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Las unas y las otras

abril 15, 2016
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Las mujeres se pueden dividir entre las que en la escuela usaban guardapolvo abotonado por delante y las que lo usaban prendido por detrás. Las que ponían las etiquetas en el margen superior derecho y las que la acomodaban abajo un poquito inclinada. Las que usaban la vincha atrás de las orejas y las que la sostenían con un clip a cada lado de la sien. Las que se preocupaban para que el moño estuviese siempre armado y las que se dejaban las medias caídas.

También había otro grupo, formado por quienes no habían acertado al interpretar su mundo interno y luchaban contra su naturaleza. Niñas con alma de delantal arrugado que se obligaban a usarlo almidonado o niñas con alma de papel araña que se esforzaban por cubrir sus cuadernos con papeles ilustrados con el sol detrás del arco iris. A ellas, de una manera u otra, siempre se les notaba, ya sea porque dejaban la Parker abierta y se les manchaba el bolsillo delantero, o porque detenían el juego del recreo para arreglarse la cola de caballo que no estaba lo suficientemente tirante.

De la misma manera podríamos diferenciar a las baalei teshuvá durante Pesaj.

Por un lado están las que empezaron a limpiar un mes antes y pusieron cartelitos “kasher l´pesaj” a medida que avanzaban y por el otro las que miraron entre asombradas y burlonas a la vecina que en Tu Bishvat ya andaba sacudiendo los cajones y que se quedaron el jueves hasta las tres de la mañana forrando la mesada. Las que compraron exactamente todo lo que necesitaban porque tenían una lista detallada del año pasado y las que mandaron veinte veces al marido a la makolet porque a último momento se acordaban que les faltaba algo. Las que en srefat jametz quemaron diez prolijos paquetitos y las que armaron una fogata inmensa quemando fideos, contratos de alquiler, cinco tipos distintos de galletas y las cuentas impagas. Las que la noche del seder se comieron los tres kazaitim de matzá como si nada y las que mientras comían hacían el gesto de “no doy mas” con las manos.

Y también aquí encontramos a quienes se les veía la hilacha por intentar ser lo que no eran. Las que se vistieron de blanco, como sugirió Iemima Mizrahi, pero terminaron como la chica de rosa al tomar el vino inclinadas. Las que en Jol Hamoed quisieron hacerse las flexibles y dejaron que sus hijos vayan a una excursión exótica y sufrieron durante todo el día al lado de la ventana. Las que espontáneamente invitaron a tres familias al último Iom Tov y después se dieron cuenta de que sólo les quedaba medio guefilte fish y un pollo para todas las seudot.

Y todo esto no significa nada, lo único importante es que unas y otras salimos de Mitzraim y atravesamos el mar. Eso si, al final, por un lado están las que quedaron exhaustas y por el otro… las que quedaron exhaustas.

Ahí viene la plaga (diez instantáneas de pesaj)

abril 11, 2016
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pesajwecandoit

Primera plaga: Sangre

A ver, explicame de dónde saqué la idea de romper la esponja de acero con las manos. Ahora ajo y agua, las heridas seguirán allí por mucho tiempo. Esponja de acero inolvidable. Ni hablar de los dedos lastimados. Me duelen y ya no hay guante que aguante. Se me cuela la lavandina y me arde. Me arde y después sangra.

Segunda plaga: Ranas

¿De dónde salieron tantas perchas? Deben ser mutaciones genéticas de las lapiceras que nunca aparecen. En el placard de arriba, perchas de “tintorería San Carlos”. Perchas turquesas en el fondo de la cajonera. Aparecen por todos lados. Las debo haber guardado para cuando las necesite. O sea, nunca. Tiro todas menos la de terciopelo verde con cabeza de rana.

Tercera plaga: Piojos

¡Pero estoy segura de que esas migas ya las limpié! ¡Sí!  ¡sí! son las mismas migas. Las reconozco. Deben tener vida propia. Van de acá para allá, se me escapan. Son Houdini reencarnado en harina. Es como si tuviesen patas. Una miga con patas sería una hormiga. Y si pudiese saltar sería un piojito.

Cuarta plaga: Animales salvajes

Los chicos de vacaciones. Abro la puerta y se me tiran encima. Todo es quiero quiero y quiero. O peor aún: no quiero no quiero y no quiero. Saltan en los sillones, tiran las cosas al suelo, gritan, pelean. ¿Quién crió a estos salvajes? ¿Son Rómulo y Remo? Criados entre los lobos. Entre animales salvajes.

