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Judi is a punk

octubre 30, 2014

powAyer Aialá me regaló un reloj. Primero me lo contó por teléfono. Sabe que  no me gustan las sorpresas.

- Es negro y en el fondo dice pum en amarillo –me dijo.

-¿dice punk? –pregunté entusiasmada.

- no, no… pum, como en un comic de Batman

- en Batman no es pum, es pow

- eso, eso, dice pow

- … no sé si lo voy a usar

Ayer Aialá me regaló un reloj y un problema para mi cerebro de baalat teshuvá con dos cajoncitos.

Se los explico eligiendo un tema al azar. Charly García y sus discos, por ejemplo. Les muestro como funciona mi cabeza baal tehsuvera: Yendo de la cama al living; ¿habrá  que hacer tefilat ha derej? Como conseguir chicas; un libro para bajurim entrando en la etapa de shidujim. Filosofía barata y zapatos de goma; una charla entre jasidim en tishá ve av.  Y Say no more a los kisuim al crochet, por favor.

Salta la información de un cajón a otro, y a mí me resulta muy difícil mantenerlos ordenados.

Sé que unos pocos me entienden, quienes todavía no han ordenado del todo los cajones (los que  lo han cerrado ya no andan por acá, se tragaron la llave como Will Arnett en Arrested Development). Ven, ahí está otra vez. La teshuvá y Will Arnett mezclados. Y no crean que traer esa referencia significa que haya visto esa serie, simplemente esa clase de cosas encajan perfectamente en el cajón 1, así que cuando googleo buscando una referencia que los entretenga lo suficiente como para seguir leyendo otro renglón y aparece  Will Arnett, mi cajón 1 lo reconoce por haber sido el marido de Amy Poehler, a quien le haría un monumento por Parks and Recreation, y esa si la vi.

Todo es un mejunje. Escribo escuchando a Nick Drake –cajón 1-, pero me saco los auriculares para decir shehakol –cajón 2.  Uso falda por debajo de las rodillas –cajón 2- pero también uso lentes de sol como los de Andy Warhol –cajón 1- . Tomo mate –cajón 1-  y me alegro de que la yerba sea argentina, para ahorrarme las complicaciones de  shmitá –cajón 2.

Y en el medio de todo ese desorden ayer viene Aialá y me regala un reloj que yo creí que decía punk. Entonces es fácil hacer el recorrido… Jackie is a punk, Judy is a runt, dice un tema de los Ramones. El cajón 1 nunca deja de sorprenderme. Los Ramones me llevan a Don Ramón, el que se peleaba con el señor de la renta en el chavo del ocho. No con Oscar de la Renta, el diseñador que murió la semana pasada. Del cajón 2 sale la idea que no debería  escribir ese chiste porque no es mío, gnevat daat. Es un chiste que vi en mi cuenta paralela de twitter. Esa cuenta que tengo para seguir a gente como Josefina Licitra sin que se entere que la leo y además porque quiero evitar lo que me pasó la vez que por error  le di follow a una bloguera del interior desde mi cuenta oficial y ella me dio followback por cortesía,  y desde entonces tengo la intriga de saber qué cuernos entiende cuando twiteo que estoy contenta porque cada vez me sale mejor la coreografía del shmoná esré.

Volviendo  a la incoherencia  del baal teshuvá en progreso. Judy is a runt, dice la canción. A runt.  Confieso que tuve que buscar la palabra, porque tanto slang no hablo. Runt es un outsider, una persona que se mete en un mundo al que no pertenece. Ey. Esa soy yo, Ramones ¿pensaron en mí y en mis dos cajoncitos que se mezclan?

Ajá.

Tener esos dos cajones no es nada fácil, ustedes lo saben. En el cajón 2 yo te promuevo todo el shabat project que quieras, pero en el cajón 1 me perturba la idea porque Paula Abdul no me representa para nada. En el cajón 2 voy a un shiur con mis amigas, y del cajón 1 saco siempre alguna referencia. La rabanit es igual a Geraldine Chaplin, comento. En el cajón 1 sonrío si recuerdo a Woody Allen disfrazado de jasid en Annie hall, pero en el 2 me angustia la misma imagen.

