Skip to content

Mujer judía

febrero 1, 2016

Mientras desayuna piensa que hubiese sido mejor hacer ejercicio. Mientras hace ejercicio piensa que hubiese sido mejor trabajar. Mientras trabaja piensa que hubiese sido mejor preparar el almuerzo. Mientras prepara el almuerzo piensa que hubiese sido mejor ir al hospital a visitar a un enfermo. Mientras va al hospital piensa que hubiese sido mejor lavar la ropa. Mientras lava la ropa piensa que hubiese sido mejor escuchar un shiur. Mientras escucha un shiur piensa que hubiese sido mejor cocinar para una parturienta. Mientras cocina para una parturienta piensa que hubiese sido mejor planchar. Mientras plancha piensa que hubiese sido mejor estudiar halajot de shmirat halashon. Mientras estudia halajot piensa que hubiese sido mejor llamar a una amiga que la necesita. Mientras llama a la amiga piensa que hubiese sido mejor hacer manualidades con sus hijos. Mientras hace manualidades piensa que hubiese sido mejor hacer las compras. Mientras hace las compras piensa que hubiese sido mejor empezar la limpieza de pesaj. Mientras limpia para pesaj piensa que hubiese sido mejor charlar con su hija adolescente. Mientras charla con su hija piensa que hubiese sido mejor coser el pantalón roto. Mientras cose el pantalón piensa que hubiese sido mejor llevar a los chicos a la plaza. Mientras está en la plaza piensa que hubiese sido mejor encaminar la cena. Mientras encamina la cena piensa que hubiese sido mejor preparar una torta para la fiesta en el gan. Mientras prepara la torta piensa que hubiese sido mejor salir a caminar con su marido. Mientras camina con su marido piensa que hubiese sido mejor dejar la cocina limpia. Mientras limpia la cocina piensa que hubiese sido mejor ir a la jatuná de la vecina. Mientras está en la jatuná  piensa que hubiese sido mejor tomar un té tranquila en casa. Mientras toma un té piensa que hubiese sido mejor preparar la clase de mañana. Mientras prepara la clase piensa que hubiese sido mejor irse a dormir temprano. Mientras se va a dormir piensa que mañana va a hacer todo mejor.

¡A la perinola!

diciembre 6, 2015
tags: ,
by

Hace ya cuatro años de este post, espero poder contar algo distinto al final de este jánuca.

Dia uno: Media hora para contemplar las velas de jánuca. ¡Qué bueno! percibir su luz y dejar que me eleve. Ommm. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿dos minutos? Que no se note que ya estoy aburrida. Poné cara de iluminada. Cara de que entendés todo. De que el mundo cobró una dimensión diferente. Lo que me importa de verdad es que todos comen sufganiot menos yo. ¿Mando la dieta a freír churros? Claro, a la nena la disfrutamos todos. Ellos tienen una hermana. Él tiene una hija. Yo tengo que bajar diez kilos. ¿Cuántas calorías puede tener esa bola de grasa? ¡uy! cierto, las velas.

Día dos: Ah… qué bueno, mi media hora de conexión, de relax. Que hermosa la luz reflejada en la ventana. La imagen de mi familia reunida frente a las velas. ¿Por qué mi marido agarra así a la nena? Se le va a caer. No, no digas nada. Shalom bait. Pero. Querido. No, no te des manija, distraete. La nena. No le digas más “nena” a la nena, es mersa. ¿ese no era un programa viejo? ¿quién era? ¿Marilina o Mariquita? Seguro con Osvaldo Miranda. ¿Cómo me acuerdo? Ni siquiera había nacido. Muy bien, seguí así, pensando en otra cosa. Lograste vencer al ietzer.

-Querido, así se te va a caer la nena.

Día tres: Hoy si, hoy voy a lograrlo. Hoy voy a tener pensamientos altruistas. ¡Pero qué bochinche! ¿por qué mis hijos juegan así? ¡qué brutos! ¿no pueden jugar tranquilos? ¡Basta! Por poco me dan un castañazo. ¡cuidado! Casi tiran la velas. Se va incendiar la casa. Van a incendiar la casa, chicos. Vamos a tener que salir corriendo y quedarnos en la calle hasta que los bomberos apaguen el fuego. Para colmo con este chiflete. Con este tornillo, con este ofri. ¡Uy! ¿ya pasó la media hora?