Quinta plaga: Pestilencia

Hora de ocuparme de la limpieza interior. Tantas emociones leudadas, historias infladas. Lo que leuda no me eleva. Adiós. Adiós a todo lo que me retiene, lo que no construye, lo que no acerca, lo que hace perder el tiempo. Adiós a las malas influencias, las malas costumbres, las malas compañías. ¡Fuera! El new age es como la peste.

Sexta plaga: Sarpullido

¡Exijo una explicación! Hace diez años que vivo en Israel. Llegué con tres valijas y dos cajas ¿cómo pude acumular tanto en estos años? ¿De dónde saqué estas cosas? Este pesaj tiro la casa por la ventana. Corchos en el cajón de los cubiertos. Caracoles, recuerdo de un día en la playa. Tanta cosa inútil me da resquemor. Parece una oficina pública.  ¿Hay algún médico en la sala? ¿Pueden ochenta y cuatro bolsas de plástico guardadas en un cajón producir un sarpullido?

Séptima plaga: Granizo y fuego

Día D: D de derribar un castillo de hielo. El glaciar perito Moreno. La heladera. El gran desafío que se lleva todas mis fuerzas. Como si la limpiase con kryiptonita. Me agota raspar los burletes con escarbadientes. Recordar el orden de los estantes. El freezer me quema las manos. Hielo submarine. Quema el hielo de mi heladera bipolar. Señores del servicio meteorológico: pronostiquen granizo y fuego.

Octava plaga: Langostas

¡Que alguien me ayude a tomar estas decisiones! Ayudín. ¿qué se tira? ¿que se guarda? Me vuelvo loca con esa cajita que siempre queda para el final repleta de cosas que no sé a dónde van. Piedra, papel o tijera. ¿Qué es lo importante? No quiero conservar nada que no sea necesario. No quiero ser esclava. Estar bajo el dominio de las cosas. Ni de la gente. Deshacerme de lo que me saca la energía. De lo que me chupa el néctar como langostas.

Novena plaga: Oscuridad

Friego, friego y friego. No puedo dejar de pasar el paño, de sacar lustre. Hay algo obsesivo en querer que las cosas brillen. Que la luz se refleje. Me gustaría decir que me da lo mismo, pero no, friego para alejar las tinieblas. Ya he visto cómo hasta mi sombra me abandona en la oscuridad.

Décima plaga: Muerte de los primogénitos

La noche del seder cada uno tiene que sentir que es él mismo que está saliendo de Egipto ¿no? A ver: ¿Yo hubiese sido de los que se quedaron o de los que salieron? No lo sé. No estoy segura de que hubiese podido dejar atrás todo para ser libre. La niña que fui si lo hubiese hecho. Tendría que ir a rescatarla. En algún lugar todavía vive. Los justos siempre se salvan.

Cómo el Kvech se robó Purim

marzo 22, 2016
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Extrañitos en el Paraíso, especial para chicos (y para el niño que todos llevamos dentro), presenta una adaptación libre y judaizada del famoso cuento en verso “Cómo el Grinch se robó la Navidad”, de Dr. Seuss sobre la traducción de Yanitzia Canetti.

kvech

Hace tiempo (y no es un chiste)

vivió un ser de mirada triste.

“Ma Pitom” fue el lugar

donde el Kvech escogió morar.

Los felices “mishiguenes” ahí vivían

y el Kvech con ellos reñía.

No se reía, siempre enojado,

le gustaba estar amargado.

Purim, stam, sin razón

odiaba de corazón.

Un Adar muy helado allá

se sintió el más rashá

y a Purim y sus mishlojim en cesta

quiso quitarles la fiesta.

Ese día tan kadosh

decidió arruinarlo, el potz.

“Nadie lo disfrutará

y el pueblo entero llorará

cuando vea mi travesura

que nadie espera sea tan dura.

Oy vei, cómo odio pensar

que matanot la evionim se van a dar

y todos juntos de las manos

bailarán como hermanos.