Así paso el día, tratando de ordenar y decidir en qué cajón puedo encontrar lo que necesito. Lo que hay en el cajón 1 me ayuda a mantener las cosas en perspectiva, en el cajón 2 está todo el sentido. En el cajón 1 hay mucho que me hace bien, en el cajón 2 está todo lo que es correcto. Yo trato de ordenar y saber a dónde corresponde cada cosa. Si algunas veces me equivoco o desoredeno, me lo permito. Para mí lo más importante es no caer, porque entre esos dos cajones hay un espacio: la incertidumbre del baal teshuvá.

Así que Aialita, volviendo al reloj.

Todavía no sé en que cajón voy a guardarlo.

La fiesta inolvidable

octubre 21, 2014

Estoy en mi casa, tomo mate, escucho música. Respiro como quien acaba de ser rescatada de un ascensor atascado entre el tercero y el cuarto. Es mi primer momento coherente desde aquel lejano día en el que hice la lista de las compras e incluí un rimón. A partir de entonces las imágenes son vertiginosas.

Una cabeza de pescado para los simaním y los pobres peces dorados de la fuente del geriátrico llevándose mis pecados en tashlij. La incongurencia de protestar por el uso de gallinas para kaparot y a la semana siguiente servir un pollo al vino como plato principal. Las ganas de tirar por la ventana los hadasim envueltos en papel de alumino porque estorban en la heladera y al mismo tiempo mi marido queriendo cortarse las venas con un lulav porque a su etrog se le cayó el pitem.

Y después está el asunto de las tefilot. Todas las tefilot del mundo concentradas en unos días. Las tefilot concentradas pero yo bastante diluida. Mucho shmone esré pensando en a quién me hace acordar la esposa del gabbai. Bastante mussaf pensando en la distribución de la mesa en la próxima seudá, y casi nada de ese kesher verdadero del que deberíamos estar hablando.

Pero sabrán disculpar, no puedo hablar de ese kesher porque mi preciosa energía se malgastó decorando vasos de plástico con servilletas floreadas.

Sé que se divierten cuando digo esta clase de cosas. Como cuando digo en la mesa que a mí no me costó para nada la segulá de comer siete seudot antes de Iom Kipur y a todos les causa gracia. Como cuando me quejo de que entre tanto encendido de velas no la pegué ni una vez y me confundí entre shejeianu, ner shel iom tov o ner shel shabat. Como cuando pregunto si es posible ser derribada por una avalancha de niños ulta azucarados en Simat Torá y todos ríen.

Y todos siguen riendo cuando cuento que en el beit hakneset parezco Peter Sellers en la fiesta inolvidable.  Me pongo de pie y me siento en los momentos equivocados y trato de copiar lo que hace el resto pero elijo mal -me fijo en quien se pone de pie para salir o en quien se sienta porque se le rompió el zapato- . Que espío el majzor de la de al lado para ubicar por donde andan.

Etcétera, etcétera.

La cuestión es que hoy, en mi casa, mientras tomo mate, me pregunto por qué todos ríen menos yo.

10 intentos fallidos de las mujeres en Sucot

octubre 14, 2014
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1. Intentar ubicar en la sucá más gente de la que puede entrar

… no se preocupen, un poco apretados pero podemos arreglarnos, si Shirly se sienta al lado de Jaim y Miriam al lado de Rivka, puede entrar Rujale entre Ariel y Shifra y del otro lado Esther,Pnina, Iacov y Shimon, aunque ahí tenemos que cambiar a Braja para que no quede junto a Tova ni a lado de Abraham y Liba… en fin… siéntense donde puedan.

2. Intentar disimular cuando no entran

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… no, no, no importa, no se preocupen,  no me gusta sentarme.