Día cuatro: Erev Shabes. Otra historia. Hoy si que no saco los ojos de las velas. ¿Si pestañeo es tiempo de descuento? Dejá de pensar paparruchadas. Elevate. ¿pero en qué había que pensar? Siempre caigo en lo mismo. Vivo el día de la marmota. Películas. Pienso mi vida como en películas. Hoy es un día en el circo. Hoy un día en las carreras. Para colmo todo antiguo. Hasta mi vocabulario es viejo. Nadie dice más “tirame las agujas”. Nadie dice “papita pa loro” ¡Uy! la hora. Otra vez sopa.

Día cinco: Mejor ni lo intento. Motzaei Shabat es una causa perdida. Lo único que quiero es limpiar. ¿tengo un trastorno obsesivo compulsivo? No me gusta estar quieta. Quiero ponerme los guantes y terminarme los dos litros de lavandina. Todo está tan sucio ¿quién se puede concentrar así? Tranquilizate. Visualizá un lugar mejor. Ahí me veo. Paso el paño. Saco tierra. Con la escoba barro arena. Lavo platos. Seco copas. A lado de la heladera guardo el tacho y el spray. Mañana lo intento de vuelta.

Día seis: Jugamos al sevivón ¿cómo se juega al sevivón? ¿es así nomás? ¿adivinar la letra? Pei, pei, pei canta mi hijo mientras gira la perinola. Hacen competencia con cronómetro. Quiero que gane mi hijo más débil. ¿Lo sobreprotejo? Después me llaman del jeder para decirme su hijo tiene que hacerse más fuerte. Pei, pei, pei digo para alentarlo. Me toman para la chacota porque esa parte del juego ya pasó. Me aburre el sevivón. Me debe faltar tradición janukaiana. Te sé decorar un árbol pero me equivoco cuando canto Ma Oz Zur. ¿perdí? no entiendo ese chirimbolo. Juego muy bien al chinchón.

Día siete: ¡Oy! jánuca ¡oy! jánuca. La intención sigue estando. Vamos. Alabar y agradecer. No puede ser tan difícil. Quizá Hashem haga un nes para mi. Un día de alabanzas que valga para los ocho. Pensá en Ieudith. ¿qué hubieses hecho en su lugar? ¿hubieses resistido a los gringos que nos querían helenizar? Perdón, quise decir griegos. Yo me siento un poco helenizada. Mariaelenawalshizada.

Día ocho: Ya está. Me resigno. Perdí jánuca en medio del caos. Sobre todo mi cabeza. Se dispersa y termina recordando el día que bailé el carnavalito y se me cayó el sombrero. Deberías escribirlo en el blog. No. En el blog no. Al final siempre quedás como una cabeza de chorlito. En el blog hay que ser inspiradora ¿hay que ser inspiradora? Si para eso está el resto. ¿cuantos artículos de jánuca había en tu mail? Te leiste todo, te viste todo. Hasta esa parodia musical. Mejor no digas nada. Ocho días, media hora ¿a quién le importa? Ya fue.

 

Una noche imperfecta

noviembre 26, 2015
by

Lo que viví en Argentina fue impresionante.

Llegué ayer a Israel, estoy cansada, con el horario dado vuelta e intentando poner un poco la casa en orden (entre otras cosas encontré un shnitzel quemado en el microondas).

Bli neder contaré aquí algunas historias (voy a exprimir la experiencia hasta su última gota), pero por ahora solo puedo agradecer a quienes nos acompañaron y compartir lo que pasó con quienes no pudieron estar en el evento:

En realidad la noche comenzó varios días antes. Las extrañas movilizamos a un batallón. El marido de Karina instaló luces y soportó estoicamente los parloteos femeninos. Erica encargó las tortas, consiguió faroles para poner junto a la pileta, me regaló un chiste para el discurso. Karina compró antorchas, millones de flores y probó sin descanso la ubicación de la alfombra.

Esa tarde Andi, Caro y yo ensayamos y probamos sonido. Pasamos varias horas preparándonos y divirtiéndonos:

El evento debía comenzar a las ocho y media.

A las ocho en punto ya teníamos todo listo.

A las ocho y diez se largó una tormenta y tuvimos que reorganizar todo.

