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abril 14, 2014
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¡Moadim le simjá!

Volvemos con todo después de Jol Hamoed para compartir la experiencia

Las unas y las otras

abril 9, 2014
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Las mujeres se pueden dividir entre las que en la escuela usaban guardapolvo abotonado por delante y las que lo usaban prendido por detrás. Las que ponían las etiquetas en el margen superior derecho y las que la acomodaban abajo un poquito inclinada. Las que usaban la vincha atrás de las orejas y las que la sostenían con un clip a cada lado de la sien. Las que se preocupaban para que el moño estuviese siempre armado y las que se dejaban las medias caídas.

También había otro grupo, formado por quienes no habían acertado al interpretar su mundo interno y luchaban contra su naturaleza. Niñas con alma de delantal arrugado que se obligaban a usarlo almidonado o niñas con alma de papel araña que se esforzaban por cubrir sus cuadernos con papeles ilustrados con el sol detrás del arco iris. A ellas, de una manera u otra, siempre se les notaba, ya sea porque dejaban la Parker abierta y se les manchaba el bolsillo delantero, o porque detenían el juego del recreo para arreglarse la cola de caballo que no estaba lo suficientemente tirante.

De la misma manera podríamos diferenciar a las baalei teshuvá durante Pesaj.

Por un lado están las que empezaron a limpiar un mes antes y pusieron cartelitos “kasher l´pesaj” a medida que avanzaban y por el otro las que miraron entre asombradas y burlonas a la vecina que en Tu Bishvat ya andaba sacudiendo los cajones y que se quedaron el jueves hasta las tres de la mañana forrando la mesada. Las que compraron exactamente todo lo que necesitaban porque tenían una lista detallada del año pasado y las que mandaron veinte veces al marido a la makolet porque a último momento se acordaban que les faltaba algo. Las que en srefat jametz quemaron diez prolijos paquetitos y las que armaron una fogata inmensa quemando fideos, contratos de alquiler, cinco tipos distintos de galletas y las cuentas impagas. Las que la noche del seder se comieron los tres kazaitim de matzá como si nada y las que mientras comían hacían el gesto de “no doy mas” con las manos.

Y también aquí encontramos a quienes se les veía la hilacha por intentar ser lo que no eran. Las que se vistieron de blanco, como sugirió Iemima Mizrahi, pero terminaron como la chica de rosa al tomar el vino inclinadas. Las que en Jol Hamoed quisieron hacerse las flexibles y dejaron que sus hijos vayan a una excursión exótica y sufrieron durante todo el día al lado de la ventana. Las que espontáneamente invitaron a tres familias al último Iom Tov y después se dieron cuenta de que sólo les quedaba medio guefilte fish y un pollo para todas las seudot.

Y todo esto no significa nada, lo único importante es que unas y otras salimos de Mitzraim y atravesamos el mar. Eso si, al final, por un lado están las que quedaron exhaustas y por el otro… las que quedaron exhaustas.

Ahí viene la plaga (diez instantáneas)

abril 6, 2014
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Foto1.sgr

A ver, explicame de dónde saqué la idea de romper la esponja de acero con las manos. Ahora ajo y agua, las heridas seguirán allí por mucho tiempo. Esponja de acero inolvidable. Ni hablar de los dedos lastimados. Me duelen y ya no hay guante que aguante. Se me cuela la lavandina y me arde. Me arde y después sangra. #Sangre.

Foto2.ran

¿De dónde salieron tantas perchas? Deben ser mutaciones genéticas de las lapiceras que nunca aparecen. En el placard de arriba, perchas de “tintorería San Carlos”. Perchas de plástico turquesa en el fondo de la cajonera. Aparecen por todos lados. Las debo haber guardado para cuando las necesite. O sea, nunca. Tiro todas menos la de terciopelo verde con cabeza de rana. #Ranas.

Foto3.poj

¡Pero si estoy segura de que esas migas ya las limpié! ¡Si!  ¡si! son las mismas migas. Las reconozco. Deben tener vida propia. Van de acá para allá, se me escapan. Son Houdini hecho harina. Es como si tuviesen patas. Una miga con patas sería una hormiga. Y si pudiese saltar sería un piojito. #Piojos.