3. Intentar rescatar algo de comida mientras servimos la seudá

¿y la ensalada de repollo? ah… se terminó ¿palmitos? ¿no hay? entonces pasame el guefilte ¿cómo que no hay? pero si preparé toneladas…  ¡me alegro! quiere decir que estaba rico, no importa, después me hago una ensaladita de etrog

4. Intentar mantener la cordura después de sociabilizar sin interrupción

El martes vienen los Fleishman, el miercoles los Rosenkrantz, a la noche vamos a lo de Kovalsky y el jueves invitamos a Goldshmit, a la seudá rishoná vienen los Gurvitz, en la shniá vamos a lo de Cohen y después del jag me hago ermitaña.

5. Intentar alimentar a la familia a toda hora

quiero comer, ¿qué hay para comer? no hay nada para comer, quiero comer, ¿qué hay para comer? no hay nada para comer, quiero comer, ¿qué hay para comer? no hay nada para comer, quiero comer, ¿qué hay para comer? no hay nada para comer.

6. Intentar cocinar grandes cantidades para ahorrar trabajo

Si triplico la receta puedo guardar la mitad para Shminí Atzeret. A ver… eso serían nueve kilos de carne picada, treinta y seis cebollas, tres kilos de tomates y… ¿cuánto es cinco cucharadas y media por tres?

7. Intentar no quejarse

No doy más… de tanta simjá. No sé qué hacer con los chicos… de tanta alegría que me da tenerlos en casa todo el día. Estoy cansa… zman simjatenu.

8. Intentar recordar qué hay en la heladera

Un día las heladeras van a querer su venganza y van a ser ellas las que vengan a mirarnos a nosotros cada dos minutos.

9. Intentar no caer rendidas en cualquier momento

Solo cerré los ojos para concentrame mejor en lo que estabas diciendo, querido.

10. Intentar no mostrarse excesivamente feliz en Simjat Torá

25 Frustrating Things About Being An Extrovert

Es por la alegría del jag… que termina.

Fuera de broma, mujeres, merecemos un premio ¡jag sameaj!

Ricardo y yo

octubre 1, 2014
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Todos nos cruzamos con personas que nos han marcado en la vida. Personas que nos enseñaron lecciones con su comportamiento sin ni siquiera darse cuenta. Puede haber sido una compañera de colegio incondicional, una tía que inventaba excusas para llevarte de vacaciones cuando tus padres no podían o un vecino intolerante que te corría con la escoba cuando pasabas por su puerta en bicicleta. Para bien o para mal, algunas personas dejan su huella en nuestra memoria y aunque ellos no se acuerden de uno, uno no puede olvidarlos.

Yo me acuerdo de Ricardo.

Ricardo y yo estudiábamos redacción publicitaria. Por esa descortesía de los profesores de formar grupos de trabajo el primer día de clase, cuando todavía nadie se conoce y no se pueden descubrir afinidades, él y yo quedamos juntos –más otro cinco compañeros- para los trabajos prácticos del año.

Al principio, en las reuniones que hacíamos en casa de Paula, Ricardo sutilmente descalificaba mis ideas para reemplazarlas por las suyas. Con el correr de los meses yo ya ni siquiera merecía su delicadeza. Me criticaba sin disimulo, reprobaba cada una de mis propuestas de trabajo y se ocupó de representar con mímica frente a toda la clase el accidente que tuve una noche cuando se quebró la pata de mi silla y caí de boca al piso de la pizzería.

A mitad de año teníamos un examen importante –todo lo importante que puede ser un examencito de un cursito de redaccioncita publicitarita-. En veinte minutos había que desarrollar la idea de un comercial para un producto imaginario del que se nos informaba a último  momento. A mí me tocó  un objeto inexistente: una máquina de escribir silenciosa

Ahora les voy a dar unos segundos para recuperarse de la impresión que les dio que esta historia haya sucedido cuando todavía se usaban máquinas de escribir.

Continuo.