Por lo menos quedaron las fotos como testimonio de lo hermoso que estaba el lugar:

02

Trabajamos mucho el ha kol le tová (todo es para bien) y aceptamos que la noche iba a ser más imperfecta de lo planeado: Adriana, nuestra primera invitada nos ayudó a entrar y secar las sillas. Erica creó un “living MTV” en diez minutos.

Empezó a llegar la gente.

Largamos.

Cada una de nosotras dio un pequeño discurso (el mío no tan pequeño, perdón). Después Andi leyó el texto “Escenas en un centro comercial” y nos hizo desternillar de risa. Estrella improvisó “Las cinco etapas del duelo de las mujeres a dieta” y se ganó nuestros aplausos.

Para quien quiera sufrirlo, pego a continuación mi discurso. Quien quiera evitarse el aburrimiento que lo salte y siga leyendo más abajo.

Hace 14 años que no volvía a Argentina. Estoy en una montaña rusa emocional (o montaña turca, como ustedes prefieran). Antes de viajar les pedí a mis amigas que estuviesen atentas, porque podían pasar dos cosas: iba a estar encendida o iba a estar apagada. Las posibilidades eran que podía pasar mi visita en estado automático, apagada, sin conectarme con mis emociones, actuando como un robot: “hola mucho gusto pase el siguiente” o podía estar desbordada por las emociones, encendida:  “wow mis sobrinos por fin conocí a mis sobrinos, ay Santa Fe y Callao no puedo creer que estoy en Santa Fe y Callao, uy qué emoción, una birome bic.

Podía inundar la ciudad con lágrimas o con apatía, pero en ninguno de los dos casos iba a poder hacer lo que vine a hacer. Y como viajé más de 12000 kilómetros para eso, tengo que estar muy atenta para no desperdiciar la oportunidad.

Qué es eso tan importante que vine a hacer, se preguntarán ustedes. No vine a presentar el libro, no vine de vacaciones, y no vine a comer fugazetta.

Vine a conectarme.

Hace un tiempo descubrí que lo único que me importa es la conexión: la conexión a internet. No. En serio: la conexión conmigo misma, saber quién soy, qué tengo que hacer; la conexión con los otros, reconocer a la otra persona, establecer un vínculo auténtico;  y por supuesto la conexión con Hashem, que es para lo que vinimos al mundo.

Sara Yoheved Rigler dice en uno de sus libros que solo dos actitudes son posibles: o estamos conectados o estamos desconectados, no hay nada en el medio, no hay grises. Yo siento que de alguna manera tengo un pie en cada lado. De a ratos  estoy conectada, de a ratos desconectada.

Me preguntaba el otro día mientras lavaba los platos (gran parte de mis revelaciones las tengo mientras lavo los platos, por eso no tengo lavavajillas)  qué es lo que hace que yo salto de un lado a otro, qué factor influye para que a veces esté presente y consciente de lo que rodea, y a veces me vaya al otro extremo, me distraiga, no me entere.

La respuesta a simple vista parecía no tener relación con el tema: descubrí que a mí lo que me conecta y me desconecta tiene que ver con el miedo al ridículo, la vergüenza y las ansias de perfección.´

Para que la conexión, en cualquiera de sus niveles, suceda hay que permitir que se nos vea, que se nos vea realmente. Para conectarme conmigo misma tengo que aceptarme como soy; para conectarme con los demás tengo que mostrarme tal como soy y para conectarme con Hashem tengo que hacerme cargo de ser como soy, hacerme cargo de las herramientas con las que Él me mandó al mundo.

Estos tres son lugares muy vulnerables en donde a mí no me gusta estar.  

Lamentablemente yo he vivido detenida por esas ansias de perfección la mayor parte de mi vida. Hacer cualquier cosa de una manera menos que perfecta no era suficiente. Y si uno piensa que todo lo que hace tiene que ser perfecto, uno termina no haciendo nada.

Todo mi trabajo personal últimamente está enfocado hacia allí porque en algún momento tuve que reconocer que esa tendencia al perfeccionismo me detenía, me hacía desperdiciar mi vida. Hoy puedo decir que soy una perfeccionista en recuperación: “hola me llamo Judi y hace tres años y doce días que acepto que hago las cosas imperfectamente”.

Quiero contar una historia que explica de qué manera la vergüenza y el miedo al fracaso me detenían. Es una historia mínima, pero que sirve como ejemplo.

Para poder contarla tuve que pedirle permiso a mi amiga Karina porque ella aparte de ser  la dueña de esta casa y amiga mía desde la adolescencia, también fue protagonista de este cuento.