Foto4.svj

Los chicos de vacaciones  ¡Agrrrrr! Abro la puerta y se me tiran encima. Todo es quiero quiero y quiero. O peor aún: no quiero no quiero y no quiero. Saltan en los sillones, tiran las cosas al suelo, gritan, pelean. Es una lucha. ¿Quién crió a estos salvajes? ¿Son Rómulo y Remo? Criados entre los lobos. Entre los animales salvajes. #Animales salvajes.

Foto5.pst

Hora de ocuparme de la limpieza interior. Tantas emociones leudadas, historias infladas. Lo que leva no me eleva. Adiós. Adiós a todo lo que me retiene, lo que no construye, lo que no acerca, lo que hace perder el tiempo. Adiós a las malas influencias, las malas costumbres, las malas compañías. ¡Fuera! Son como la peste. #Pestilencia.

Foto6.srp

¡Exijo una explicación! Hace diez años que vivo en Israel. Llegué con tres valijas y dos cajas ¿cómo pude acumular tanto en estos años? ¿De dónde saqué estas cosas? Este pesaj tiro la casa por la ventana. ¡Recórcholis! ¿diez corchos en el cajón de los cubiertos? ¡Caracoles! Recuerdo de un día en la playa. Tanta cosa inútil me da resquemor. Una picazón en todo el cuerpo. ¿Hay algún médico en la sala? ¿Pueden ochenta y cuatro bolsas de plástico guardadas en un cajón producir un sarpullido? #Sarpullido.

Foto7.grz

Día D: D de derrumbar un castillo de hielo. El glaciar perito Moreno. La heladera. El gran desafío que se lleva todas mis fuerzas. Como si la limpiase con kryiptonita. Me agota raspar los burletes con escarbadientes. Recordar el orden de los estantes. El freezer me quema las manos. Hielo submarine. Quema el hielo de mi heladera bipolar. Señores del servicio meteorológico: pronostiquen granizo y fuego. #Granizo y fuego.

Foto8.lgt

¡Que alguien me ayude a tomar estas decisiones! Ayudín. ¿qué se tira? ¿que se guarda? Me vuelvo loca con esa cajita que siempre queda para el final repleta de cosas que no sé a dónde van. Piedra, papel o tijera. ¿Qué es lo importante? No quiero conservar nada que no sea necesario. No quiero ser esclava. Estar bajo el dominio de las cosas. Ni de la gente. Deshacerme de lo que me saca la energía. De lo que me chupa el néctar como langostas. #Langostas.

Foto9.osc

Friego, friego y friego. No puedo dejar de pasar el paño, de sacar lustre. Hay algo obsesivo en querer que las cosas brillen. Que la luz se refleje. Me gustaría decir que me da lo mismo, que me nefrega, pero no, friego porque le tengo miedo a las tinieblas. Ya he visto cómo hasta mi sombra me abandona en la oscuridad. #Oscuridad.

Foto10.mrt

La noche del seder cada uno tiene que sentir que es él mismo que está saliendo de Egipto ¿no? A ver: ¿Yo hubiese sido de los que se quedaron o de los que salieron? No lo sé. Estoy tan atada al miedo. No estoy segura de que hubiese podido dejar atrás todo para ser libre. La niña que fui si lo hubiese hecho. Tendría que ir a rescatarla. En algún lugar todavía vive. Los justos siempre se salvan. #Muerte de los primogénitos.

La aventura de pe. Juego de niños.

marzo 31, 2014
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Sé que muchas de ustedes no limpian más allá de lo exigido por la halajá por miedo a terminar sobrecargadas y odiando el jag. Sé que a algunas  les parece una locura innecesaria todo el trabajo que yo vengo haciendo estas últimas semanas. Sea como sea, hoy todas nos encontramos en la misma página.

