas a esa Mariana.

Comienzo a ordenar la casa. Saco las guirnaldas, descuelgo los globos. Me planteo cambiar a Verónica de colegio. Le escribo una nota larga a la maestra. Le cuento lo sucedido, me descargo y la culpo sutilmente. Abro la mochila de mi hija para guardar la nota.

Encuentro treinta y tres tarjetas de invitación nunca entregadas.

Suenen las trompetas

junio 10, 2015
by

Cuando estaba en sexto grado, mi colegio organizó un concurso de cuentos. El premio sería la publicación en una antología infantil. Los ganadores tendrían el privilegio de leer su cuento en la primera feria del libro infantil y participar en una mesa redonda con el escritor José Murillo.

Escribí un relato que transcurría en Bariloche en el cual una niña le hacía la vida imposible a su vecino, un anciano. Durante todo el cuento la niña se burlaba de su acento alemán, de su renguera y le gritaba insolencias a su paso. Hacia el final, por accidente, la niña descubría que el anciano era en realidad un jerarca nazi que se escondía en su ciudad.

Gané el concurso.

Estaba feliz, y mis amigas estaban tan felices como yo. Ellas me alentaban pensando que si me dedicaba a escribir podrían dejar de escucharme hablar, y además se entusiasmaban con la idea de tener a mano a alguien que pudiese redactar las cartas de amor a sus futuros novios o las dedicatorias de las tarjetas para el día de la madre.

Muchas tardes practiqué la lectura de mi cuento frente a ellas. Nos juntábamos en casa de Paola. Sandra tocaba la guitarra, Marcela pintaba pequeñas casas de cerámica y yo, de pie en una banqueta, recitaba una y otra vez mi texto.

La lectura estaba programada para un domingo a la tarde. Ese día también era el cumpleaños de Claudia.

Claudia había organizado su fiesta en una cantina, con una banda de música y panchos. Todas estaban invitadas, y yo no me animé a pedirles que no fuesen. Sentía que no podían perderse el cotillón de la bolsita solo por acompañarme. Ellas me prometieron llegar a tiempo y estar ahí en mi gran día. Me dijeron que se quedarían un rato en la fiesta y después irían a la feria.

Ese domingo, detrás del telón yo miraba el reloj con ansiedad, se acercaba el momento de mi actuación. En esa época veía muchas películas en donde todo se resolvía para bien en el último minuto:  casi al final del partido la pelota entra en la canasta, un segundo antes de que cierren las puertas del avión llega el novio a declararse. Yo creía que pasaban esa clase de cosas, así que no perdí las esperanzas.

Pero mi película era otra y cuando anunciaron mi nombre ninguna de mis amigas había llegado.

Recuerdo que me sentí muy sola. Estaba a punto de hacer algo que nunca había hecho frente a un montón de desconocidos y no había nadie para alentarme. Igual junté coraje, di un paso hacia adelante y cuando quise dar el siguiente, un compañero -a quien le decían misionero- me puso el pie para que tropezara.

Caí de boca al escenario y quedé tirada frente al público con el delantal levantado.

Quedé tirada. Por la vergüenza y el desaliento no pude levantarme. No me levanté ese día para leer el cuento frente al público, ni para participar en la mesa redonda, ni, metafóricamente, días después, para ir a la editorial cuando seleccionaron los cuentos que formarían parte de la antología.

Quedé tirada durante años, preguntándome qué hubiese pasado si en lugar de estar sola, mis amigas hubiesen estado allí para atajarme, para ayudarme, para acompañarme.

Hoy estoy a punto de salir nuevamente al escenario, pero esta vez no es para leer un cuento ni participar en una mesa redonda.

Voy a publicar un libro.

Lo acabo de mandar a imprenta para la última prueba y todavía estoy temblando. Es una recopilación de algunos de mis post, corregidos y mejorados. Se llama “oi va voi”, así en minúsculas.

Desde hace cinco años nos juntamos en este blog. Hemos formado una comunidad en donde nos reímos, emocionamos, contamos intimidades y compartimos experiencias. Algunas veces estuvimos de acuerdo y otras en desacuerdo y hasta hubo quienes (en general yo) lloraron frente a las otras, así que no hay dudas de que podemos considerarnos amigas.

Y como esta vez no quiero sentirme sola y también quiero adelantarme al momento en el que algún misionero meta la pata, les voy a pedir, amigas, que se preparen para acompañarme.

Espero contar con ustedes para ayudarme con la difusión del libro (via Facebook, Twitter, mandando mail a sus lista de contactos, pasando el boca a boca, comprándoselo de regalo a la abuela para su cumpleaños). Quiero que saquen la bandera de Extrañas en el Paraíso que tienen guardada en el placard y la hagan flamear por la ventana. Quiero que la gente se canse de escucharlas hablar del libro y las empiecen a llamar las locas del “oi va voi”. Y sobretodo quiero que estén ahí, para atajarme por si tropiezo.

Les estoy avisando con tiempo, así que anoten en sus agendas. Aproximadamente dentro de un mes sale mi libro. Las voy a atosigar con el tema y les advierto que no acepto excusas. Que nadie venga después con que no puede acompañarme porque ese día justo es el cumpleaños de Claudia.