Inspirándome en mi nefasta experiencia en el colegio secundario, para el examen inventé un comercial en donde se veía a un alumno uniformado llegando a un aula gigante, repleta de estudiantes sentados en gradas, al estilo inglés. Mientras el profesor -a quien describí como una intersección de mi antiguo profesor de caligrafía y un dictador latinoamericano- llamaba uno a uno a los alumnos, mi protagonista terminaba su trabajo en su máquina de escribir silenciosa. La cámara alternaba entre el dedo del profesor bajando por la lista de nombres y los dedos del alumno tipeando sigilosamente. Finalmente, llegado su turno, se veía a mi héroe entregando sonriente su trabajo y una voz en off que decía: “Máquinas de escribir Secret. Una secretaria que guarda tu secreto”.

Los resultados del examen se entregaron dos semanas después, en privado. Al igual que en mi comercial, los profesores nos llamaban por orden alfabético. Cada uno de mis compañeros salía de la sala de reunión encorvado y con la cabeza gacha. Nuestros amables profesores de pronto se habían convertido en tiranos a quienes nada les conformaba y solo entregaban malas calificaciones. Dos, tres y cuatro. No más que eso para nadie. Ricardo recibió un cuatro.

Llegado mi turno me senté desesperanzada frente a los profesores. Noté cierto desconcierto en sus miradas. Ahora sé que era porque no me ubicaban, estaban intentando recordar alguna participación mía en clase, pero en ese momento yo lo interpreté como un mal presagio. Uno de los profesores me preguntó qué nota consideraba merecer. Sin dudar dije que tres. Ellos afirmaron con la cabeza, sonrieron y me entregaron mi examen calificado con nueve entre signos de admiración.

Sé que ahora están esperando la saga que reivindica a los oprimidos. La moraleja aleccionadora que proclama que el bien gana sobre el mal. Pero ese post se hubiese llamado “vencedores vencidos” y no es este. Este post se llama “el más asombrado por mi nota no fue Ricardo, la más asombrada fui yo”.

No es casualidad que haya recordado esta historia antes de Iom Kipur, cuando estoy a punto de ser juzgada. Esto es lo que aprendí del desagradable Ricardo (a esta altura ya sospecharán que no usé su verdadero nombre): que a pesar de haber recibido un cuatro, él se consideraba destinado a la grandeza, así que siguió adelante y fundó una de las agencias de publicidad más exitosa y moderna de Argentina. Yo, a pesar de haber sacado un nueve, nunca me convencí de tener talento para la publicidad y me dejé intimidar por un compañero maleducado. A los pocos mesees dejé el curso y hoy escribo un blog  desde la mesa de la cocina.

Entonces ahora sí viene la moraleja aleccionadora: Hay que entender que estar vivo ya es haber aprobado. No es tan determinante si es con un cinco o con un ocho, lo que importa es lo que uno hace a partir de eso. Hay que aceptar el compromiso de llevar a cabo lo que tenemos que hacer con el regalo de la vida. Si no nos creemos merecedores de la grandeza que Hashem nos tiene reservada, la desperdiciamos. Y si hay algo que no se puede perdonar, es eso. Más allá de lo que piense Ricardo.

11 maneras en las que no debes pedir perdón antes de Iom Kipur

septiembre 29, 2014
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1. Burlándote sarcásticamente de los sentimientos ajenos

¡Ay! ¡perdón si la señorita se ofende cuando se publica una foto en donde ella sale bizca y con lechuga en un diente!

 

2. Haciéndote el desentendido y generalizando

Quería disculparme por lo del otro día… todo el mundo comete errores… yo nunca tengo intención de lastimar a nadie.

 

3. Enojado y sin sentir que es a vos a quien le corresponde pedir perdón

Querida, perdón por haber quemado tu sartén preferida mientras vos estabas de vacaciones con tus amigas y yo me ocupaba de los chicos y de la casa.

 

4. Enroscándote y dejando las cosas peor que antes

Perdón por no haberte invitado a la cena, es que era mejor que no vinieras. ¡No! no quise decir eso,es que alguien me pidió que no te invitase porque te encuentra repulsivo.

 

5. Restándole importancia

¿Cómo te vas a enojar por esa tontería?  fue un chiste, bue… perdón, si me llevé tu tapado de la fiesta y tuviste que volver sin abrigo bajo la lluvia y por eso te agarraste una pulmonía.