Mira, Mordejai ha tzadik,

me caes peor que la lluvia en un picnic

y estropear quiero tu plan

(ni creas que soy tu “fan”):

que nadie quiera tus mitzvot

ese será mi complot

 a ver si aprendes a no ser tan mentsh

y así apagar todo tu esh”.

En eso al Kvech se le ocurrió

una muy mala idea y sonrió.

“Este Purim debo evitar,

que lean la meguilá,

y que griten en “Haman”

y que no sean felices

y se llenen de lombrices.

Aunque quieran su simjá

Los vencerá mi jutzpá”.

De Mordejai se disfrazó

y a su perro convirtió

en un caballo narizón.

Con gran prisa entró a un shil

y actuó su plan ardil.

Con el rostro deformado

y el corazón más malvado

la jalá, la meguilá,

majatzit hashekel, la seudá

todo junto lo robó

y en su bolsa lo escondió:

Ve hal a nisim, los disfraces

el vino y el mishloaj…

los robó y dijo “shkoiaj”.

En eso lo sorprendió

una niñita que vio

lo que hacía el malvado ladrón

y con ternura dijo al bribón:

“Mordejai, no te lleves todo.

Quiero festejar y así no hay modo.

Por fa, querido Mordejai,

te prometo ser tzadiká,

pero no te lleves mi disfraz

ni mucho menos mi antifaz”.

El Kvech inventó una razón

y la niña de buen corazón

le creyó a quien vio disfrazado

de Mordejai, el tzadik admirado.

“Mira chiquita”, el malo mintió,

 “tu jag se arruinó.

Me lo llevo a arreglarlo

y vendré a regresarlo”.

La niña contenta quedó

y el muy cruel a otro lado partió.

en toda la villa de “mishiguenes”

hurtó los regalos y mitzvot

que a todos harían felices

y al faltarles, infelices.

Luego corrió a su casa sombría

a esperar que llegara la hora.

“Purim hoy por fin no tendrán

y reiré de cómo ellos llorarán”.

Pero en eso un sonido oyó

que de veras su mente turbó.

Eran risas y cantos de gozo…

¡celebraban con gran alborozo!

El Kvech entendía muy poco

o todos estaban muy locos

en lugar de desesperar

podían igual festejar.

Así, Purim no estaba en las tiendas

ni en las manos de el Kvech las riendas

de hacer que la gente que usaba kipá

se olvidara de Esther a Malká.

El Kvech así lo entendió

y ser tzadik por fin decidió;

regresó los mishlojim con prisa

y en mil caras brotó una sonrisa.

Lo mejor es que con esa lección

al Kvech se le curó el corazón

y se puso a reír y a bailar

y gritó muy fuerte en “Haman”.

Feliz día del qué me pongo

marzo 8, 2016

Son las cuatro de la mañana. Ayer planté geranios y melisas en el balcón. También hice cosas menos poéticas, como trabajar, limpiar un placard, meter tres tandas en el lavarropas y preparar hamburguesas para la cena. Pero eso mejor no decirlo, son cosas sin glamour que me hacen quedar como una mujer desventurada. Una mujer debe saber maquillar su cara y su vida para parecer interesante.

Ayer hice todo eso y a la noche fui a un bar mitzva. Cansada y con las uñas sucias por la tierra, me esmeré para arreglarme. No sé qué era más importante; si ocultar mis frustraciones o evitar que piensen que soy una dejada, pero pasé un buen rato frente al espejo tratando de disimular las manchas del sol con una base que me costó un ojo de la cara.

Creo que también trataba de borrar las ojeras que me dejó la semana que pasé de médico en médico. Durante esos días me revisaron, pidieron estudios, los repitieron. Entré en pánico mientras el técnico que me hacía el ultrasonido ponía caras imposibles de interpretar. Temblé esperando los resultados.

Me encontraron solo unas pequeñas piedras en la vesícula.

Disculpen que interrumpa el ritmo del texto con un dato tan preciso, pero me veo obligada a hacerlo para que no se queden con la intriga de mi estado de salud y así poder continuar con el relato sin tener que distraernos con consejos para eliminar aquellos cálculos. Aparte porque mi papá lee el blog y no quiero preocuparlo.

Tengo que volver a lo mío porque tengo poco tiempo, lo que quiero decir lo tengo que decir rápido, antes de que se cierre la ventana de la oportunidad. Por eso me desperté a mitad de la noche, para aprovechar el espacio de ensueño y resurrección que se abre entre la espera del Apocalipsis y los días en los que seguramente volveré a caer en la intrascendencia de la preocupación por los tres kilos de angustia que aumenté.

