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Desemprender

abril 26, 2018
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El último cling de mi teléfono celular me trae un mensaje de motivación. Ya me cansa leerlo, y todo el esfuerzo que tengo que hacer para estar así, como me pide el mensaje.
You Tube, Instagram, Facebook, Ted, Mindfulness, Coaching. Es pecado no querer estar motivada?
No quiero perseguir el éxito, no quiero ser asertiva ni resiliente. No me quiero “empoderar”.
No quiero ser empática.
Quiero tirarme a dormir con mi pijama y fracasar.

Estoy convencida de que la fórmula del éxito es permitirse no intentarlo y dejar que los miedos me paralicen. Aunque repito, no estoy buscando ninguna fórmula. No quiero llegar a ninguna parte, solo quiero quedarme quieta y no ir a ningún lado. No quiero que me digan que no piense en nada. No quiero que respirar se convierta en un arte. Y mucho menos el de vivir.

Quiero educar a mis hijos con una chancleta, con premio y castigo, con la penitencia, y que coman dulce de leche. Es que ya no soy dueña de mis hijos, porque frente a cada circunstancia estoy pensando qué diría Maria Montessori o el Dr. Gonzalez. Cuando quiero hacerlos dormir pienso en cómo haría Estivil y después escucho el cuchicheo de todos los “anti-duérmete-niño” persiguiéndome por el pasillo en penumbras.

Desde cuándo Waldorf dejó de ser
ensalada para convertirse en el método mas prometedor de educación en las escuelas?
Es que somos un batallón educando a mis hijos, no creo en mí, en mi intuición, en mi ser Madre?, por qué mi “maternaje” vive en cuestión?. Y si como me educaron a mi esta bien?. Y si repetir no esta mal?.

Por lo mismo que para dibujar necesito Pinterest, para relacionarme Watsapp y Facebook, para ver que hacen otros Instagram. Y hasta para aprender un instrumento uso un tutorial. No es casual que nos vayamos a dormir cansados sin haber hecho nada. Es porque estamos en nueve millones de lugares por minuto y no estamos en ninguna parte. Por eso cuando tenés un minuto libre vas a la pantalla y no abrís la ventana para que el sol te pegue en la cara o el viento te vuele las pestañas.

Por eso necesitas un curso sobre como volver a ser quien sos, porque te perdiste de vos misma creyendo que no sabes. Pero sí sabes, sabes mas que nadie. Mas que el mejor psicóterapeuta, porque estas hecha con el material de Hashem, y Hashem es perfecto. Si bajas el volumen de la duda, de la queja, de mirar a los otros, vas escuchar tu propia verdad. Te lo digo yo, que sos vos misma.

Persigue tu vigilia

abril 22, 2018
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El plan
Hoy a la mañana me invitaron a un curso sobre cómo llevar a cabo tus sueños.
Durante la noche mi bebé de un año tuvo fiebre por lo cual cada hora y media estuve levantándome para atenderlo. Cada vez que lloraba él, temblaban mis planes de vigilia.
El día comienzaría mandando a todos al colegio, después yo iría al curso.
Después del curso tendría que buscar a todos mis hijos para almorzar algo rápido e ir al oftalmólogo para hacerles el fondo de ojos.
Para aprovechar también saqué turno con el dentista del mayor por lo cual iríamos luego todos juntos al dentista del mayor con los ojos borrosos.

La comedie
Trato de hacer varias cosas al mismo tiempo, lavarme los dientes, cambiar el rollo de papel higiénico mientras tanto viene un hijo diciéndome que necesita una curita y el otro llorando que se la quiere poner él. El otro que no quiere que se la ponga el otro y el bebé gateando hacia el inodoro. Yo vengo del cuarto con la peluca bajo el brazo, y un clip en la boca, -“Vayyy, Nvooo!!”-. cuando intento detener al bebé se me cae la peluca en el inodoro.

Embutida
Tengo que dejar el almuerzo preparado porque no tengo tiempo de hacerlo y ellos no van a tener mucho tiempo para comerlo. Esto es lo mas coherente del día, una comida que se hace rápido se come rápido.
Elijo salchichas. En eso recuerdo que estoy en el chat grupal de recetas en el cual las mujeres se la pasan haciendo comidas espectaculares y sacándole fotos. Yo, ex naturista-macrobiótica, estoy parada frente a una ollita con salchichas. Les saco una foto para enviarla al chat. No lo hago. Me siento una salchicha.