Hay que viajar en el tiempo para contar esta historia. Karina y yo éramos adolescentes. Si toman una dosis de omega 3 quizá puedan imaginarlo. A Karina y a mí nos gustaba cantar. Muchas noches nos quedábamos en su casa creyéndonos Hilda Lizarazzu, improvisando canciones frente a un micrófono imaginario.

Un día Karina convenció al cantante de una banda para que nos aceptase como coristas. El grupo se llamaba Freecandeu, tocaban bastante mal y ensayaban en un garage con olor a humedad. A nosotras no nos importaba porque cuando nos dijeron que podíamos formar parte del grupo nos sentimos estrellas de rock. Estábamos cumpliendo nuestro sueño. Nuestra actuación era bastante pobre, deslucida, en algunos temas decíamos la la la, en otros uuu, y nada más. Nunca nos dieron letra, ni siquiera nos dieron una pandereta.  

Un día Freecandeu consiguió una fecha para tocar en un pub. Nos  pusimos contentas, para nosotras era como si nos hubiésemos convertido en Fabiana Cantilo, nos compramos ropa, ensayamos (los u u u nos llegaron a salir muy bien) y la noche del estreno nos vestimos y maquillamos con mucha ansiedad y nervios, como yo hice esta tarde para el evento (un poco menos tzanua quizá, pero con las mismas ganas).

Llegamos al pub, nos paramos detrás del escenario mientras el grupo se organizaba, probaba sonido, enchufaba los instrumentos. Cuando la gente empezó a entrar a mí empezó a entrar el pánico. El ataque del “para qué”. Para qué cantar, para qué ponerse en ridículo, para qué exponerse, para qué tenemos que hacer algo que seguramente nos va a salir mal. Para qué para qué y para qué.

El monstruo de la vergüenza y el miedo al ridículo se había apoderado de mí y no había con qué detenerlo. El pub ya estaba lleno, la gente esperaba el show, los músicos salieron al escenario- Yo transpiraba. Karina dio un paso para salir a escena cuando sonaban los primeros acordes. Yo la agarré del  brazo, la arrastré hasta la puerta y nos escapamos en un taxi.

No sé si alguna vez Karina pudo perdonarme que yo haya truncado su carrera. Sin aquel ataque de miedo, muy posiblemente ella hoy fuese como Adele (porque ella sí canta bien). Aprovecho esta noche para pedirle perdón y espero alguna vez poder recompensarla, reparar la pérdida que le causé. Sin embargo yo estoy agradecida por aquella noche Freecandeu porque gracias ella aprendí la lección que me llevó a escribir este libro, a publicarlo y a viajar 12.000 kilómetros veinte años después, a presentarlo frente a ustedes.

Esa paranoia, que hoy llamo ietzer hará, ese “para qué” ese miedo al fracaso es un enemigo que yo me dedico a enfrentar. Aprendí que en la tradición judía cuando algo -cualquier cosa, buena o mala-, nos sucede, el judío no pregunta lama ¿por qué? Sino ¿le ma? ¿para qué? pero esa pregunta tiene que venir después, nunca antes. Si la hacés antes te detiene y eso impide que puedas descubrir la respuesta que estaba oculta en el camino. No se puede entender hacia dónde se dirige uno a menos que ya se esté en marcha. Si yo me preguntaba para qué escribir antes y no después de hacerlo, nunca hubiese averiguado la respuesta.

O sea que yo aprendí -o estoy tratando de aprender-,  que mi trabajo personal es animarme a equivocarme, atreverme a hacer el ridículo a superar el miedo al qué dirán. No dejar que el miedo y las ansias de perfección me detengan.

En la época de Feecandeu yo creía que tenía que esperar a estar lista para hacer las cosas. Con el tiempo aprendí que las cosas se hacen  cuando uno no está listo. Uno nunca está listo para nada. Ni para escribir un libro, ni para se madre, ni para se esposa (con esto último mi marido está de acuerdo). Yo ya estoy reconciliada con la idea. Yo y Hashem, porque entendí que Hashem no espera la perfección, espera el proceso.  

Las cosas que no hice por dejarme atrapar por ese ietzer hará se me quedaron atragantadas. Fueron muchas y durante muchos años, créanme. Les ponía cualquier nombre: no tengo tiempo, no sé hacerlo, no vale la pena. La verdad era siempre la misma: tengo miedo al fracaso, tengo miedo a que se vean mis partes menos perfectas.