Es en este lugar en el que estoy parada hoy gracias al susto, en este puente entre la tragedia y la nada es en donde con mucha suerte y de vez en cuando las prioridades se reacomodan. Yo en este lugar hoy no dejo de recordar una historia:

Tenía trece años y un compañero de colegio me invitó a su bar mitzva. Los otros compañeros invitados llegaron tarde, por lo que al llegar no conocía a nadie. En esa época yo no tenía resuelto el tema de estar en una fiesta sola. Hoy ya sé que da lo mismo porque de todas maneras estamos siempre solos, pero en esa época me sentí mal y traté de pasar inadvertida, en un rincón.

Un grupo de chicas se destacaba por ruidoso y extravagante. Estratégicamente ubicadas cerca de la entrada, cada invitada que llegaba a la fiesta debía pasar a su lado. Ellas las inspeccionaban sin disimulo, señalando el atuendo o el peinado. El resultado siempre era el mismo: risas exageradas.

Una de esas chicas, quien sin duda era la líder del grupo de Hebraica, de golpe dejó de sonreír: en la entrada apareció una rubia que llevaba el mismo vestido que ella. Parece que en algunos círculos eso es una ofensa imperdonable. No sé si mi imaginación me engaña, pero creo que en ese momento hasta la música se detuvo.

El resto del grupo, que hasta el momento se había limitado a rendirle pleitesía a su líder, se formó como un ejército para la batalla y se acercó a la recién llegada.

No sé qué se habrán dicho, pero la discusión terminó cuando la rubia salió del salón.

-Fue a cambiarse de vestido -dijo mi compañera Paola, que aunque recién llegaba ya estaba al tanto de la situación.

Creo que aquellas chicas, aquella fiesta, aquella discusión por un vestido repetido, sólo sucedieron para que yo treinta años después, una madrugada recuerde la historia y tome nota mental de decirle a mi hija dentro de un rato, o dentro de unos años que nunca, pero nunca se deje confundir: Ella no es un vestido.

Hoy el mundo celebra el día de la mujer y yo no sé qué festejan. Supongo que el día del qué me pongo, porque con eso se identifican.

La obsesión absurda por el aspecto físico fue impuesta por los mismos a quienes quieren igualar en sueldo. Las feministas llevan décadas luchando para conseguir la igualdad y terminaron simplemente con otro mandato impuesto.

Compraron la idea equivocada de que verse bien equivale a estar bien, así que corren a comprar una blusa apenas se sienten un poquito deprimidas. Silencian el síntoma, pero no resuelven nada.

No somos nuestro aspecto físico y nuestro alma lo sabe. Poner tanto énfasis en un lugar equivocado nos hace perder el tiempo y la dirección. Una mujer inteligente que se saca una selfie en el espejo del ascensor ¿qué está festejando hoy? ¿que gasta horas y plata en uñas decoradas?

Como no sabemos quiénes somos realmente, nos inventamos una imagen y nos transformamos en una anécdota. Triste, porque seríamos más interesantes sin esforzarnos en aparentar nada.

Tenemos obligación de cuidar nuestro cuerpo (es halajá) y también hay normativas específicas acerca de la apariencia (no hablo de tzeniut, sino de la prohibición de vestir una ropa sucia o presentarse en público con mala cara, por ejemplo). Pero todo eso es para que podamos aparecer, no para que nos escondamos.

No sé ustedes, pero yo no quiero gastar mi paso por esta tierra aprendiendo el ahumado de ojos porque lo exige la moda. No me imagino que mi alma necesite un par de zapatos nuevos porque estos que tengo ya los usé en dos fiestas. En cambio sí me la imagino esforzándose por bajar alguna chispa Divina al mundo mientras el cuerpo se le interpone porque tiene que ir a la peluquería.

Usemos nuestro tiempo de manera inteligente. Vinimos a traer luz al mundo pero sin darnos cuenta nos dejamos encandilar por luces efímeras que no son nuestras. Nos desviamos, nos distraemos.

No sé qué es lo que tienen que hacer ustedes, cada una tiene un plan personal y yo apenas puedo sospechar el mío. Solo créanme esto: lo único importante es descubrir para qué nos han entregado la vida e ir detrás de eso.