Casi
Para ir al curso necesito estacionar mi auto y no hay ningún lugar disponible. Hoy no puedo ni siquiera empezar a plantear las metas para lograr mis sueños porque no puedo llegar al curso. Tengo que hacer el curso sobre cómo llegar al curso para luego poder ir al curso.
Tercer vuelta a la manzana que doy. Si lo dejo en cualquier parte me ponen una multa. Las cosas en este mundo tienen un orden. -“Une place pour un juif, une place pour un juif!”- Segulá para conseguir aparcar que me enseño una señora francesa. Nada. Todas las participantes del curso estan a punto de acariciar sus sueños, y yo. Yo no tengo sueños lo que tengo es sueño.

Feliz día del qué me pongo

marzo 9, 2018

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Este post es de hace dos años. Algunas cosas cambiaron, otras siguen igual.

 

Son las cuatro de la mañana. Ayer planté geranios y melisas en el balcón. También hice cosas menos poéticas, como trabajar, limpiar un placard, meter tres tandas en el lavarropas y preparar hamburguesas para la cena. Pero eso mejor no decirlo, son cosas sin glamour que me hacen quedar como una mujer desventurada. Una mujer debe saber maquillar su cara y su vida para parecer interesante.

Ayer hice todo eso y a la noche fui a un bar mitzva. Cansada y con las uñas sucias por la tierra, me esmeré para arreglarme. No sé qué era más importante; si ocultar mis frustraciones o evitar que piensen que soy una dejada, pero pasé un buen rato frente al espejo tratando de disimular las manchas del sol con una base que me costó un ojo de la cara.

Creo que también trataba de borrar las ojeras que me dejó la semana que pasé de médico en médico. Durante esos días me revisaron, pidieron estudios, los repitieron. Entré en pánico mientras el técnico que me hacía el ultrasonido ponía caras imposibles de interpretar. Temblé esperando los resultados.

Me encontraron solo unas pequeñas piedras en la vesícula.

Disculpen que interrumpa el ritmo del texto con un dato tan preciso, pero me veo obligada a hacerlo para que no se queden con la intriga de mi estado de salud y así poder continuar con el relato sin tener que distraernos con consejos para eliminar aquellos cálculos. Aparte porque mi papá lee el blog y no quiero preocuparlo.

Tengo que volver a lo mío porque tengo poco tiempo, lo que quiero decir lo tengo que decir rápido, antes de que se cierre la ventana de la oportunidad. Por eso me desperté a mitad de la noche, para aprovechar el espacio de ensueño y resurrección que se abre entre la espera del Apocalipsis y los días en los que seguramente volveré a caer en la intrascendencia de la preocupación por los tres kilos de angustia que aumenté.

Es en este lugar en el que estoy parada hoy gracias al susto, en este puente entre la tragedia y la nada es en donde con mucha suerte y de vez en cuando las prioridades se reacomodan. Yo en este lugar hoy no dejo de recordar una historia:

Tenía trece años y un compañero de colegio me invitó a su bar mitzva. Los otros compañeros invitados llegaron tarde, por lo que al llegar no conocía a nadie. En esa época yo no tenía resuelto el tema de estar en una fiesta sola. Hoy ya sé que da lo mismo porque de todas maneras estamos siempre solos, pero en esa época me sentí mal y traté de pasar inadvertida, en un rincón.

Un grupo de chicas se destacaba por ruidoso y extravagante. Estratégicamente ubicadas cerca de la entrada, cada invitada que llegaba a la fiesta debía pasar a su lado. Ellas las inspeccionaban sin disimulo, señalando el atuendo o el peinado. El resultado siempre era el mismo: risas exageradas.

Una de esas chicas, quien sin duda era la líder del grupo de Hebraica, de golpe dejó de sonreír: en la entrada apareció una rubia que llevaba el mismo vestido que ella. Parece que en algunos círculos eso es una ofensa imperdonable. No sé si mi imaginación me engaña, pero creo que en ese momento hasta la música se detuvo.