Rosh jodesh Nisán es el momento en el que hasta a las más relajadas les empieza a picar el bichito de la urgencia. Faltan sólo quince días. Empezamos a pensar en las compras, las salidas a buscar ropa y de golpe recordamos que no pedimos turno a la peanit. Sentimos que el tiempo no nos va a alcanzar y nos vamos acelerando.
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En general, en esta época todas andamos por los juguetes. Dependiendo de las costumbres de cada casa y  de la edad de los chicos, habrá que revisar y limpiar con más o menos intensidad. En mi caso, por ejemplo, que mis hijos (más vecinos y amigos) tienen permitido comer cuando juegan,  cuando leen  o cuando están haciendo guerra de almohadones, y mi hija de tres años esparce migas como tirando arroz a una novia, yo tengo obligación de limpiar a fondo la habitación de los chicos.
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Durante los años he desarrollado algunas técnicas que convirtieron la limpieza de los juguetes en un juego de niños:
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1. Limpio y ordeno la habitación antes de empezar a limpiar y ordenar.
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2. Pongo música que me incentive, la música marca el ritmo.
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3. Tomo pequeñas zonas por vez y las voy terminando. A la noche la habitación tiene que quedar ordenada y limpia nuevamente (aunque no haya terminado todo el trabajo).
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4. Me doy diez minutos de recreo por cada hora de trabajo, pongo una alarma para que ese descanso no se alargue en el caso de haber sido abducida por facebook.
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5. Hago primero todo el trabajo seco (aspirar o pasar el paño) y recién después comienzo a limpiar con agua. Cuanto menos barro se forma, mejor.
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6. Los juguetes que pueden ir al lavarropas, van al lavarropas. Voy metiéndolos en el transcurso de la semana -uno o dos lavados por día-  junto con las toallas o los repasadores. Esos juguetes no vuelven a la habitación hasta que no esté totalmente terminada (los guardo en bolsas en una zona apartada de la casa). Funciona muy bien para limpiar lego, playmovil, clicks y otros juguetes de plástico.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERA Los juguetes pequeños van en una bolsa de lavado para que no se suelten en el lavarropas (si no tienen la bolsa especial pueden usar una funda de almohada).

A los peluches también les viene muy bien un lavado. Eso sí, quedan un poco depeinados. A los peluches también les viene muy bien un lavado. Esto es optativo. Lo aclaro antes de que me griten que no es halájicamente necesario. Eso sí, quedan un poco despeinados.

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 7. Tiro los juguetes rotos y regalo los que ya no se usan. No vale la pena guardar un sonajero si nuestro hijo menor tiene quince años.
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La exepción a esta regla es que nunca se tira a Buzz Lightyear (o a Woody, por supuesto) La excepción a esta regla es que nunca, jamás y por ningún motivo se tira a Buzz Lightyear (o Woody, llegado el caso).

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8. No confío en esa voz que trata de convencerme de que no hace falta limpiar tan a fondo, porque seguro abajo del placard, donde no se puede llegar, no hay jametz. A las pruebas me remito.
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La zona más inaccesible de mi casa. Era imposible que haya jametz allí. Un beigel me desmiente. La zona más inaccesible de mi casa. Era imposible que haya jametz allí. Un beigel me desmiente.

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9. Aprovecho para reflexionar qué clase de educación les estoy dando a mis hijos según los juguetes que les compro.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERA Noten el porcentaje desproporcionado de policías y piratas. La mayoría, cabezas huecas.

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10. Cuando  dejo de sonreír, dejo de limpiar.
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Jodesh tov u mevoraj. Que todas podamos disfrutar de erev pesaj, la época más linda del año.

La aventura de pe. C@jones

marzo 25, 2014
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Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera.
(me da vergüenza, pero tengo que citar la fuente) Piero.

Hace muchos años hice un curso en donde supuestamente se nos enseñaba a organizar la casa. Lo que hacíamos en realidad era quejarnos de que nuestros hijos piensen que las camperas se guardan en el piso y de que nuestros maridos nunca encuentren las llaves ni el teléfono antes de salir. También una de las cursantes llevaba un cajón por turno y entre el resto del grupo lo limpiábamos mientras debatíamos qué convenía tirar y qué merecía ser guardado.

La mayoría de las participantes, llegado su turno, llevaron un cajoncito cobarde –el de los cubiertos o el de los útiles escolares-. Por supuesto cuando llegó el mío yo llevé la zona más bochornosa de mi casa: el botiquín del baño.