 

6. Exagerando melodramáticamente

¡Perdón! ¡perdón! mea culpa. No puedo superar lo que hice. ¡Necesito que me perdones! ¡No puedo seguir así! prometo no volver a comerme el último knishe que quedaba en la heladera.

 

7. Lavándote las manos

A mí no me parece grave,  pero si querés te pido perdón.  Lo siento… aunque no sé por qué me estoy disculpando si en realidad no tengo la culpa de nada.

 

8. Enrollándote con las palabras y hablando más de la cuenta

Estaba pasando un momento feo, y sin querer me descargué con vos. Sabés que pasé por una época terrible. Te lastimé al decirte desalmado y egoísta. Es que durante ese período oscuro me puse muy agresivo y te insulté. Mal amigo, desgraciado, te dije ¿te acordás? Una etapa dificultosa. Pensé que eras mala persona. Es que pasé un momento muy difícil. Very dificult.

 

9. Expresándote de manera forzada

He desarrollado por escrito un documento en el que certifico mi pedido de perdón. Quedaré muy agradecido si eres tan amable de firmarlo para dejar constancia de nuestro acuerdo

 

10. Sin sentir ningún remordimiento

Es verdad, hablé mal de vos, pero sólo porque te lo merecés.

 

11. Fingiendo arrepentimiento pero pensando que lo volverías a hacer

Perdón por no haber ido a la reunión de trabajo y en su lugar haberme quedado en casa en pijama, tomando helado y leyendo BuzzFeed.

 

Que tengamos todos gmar jatimá tová.

Estación

septiembre 15, 2014

Cuando pienso en mi muerte soy un homenaje al lugar común. Como a la mayoría de las madres, lo primero que se me cruza por la cabeza es qué será de los chicos sin mí. Después sigo con mi marido ¿que va ser de él sin su media naranja cada mañana para desayunar? Por último se me descontrola la fantasía de creerme irremplazable y me angustio por la vecina que se quedará sin quien le preste una taza de azúcar y del ficus que no tendrá quien lo riegue con el agua que quedó en la plancha.

Mis sentimientos también son un festival de lo previsible: me deprimo por haber malgastado horas de la estadía en mi cuerpo viendo videos de gatos atrapados en una bolsa, después me consuelo y equilibro la balanza al recordar el día en que le regalé mi compra de supermercado a la señora que pide tzedaká en Geula y por último me arrepiento, ruego y prometo reparar mis desatinos – y por favor, Diosito esta vez va en serio- dejar de comer el chocolate y después culpar a mi hija de haberlo terminado.

Queridos lectores, ya que llegaron aquí empujados por un aluvión de incongruencias, voy a aprovechar para contar lo que escuché en un shiur hace unas semanas y que por un momento me pareció que estaba dedicado a  mí.

Sabrán disculpar que últimamente mis historias transcurran en un mismo lugar, sé que estoy recurrente, pero todavía estoy dentro del torbellino y si no aprendo de lo que me pasó en mi enfermedad, no voy a aprender ni aunque venga a tomar el té a casa Eliau Hanaví trayéndome de regalo las lujot habrit.

El cuento comienza un shabat que pasé en el hospital con mi amiga Andrea leyendo las cuarenta y dos tajanot que Am Israel atraviesa en el desierto, en parasha Masei. El cuento termina en un shiur del rab Boier en el que se explica que esas cuarenta y dos tajanot son las mismas que la neshamá atraviesa para bajar a este mundo y que debe volver a pasar en sentido inverso para regresar a su origen.

Al principio del cuento lloro sin disimulo ante la coincidencia de que una de las tajanot se llame jaradá (ansiedad/pánico) después de haberme pasado esa misma semana repitiendo esa palabra a los gritos para que los enfermeros entendieran mi pánico a la intravenosa. Al principio del cuento sospecho que lo que está pasando tiene un sentido superior, pero no entiendo. No entiendo.