El resto del grupo, que hasta el momento se había limitado a rendirle pleitesía a su líder, se formó como un ejército para la batalla y se acercó a la recién llegada.

No sé qué se habrán dicho, pero la discusión terminó cuando la rubia salió del salón.

-Fue a cambiarse de vestido -dijo mi compañera Paola, que aunque recién llegaba ya estaba al tanto de la situación.

Creo que aquellas chicas, aquella fiesta, aquella discusión por un vestido repetido, sólo sucedieron para que yo treinta años después, una madrugada recuerde la historia y tome nota mental de decirle a mi hija dentro de un rato, o dentro de unos años que nunca, pero nunca se deje confundir: Ella no es un vestido.

Hoy el mundo celebra el día de la mujer y yo no sé qué festejan. Supongo que el día del qué me pongo, porque con eso se identifican.

La obsesión absurda por el aspecto físico fue impuesta por los mismos a quienes quieren igualar en sueldo. Las feministas llevan décadas luchando para conseguir la igualdad y terminaron simplemente con otro mandato impuesto.

Compraron la idea equivocada de que verse bien equivale a estar bien, así que corren a comprar una blusa apenas se sienten un poquito deprimidas. Silencian el síntoma, pero no resuelven nada.

No somos nuestro aspecto físico y nuestro alma lo sabe. Poner tanto énfasis en un lugar equivocado nos hace perder el tiempo y la dirección. Una mujer inteligente que se saca una selfie en el espejo del ascensor ¿qué está festejando hoy? ¿que gasta horas y plata en uñas decoradas?

Como no sabemos quiénes somos realmente, nos inventamos una imagen y nos transformamos en una anécdota. Triste, porque seríamos más interesantes sin esforzarnos en aparentar nada.

Tenemos obligación de cuidar nuestro cuerpo (es halajá) y también hay normativas específicas acerca de la apariencia (no hablo de tzeniut, sino de la prohibición de vestir una ropa sucia o presentarse en público con mala cara, por ejemplo). Pero todo eso es para que podamos aparecer, no para que nos escondamos.

No sé ustedes, pero yo no quiero gastar mi paso por esta tierra aprendiendo el ahumado de ojos porque lo exige la moda. No me imagino que mi alma necesite un par de zapatos nuevos porque estos que tengo ya los usé en dos fiestas. En cambio sí me la imagino esforzándose por bajar alguna chispa Divina al mundo mientras el cuerpo se le interpone porque tiene que ir a la peluquería.

Usemos nuestro tiempo de manera inteligente. Vinimos a traer luz al mundo pero sin darnos cuenta nos dejamos encandilar por luces efímeras que no son nuestras. Nos desviamos, nos distraemos.

No sé qué es lo que tienen que hacer ustedes, cada una tiene un plan personal y yo apenas puedo sospechar el mío. Solo créanme esto: lo único importante es descubrir para qué nos han entregado la vida e ir detrás de eso.

Dejemos de preocuparnos por lo que parecemos. Se los pido, se los ruego. Empecemos a bajar el listón de la exigencia física.

Espero que en esta fecha, el año que viene, podamos festejar que no nos hacemos más las  interesantes sino que logramos genuinamente serlo. Tratemos de mostrarnos impecables, pero apegadas a nuestra esencia. Después de todo es lo único que nos va a salvar del bochorno, porque vestidos, podrán venir repetidos, pero neshamot, Hashem hizo una sola de cada estilo.

 

 