Dejemos de preocuparnos por lo que parecemos. Se los pido, se los ruego. Empecemos a bajar el listón de la exigencia física.

Espero que en esta fecha, el año que viene, podamos festejar que no nos hacemos más las  interesantes sino que logramos genuinamente serlo. Tratemos de mostrarnos impecables, pero apegadas a nuestra esencia. Después de todo es lo único que nos va a salvar del bochorno, porque vestidos, podrán venir repetidos, pero neshamot, Hashem hizo una sola de cada estilo.

 

 

Sólo una fe de erratas

febrero 22, 2016

 

Hace un par de años la Real Academia Española -que legisla los cambios lingüísticos- decidió que la palabra “solo” dejara de acentuarse. Hasta ese momento esa palabra debía llevar tilde cuando podía ser reemplazada por “solamente”, es decir, cuando funcionaba como adverbio.

Esa regla evitaba frases confusas o ambiguas: “Sólo le pido a Dios” no significa lo mismo que “solo le pido a Dios”. A partir de ese cambio a los lectores nos resulta difícil distinguir si Pedro fue solo al cine porque lo plantaron los amigos o si fue solo al cine porque no le alcanzaba la plata para ir a cenar después.

Muchos protestamos por aquella resolución. La Real academia, para suavizar los enfrentamientos, dio un paso al costado y aclaró que la tilde pasaba a ser opcional. Para mí, que me gusta tener todo bajo control, ese fue un alivio parcial.

Parcial porque me presentaba otro dilema: ¿Cómo hacer para que la presencia o la ausencia de la tilde no se considerara una falta ortográfica? Eso no dependía de mí sino de la persona que leía el texto.

Lo solucioné de la siguiente manera: Si le escribía a quien yo suponía que estaba al tanto de las actualizaciones lingüísticas, el solo iba sin tilde, para mostrar que yo también estaba actualizada. En cambio, si mi interlocutor era alguien poco interesado en esos asuntos, el sólo iba acentuado, para que no pensase que tengo faltas ortográficas.

Me manejé en esa ambigüedad prejuiciosa con la creencia de haber solucionado el problema, hasta que escribí un libro y lo mandé a corregir.

La correctora, -una de las pocas personas que puede descubrir un error de tipeo tanto en “ilui nishmat” como en “Led Zeppelin”- me mandó un mail apenas recibió el manuscrito:

“Hay que decidir qué postura tomás con respecto al solo. A veces está acentuado y a veces no. Tiene que haber coherencia. Si bien la Real Academia ahora lo pone sin tilde, la mayoría de la gente “culta” lo sigue usando. Hacé lo que quieras pero con coherencia”.

Hacé lo que quieras, me dijo. Lo que yo quiero es vivir en mundo predecible y ordenado en donde las reglas ortográficas no cambian.

Cuando tengo que tomar una decisión y no veo claramente lo que debo hacer, uso una técnica que me ayuda a definirme: Me imagino a mí misma en el futuro soportando una u otra consecuencia de la decisión que debo tomar.

Esa técnica es eficaz cuando estoy a punto de comer una porción de torta y la Judi del futuro me avisa que todavía no puede sacarse ese kilo de encima. Me ayuda cuando quiero protestar porque mi marido dejó la cuchara jalabí del lado basarí y la Judi del futuro me avisa que ni recuerda cuál había sido la causa, pero sí sabe que se generó una lamentable pelea.

En este caso imaginé a la Judi del futuro -digamos dentro de treinta años- leyendo mi libro. No me importó que no le gustara ni que cuestionase algunos conceptos. En lo único en que me fijé fue en su reacción al llegar a los solos: sintió escalofríos al verlos acentuados.

Por lo visto en ese futuro que imaginé, nadie –ni yo misma- recordaba que en algún momento la regla había sido tildar esa palabra, por lo que la Judi del futuro lo entendió como una falta torpe y vergonzosa.

Al día siguiente le mandé mi respuesta a la correctora:

“Decidí que “solo” vaya sin tilde porque este libro va a quedar para la posteridad y será un clásico que se leerá dentro de cien años, cuando ya nadie utilice el solo tildado”.

Firmé, agregué tres caritas sonrientes para que supiese que estaba bromeando y me quedé tranquila: volvía a tener todo bajo control.

Hace unos días, la Real Academia Española admitió su derrota frente a la acentuación en “sólo”. Reconoció que los escritores y académicos lo siguen tildando y disimuladamente, se retractaron.

Al leer esa noticia envejecí diez años. Desde ese día me falta el aire y tengo pesadillas recurrentes en las cuales una letra “o” gigante me persigue para aplastarme.

Oi va voi, mi libro, está suelto por allí, repleto de faltas de ortografía y yo no puedo controlarlo.

Desesperada acudí nuevamente a la Judi del futuro que es mucho más sabia que yo: Primero se rió un buen rato, después me dijo que no había de qué preocuparse porque mi libro desde siempre había caído en el olvido y finalmente me reveló que con el tiempo yo iba a aprender a vivir con emuná shlemá y reconocer que todo lo que hace Hakadosh Baruj Hu es para bien aunque a mí no me gustara. Por último se despidió con un consejo:

-Está muy bien esforzarse para que las cosas salgan bien, pero nunca olvides que el resultado no está en tus manos.

Así que ahora sólo me queda esperar. Me tranquiliza saber que dentro de algunos años me volveré más flexible. Mientras tanto permítanme superar la culpa. Esto sólo es una fe de erratas.

 

 

Mujer judía

febrero 1, 2016

Mientras desayuna piensa que hubiese sido mejor hacer ejercicio. Mientras hace ejercicio piensa que hubiese sido mejor trabajar. Mientras trabaja piensa que hubiese sido mejor preparar el almuerzo. Mientras prepara el almuerzo piensa que hubiese sido mejor ir al hospital a visitar a un enfermo. Mientras va al hospital piensa que hubiese sido mejor lavar la ropa. Mientras lava la ropa piensa que hubiese sido mejor escuchar un shiur. Mientras escucha un shiur piensa que hubiese sido mejor cocinar para una parturienta. Mientras cocina para una parturienta piensa que hubiese sido mejor planchar. Mientras plancha piensa que hubiese sido mejor estudiar halajot de shmirat halashon. Mientras estudia halajot piensa que hubiese sido mejor llamar a una amiga que la necesita. Mientras llama a la amiga piensa que hubiese sido mejor hacer manualidades con sus hijos. Mientras hace manualidades piensa que hubiese sido mejor hacer las compras. Mientras hace las compras piensa que hubiese sido mejor empezar la limpieza de pesaj. Mientras limpia para pesaj piensa que hubiese sido mejor charlar con su hija adolescente. Mientras charla con su hija piensa que hubiese sido mejor coser el pantalón roto. Mientras cose el pantalón piensa que hubiese sido mejor llevar a los chicos a la plaza. Mientras está en la plaza piensa que hubiese sido mejor encaminar la cena. Mientras encamina la cena piensa que hubiese sido mejor preparar una torta para la fiesta en el gan. Mientras prepara la torta piensa que hubiese sido mejor salir a caminar con su marido. Mientras camina con su marido piensa que hubiese sido mejor dejar la cocina limpia. Mientras limpia la cocina piensa que hubiese sido mejor ir a la jatuná de la vecina. Mientras está en la jatuná  piensa que hubiese sido mejor tomar un té tranquila en casa. Mientras toma un té piensa que hubiese sido mejor preparar la clase de mañana. Mientras prepara la clase piensa que hubiese sido mejor irse a dormir temprano. Mientras se va a dormir piensa que mañana va a hacer todo mejor.

¡A la perinola!

diciembre 6, 2015
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Hace ya cuatro años de este post, espero poder contar algo distinto al final de este jánuca.

Dia uno: Media hora para contemplar las velas de jánuca. ¡Qué bueno! percibir su luz y dejar que me eleve. Ommm. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿dos minutos? Que no se note que ya estoy aburrida. Poné cara de iluminada. Cara de que entendés todo. De que el mundo cobró una dimensión diferente. Lo que me importa de verdad es que todos comen sufganiot menos yo. ¿Mando la dieta a freír churros? Claro, a la nena la disfrutamos todos. Ellos tienen una hermana. Él tiene una hija. Yo tengo que bajar diez kilos. ¿Cuántas calorías puede tener esa bola de grasa? ¡uy! cierto, las velas.