01

Una aguja en un pajar

mayo 14, 2015
by

Esta historia la conté hace un tiempo y la voy a volver a contar hoy porque es una de las cosas más extrañas que me pasó:

Hace cinco años quería material para un post, por lo que en una salida les propuse a unas amigas hacer un cadáver exquisito para poder relatarlo. La idea era comprobar que al mismo tiempo de una charla banal, en otro nivel se desarrolla una conversación paralela más interesante de descifrar o algún otro delirio surrealista. En el post hubiese acudido a un chiste mediocre para señalar lo disparatado de nuestro producto final, como que después de la línea “me tengo que cortar las uñas” escribieron “porque me rasca donde no me pica”, hubiese reproducido coincidencias sugerentes como: “las mujeres no somos superficiales” y a continuación “solo díganme qué color de rouge se usa”  y seguramente hubiese agregado como conclusión una frase moralista parecida a un slogan político, de las que usaba en aquella época.

Pero antes de esto, solo un rato antes, cuando me senté a escribir y apenas empezaba a describir cómo mis amigas rechazaron la propuesta de comprar un globo de helio para distorsionar nuestras voces, alegando que me había faltado mucha Hebraica, yo me imaginé cantando con voz finita el hit de “Las Ardillitas”.

Como supuse que no muchos iban a recordar ese éxito, ni la existencia de un grupo tan improbable, busqué en el mar profundo de Internet una imagen de ese disco.

Hasta acá llegué con mi idea original, porque bastaron tres clicks para darme cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. La primer imagen que se abrió sólo me dio la tranquilidad de que nadie iba a poder desmentir la existencia de semejante vinilo:

La segunda imagen me trajo recuerdos de los discos que giraban en mi tocadiscos Winco:

La tercera imagen me hizo caer de la silla:

Allí, en venta en Mercado Libre, emergiendo de un universo infinito e imposible, apareció el disco que había sido mío. El original. Reconocí la letra, reconocí la firma que practicaba con obsesión infantil. Valeria Lerner escrito por todos lados. De golpe era Hashem quien estaba jugando al cadáver exquisito conmigo. El  mensaje todavía hoy no lo puedo descifrar. De lo único que estoy segura es que en cualquier nivel que se desarrolle esta historia y por más que un desconocido lo tenga en su poder, la dueña de ese disco sigo siendo yo.

Encuentro con mujeres notables

abril 30, 2015

Hoy hice cosas que me resultan difíciles: salir de mi casa, tomar un tren a la ciudad vieja, poner cara de señora religiosa y sentarme a charlar con un puñado de mujeres notables.

Una vez por año se organiza un evento de kiruv en donde mujeres latinoamericanas se encuentran con mujeres religiosas israelíes. Cada año me invitan y cada año digo que no. Hasta hoy.

Tengo reparos en considerarme inspiración. Soy una religiosa defectuosa que por un lado no sirve de ejemplo para nadie y por el otro se niega a disimularlo. Soy como esas narigonas que no sólo no se preocupan por ocultar su perfil sino que se cortan el flequillo, orgullosas de resaltarlo.

Para empeorar las cosas, toda esta situación reavivaba una antigua guerra imaginaria que mantengo en mi cabeza (y de la que oponente ni se entera): Yo contra el kiruv.

En una de las cosas en las que el kiruv y yo estamos en desacuerdo es en la idea de la posibilidad de dar grandes saltos, de poder cambiar de un día para el otro. Me molestan los flechazos de cupido hacia las mitzvot porque para mí sólo producen nuevos religiosos que no saben como administrar una riqueza adquirida abruptamente. He visto muchas veces cómo esa fascinación con la Torá termina con un corazón roto.

En cambio estoy convencida de que así como los corredores profesionales recomiendan acumular quince kilómetros lentos por cada kilómetro rápido, lo mismo se aplica al avance espiritual. El precalentamiento, la elongación y la aceleración progresiva son esenciales. La teshuvá es un largo y sinuoso proceso en donde se deben evitar a toda costa los golpes de efecto. Un lento camino de enamoramiento.

Por eso me preocupaba qué iba a decirles a estas señoras que –sospecho- no viajaron miles de kilómetros solo para divertirse, sino en busca de la verdad, el sentido de la vida o un ascenso espiritual. Me preocupaba porque quizá esperaban salir de ese encuentro con una receta que no tengo. Que no existe.

No voy a negar que me gusta decir barbaridades. Ahora mismo estoy disfrutando por anticipado de los juicios desvergonzados que estoy a punto de enumerar, pero en general esas cosas las digo entre amigas, o en este blog que leemos cuatro, por eso me asusté cuando me descubrí diciéndoles impertinencias parecidas a lo siguiente:

-No se dejen engañar, señoras, todos los males del mundo también existen en el Olam Hatorá.

-No crean que se puede saber quién es religioso basándose en su apariencia.

-Es muy posible que hayan llegado hasta aquí con ideas equivocadas.

-La vida con Torá no resuelve los problemas.

-Los reyes son los padres.

¿Ven que tenía razón en preocuparme? Todo lo que dije fue un desastre. Mi bocaza se abrió y no había manera de detenerla. Bla bla bla bla bla.

No soy buena para el kiruv, ya lo ven. Y soy una religiosa defectuosa, lo dije hace unos cuantos renglones, pero como el otro día tuve un momento de debilidad  y acepté la invitación, hoy tuve que hacer cosas que me resultan difíciles: salir de mi casa, tomar un tren a la ciudad vieja, poner cara de señora religiosa y sentarme a charlar con un puñado de mujeres notables.

Lo más asombroso fue que a esas fantásticas mujeres con quienes me encontré hoy, todo eso pareció gustarles.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 168 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: