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Personajes de guerra

julio 11, 2014
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Todas estas palabras no sirven mucho, yo sé muy bien que viene un viento y se lleva todo lo que querés.

Camila Moreno

Dentro de la seriedad, la gravedad y la tristeza de lo que estamos pasando en Israel, todavía queda un pequeño lugar en el que podemos seguir riendo.

Todo es gracioso hasta que deja de serlo.

Mientras tanto, para bajar el stress y ahuyentar un poco el miedo ofrezco este catálogo incompleto e inservible de distintos personajes que abundan durante estos días.

 

El noticia bomba

Está informado de todo, todo el tiempo. Cuántos misiles cayeron en la última hora y cuántos fueron interceptados por la cúpula de hierro. Desayuna leyendo dos diarios con la radio de fondo. En su navegador actualiza continuamente las pestañas del Haaretz, The Times of Israel, Arutz7 y la CNN. Desde que comenzó la escalada de violencia él no trabaja, no estudia y desde hace días no se puede mantener una charla normal con él.

-Rubén ¿fuiste al super? –le pregunta su mujer por teléfono.
-Todavía no. Alerta en Dimona.
- ¿Vas a poder ir más tarde?
-Si, en cuanto anuncien el próximo movimiento estratégico.
-Bueno, recordá comprar una escoba.
-Parece que vamos a entrar por tierra.
-Yo llego un poco más tarde hoy.
-Está bien. Ahora Haifa.
-Nos vemos después
-Beer Sheva
-Te quiero, un beso
-yo tambeit Shemesh.

 

La precavida puntillosa

Tiene un bolso preparado al lado de la puerta con una linterna, un kit de emergencias y una radio. Sabe de memoria las instrucciones del ministerio de seguridad y las repite antes de que cada integrante de la familia salga de casa. Compró una lámpara LED, muchas pilas y tres packs de agua. Si durante la alarma los vecinos del cuarto piso bajan hasta el tercero, es ella la encargada de señalar que deben bajar un piso más. Durante un viaje en bus va visualizando todos los posibles refugios del camino, por si tiene que bajar y buscar resguardo. De noche obliga a su marido a cumplir turnos de guardias y aunque haga 38 grados, ella se niega a cerrar las ventanas y encender el aire acondicionado, por si no escuchan la sirena. Después de cada alerta roja repasa mentalmente los pasos dados, busca los errores cometidos y se promete hacerlo mejor la próxima vez. Se enorgullece de sí misma por ser una mujer responsable sin sospechar que en realidad es más neurótica que un personaje de Woody Allen.

 

El panfletario

Esta es su oportunidad para cambiar el mundo y no piensa perderla. Viene con un subidón de adrenalina desde que empezó el conflicto. Como él no es general del ejército, ni político, ni Jack Bauer, lo único que le queda son las redes sociales. Aprovecha la sed de información para largar su propaganda. No se priva de ser morboso o meter miedo y ni siquiera se preocupa por ser minucioso con la información que otorga. Más de una vez publicó una noticia falsa y tuvo que retractarse. Armó una fan page promoviendo la interrupción de la electrícidad y el suministro de agua en Gaza y se propone llevarlo a la kneset apenas llegue a los mil likes. Se involucra en discusiones infértiles con antisemitas declarados y cree que demostrando que las fotos usadas como masacre en Gaza son las mismas que las de  la matanza de Siria, los va a hacer cambiar de parecer. Publica artículos larguísimos que nadie lee explicando la estrategia que las fuerzas armadas deberían estar siguiendo. Comenta en los diarios de jutz l´haretz bajo el seudónimo de “Santo de la Verdad” con la esperanza de que el editor se arrepienta de su línea editorial y declare en primera plana que a partir de hoy  no ofrecerá información tendenciosa.

 

El ha kol min hashamaim

Ha kol min ha shamaim vive abstraído en su propio mundo y no quiere ni enterarse de lo que está pasando. Planea un viaje a la playa a pesar de que desde hace tres días están bombardeando en la zona. Ni siquiera sabe en dónde está el refugio en su edificio y cree que a cualquiera que intente protegerse le falta emuná. Si alguien nombra la cúpula de hierro, él se limita a decir que la única protección viene de Hashem y se despacha con un diatriba sin fundamento que viene repitiendo desde hace años y que le sirve para defender tanto su vagancia para buscar trabajo como su descuido para ir al médico. La realidad es que le faltan ganas de hacer su hishtadlut. Es el rey del menor esfuerzo y no quiere que se altere su tranquilidad. Nunca y por nada. Si está haciendo las compras en el momento de una alerta, sigue mirando la fecha de vencimiento del queso con la misma concentración que si estuviera estudiando física cuántica.