Día dos: Ah… qué bueno, mi media hora de conexión, de relax. Que hermosa la luz reflejada en la ventana. La imagen de mi familia reunida frente a las velas. ¿Por qué mi marido agarra así a la nena? Se le va a caer. No, no digas nada. Shalom bait. Pero. Querido. No, no te des manija, distraete. La nena. No le digas más “nena” a la nena, es mersa. ¿ese no era un programa viejo? ¿quién era? ¿Marilina o Mariquita? Seguro con Osvaldo Miranda. ¿Cómo me acuerdo? Ni siquiera había nacido. Muy bien, seguí así, pensando en otra cosa. Lograste vencer al ietzer.

-Querido, así se te va a caer la nena.

Día tres: Hoy si, hoy voy a lograrlo. Hoy voy a tener pensamientos altruistas. ¡Pero qué bochinche! ¿por qué mis hijos juegan así? ¡qué brutos! ¿no pueden jugar tranquilos? ¡Basta! Por poco me dan un castañazo. ¡cuidado! Casi tiran la velas. Se va incendiar la casa. Van a incendiar la casa, chicos. Vamos a tener que salir corriendo y quedarnos en la calle hasta que los bomberos apaguen el fuego. Para colmo con este chiflete. Con este tornillo, con este ofri. ¡Uy! ¿ya pasó la media hora?

Día cuatro: Erev Shabes. Otra historia. Hoy si que no saco los ojos de las velas. ¿Si pestañeo es tiempo de descuento? Dejá de pensar paparruchadas. Elevate. ¿pero en qué había que pensar? Siempre caigo en lo mismo. Vivo el día de la marmota. Películas. Pienso mi vida como en películas. Hoy es un día en el circo. Hoy un día en las carreras. Para colmo todo antiguo. Hasta mi vocabulario es viejo. Nadie dice más “tirame las agujas”. Nadie dice “papita pa loro” ¡Uy! la hora. Otra vez sopa.

Día cinco: Mejor ni lo intento. Motzaei Shabat es una causa perdida. Lo único que quiero es limpiar. ¿tengo un trastorno obsesivo compulsivo? No me gusta estar quieta. Quiero ponerme los guantes y terminarme los dos litros de lavandina. Todo está tan sucio ¿quién se puede concentrar así? Tranquilizate. Visualizá un lugar mejor. Ahí me veo. Paso el paño. Saco tierra. Con la escoba barro arena. Lavo platos. Seco copas. A lado de la heladera guardo el tacho y el spray. Mañana lo intento de vuelta.

Día seis: Jugamos al sevivón ¿cómo se juega al sevivón? ¿es así nomás? ¿adivinar la letra? Pei, pei, pei canta mi hijo mientras gira la perinola. Hacen competencia con cronómetro. Quiero que gane mi hijo más débil. ¿Lo sobreprotejo? Después me llaman del jeder para decirme su hijo tiene que hacerse más fuerte. Pei, pei, pei digo para alentarlo. Me toman para la chacota porque esa parte del juego ya pasó. Me aburre el sevivón. Me debe faltar tradición janukaiana. Te sé decorar un árbol pero me equivoco cuando canto Ma Oz Zur. ¿perdí? no entiendo ese chirimbolo. Juego muy bien al chinchón.

Día siete: ¡Oy! jánuca ¡oy! jánuca. La intención sigue estando. Vamos. Alabar y agradecer. No puede ser tan difícil. Quizá Hashem haga un nes para mi. Un día de alabanzas que valga para los ocho. Pensá en Ieudith. ¿qué hubieses hecho en su lugar? ¿hubieses resistido a los gringos que nos querían helenizar? Perdón, quise decir griegos. Yo me siento un poco helenizada. Mariaelenawalshizada.

Día ocho: Ya está. Me resigno. Perdí jánuca en medio del caos. Sobre todo mi cabeza. Se dispersa y termina recordando el día que bailé el carnavalito y se me cayó el sombrero. Deberías escribirlo en el blog. No. En el blog no. Al final siempre quedás como una cabeza de chorlito. En el blog hay que ser inspiradora ¿hay que ser inspiradora? Si para eso está el resto. ¿cuantos artículos de jánuca había en tu mail? Te leiste todo, te viste todo. Hasta esa parodia musical. Mejor no digas nada. Ocho días, media hora ¿a quién le importa? Ya fue.

 

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