Tengo que reconocer que no fue cómodo que esas mujeres (la mayoría conocidas) metiesen mano entre mis alicates oxidados, remedios vencidos y dentífricos estrangulados. Igual, la incomodidad es mi fuerte y siempre estoy dispuesta a pasar momentos vergonzosos en nombre de una causa altruísta.

Se preguntarán cuál fue la causa que me impulsó a mostrar desde un rouge de Clinique aplastado hasta una caja de curitas vacía: Es que para mí, mostrar lo que la mayoría prefiere ocultar tiene el sentido de frenar la presión absurda de mostrarnos perfectos.

Sé que lo que digo va en contra de las enseñanzas de shalom bait, que nos incitan a maquillarnos de la mañana a la noche para que nuestro marido nunca descubra nuestra cara porosa o manchada. Algunos podrán agregar que es desmoralizante ser testigo de las flaquezas del resto, que tira para abajo.

Yo pienso todo lo contario.

Creo que somos esclavos de las apariencias y que descubrir las verdades del prójimo es inspirador. Normalizador. Las cosas que se ocultan, aparte de hacer perder tiempo y energía intentando mantenerlas en lo oscuro, traen sufrimiento. A uno y al resto.

Quien está empeñado en mostrarse perfecto le está haciendo daño al mundo. Todos estamos un poco desconcertados, tratando de interpretar la vida, y presenciar un show de felicidad es engañoso. Aunque en la teoría sepamos que hay gente que de la boca para afuera maravilla y de la boca para adentro pesadilla, en la práctica nos dejamos confundir.

Abrir, mostrar, reconocer. Es lo único que nos queda para luchar contra la opresión de las apariencias. Ocultar nuestros problemas es barrer bajo la alfombra. Hay que sacarlo todo afuera, aunque parezca un retroceso. Así como cuando limpiamos, por un momento la casa se ensucia más y para hacer orden primero tenemos que desordenar, para trabajar sobre nosotros mismos hay que reconocer nuestras debilidades.

Hay que ser valiente para sumergirse en las profundidades de nuestros cajones. Hay que atreverse más y revelar lo que guardamos dentro.

La aventura de pe. La tiranía del todo bien.

marzo 24, 2014
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La semana pasada escuché a la rabanit Iemima Mizrahi decir que el error más grande de esta generación es la condescendencia. La sensación de sentirnos obligados a estar de acuerdo con todo. De no atrevernos a decir esto es bueno y esto es malo. Esforzarnos por conciliar, por ser políticamente correctos.

También decía que fuimos educados con un concepto ingenuo y erróneo de lo que es la tolerancia, por lo que creemos que debemos aceptar todo. Lo que está bien y aquello que se opone, también. Pedía que nos sobrepongamos a esa tendencia por ser destructiva y explicaba, en referencia a Purim, que esa es la razón por la que se golpea, patalea y grita en el momento en el que se escucha el nombre de Haman en la meguilá. Esa es nuestra manera de manifestar nuestra oposición, nuestro desacuerdo. No todo está bien y hay que decirlo.

Después de esa clase me quedé pensando en cuántas cosas acepto en mi vida a pesar de no estar de acuerdo con ellas. Cuántas cosas no digo por miedo a la confrontación, a ser calificada de intolerante o (¿por qué no reconocerlo?) por miedo a equivocarme.

Después seguí pensando en todos nosotros, los baalei teshuvá –en especial los de la primer camada- que hoy estamos un poco dormidos. No sé bien cómo llegamos a esto, pero quienes en su momento pretendíamos cambiar el mundo, hoy sólo esperamos que no nos molesten. Nosotros, que estuvimos dispuestos a esfuerzos sobrehumanos para lograr un ascenso espiritual, hoy solo somos desapasionados cumplidores de preceptos.

Justamente, en donde más noto ese letargo es en las pocas ganas de diferenciar entre lo bueno y lo malo. Veo cuánto nos incomoda escuchar ideas que nos movilicen y que nos obliguen a cambiar. Llegamos hasta cierto punto y no queremos pensar más. Ya no nos importa discernir. Está todo bien, déjenme en paz.

Erev Pesaj es el mejor momento del año para salir de ese estancamiento. Para volver a elegir lo que queremos para nuestra vida. Diferenciar entre lo bueno y lo malo (y lo feo). Decidir qué se queda y qué se va.