Mamita querida

enero 18, 2018
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¿Qué día es hoy? Ah, jueves. Uy. Jueves. Mi día de cocina. ¿Cómo va a ser? Me gustaría saberlo de antemano. Vengo tan ciclotímica últimamente. Ya no se escucha que alguien es ciclotímico. Ahora usan bipolar. Pero no es lo mismo. Ahí estoy. Otra vez corrigiendo. La maestra siruela. Ciclotímico y bipolar no son sinónimos. ¿Escuchan alumnos? Son dos patologías diferentes. ¿Qué me creo? ¿psicóloga? Sólo porque en el secundario leí El olvido de nombres propios no pierdo oportunidad para mandarme la parte: “Freud recordaba los nombres Boticelli y Bolrtaffio en vez de Signorelli”. Impresionante. Que culta. ¿Por qué yo no puedo recordar el nombre del personaje de Cien años de soledad? Ese, el del enamorado de Remedios, la bella. Desde hace meses intento recordarlo. Podría googlearlo y analizar las causas del olvido. Ahí está: Mauricio Babilonia. A ver. Asociemos. Mi tío Mauricio. A su esposa le decíamos “tía papa frita” ¿no me acuerdo ese nombre porque quiero comer papas fritas? Nah. O sí. Veamos qué pasa con Babilonia. Babilonia Bar. Los amaneceres que me encontraron en la calle Humahuaca. ¡Herr! ¡Ahí está! Por eso todo el día le canto a mi hija La vaca de Humahuaca. Es eso. Me olvidé del nombre del personaje porque me siento la vaca de Humahuaca. A pesar de que ya era abuela, un día quiso ir a la escuela. Igual tengo que dejar de cantarla. Mi marido me pidió que cambiase el repertorio. Ahora le canto La mona Jacinta. Pero no sé la letra y canto cualquier cosa. Igual creo que tampoco le gusta. A veces pienso que no soy tan buena esposa. Eso que soy muy de cortar el teléfono cuando entra. Muy de manual de shalom bait. “Te dejo que llegó mi marido”. Pero no estoy segura de que él quiera que corte. Quizá prefiere un rato tranquilo antes de que yo empiece con las quejas. Soy una profesional de la queja. No hay nada que me venga bien. Si no me ayuda, me quejo. Y si me ayuda, me quejo por cómo lo hace. Ahora me pregunta antes de hacer nada. Pero eso también me pone nerviosa. Para colmo no me sé explicar:

–¿Querida, ¿cómo lo hago?

–¿Hacelo con el coso del cajón de los cubiertos –le digo.

–¿El coso? ¿qué coso?

–El curimpl ese.

–¿Cuál?

–Eseee. Al lado del smtzmnssss.

–¿Qué?

–Dejá que lo hago yo.

Y todavía me enojo. Ya tengo esas cosas. Repito todo veinte veces. No termino las frases. Entro a la pileta por las escaleras. Ya no me tiro de cabeza. El colmo va a ser cuando me salpique de a poquito los brazos para irme aclimatando. ¿Cómo llegué a esto? Ah. Mi día. Que qué día tendré, me preguntaba ¿Será uno de esos jueves productivos en los que a las siete ya tengo listo el pollo, el kuguel, los tomates disecados? Y el pescado asado. El salmón. Como Calamaro. No como calamares. Ah. Y los ajíes al horno. Ajíes. En mi casa le decían morrones. Morrones me suena a Pepitito Marrone. Cheeeeeeeeee. ¿era comunista pepitito? También decía “¡Mamita querida!”. Mamita querida. Hoy es el iortzait de mi madre. Por eso debo estar tan sensible. Con miedo a enfermarme. ¿Soy hipocondríaca? En el último mes fui tres veces al médico. Y una al cardiólogo, que también era el doctor de mi mamá. Me dijo antes de despedirme: “esta semana pensé en su madre”.

No quise decirle que yo pienso en ella todo el tiempo.

El caso de la esvástica en twitter

enero 9, 2018
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Este post contiene imágenes sensibles.

El otro día abrí twitter y lo primero que vi fue una esvástica.

No me sorprendió la esvástica en sí, porque se imaginan que no es la primera que veo. Ni siquiera me sorprendió haberla encontrado en twitter, porque sigo varias cuentas que se ocupan de luchar contra el antisemitismo y muchas veces aparece ese signo nefasto. Lo que me sorprendió fue el contexto: la esvástica aparecía colgada en la pared de la casa de una escritora. Ella publicó una foto para mostrar su cartera o para que disimuladamente se viesen en el margen de la foto los premios que ganó. No sé lo que ella quería mostrar, pero yo vi una esvástica.

En algunos aspectos de la vida soy ingenua y en otros me esfuerzo en ejercitar el músculo de lekaf zejut (dar el beneficio de la duda), más que nada porque sé que de la misma manera en la que nosotros juzgamos al prójimo, así somos juzgados en el shamaim. Estudié esas halajot y soy conciente que la gravedad implica tanto juzgar para mal a quien es reconocido por comportarse bien, tanto como juzgar para bien a quien es un reconocido rashá.

No estoy autorizada para ser daian en un beit din y mucho menos para decidir quién es rashá o tzadik, por lo que me mantengo en la postura más moderada (midat jasidut): A una persona promedio (ahí nos encontramos la mayoría ¿verdad?)  o a un desconocido, se lo juzga favorablemente.

Quizá el único sentido de haber estudiado diseño gráfico fue haber podido reconocer inmediatamente el póster en la pared de la escritora. Es un póster de Cabaret -película que transcurre en la época en la que nazismo ascendía en Alemania- en donde cuatro piernas forman una esvástica. Recordé que en la universidad dedicamos más de una clase a analizar su doble sentido y estudiar la trayectoria de su diseñador –Wiktor Gorka- artista de culto en Polonia. También sé que es un póster famoso, caro y difícil de conseguir. Me esforcé por pensar que por alguna de esas razones snob aquella escritora lo tiene en su casa.

No me gusta ver antisemitismo donde no lo hay.  Por ejemplo, recuerdo que defendí a la diseñadora de Zara cuando hace unos años desatinadamente pusieron a la venta un pijama de niños que remitía a la vestimenta en los campos de exterminio.

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Estoy convencida de que no había allí un mensaje intencional. Podría justificarlo diciendo que no le conviene a ninguna multinacional declararse abiertamente antisemita, pero unos años atrás Zara puso a la venta un bolso con una esvástica en su estampado, así que ellos mismos me desmienten.

Sin embargo en el caso del pijama puedo dar el beneficio de la duda porque sé cómo se trabaja y cómo se pierde el control en los diseños (además en la estrella amarilla se leía la palabra sheriff): Primero al director creativo se le ocurrió la ingeniosa idea de un pijama inspirado en un sheriff del lejano oeste. Después, el jefe de producción pidió que se usase la tela en stock, a rayas. El gerente de marketing se empeñó en que fuese del color de temporada. El gerente general le hizo sacar al diseño el típico pañuelo en el cuello porque no le gustaba. Listo, entre todos recrearon la vestimenta de Auschwitz. Seguramente no había un judío en el staff, porque un judío sí se hubiese percatado de la triste coincidencia.

En uno de los últimos episodios de Comedians in Cars Getting Coffee, Jerry Seinfeld entra a un lugar en donde hay una réplica de un dirigible Hindenburg, señala la cola del dirigible y le comenta a su entrevistada que en donde se ve una cruz, antes había una esvástica. Después de la guerra la sacaron, dice compungido.

Continua el episodio, a los pocos minutos van por la carretera y Seinfeld señala el logo de una empresa de mudanzas:

-Eso parece el logo de la SS en un uniforme nazi.

-Oh, sí –concede su entrevistada.

-Los judíos siempre estamos buscando esvásticas -agrega- por eso cuando recién vi ese Hindenburg fui directo a buscarla. Yo quiero ver mi esvástica -dice sin sonreir.

Tiene razón Seinfeld. Los judíos  las buscamos como un soldado atento a las bombas en un campo minado. Las buscamos  para no quedarnos dormidos, porque sabemos que sin nos distraemos podemos ser asesinados.

Ya lo he dicho anteriormente, no me gusta ver antisemitismo donde no lo hay. Lamentablemente no quedan muchos lugares donde mirar. Si existiese el Esvástica Go sería mucho más fácil de jugar que el Pokémon Go. Están en todos lados.

Aquí unos pocos ejemplos sólo de las últimas semanas:

El periodista Diego Batlle entrevistó a Steven Spielberg para el diario La Nación  y se quejó de los comenarios antisemtias que recibió su nota.

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El partido izquierda unida repudia con este cartel la visita de Obama a España.españa

 

Un billete Argentino en circulación estos días.

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La tumba de César Jaroslasvky profanada en Entre Ríos.

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No pido que quienes no pertenecen a nuestro pueblo sean concientes de las tragedias que nos sucedieron. No pido que les duela como nos duele a nostros y ni siquiera les pido que les caigamos simpáticos.

Sólo pido que tengan cuidado y no sean ingenuos. En esta época se está de un lado o se está del otro. No ayuden a derribar las murallas de Jerusalem. Sólo pido eso.

Y que saques ese poster de tu casa.