 

La Andrea del Boca

Le encanta que los misiles hayan llegado a su ciudad, porque en general no tiene la oportunidad de ser protagonista. Víctima o heroína, a partir de ahora, la guerra pasa por ella. Si postergan el examen final a causa de los ataques hace un escándalo en la facultad y se va llorando porque la guerra le arruinó su carrera. Después de cada alerta roja, lo primero que hace es llamar a sus amigas para contar -paso a paso- cómo vivió la sirena. No le importa disfrazar un poco la anécdota para agregarle suspenso y exagera los detalles, como cuando contó que del apuro dejó la canilla abierta y el fuego encendido y se le inundó y se le incendió toda la casa. Secretamente espera que un misil caiga en su edificio–sin lastimar a nadie – para poder salir en las noticias. En lugar de compadecerse por la pareja que tuvo que interrumpir su casamiento por un bombardeo, ella los envida fervientemente , pensando que  tienen la mejor historia de su vida.

 

refugio

 

 

Baruj Dayan HaEmet

julio 1, 2014
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b

Dolor

junio 30, 2014

“Am Israel ha demostrado que puede participar del tzaar del prójimo, que sabe empatizar con el sufrimiento ajeno. Todo esto es loable pero no es suficiente. [...]

Rabbi Shimon Alster.

 

No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero a mí me resulta muy difícil entender el dolor cuando no lo estoy sintiendo. Lo que sí hago es conmoverme, inquietarme.

Como cuando mi hija viene llorando con la rodilla sangrante. Lo que hago es recordar que una vez me dolió al cortarme con un cuchillo y transferir esa idea. Casi como una ecuación matemática: si aquella vez a mí me dolió tanto, a ella le debe estar doliendo esto otro. Eso si. Lo que no puedo, aunque lo intente, es sentir lo que ella está sintiendo.

Y es distinto recordar el dolor que sentir el dolor.

El recuerdo puede callarse, distraerse. Hago tefilá,  pronuncio llorando esos tres nombres y al rato estoy preparando el desayuno, concentrada en las tostadas y en el té, porque las tostadas las veo, las toco. El dolor no.

El dolor hay que sentirlo, y cuando lo sentís no se detiene, se instala y no te lo podés sacar de encima aunque quieras. No lo sacudís como las migas del mantel.

Así están esas tres madres, sintiendo continuamente ese dolor como si fuese un trapo en llamas en el cuerpo. Lo sienten cada minuto, cada segundo. Yo lo imagino.

Como hace unas semanas, cuando apenas me enteré del secuestro y me imaginé que ese dolor yo no lo soportaría, entonces le pedí a mi marido que, lo aleinu, si alguna vez nos tocaba pasar por algo parecido, que a mí me durmiese, que me induzca a un estado de coma. Y él en lugar de intentar consolarme, decirme que esas cosas no suceden así de fácil o mentir diciéndome que soy una mujer fuerte, me preguntó de dónde sacaría él las pastillas y yo le contesté lo primero que se me ocurrió, que se las pida a Mónica, la farmacéutica, que seguro en un caso así podría ayudarnos. Y después de un rato, después de pensarlo mejor, le dije que no se preocupara, que de eso se iba a encargar el gobierno, que lo último que iba a querer en esa situación hipotética es a una madre aullando como un lobo corriendo hacia Gaza.

El dolor lo imagino. Lo imagino al ver el #bringbackourboys en un cartel del colectivo y lo dejo de imaginar apenas empiezo a mirar las vidrieras de Geula. Lo imagino leyendo el estado de las tropas en Gaza y lo dejo de imaginar al escuchar el pronóstico del tiempo. Lo imagino de a ratos, lo suficiente como para no sentir culpa cuando me hago la manicura.

La verdad es que no sé si eso sirve para algo. Un  dolor verdadero, no me atrevo a sentir.

Esta tragedia debería comprometerme a nivel personal. La única manera de lograrlo es que –por lo menos un poco- me duela. En serio. Salir de la comodidad de mi vida y dar un paso hacia adelante. Hacer algo que cueste. Algo que no tenga ganas de hacer. Un cambio para elevar la kedushá en mi vida. Un cambio que me haga formar parte de un pueblo merecedor de la redención. Un cambio que produzca un efecto. Eso es mesirut nefesh. Hacer un esfuerzo. Y que duela.

Saboteadores anónimos

junio 19, 2014

Quien haya intentado llevar a cabo algún proyecto, ya sea ínfimo, tal como organizar una fiesta de cumpleaños, o grandioso, como crear una fundación de ayuda para niños con cáncer, sabe que apenas comience su emprendimiento se va a enfrentar a un ejército de papanatas que le van a complicar las cosas.

Estos seres se lanzan contra nuestros emprendimientos como un toro contra la capa del matador. Por eso ofrezco aquí un pequeño catálogo de saboteadores perfectos, para que cuando los veamos venir, evitemos sus embestidas como si fuésemos Manolete.

Y olé.

 

El crítico

De entrada te hace saber que el proyecto no tiene futuro porque a nadie le interesa el medio ambiente. Cuando ya lograste que la municipalidad instale contendedores para botellas de plástico, te dice que no vale de nada ocuparse del plástico si no se resuelven los desechos electrónicos. El día en que ofreces una charla para educar e informar a los interesados, se sienta en primera fila e interrumpe cada dos minutos para decir que si ya pagamos los impuestos, de todo eso se debería ocupar el gobierno o que le estamos haciendo el negocio a las empresas multinacionales que se ocupan de la recuperación de los residuos. Cuando en cada cuadra, por incentivo de los vecinos, se designa una zona para el reciclaje orgánico, presenta una denuncia en la secretaría de planeamiento. Cuando se publican las cifras de la reducción de emisión de gases y ahorro de energía del último año, asegura que conoce a alguien que trabaja manipulando datos. El día que te entregan el premio Nacional al interés comunitario, te da una palmada en el hombro mientras exclama casi a los gritos “estos premios están arreglados”.

 

La descomprometida

La función para recaudación de fondos del jardín de su hija no le importa demasiado, pero ella no puede soportar quedar afuera de nada, así que apenas termina la reunión de padres, se acerca a la directora teatral y se ofrece como protagonista de la obra. La directora se pone feliz de que una mujer tan linda y popular vaya a participar en el proyecto, pero su entusiasmo empieza a decaer cuando al tercer ensayo ella todavía no se aprendió la letra. Cuando se le pregunta por qué no fue a la prueba de vestuario contesta riendo que si piensan que están haciendo una obra del San Martín. No llega a los ensayos a tiempo, o directamente no aparece, pero cuando se le ofrece que dejar el papel en manos de la madre de Muriel, que alguna vez tuvo un personaje secundario en una novela de la tarde, hace un escándalo digno de Joan Crawford. Cuando se olvida de llevar su traje, culpa a la vestuarista, por no recordárselo. Cuando el iluminador le pide que se quede unos minutos más para la prueba de luces, le dice que no tiene tiempo. En el ensayo general avisa que van a tener que cambiar el día de la representación, aunque ya estén todas las entradas vendidas, porque se olvidó que justo tiene curso de Reiki

 

El burócrata

Es contador en una empresa de importación de neumáticos, pero como también tiene una parte soñadora, te llama apenas se entera que estás buscando un socio para poner un Bed & Breakfast en Brasil. Te cita en un bar del microcentro a la hora del almuerzo y cuando llega te da la mano formalmente y pone tres carpetas sobre la mesa. Lo primero que te dice es que estuvo analizando el mercado, y que no está convencido de que sea una buena inversión. Te muestra estadísticas y gráficos de barras que parecen comprobar su teoría y cuando le mostrás la foto de la pequeña hostería que unos amigos te ofrecieron a precio inmejorable en Fernando de Noronha, se la queda mirando despectivamente mientras comenta que el nivel de turismo de esa zona decrecerá en los próximos cuarenta años. A partir de ese día comienza a mandarte mails con los títulos “estandarización centralizada de los procedimientos” o “clasificación de los componentes empresariales” y se comunica con su abogado para que inmediatamente redacte un boceto de contrato de sociedad. Cuando intentás abrirte de su compañía, te hace saber que él ya se comunicó con el dueño, que le envió los formularios correspondientes y que si no se aclara la firma dudosa de una escritura antigua, aunque ese tema haya prescripto hace diez años, de ninguna manera se llevará a cabo la operación.