Semanas después, al final de cuento, el rab Boier explica que cada tajaná es una  prueba diseñada por Hashem especialmente para uno. La tajaná se puede llamar matrimonio, hijos –o falta de hijos-, parnasá, salud, amigos o miedos. Cada uno sabe por qué estación anda. Sabe si está avanzando o si está estancado como el subte de la línea A un día de lluvia. La comparación con el subte no la hizo el rab, por supuesto -al rab no le tocó el nisaión de viajar en un medio de transporte argentino-, pero lo que si dijo es que esas tajanot son oportunidades únicas para atrapar chispas divinas y esas chispas son el combustible para continuar el camino de elevación de la neshamá. Quien logra pasar una estación pasa al próximo nivel -como en un videojuego- hasta completar las cuarenta y dos estaciones.

Al terminar el shiur finjo un bostezo y me seco las lágrimas disimuladamente. Entiendo que al final del cuento -el verdadero final del verdadero cuento- voy a estar agradecida de cada estación por la que pasé.

Cantata de puentes amarillos

septiembre 2, 2014

Ese día subí al taxi cansada. Yo. Siempre cansada. Por las cosas. Las mismas cositas de siempre. Por eso quería un día para ocuparme de mí. Un día sin tener que servir ochenta vasos de jugo. Quería ir a comprar unas pilchitas. Adormecerme un poco y volver trayendo a casa todo aquel fulgor.

Pero no es eso lo que quería contar. Quería contar que subí a un taxi, nena. Un taxi destartalado y maloliente. Con el olor a cigarrillo instalado. Tres monos de peluche colgados del espejo retrovisor. Mugrientos. Los monos y el taxista. Taxista que grita. Que maltrata. Que habla por teléfono mientras maneja. Viajo unas cuadras preguntándome qué hacer. Si debía quedarme en ese taxi, con tantos monos, nidos, platos de café.

Y por única vez. Yo. La modosita que se desmodosa. En un semáforo rojo. O en un impulso. Le tiré la plata del viaje en el asiento delantero y abrí la puerta en mitad de la avenida. Me bajé. Y me quedé allí un rato sin saber qué hacer. Mirando el puente.

El puente desde donde una vez le tiraron una piedra a mi hijo. Lo digo rápido. De la misma manera en que lo pienso. Con miedo. Una piedra de diez kilos que lo podría haber dkdetjcv er fgru dfyfre reftrm pero que sólo le rozó el brazo.

Y en ese momento no debería haber sido tan difícil saber lo que debía hacer. Debería haber pensado en los decretos. Pero no. Ese día pensé en mis ganas de comprar una remera de H&M. Y en justificarme. Porque ¿Qué otra cosa se podía hacer? ¿enseñarle comportamiento a un taxista? Intentar cambiar al otro es imposible. Todo eso es en vano.

Esta historia no significaría nada si no contara lo que pasó después. Después me enfermé. Mucho. Tanto como para estar a cierta distancia del adiós. Y en esos momentos se piensa. En esos momentos se piensa en muchas cosas y sobre todo en los decretos. En un hospital se piensa en la causa por la que está pasando lo que está pasando. Con esa sangre alrededor. Se piensa.

Y entre tantas otras cosas, allí, vestida con un camisolín estampado con las palabras shaare zedek, me acordé del taxista maloliente. De su intención de reparar lo sucedido y volver a buscarme en la avenida para pedir perdón. Y también recordé mi indiferencia. Y que le di la espalda para subir a otro taxi.

Entonces. Muchos días después. Una noche calurosa. Subo a un taxi. Y allí están otra vez los monos. Siguen igual, balanceando su aroma a nicotina. Puedo quedarme callada, pienso. El taxista no me reconoce. Pero. ¿Se acuerda de mí? -me escucho diciendo- ¿recuerda lo que pasó? Me contesta de mala manera. Me acusa de haber comprometido su sustento. Me grita.

Es un viaje de diez cuadras. Tengo que apurarme. Superar todo el bla bla de mi cabeza que me dice que yo tengo la razón. Pero quizá en el cielo no importan las razones. Después de todo no entiendo cómo se maneja el mundo. Sólo sé que es un puente angosto. Que si se lastima hay que pedir perdón.

Perdón al taxista maloliente. Por los decretos. Ahora si pienso en los decretos.

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