Sé que muchas de ustedes me entienden y en este mismo momento están pensando en alguna de sus cuentas pendientes.  

Hay una investigadora americana, Bené Brown, que estudió específicamente este tema y descubrió que hay dos clases de personas, por un lado están quienes tienen el coraje de aceptarse imperfectos y por el otro lado quienes no. Lo que diferencia a los primeros –que resultaron ser más capaces, felices y productivos- de los segundos fue que tienen son personas que sienten compasión por sí mismos. No se castigan por cada error o desacierto.

Este libro, es un esfuerzo para pasarme al otro lado, al de la gente que se acepta en su totalidad. Y también lo es pararme aquí frente a ustedes. Yo quiero recordar esta noche como la noche en la que no me escapé en un taxi, la noche en  que me animé a mostrarme vulnerable.

Para conectarse uno tiene que ser auténtico. Ser auténtico implica dejar ir la idea de lo que creemos que debemos ser y mostrarnos como somos.

La conexión en su máximo exponente está representada por los trabajos que se realizaban en el Beit Hamikdash, el templo de Jerusalem.

Todos esos trabajos eran trabajos de conexión con Hashem. Uno de esos trabajos era el que se hacía con incienso, el Ketoret. Un  incienso compuesto por 11 especias: 10 que huelen maravillosamente, más una llamada Jelbena, que por sí sola huele mal,  pero que cuando es mezclada con las otras especias, no solo pasa a oler bien, sino que intensifica el aroma de cada una de las otras. El Jebena es esencial para el incienso.

Jazal, los sabios de Israel, enseñan que el Ketoret representa a Am Israel: las 10 especias que huelen bien representan a los justos a los tzadikim, y la que huele mal, al malvado. Y eso nos enseña que la avodat Hashem  solo es posible con la unión de su pueblo.

Yo, descaradamente me atrevo a llevar esa enseñanza para otro lado, al lado de las midot, cualidades personales. No todos nuestros aromas son tan agradables, pero nuestra completitud es la única manera que tenemos para ofrecernos. Enteros. Siendo un todo. Aceptando nuestras virtudes y nuestros defectos.

Con esto no quiero decir que nos tenemos que conformar y dejar de mejorar, tirar la chancleta, rendirnos ante nuestros defectos. Simplemente digo que  tenemos que dejar de castigarnos por no ser perfectos.

Y eso es lo que pretendo de esta noche, un encuentro desde la autenticidad. Que mostremos lo que somos, sin vergüenza, sin miedo al qué dirán. Que dejemos de sacarnos fotos con filtro. Quienes somos es lo único que tenemos para pasar por esta vida y no nos está permitido detenernos ni por el miedo, ni la vergüenza ni por las ansias de perfección. Les pido que nos animemos, disfrutemos de esta noche y de esta vida, conectándonos desde quiénes somos, perfectamente imperfectas.

Después, mientras charlabamos y tomábamos café con torta, dejó de llover así que decidimos correr el riesgo de volver al jardín para no quedarnos con las ganas.

Trasladamos el show afuera. Las hicimos trabajar a todas, nadie se salvó de cargar sillas. Yo dejé que el resto se quedase, pero en realidad el espectáculo era solo para mí, que por primera vez tenía la oportunidad de escuchar en vivo a Caro.

Para resarcir la fuga a la que aludo en mi discurso y que truncó la carrera musical de mi amiga Karina, Caro nos invitó a participar en su nuevo tema “Puentes Levadizos” que va a ser parte de su próximo disco. Nosotras, caraduras, subimos al escenario para arruinarle su impecable actuación haciéndole los coros.

Por suerte después subió a cantar Andrea Citwar, que (ella sí) acompañó maravillosamente a Caro.

Y esta fue nuestra noche imperfecta.

Mejor no pudo haber salido.

Gracias por haber venido o por haber leído.

Las extrañas queremos agradecer mi papá que retiró los libros de imprenta y nos ayudó a resolver muchísimas cosas; a Inés que nos consiguió el flete; a Yoel que ayudó en los preparativos y corrió bajo la lluvia para rescatar las sillas; a Estrella que leyó maravillosamente mi cuento; a Andre, que aparte de cantar, se ocupó de la venta de libros; a Dalia que hizo el cartel para la mesa de venta y en especial al templo de Moldes, que nos prestó las sillas (gracias Romina). 