 

La entrometida

A la entrometida le sobran ideas y ganas, pero le falta foco. En lugar de encausar la energía para que un proyecto prospere, ella logra que una idea se disperse y se vaya desgastando hasta perder toda la fuerza. No pide permiso para involucrarse en los emprendimientos ajenos. Apenas se entera que el martes se va a dar un shiur de kashrut en tu casa, te llama para proponerte que lo hagan en la casa de Shoshana, que tiene más espacio. Llama a la rabanit Kuguelsky y le avisa que el shiur no puede durar más de media porque ella tiene intención de sumar al rab Anito para que explique el revisado de verduras y a un experto del ministerio de salud para que nos actualice sobre el lavado del pollo. De puro entusiasta cuenta sus ideas apenas se le ocurren y se olvida de retractarse cuando cambia de parecer. Por eso hay quienes creen que el shiur va a se pago, que cambió de día,  que se van a recaudar alimentos para las familias pobres, que se pospuso o se suspendió.  El día anterior llama otra vez a la rabanit para avisarle que como va a ser la única disertante, la clase  tiene que durar por lo menos una hora y le propone cambiar el tema, porque kashrut está pasado de moda. Al final, el martes, quedás sola con la rabanit, rezando para que llegue alguna de las veinte que te habian confirmado antes de la intervención de la entrometida, que, por lo cierto, te avisa por mensaje de texto que le va a ser imposible llegar porque está organizando el kenes de shmirat halashon.

 

Entonces quedamos así

junio 11, 2014

De todas las convenciones sociales, la que menos me gusta es el saludo. Primero porque me parece una pérdida de tiempo. Segundo porque muchas veces quedo desorientada. Y tercero porque en general la manera en que me saludan no tiene nada que ver conmigo.

-¿Qué hacés tri trí? -me saluda una amiga, a lo Minguito.
-¿Que acelga? –me siento obligada a contestar otra paparruchada
– Yo viento ¿y bost…?
-¡Basta! –la interrumpo antes de que sea demasiado tarde.

Además, siempre meto la pata. Como la vez que alguien, en un impulso espontáneo decidió sorprenderme:

-¿Quién soy? –me preguntó tapándome los ojos.
-¿Renata?
-Nooooo, soy alguien que te quiere muchooooooooo
-¿Shimona?
-Daleeeee, amigaaaaaaaa
-¡Clarisa!
-¡Ey! soy tu re re re amiga del alma
-¿Sandra?
-Noooooo. Soy yo ¡Dalma!
-¿Quién?

Les confieso que sufro. Si veo venir a una vecina, empiezo a transpirar analizando la situación ¿tenemos el grado de relación como para detenernos a charlar en la calle o alcanza con un chau al paso? Lo peor es si ella decide hacer de cuenta que no me conoce y sigue de largo.

Detesto quedar pagando. Como la vez que alguien venía saludando desde la distancia y yo, por pura educación, respondí el saludo que estaba dirigido a la persona que venía detrás de mí. Aunque intenté disimular arreglándome el peinado, creo que se dieron cuenta de mi blooper porque escuché carcajadas a mis espaldas.

Además habría que ser sociólogo para reconocer las diferencias de costumbres según la nacionalidad. Por ejemplo, en Israel nadie se saluda con un beso, pero una, por inercia latina, lo recuerda tarde, cuando ya se está abalanzada sobre la otra, quien horrorizada intenta escabullirse y extendernos la mano para dejar las cosas claras.

Les digo, no quiero saludar más, A veces no voy a fiestas para ahorrarme el momento de la llegada. Estoy segura de que en el gueinom se saluda con una ronda de besos. Chuik, muak, muak, chuik, chuik chuik muak. Listo, has cumplido tu condena.

Y no crean que es mucho más fácil con los finales. No me gustan las despedidas, dicen todos. Mentira. Aman las despedidas, sino no se entiende por qué las hacen tan largas. Cortar una charla telefónica puede llevar lo mismo que la digestión del chunt.

-Bueno, me tengo que ir
-Ja ja, como dijo perico, yo me las pico
-Ja  ja, si, chau
-Dale, andá
-Nos vemos
-Solo recordame el día de la reunión.
-El martes, te dejo, che
-Bye
-Bye
-¿Este martes o el de la semana que viene?
– ¡Este!  me voy que se me hace tarde
-Dale, que la pases bien
-Dale, gracias
-Cuidate
-Hablamos mañana
-Beso
-hablamos
-Beso
-Chau
-….
-Entonces quedamos así.

Cuatro casas sin historia

junio 6, 2014
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Gavilán

La mueblería de Bilardo siempre estuvo. Ocupaba la esquina opuesta a la de mi casa. Pero el resto no, el resto fue llegando de a una y de a poco. No se sabe bien desde cuándo Villa Mitre se transformó en el barrio de las mueblerías, pero nosotros nos fuimos antes, cuando recién se empezaba a rumorear que Cingotta iba a alquilar su local a una colchonería. Nuestro departamento era un primer piso. Supongo que mis padres prefirieron el patio a la vista. El patio en realidad era un cuadrado de un metro por un metro que daba al pulmón del edificio. Mi mamá lo usaba para colgar  la ropa y yo para jugar al frontón. Pam pum pam  hasta que Tita pedía que pare con el ruido. Tita vivía del otro lado de la medianera y era la única de todo el edificio que tenía teléfono. Solo se lo pedíamos para llamar a los tíos de Ecuador, cuando todavía había que esperar que la operadora devolviese el llamado. Mi papá cada año perdía un día entero en Entel haciendo el pedido de línea, pero nunca tenía éxito. Al mes siguiente de habernos mudado la compañía telefónica puso líneas en todos los departamentos, incluso en el del portero. El almacén, la tintorería y la farmacia vendieron sus locales a las mueblerías y los vecinos ya no tenía en donde comprar un kilo de azúcar. Por lo menos podían contarse su indignación por teléfono. Pero eso es otra historia y yo ya estaba en otra casa.

Diaz Velez

El antiguo dueño nos avisó que todos los que se habían ido de esa casa era para mejor. Lo que no nos avisó es que eso se debía a que lo peor sucedía allí. El divorcio de mis padres, la independencia estrepitosa de mi hermana y una convivencia anfibia con mi madre. La verdad es que nunca tenía ganas de estar en esa casa. Unos meses antes de que mi mamá me echara se incendió la cocina porque dejé aceite al fuego. Y el vidrio de mi ventana se rajó con la explosión del tren de Guardia Vieja. Nunca lo arreglé porque más que esa, mi casa en esa época era Babilonia. Me quedaba hasta que cerraban y volvía de madrugada con Cinthia. Caminábamos sin miedo por Humahuaca hasta Medrano. Ella doblaba en Sarmiento. Fue una amistad muy corta. Terminó el día que llegué a su cumpleaños y encontré a sus amigos sentados alrededor de la mesa comiendo masitas secas. Ahora recuerdo que esa era la época en que Bersuit todavía se llamaba La Bersuit Vergarabat Band y tocaban en píjama, después -cuando se empezaron a hacer famosos- acortaron el nombre. Pero esa es otra historia y yo ya estaba en otra casa.

Gascón

Entramos y antes de darme cuenta Ariel ya estaba levantando el piso de flexiplast.  Ni siquiera era su casa, pero no iba a soportar un piso de plástico. Si debajo hubiese encontrado cemento crudo, eso hubiese sido el fin del noviazgo. En cambio había un parquet impecable y por eso estamos casados. Tampoco iba a tolerar las paredes salpiqué, ni las baranda oxidadas del balcón, así que pasamos dos o tres meses reformando esa casa. Los muchachos del taller mecánico de al lado se reían al vernos pasar con los tarros de pintura, las lijas, los rodillos. No se imaginaban el buen trabajo que estábamos haciendo. Al terminar la casa quedó muy blanca. Pintamos de blanco hasta los muebles. Muebles es un decir, porque nos arreglamos con lo que pudimos. Una cama del mercado de pulgas, un escritorio del ejercito del salvación y un carretel de cableado municipal como mesa. Nunca llegamos a poner un calefón. No nos alcanzó la plata. Yo podría haber instalado uno con el dinero con el que le pagaba a Diego. Pero prefería bañarme con agua fría a tener que abandonar mi vida espiritual. Diego era un gurú que reunía a unos cuantos ingenuos en su garage. En esas sesiones nos  hablaba del cuarto camino de Gurdjieff Ouspensky y nos recomendaba leer el Kybalion. Cada semana llegaba con la ilusión de tener alguna clase de revelación. Tuve que esperar un tiempo para que eso sucediese. La revelación fue que antes de que nosotros lleguemos, en vez de meditar para abrir su templo interior o usar el tiempo para releer los Relatos de Belcebú a su nieto, Diego apuraba un sanguche y echaba pachuli al aire para tapar el olor a salame. Pero eso es otra historia, y yo ya estaba en otra casa.