Parte de la limpieza tiene que ser deshacernos de esa indiferencia. No todo da lo mismo. Esto es jametz. Esto no. Así como en el plano material propongo deshacernos de cualquier cosa que no nos llevaríamos a otra casa o a otro país, creo que  en el plano espiritual tenemos que eliminar lo que no nos llevaríamos al otro mundo.

Hay que guardar –y usar- todo lo que nos sirva para crecer y acercarnos a Hashem y hay que animarse a señalar lo que no es bueno y –aunque nos cueste- deshacernos de eso para siempre.

Hay que oponerse a la tiranía del todo bien. No está todo bien. Ni tiene por qué estarlo.

La aventura de pe. Chau baulera.

marzo 19, 2014
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“Por todo equipaje se debería llevar sólo el que en el caso de naufragio, se pudiera nadar con él”

Antístenes.

Este año la limpieza de Pesaj tiene que ser emocionante. Para eso hay que correr riesgos. Para mí no hay nada más arriesgado que no pensar -una experiencia interesante para alguien que puede pasar media hora considerando las consecuencias de llevar o no un paraguas un día nublado- así que por una vez seguí el impulso de hacer las cosas de manera diferente.

Decidir qué se tira y qué se guarda a veces se transforma en una declaración de principios. Separar lo que sirve de lo que sólo ocupa espacio es una proclamación de lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos. Yo no tenía ganas de nada de eso.

Como ustedes no me dejaron tirar esos manuscritos que ocupan un montón de espacio en mi cabeza -y en mi ropero- esta vez no quise correr riesgos. No le consulté a nadie. Ni siquiera a mí misma.

Hoy me tocaba limpiar la baulera. Sé que no hay jametz ahí -por eso no la incluí en la limpieza de años anteriores- pero como ya saben, esta vez estoy yendo más allá del jametz: estoy tomando aire y liberándome de aquellas cosas materiales que no uso, que no quiero, que me ahogan. Estoy deshaciéndome de lo que no me llevaría a una isla desierta. Me estoy mudando a mi propia casa.

La baulera eran aguas profundas. No quería pensar en lo que había allí guardado. No quería perder horas analizando si valía la pena conservar una base de tablero. No quería que cada objeto me transportase a otra época y a sus recuerdos. No tenía ganas de soportar que las cosas terminen significando más de lo que en realidad significan. Entonces, me dije, nada.

Ni siquiera sabía muy bien qué había guardado en esas profundidades. Durante doce años fui empujando hacia el fondo a medida que entraba algo nuevo. Y nunca –nunca- necesité nada de lo acumulado, así que lo que decidí fue hacer una lista de lo que me acordaba que había guardado allí y conservar sólo eso.

Ese era el ejercicio: tirar todo lo que no haya entrado en la lista, sin importar qué encontrase. Sin pensar y sin emoción.

La lista que hice fue corta: me acordé que allí estaban guardadas las máscaras de gas, las tres valijas con las que llegamos a Israel y las decoraciones de la sucá. No pude recordar nada más. No es rara esa falta de memoria, porque desde que me mudé, la baulera del techo del pasillo se usó como depósito de todo lo que no se necesitaba ni se iba a necesitar.

Al empezar a sacar las cosas, descubrí que lo que no había recordado era un tsunami de cacharros que rápidamente metí en bolsas de residuos, más algunas cosas que jamás me hubiese atrevido a tirar: una lámpara de dentista, un laboratorio de revelado fotográfico casero, dos persianas americanas, cuatro bastidores y un marco de espejo ovalado.

No es difícil saber lo que hubiese sucedido si no hubiese tomado la atrevida decisión de tirar con los ojos cerrados: hubiese guardado esos bastidores que valen veinte pesos por si en algún momento me decido a pintar un cuadro. Hubiese guardado la máquina de revelado por si algún día se vuelven a usar cámaras con rollo. Hubiese guardado las persianas y el espejo, por si me decido a reciclarlos.

Gracias a esta aventura de pesaj, esta vez no tuve que pensar en nada. Sólo tuve que hacer cinco viajes a la basura para deshacerme de todo esto.

baulera

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