Las fantásticas fotos son de Libi Chaskielberg.

El libro Oi va voi se puede conseguir en la librería Mazal Tov: Moldes 2495 o poniéndose en contacto con Andi: andiw@fibertel.com.ar

Que no se corte

noviembre 23, 2015
by
Para las amigas que compartieron este viaje (no me olvidé de nadie,
pero no a todas supe cómo incluirlas en el cuento).

 

Ver por primera vez a Andi. Ascensores con puertas tijera. El reencuentro con Caro. La vida cerca de la familia. Mis amigas Erica y Karina. Escribir un post en computadora ajena. Conocer a Andrea, Vero, Aldana, Emi, Laila y Dalia. Envolver las tartas con doble film. Shlishit con Vicky, Liby, Estrella, Miriam. Los hijos de los amigos como sobrinos. Una noche de tormenta sorpresiva. Producir cosas con mis amigas. Pensar en cómo ubicar las luces. Encargar tortas. Conseguir sillas. Una tarde de Shabat tirada en el pasto. Tefilá frente a la pared azul del cuarto. La fugazetta lista para la valija. Dormir cuatro horas por día. Los chicos de Moldes a la salida. Que el taxista hable castellano. El miedo a los cuchillos arrastrado desde Israel. El bife de chorizo en El Galope. Hacer cosas distintas cada día. Perderme en Belgrano. Burlarme de que digan mucho dale. La política y sus garras para el majloket. Poner piedras en la tumba de mi suegra. Volver sola bajo el sol de Tablada. Encontrarme en la calle por casualidad con Caro. La culpa por mentir para hacer sonar mejor la frase. Cantar Malena con mi abuela y su Alzheimer. Decir mucho gusto sin extender la mano. Adriana sacando las sillas bajo la lluvia. Mi cuñada llorando en la presentación. Ser estafada en un telecentro. Transformar el peso a shekels para entender el pago. No tener tiempo  ni para un mate. Ver a mi hija saltar por skype. Un termo con dibujos raros. Un sweater rojo. El sushi de Shuly. Los besos de los sobrinos. Malas noticias de viejos amigos. Sentirme querida. Filmar la cuadra de Loreto. La deuda de un encuentro con Leonor. Llorar por el reloj cucú en el consultorio. Vaciar las cajas de mis libros olvidados. Meter en la valija el de Muzzio dedicado. Ocho cajas de Sucesso. La carta sorpresa que me envió Ruth Shira. Esther Adina haciéndome llorar con su prosa. Una foto con Alejandro Dolina. Un té en un bazar frondoso. La bolsa de mercado de mi suegro. Un curso para quienes viajan a Argentina. No escribir durante catorce días. Haber dado. Haber recibido. Muchas más amigas. El golpe en el mármol cuando me reía. Encontrar a Hashem en todos lados. Ver el terrorismo desde lejos. Lectoras que ya no juegan a la escondida. El café de la mañana en taza de vidrio. El baile de Hanna y Numi de despedida. Los besos de Rujama. Las jalot de Caro. Treinta cuadras caminadas en buena compañía. El humor de Erica. La ayuda imprescindible de Andre. El cartel pixelado que se colgó a la entrada. La intervención de Aldana. Una discusión por flores disecadas. Los chistes del pasado. La anécdota de Nano cuando mata a un picaflor. La historia del vestido de terciopelo verde que escribiré algún día. La foto sacada desde el balcón. El primer y el último abrazo de Andi. La casa abierta de los Falkon. Las antorchas como broma y quedaron. Cantar en público. La cama extendida cada mañana. Los regalos que me obligaron a sumar maleta. Mi marido al mediodía buscando a mi hija en el gan. La media manchada por baldosas flojas. El chiste de shemá entero o shemá ha la mitá. La historia inconclusa de Napoleón. Karina en la puerta diciendo adiós. Mi cuñada nueva, mi cuñada vieja. Cinco sobrinos en el corazón. La tía Mati en su estudio de madera. Esconder la plata en un cajón. La noche larga que pasé despierta. El cuadro de Ariel en una casa ajena. La mamadera a Noam en mi ex sillón. El libro de Aira de Pizarnik. Una camisa verde. Tres billeteras. Las bufandas tejidas con tanto amor. Las charlas con mi padre detenidos en el tránsito. La seguridad de mi elección. Una noche imperfecta que me llenó de vida. La discusión por la alfombra y su dirección. Un dentífrico blanqueador. Los faroles al borde de la pileta. La frase de Groucho traducida al judaísmo. El Smartphone como adicción. Acompañar a Nuria al micro a la esquina. Comprar en Jumbo desodorante Dove. Upalala, un nombre para la empresa. Vender los libros a Mazal Tov. El predictivo que firma Valle. Registrar que todo conduce a la llegada del Mashiaj. Aceptar que hay cosas que no podemos controlar. La muestra de Roldán. El ballotage. Cruzar las vías. El robo de yumis en el campamento. El sufrimiento por una fe de erratas. Que abran un bar solo para mí. La historia del pie del señor del flete. Las señoras manchadas con crema en el evento. Las fotos de Libi. Llegar a Sucre, encontrarlas a ellas. No recordar el código de desactivación. Ganas de llevarle un asado a mi marido. La peluca colgada en la manija de la puerta. El ensayo de Caro en japonés. Desearle a alguien suerte con la rodilla. La cucaracha versión pará adumá. Una forma zen de perder el tiempo. La emoción compartida cuando llegó el día. La lista de libros para Mijal. Dos invitadas llegando un día antes. Unas que gastan y otras que no, en kerastase. Vivir en el cuarto de Eitan por dos semanas. No haber llegado a conocer a Jaia. La deuda con Daniela, te debo el café, nena. Una extrañeza en mi corazón. La conexión.