Tres de Febrero

Había días que hacíamos seudá shlishit en la terraza –la misma terraza en la que nos casamos-  viendo la caída del sol y leyendo los libros de Akiva Tatz. Otras veces me ahogaba y me sentaba en el balcón a contar los minutos que faltaban para shekia. Siempre teníamos invitados para shabat. Ese viernes hacía frío y dejamos encendidas las estufas a gas que colgaban de las paredes. Le recordamos a cada invitado que debía dejar una rendija de la ventana abierta antes de irse a dormir. Nosotros nos olvidamos. El oxígeno se debe haber empezado a consumir a las dos. A las tres no debería quedar aire para respirar. A las cuatro el monóxido de carbono nos debía estar intoxicando. A las cinco deberíamos haber muerto. En cambio abrí los ojos y llegué a abrir la ventana antes de caer desmayada. Así me encontró mi esposo, a las siete de la mañana. Desplomada en el suelo. Ese día podría haber terminado el cuento. Pero esa es otra historia.

Volar

mayo 30, 2014
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El viajar es un placer, ya lo dijo Pipo Pescador (sabían que se llama Fisherman?). Pero una cosa es en el auto feo de papá con torta y otra cosa es en un avión encerrados durante doce horas, con niños y panza de siete meses, que a nadie le importa, pi pi pi. ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?

¿Quien soy?

Desde el momento en que se llega al aeropuerto, las filas, el papeleo, los cuestionarios. No se ustedes pero yo siempre que viajo me siento sospechosa. Me increpan de tal manera que dudo realmente de  si hice yo mi equipaje o si alguien me dió un paquete. Empiezo a imaginar como los perros van a seguirme y me voy a quedar a vivir en un aeropuerto como Tom Hanks en La Terminal.

Rayos y Centellas

Después hacemos fila para pasar por la cinta de seguridad. despojándolos de la mitad de lo que llevamos encima, deshaciendo los bolsos que con tanta obsesión armamos para que queden prolijos. Si se te durmió el nene lo tenés que despertar para pasar el cochecito y a la salida de la cinta agarrar todo rápido porque sigue corriendo y hay gente detrás tuyo. Entonces terminas casi desvestida, con una montaña de abrigos encima, arrastrando todo a cuatro manos, y encima te llaman aparte para decirte que tienen que hacerle un test a la mamadera del bebé.

Migraciones Inmigrantes

¡Quiero ser como los pájaros!, ¡atravesar el viento sin documentos!, ¿a quién le importa a dónde voy yo?!, ¿que le cambia a este mundo que yo este en Jerusalem, Buenos Aires o Burundi?. ¿Y qué si me quedo mas de tres meses?, ¿voy a afectar a la economía global?. Menos mal que se escucharon mis quejas y ahora quitaron el papelucho anti-ecológico que había que rellenar y presentar con el pasaporte que ademas de resultar ilegible para las autoridades era una perdida de tiempo.

La Salida de Mitzraim (o el trayecto hacia la puerta de embarque)

Ponen cintas transportadoras sobre las cuales se supone que uno puede ser llevado pero la gente igualmente camina sobre ellas y te atropella. Es que realmente hay que estar en estado físico para recorrer esas distancias, si no haces jogging o spinning llegás con la lengua afuera, si llegás.

Despegar los ojos

Ya te acomodaste, cerrás los ojos y cuando por fin lográs  conciliar el sueño te despiertan con el in-trascendental “¿poyyo o passta?, ¿¿poyyo o passta??, señora, ¿poyyo o passta?…ni pollo ni pasta, ¡¡¡quiero dormir!!!, recién encontré la posición en estos asientos infra-ergonómicos, y ¿me tengo que despertar para tomar esta decisión??.

Y…Nunca Se Sabe.

¿Por qué llevamos tantas cosas? Mi desafío en cada viaje es llevar lo menos posible, y resulta que cada vez llevo mas. Es cierto que la ropa tzanua no son los trapitos que antes no llenaban ni el bolsillo externo de la maleta, pero igualmente, ¿por qué no logramos viajar livianas?, ¿todo tiene que ser un statement de generación pos-guerra?. ¿Cuantos snacks puede llegar a querer tu hijo?,  ¿no te acordás que en el viaje pasado quedó todo sin probar impregnado por el sudor de una banana?, ¿es tan difícil imaginar que no estamos condenados a aterrizar de emergencia en una isla del índico sin comida casher?. Igualmente brindo por las precavidas que llevan tortilla de papas envuelta en papel de aluminio, el pedido de comida especial siempre puede fallar, y cuando algo puede fallar, falla.

El viajar es un placer tal vez para los que viajan en primera clase, para el resto el viaje en avión es un mal necesario.

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