 

Día 38: Química de Iom Kipur  

septiembre 27, 2017
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Kipur, otra vez.

Extrañas en el Paraíso

En el bar de mi colegio había una zona perfecta para escaparse de clase. Era una mesa en la esquina del segundo piso que no se veía desde la puerta del bar ni desde ningún otro sector de la planta baja. Nunca supe si los preceptores eran demasiado haraganes para subir las escaleras del buffet y comprobar si había alumnos en esa zona, o si en realidad sabían que estábamos allí, pero nos dejaban como premio por haber descubierto un punto ciego en el edificio.

En cuarto año a mí me pareció buena idea pasar todas las horas de Química leyendo en aquella mesa del bar. Me interesaba más Borges que la Tabla Periódica y a la profesora de Química no parecía importarle quien estaba o no en su clase, ni siquiera pasaba lista.

El sistema parecía perfecto: un día antes de los exámenes de Química yo estudiaba los apuntes…

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Casa de pájaros

mayo 3, 2017
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La casa de pájaros está inclinada. Uso la baranda del balcón como referencia y calculo que el poste que la sostiene ya estará a unos 60 grados. Me pregunto cuánto tardará en caerse. Hace doce años estaba a 90 grados. Podría hacer la cuenta, pero no tengo ganas.

Me preocupa mucho el poste. Apenas noto que el paisaje de fondo cambia en primavera. Están cosechando y el campo queda tramado: una franja verde, una marrón. En cambio en verano la vista es monocromática.

Me apuro a pasar la lista de temas. Escucho únicamente mis canciones preferidas porque sólo me queda media hora en la piscina. Una parte de mí se iría en este preciso instante, pero me obligo a permanecer en el balcón y despedirme de la música. Después de Pesaj no podré escuchar música por un año.

A lo lejos se escucha el bullicio de las niñas que  juegan a salpicarse y de las madres que hacen malabarismos con los salvavidas. La piscina está rodeada de ventanales espejados y más allá un balcón mal protegido. Allí estoy, en la punta más alejada, frente a la casa de pájaros.

No puedo soportar la idea de que el poste se venza y la casa se caiga. Estoy desolada.

Los años en los que hacía veinte largos de crol en la piscina y luego me sentaba allí a descansar, la casa estaba erguida y los pájaros de pico naranja se resguardaban en sus paredes de madera. Después la casa comenzó a inclinarse. No recuerdo si fue el año en el que me senté allí recién salida de la sala de operaciones  o el año en que me senté allí durante un difícil posparto, pero sí recuerdo que la inclinación era cada vez más evidente y que los pájaros que llegaban eran apáticos y amarronados.

No puedo dejar que la casa se caiga.

Me pongo de pie y me asomo. No es mucha la distancia que me separa del suelo. Si me cuelgo de la baranda sólo tendría que dar un pequeño salto. Si cruzo hasta la escalera que está en la otra punta alguien podría seguirme con la mirada y preguntarme para qué bajo. Examino los pro y los contra. De ninguna manera quiero llamar la atención.

Me decido por las escalera y bajo. Sería peor si me descubren descolgándome por el balcón. Además llevo la carta de la shivá en la manga. Si me llegan a preguntar, en lugar de explicar la misteriosa e impostergable necesidad de detener la caída de la casa de pájaros, puedo decir que acabo de pasar los siete días de duelo por mi padre. Eso parece explicar todo.

En realidad no explica nada.

Las crocs se me llenan de tierra y se me pegotea la planta del pie. Me detengo al ver una lagartija y espero a que se esconda entre las piedras. Traspaso la valla y llego al poste.

Apenas lo toco, se balancea. Me pongo en cuclillas para examinar la base. Me quedo un rato así, haciéndome la ingeniera. Pongo una piedra al pie del poste. No sirve. Tendría que ser una piedra enorme para que funcionara de tope. Entonces sostengo el poste con la mano derecha y con la izquierda relleno el espacio vacío con tierra. La aplasto con el monte de la luna de mi mano. Cuando siento que la tierra está firme, suelto el poste. Se inclina con fuerza.

Compruebo que el poste quedó más inclinado.

La casa de pájaros se va a caer.

Hay cosas que pasan y no se puede hacer nada.

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