Todo esto tengo y me lo llevo.

Chau Argentina, que sea hasta luego.

Listas, preparadas… ya!

noviembre 18, 2015
by

¡No se suspende por lluvia! Las esperamos a todas.

face (1)

Gran evento gran

noviembre 17, 2015
by

Estamos con todas las ganas y a full con los preparativos.

¡Vengan todas!

(la dirección se pasa por privado)

face (1)

Coraje, canejo

octubre 19, 2015
by

Aprendí que el coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él.

Nelson Mandela

Escribo esto un día horrible, una semana horrible, un mes horrible. Ayer había empezado a relajarme porque tuvimos un día tranquilo, pero a la noche fue el atentado en Beer Sheva y volví a los niveles astronómicos de ansiedad con los que vivo estos días.

Me dormí llorando porque cometí el error de ver el video del atentado. Y cometí el error de leer las noticias. Y cometí el error de ver la foto del soldado muerto y la del eritreo a quien confundieron con un terrorista. Y si uno comete esa serie de errores no queda otra opción más que irse a dormir llorando. A esta altura, después de 40 atentados, ya debería saberlo.

Hasta hace un mes salía de casa con el gas pimienta en la cartera. En estos días lo llevo en la mano, y cuando paso por el parque en donde jardineros árabes trabajan con sierras eléctricas, lo llevo listo para disparar.

Mi marido dice que exagero. Que no es para tanto. Que perdí la proporción de las cosas. Y yo le creo. Pero también sé que se equivoca.

Se puede ser cobarde y valiente al mismo tiempo.

Soy cobarde porque en la calle camino mirando para todos lados, sobre todo hacia atrás; esos monstruos salvajes asesinos atacan por la espalda. Pero soy valiente porque tengo la seguridad de que defendería a mis hijos con mi vida si tuviera que hacerlo.

Soy cobarde porque dejé de ir a la verdulería y en cambio hago el pedido por teléfono. Pero soy valiente porque no querría estar en ningún otro lado, Israel es mi casa.

Soy cobarde porque me sobresalto si me choco de sopetón con alguien en una esquina. Pero soy valiente porque jas ve jalila, estaría dispuesta a hacerle frente a un terrorista.

Soy cobarde porque se me acelera el pulso cuando escucho helicópteros o sirenas. Pero soy valiente porque a pesar del caos, le sigo contando el cuento a mi hija.

Soy cobarde porque paso gran parte del día con miedo. Pero soy valiente porque sigo mandando a mis hijos a estudiar, ir a casa de sus amigos, seguir con sus vidas.

Soy cobarde porque de noche tengo pesadillas. Pero soy valiente porque al día siguiente me despierto y empiezo de nuevo, con una sonrisa.

Soy cobarde porque estoy asustada. Pero soy valiente porque soy judía.

Am Israel jai ve kaiam.

bandera

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 203 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: